23Enero2017

Relámpagos

Postmarxismo para mí, pre (si no anti)marxismo para todos los demás

Por Eduardo Grüner l “Al igual que el psicoanálisis, el marxismo es una teoría de su propia práctica. Por eso su ´materialismo´ es histórico: sus grandes postulados teórico-filosóficos son básicamente, con toda su complejidad, una guía para la acción, y no meras hipótesis formales que podrían o no refutarse con hipótesis ´mejores´”.

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Ante todo, me permito saludar la publicación, en el No. 37 de “Relámpagos”, de un artículo como el de Rodrigo Lugones, que se anima –sin salirse de un campo compartido, presumo- a efectuar una cierta demolición del “mito” Laclau. Me apresuro a aclarar que lo conocí (un poco) personalmente a Laclau, y siempre me pareció un tipo macanudo. No se trata de eso: se trata de que es justamente con los que están en el mismo “campo” –en un sentido muy amplio del término- con los que ocurre debatir más duramente, ya que con ellos es más necesario aclarar las diferencias. Esta es una tradición exclusiva de la izquierda: cuando se le critica a esta sus “divisiones” (como si, digamos, el peronismo fuera un dechado de unidad férrea y homogénea) se suele olvidar convenientemente que esas batallas ideológicas –que admitidamente a veces se exageran y caen en lo que Freud hubiera llamado el “narcisismo de las pequeñas diferencias”- suponen confrontaciones de ideas, buenas o malas, mientras que las “internas” de la derecha son por el bolsillo, o por la cuota de poder que más convenga al bolsillo del Capital en general.

Como sea: la crítica que Lugones le hace a Laclau es bien atinada. Especialmente porque se corre del lugar común “politológico” según el cual el concepto laclauiano de populismo es tan amplio que termina calificando a la política en general, con lo cual el “populismo” –incluyendo su compleja historia conceptual que arranca de los narodniki rusos del siglo XIX- pierde incluso su ya lábil especificidad. Esto es todo muy cierto, pero es una crítica más bien superficial por su obviedad. Es más difícil lo que hace Lugones en muy poco espacio, a saber, explorar las insuficiencias del arsenal teórico más abstracto del autor: cosas como Significante-Amo (que deforma reductivamente la categoría de Lacan, confundiendo el Significante-Amo con el Significante –cualquiera- como Amo, en un tributo super-post- estructuralista al No hay nada fuera del texto, algo que, con su teoría de lo real, Lacan jamás hubiera podido aceptar), o Significante Vacío (que violenta desaprensivamente el significante flotante de Lévi-Strauss), o Desarrollo Desigual y Combinado (una versión jibarizada y para colmo inacreditada de la notable teoría de Trotski, absolutamente inadaptable desde una perspectiva teórica peronista), o Hegemonía (un abuso de la difícil categoría gramsciana), y así siguiendo. Lugones, si lo entiendo bien (y si no, me tomo la libertad de entenderlo así solo para subrayar mi pequeño argumento), capta la contradicción básica en la lógica de Laclau: por un lado, todas esas categorías –aún “abusadas”- deberían servir para mostrar la falacia (ideológicamente interesada, desde ya) de confundir el marxismo –ese modo de producción de praxis crítica, como me gustaría llamarlo- con un recetario dogmático y mecanicista de respuestas dadas de antemano para cualquier cosa, como resultó “degenerado” principalmente (aunque no únicamente) por el estalinismo; por el otro, en cambio, Laclau rehúsa incluir esas “aperturas” críticas en el corpus –siempre abierto- del marxismo, y prefiere llamarlas post-marxismo (conservando pues, pese a todo, el “Significante-Amo”, quizá como testimonio de “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”). Con lo cual abona aquella interesada confusión y retrocede, en efecto, a un pre-marxismo en perpetuo riesgo de deslizarse al anti-marxismo.

