22Enero2017

Editoriales

Nuestro problema con el gobernador Scioli

Hay que ser muy ingenuo, o tener intereses inconfesables, para no reconocer que las “fuerzas de seguridad” ya comenzaron la campaña electoral.

Una semana antes del fallecimiento de Néstor Kirchner, la Policía Federal tuvo una participación por lo menos prescindente en el asesinato de Mariano Ferreyra. El martes 7 de diciembre, la Policía Metropolitana y Federal despliegan una feroz represión en el Parque Indoamericano. Luego la Federal volverá a mostrarse prescindente ante un pogrom organizado por barrabravas macristas y vecinos del lugar contra los ocupantes. La jueza de instrucción que inició la causa corrió a la Federal de la investigación, entendiendo que hay suficientes elementos para investigar su responsabilidad en la matanza.

Entre el 20 de octubre y el 10 de diciembre, la Federal tuvo responsabilidad directa o indirecta en cinco muertes en un lapso de 51 días, a razón de un homicidio cada diez días. El último de ellos fue el 10 de diciembre, minutos después del acto del día de la Democracia y los Derechos Humanos organizado por Cristina Fernández. La presidenta entendió el mensaje, despidió al Secretario de Seguridad Sergio Lorusso (un hombre de Aníbal Fernández) y creó el Ministerio de Seguridad, poniendo a cargo a alguien especializada en tejes con fuerzas represivas: Nilda Garré. Esta última se encuentra diseñando y depurando el nuevo ministerio, en coordinación con organismos como el CELS y con buena llegada a Martín Sabbatella, que cuenta entre sus asesores a otro especialista en este asunto, Marcelo Saín.

Acorralada la Federal por la intervención de Garré y la Metropolitana por las múltiples causas penales que pesan sobre sus integrantes, la ofensiva policial pasó a su fuerza más poderosa, la Bonaerense. Tal como la definió en una nota para La Paco Urondo el periodista Ricardo Ragendorfer: “La bonaerense es la más bestial, la más ostentosa, numerosa y la que actúa sobre el territorio más complejo de la Argentina que es la provincia”. O como explicó el fiscal Hugo Cañón, también para La Paco: “La policía bonaerense puede ser en algún momento desestabilizadora para el sistema democrático”.

Los patas negras

Excede este editorial investigar cuándo la Bonaerense (los patas negras) empezó a matar. Muchos coinciden que fue a partir de la última dictadura donde adquirió su perfil más tenebroso. Ciertamente, como el resto de las “fuerzas de seguridad”. Pero los últimos sucesos se enhebran en esta ofensiva generalizada de las distintas divisiones policiales en arrojar muertos y condicionar al poder político, es decir, el poder civil sobre ellos mismos.

El reciente jueves 3 de febrero, la Bonaerense adujo que un tren había sido descarrilado y saqueado en José León Suárez y que, al llegar, fue recibida por disparos por parte de los maleantes. Las últimas pericias demuestran que no hay pruebas de descarrilamiento voluntario. (La gente del lugar señala que ese riesgo está siempre latente por el mal estado de las vías y el escaso cuidado de la empresa concesionaria.) De lo que sí hay pruebas es que la policía cayó tirando a mansalva y que los dos chicos asesinados tienen balas de plomo incrustadas en la espalda.

El anterior ministro de Seguridad provincial, Carlos Stornelli y el actual, Ricardo Casal, se han destacado por desplegar impactantes shows mediáticos (como en la búsqueda del cuerpo de López) y un denodado apoyo a la autonomía policial. Stornelli se fue luego de que la Bonaerense tardara 23 días en encontrar los cuerpos de la familia Pomar, arrojados al costado de la ruta, a 40 kilómetros del lugar donde se sabía que habían partido. Pesa sobre él una denuncia por la responsabilidad que le compete en la larga y fatal agonía de esta familia. Por su parte Casal, y la política (mediática) de mano dura, siguen siendo sostenidos por Scioli. Peor aún, cada vez se distancia más de las reformas que había llevado León Arslanián en la gestión anterior.

El problema no es Scioli

Daniel Scioli ha demostrado una enorme lealtad con el proyecto en curso. Poco después de la derrota con la patronal agropecuaria, cuando los medios concentrados daban por finalizado al kirchnerismo, fue segundo candidato a diputado en una lista que encabezó Néstor Kirchner. Esta definición le ha costado, además de un distanciamiento con las fuerzas más reaccionarias de Argentina, el ensañamiento del grupo Clarín, que lo trata de títere e insulta constantemente su inteligencia. Como postre, su kirchnerismo le ha valido un enfrentamiento con su hermano, Pepe Scioli, que se pasó al massismo y hoy promueve la unidad de De Narváez con Mauricio Macri.

Quizás en lo personal Daniel Scioli tenga una ideología conservadora. Pero además de ser un individuo, el gobernador expresa un conjunto de sectores sociales. La política securitaria del gobernador no es meramente consecuencia de su visión del mundo. Tienen que ver en ello la poderosa incidencia del humor de las clases medias bonaerenses (expresado tanto en el PJ del GBA como en la UCR del interior provincial) sobre el que Scioli sostiene sus fuerzas. También influye la fina sintonía del gobernador con el sistema de medios, entre ellos C5N, un canal noticioso embelezado con el concepto de mano dura. En este sentido, no compartimos el inteligente pero erróneo planteo de Emilio Marín (diario La Arena de Santa Rosa, 30 de enero). Dice Marín: “No fue Scioli el que se puso la piel de cordero. Se la colocaron en el Hotel Provincial esos dirigentes progresistas del kirchnerismo” (por Taiana, Pérsico, el intendente quilmeño Gutiérrez, Depetris). Siempre que haya posibilidades, de lo que se trata es de participar del gobierno de Scioli condicionándolo. No fue de otra manera que Solá, que a la postre está a la derecha de Scioli, aceptó ponerlo al “garantista” Arslanián de ministro de Seguridad. La alternativa es levantar el puño y clamar al cielo. Pero desde San Agustín (siglo IV DC) en adelante, no está bien mezclar los asuntos de los hombres con los del Señor. Y el que no entiende esto, no comparte el concepto movimientista, y pierde su tiempo dentro del peronismo.

Daniel Scioli es un engranaje fundamental en la sustentabilidad del proceso en curso. Pero su política securitaria de empoderar a la Bonaerense es criminal en términos sociales y suicida en términos políticos. Recuérdese que, entre las razones de la derrota electoral de Eduardo Duhalde en 1999, estuvo el cuerpo sin vida del periodista gráfico José Luis Cabezas, arrojado un año antes en las puertas de su casa en Pinamar. Este es nuestro problema con el gobernador.

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