01Marzo2017

El recuerdo que entristece los diciembres en Entre Ríos

Romina Ituraín, Eloisa Paniagua y José Daniel Rodríguez, el triste saldo de las jornadas de diciembre de 2001 en Entre Ríos. Un recuerdo que perdura a 15 años del estallido. Sergio Varisco era intendente, y gobernaba, en lo que sería su último período al frente del Ejecutivo provincial, Sergio Montiel.

Por Pablo Urrutia*

Sergio Varisco era intendente, y gobernaba, en lo que sería su último período al frente del Ejecutivo provincial, Sergio Montiel.

La ciudad era un polvorín, la provincia y el país eran un polvorín. La mecha podía encenderse en cualquier parte, ya no importaba, hacía rato que la situación había pasado de ser angustiante a directamente insoportable.

Bonos provinciales, cesación de pagos, y la navidad. Ese peso en el alma de los pobres. Esa idea presente en la cultura, en el imaginario de los pueblos, de que aún el niño más pobre tuvo su lugar tibio donde nacer, su regalo y su familia. Se puede ser pobre todo el año, toda una vida, generación tras generación, pero en Navidad, la pobreza se hace un nudo en la garganta y la casa parece más triste todavía.

Se puede hablar del exagerado endeudamiento, del estallido de la convertibilidad, del vacío que la iglesia, el peronismo y el radicalismo le hicieron a De la Rúa. Incluso se puede hablar de la ineptitud del propio De la Rúa. De los mismos de siempre, de Patricia Bullrrich, que en el gobierno de la Alianza ocupó el Ministerio de Trabajo y hoy el de Seguridad; de Federico Sturzenegger, que ayudó a construir el corralito y el PRO lo puso al frente del Banco Central; o de Hernán Lombardi, que desde su anodino Ministerio de Turismo, pasó a ser hoy el hombre fuerte de las políticas públicas de comunicación de Macri.

Se puede volver a decir todo lo que ya se dijo de Montiel, de sus bonos federales, su ceguera y soberbia. De los meses y meses sin cobrar de los docentes. De los que la juntaron con la Caja de Convertibilidad. De la ocupación policial de la ciudad, que comenzó a implementarse mucho tiempo antes del estallido. De la tanqueta que compró el Estado para amedrentar la incontenible protesta social. Del nefasto Ministro Carbó.

De las convocatorias por radio de los funcionarios de áreas sociales municipales y provinciales, al frente de los supermercados para la entrega de comida. De que esos lugares se convirtieron en trampas mortales para los vecinos, donde las víctimas no fueron casuales, ni los asesinatos desbordes.

Nada de eso puede por sí solo explicar el estallido social. La decisión temeraria de vecinos comunes en salir a saquear supermercados, desafiar el Estado de Sitio, enfrentarse a la policía con las manos vacías. Se puede organizar un grupo para ir a triar piedras a un supermercado, pero no una sociedad entera para salir a declamar su bronca y precipitar la caída de un gobierno.

Lo lamentable, lo que aún duele, no fue el quiebre institucional, la sucesión de presidentes, la quema de la puerta de Casa de Gobierno en Entre Ríos. Ni siquiera duele ya la insultante y absurda marcha que el radicalismo realizó desde el comité central a la Casa Gris, encabezada por el propio Montiel y custodiada por policías de civil y un amenazante helicóptero, pocos días después de la triste jornada. Duelen Romina, Eloísa y José Daniel, todos los años, todos los diciembres.

Eloísa Paniagua tenía 13 años, cuatro hermanos, y un jean nuevo sin estrenar. Vivía en una humilde casita del Barrio Maccarone, en Paraná. Con su hermana mayor, se sumaron al grupo de vecinos que caminaron hasta inmediaciones del supermercado de calle San Juan. Habían escuchado en la radio que iban a repartir comida, bolsones, se les decía en esos días a lo único que el Estado podía dar a los pobres que había generado. Pero ni eso, no alcanzaron a llegar, un retén policial los detuvo en su trayecto y los obligó a volver sobre sus pasos. No había comida. El grupo se dispersó, algunos cortaron camino ingresando por el Parque Berduc. A ellos los siguió el Fiat Duna blanco de la comisaría octava, conducido el cabo Silvio Martínez, que disparó sobre niños y mujeres, una de ellas, la hermana de Eloisa, embarazada. Y allí cayó ella, con sus trece años, su inocencia, sus sueños, su jean sin estrenar, herida de muerte por una bala 9 milímetros.

Por la brutalidad de su crimen, por la inocultabilidad de los hechos, el cabo Martínez fue el único condenado por las muertes de diciembre en Paraná.

Romina Ituraín estaba de visita en la casa de su prima, tenía 15 años y había salido por primera vez a un boliche. A varias cuadras está el hipermercado Wall Mart, al que la municipalidad de Paraná le había facilitado las cosas, cambiando de mano las calles, asfaltando, mejorando el lugar; y que el híper devolvió colaborando con la compra de municiones y gases para los policías que tuvieron como prioridad custodiar la propiedad privada. Ese día, la policía reprimió a la gente que se congregó en el ingreso a exigir comida, y lo hizo con balas de plomo. Los persiguió en la huida, como hizo con Eloísa. Y en esas circunstancias murió Romina. Alcanzó a resguardarse en el interior de la casa de su prima, cuando vio que la gente atravesaba el pastizal y detrás la policía tiraba, pero no pudo escapar de la muerte.

A mediados de enero del año siguiente, el jefe de Policía, Victoriano Ojeda, recibió una carta de directivos de Wal Mart, donde se agradecía “la diligente e idónea tarea” desarrollada en inmediaciones del hipermercado, “evitando poner en riesgo la vida del cliente y empleado de la compañía”.

José Daniel Rodríguez era militante de la Corriente Clasista y Combativa, tenía 25 años. El 30 de diciembre su cuerpo sin vida fue hallado en una zanja debajo de unas cubiertas de auto a las cuales se había intentado prender fuego. Tenía golpes, heridas de bala y quemaduras. Se lo vio por última vez el 21 de diciembre, cuando aún perduraba el clima de revuelta en todo el país. Algunos vecinos denunciaron que lo levantó una camioneta de la comisaría quinta de Paraná. Era huérfano, y no tenía familiares en la ciudad. Lo identificaron sus compañeros.

Ningún desborde social hace que un policía se desborde y tire a matar, apuntando fríamente sobre un grupo de mujeres y niños; ni que se tirotee un grupo de vecinos desarmados en clara huida; ni que una patrulla secuestre, golpee, asesine y luego trate de ocultar el crimen incendiando un cuerpo. Tiene que haber una orden, y la hubo.

Para muchas personas, diciembre no es un mes maravilloso, y en Entre Ríos tiene tres razones para no serlo.

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