Esto está claro en el hecho de que algo tan marxistamente decisivo como la lucha de clases termina siendo uno más de esos points de capiton (otra precipitación seudo-lacaniana), en una dispersión rizomática impotente para la construcción de una estrategia consecuentemente radical (es decir, como decía Marx, que vaya a la raíz del problema, que es la lógica misma del Capital). Como bien dice Lugones, la radicalización de la democracia puede –y quizá debe- ser un momento constitutivo central del proceso político emancipatorio; pero la paradoja es que, si nos acantonamos en él como objetivo final, nos sustraemos a la plena radicalidad del proceso completo –que es la eliminación del Capital, por más “democrático” que sea su régimen político circunstancial-, y entonces ni siquiera la actual democracia puede ser realmente “radicalizada”: esta es la cara negativa del Desarrollo Desigual y Combinado, cuya traducción política es la revolución permanente, vale decir, en este nivel de análisis, el movimiento perpetuo de destotalización / retotalización de la reapropiación de la realidad por parte de la sociedad sin clases, movimiento que es lo único que merece recibir el tan noble y tan bastardeado epíteto de “comunismo”. No debería hacer falta aclarar –pero lo hago por si acaso- que esa centralidad de la lucha de clases de ninguna manera excluye la especificidad, o la “autonomía relativa”, de las otras “locaciones” del conflicto político, social o ideológico-cultural (las llamadas “cuestiones” de género, étnicas, nacionales, ecológicas, etcétera): sencillamente les otorga un nudo articulador necesario, puesto que es, nuevamente, la “cuestión” cuya lógica apunta a la supresión de la del Capital. Y una aclaración más: en el marco de aquel movimiento de “revolución permanente”, no hay para el marxismo un “sujeto” ontológicamente pre-formado o “sustantivado”: más allá de su definición estáticamente sociológica, el proletariado –que pasa por ser tal sujeto en las vulgatas dogmáticas tanto como en las burlas de la derecha- se constituye como tal, construye progresivamente su para-sí, en el proceso mismo de la lucha de clases, proceso de constitución que solo puede completarse en la sociedad sin clases, es decir cuando ya no tiene sentido hablar de “proletariado” en oposición a “burguesía”. En todo caso, en el marxismo no se trata de un “sujeto” en el sentido, digamos, cartesiano del concepto: el “sujeto” del marxismo es un proceso histórico, que se llama lucha de clases. Con todo lo cual –si se me permite una boutade módicamente provocativa- se concluye que el marxismo bien entendido es infinitamente más “postestructuralista” que cualquier cosa que puedan decir Foucault o Derrida.

Ahora bien, un poco más arriba usé la expresión destotalización / retotalización. No hace falta recordar de dónde sale. Una (muy bienvenida) sorpresa del artículo de marras es que sus señalamientos críticos a Laclau se apoyen en Sartre –de quien el que esto escribe es un casi incondicional fan-. No es algo frecuente de ver hoy. Sartre culmina, y en cierto modo hace recomenzar, en los años 60, una larga y riquísima tradición del “marxismo occidental”, que una y otra vez ensaya una permanente renovación del marxismo, en combate decidido contra sus dogmatismos, sus “congelamientos”, y sus tendencias a encerrarse en un monólogo consigo mismo. Ahí están los Cuadernos de Gramsci, Marxismo y Filosofía de Karl Korsch, El Espíritu de Utopía o El Principio Esperanza de Ernst Bloch, Historia y Conciencia de Clase de Lukács, las Tesis de Filosofía de la Historia de Benjamin, todo el inmenso periplo de la primera Escuela de Frankfurt, y así. Y por supuesto la monumental Crítica de la Razón Dialéctica de Sartre (“monumento” inacabado y ¡fracasado!, como lo calificó en su momento el entonces “zurdito” Vargas Llosa, demostrando que se puede perfectamente ser, al mismo tiempo, un gran creador de ficciones y un perfecto imbécil teórico-político). Es en efecto Sartre el autor de la idea, citada por Lugones, de que ir más allá del marxismo suele ser una buena excusa para quedarse más acá de él. Y también es él el que escribe esa tremenda –y necesariamente malentendida- frase a propósito del marxismo como “filosofía insuperable de nuestro tiempo”. ¿Quiere decir que se terminó, con el marxismo, toda posibilidad de pensamiento crítico? Claro que no: solo (¡solo!) quiere decir que, mientras exista el capitalismo, el recurso a la teoría (y a la práctica) que con mayor profundidad y consistencia ha calado a fondo en la crítica del Capital, es absolutamente irrenunciable.

Claro está que esa teoría es perpetuamente “corregible”. Y lo es porque, al igual que el psicoanálisis, el marxismo es una teoría de su propia práctica. Por eso su “materialismo” es histórico: sus grandes postulados teórico-filosóficos son básicamente, con toda su complejidad, una guía para la acción, y no meras hipótesis formales que podrían o no refutarse con hipótesis “mejores”. Es ese movimiento permanente de auto-reconstrucción lo que Sartre expresa con su famoso método “progresivo-regresivo” de totalización / destotalización / retotalización, sorteando así la trampa ideológica de la falsa Totalidad cerrada de la que hablaba Adorno, pero al mismo tiempo no renunciando al horizonte de la totalidad –con minúscula-, como quisieran esas teorías “rizomáticas” que postulan una inasible diseminación de fragmentos (o de points de capiton, tanto da), con los cuales el Capital puede convivir alegremente, puesto que no ponen en cuestión su núcleo, y ocultan su fractura básica encarnada en la lucha de clases. A lo que apunta la Crítica de Sartre es a des-ocultar esa “Historia del Ser”-es inequívoca la alusión de Lugones a Heidegger-, bajándola del metafísico “universal abstracto” a las singularidades de su concreción histórica: es decir, a lo que llamaba “existencialismo” (el suyo, el de Sartre, que no se parece a ningún otro). En la Argentina, esto tuvo su momento de gloria. Lugones recuerda al inevitable Masotta, y dice de él que era “sartreano, lacaniano, marxista y peronista”. Es un poco mucho ser todo eso al mismo tiempo. No digo que sea imposible. Apenas digo –con todo el respeto que me motiva el razonamiento de Lugones- que tal vez, y sobre todo tratándose de Sartre, habría que ser cuidadoso con el verbo- sustantivo Ser, que siempre va en relación dialéctica con su opuesto Nada; políticamente traducido, es la lucha de clases la que introduce la Nada en el solidificado Ser del Capital (para parafrasear la famosa frase “es el Hombre el que introduce la Nada en el mundo”, con la que prácticamente comienza la opera magna filosófica de Sartre).

Lo conocí bien a Masotta, y no era peronista (posiblemente, en el sentido que venimos discutiendo, tampoco era marxista, lacaniano o sartreano). Sí estuvo, junto con sus compañeros del grupo Contorno (los Viñas, Rozitchner, Alcalde, Jitrik) entre los primeros que, desde la izquierda marxista-crítica, se corrieron de las tradiciones anquilosadas y procuraron entender el peronismo “de abajo”, sin hacer del peronismo una “falsa Totalidad” y dándole toda su compleja concretud “existencial”, sin escurrirle el bulto a la crítica de su dirección burocrática, bonapartista-burguesa, etcétera, que, como diría Alejandro Horowicz, empuja la lucha de clases (o, mejor dicho, lo hacía antes, hace ya tiempo) para mejor contenerla y derivarla hacia el objetivo de la conciliación de clases. Para entender esta dialéctica interna del peronismo –entre muchas otras cosas- es para lo que les servía, a Masotta y los “contornistas”, el sartrismo (que, como decía el propio Masotta, “siempre será pertinente”). ¿Por qué me importa esto, más allá de la anécdota de época? Porque ellos habían sabido ver, en el peronismo “de abajo” (y en el de algunos de sus dirigentes “marxistas” como Cooke u Ortega Peña) ese momento constitutivo de negatividad contra el orden burgués –eso significa el canónico hecho maldito- que se desplegó por ejemplo en la resistencia, uno de los puntos más altos de la lucha de clases en la Argentina del siglo XX, junto con el Cordobazo. Pero la pregunta del millón es: después de todo el agua corrida bajo los puentes (también los de Ezeiza en 1973, donde corrió tan teñida de sangre) ¿sigue siendo el peronismo, hoy, ese momento de revulsiva negatividad imprescindible para un proyecto radicalmente liberador de las garras del Capital? Mi respuesta, como se podrá sospechar, es “no positiva”. Pero no puedo meterme ahora en esa discusión, ya he abusado demasiado de este espacio. Solo quería insinuar que para arriesgar cualquier respuesta a esa pregunta, hoy Sartre es infinitamente más actual que Laclau.

Les deseo un feliz año nuevo, es decir una renovación del combate, también el de las ideas.

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).

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