22Febrero2017

Relámpagos

Tomas y represión: del “cuerpo sin órganos” al “órgano sin cuerpo”

Por Natalia Torrado l “La resistencia debería jugarse en la formulación de nuevas estrategias que restituyan el sentido de lo político, y el sentido de lucha, a nuestra experiencia subjetiva, para revolucionar, a la vez, esta experiencia”.

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“El punto de vista se encuentra en el cuerpo”. Leibniz,1704.

A partir de la tomas del Ministerio de Ciencia Tecnología y del Ministerio de Educación que se llevaron a cabo en los últimos días de Diciembre y los primeros días de Enero, en respuesta al recorte de becas, la no renovación de contratos de trabajo y los despidos masivos en ambas áreas; con el agravante de la represión policial sufrida por los trabajadores y sus representantes en el Ministerio de Educación; se vuelve indispensable una reflexión crítica sobre los modos en que se conciben y aplican las medidas de fuerza en lo que a los reclamos sociales respecta, y sobre la potencia y efectividad de esas medidas a mediano y largo plazo, en el contexto actual de vaciamiento y desfinanciación por parte del gobierno macrista.

A tales fines, ensayaremos a continuación una lectura de la situación de “toma” como una forma disruptiva del cuerpo social desde la perspectiva artaudiana/ deleuziana del “cuerpo sin órganos” y la revisión/ reversión de dicho concepto en la fórmula “órgano sin cuerpo” elaborada por Slavoj Zizek, a partir de la noción de “objeto parcial” en Freud y Lacan.

Para empezar, partimos de la hipótesis de que el cuerpo social, comprendido como organismo, se ve violentado en la medida en que las propias leyes que regulan su funcionamiento admiten formas de relación abusivas que se constituyen en amenaza para su desenvolvimiento a favor de la vida. Si bien es cierto que un organismo, a diferencia de una máquina (de la que el equivalente de los órganos serían las partes) se caracteriza por su capacidad de subsistir con órganos dañados o faltantes, no es menos importante destacar, por una parte, que existen ciertos órganos que son vitales; y por otra, que es esa propia capacidad la que habilita lo que llamaremos una “repartición” de funciones que lejos de ser naturales, o necesarias, responden a las exigencias de ese organismo en condiciones determinadas. Por lo cual, el cuerpo social como cuerpo orgánico se vuelve una zona de privilegio para la concentración de poder y su ejercicio desregulado que, en circunstancias extremas, lleva al colapso la propia posibilidad de interrelación y por lo tanto, de supervivencia.

En este sentido, cabe preguntarse si el “cuerpo sin órganos” puede pensarse como un lugar de resistencia, ya sea que se entienda como sublevación del cuerpo respecto de sus funciones biológicas para poder inventarse sin limitaciones como propone Artaud; o ya sea que se conciba como la respuesta del cuerpo ante el sufrimiento que le ocasiona la imposición sobre él de un organismo, una significación, un sujeto, coartando las posibilidades de su devenir y su experiencia. Y si fuera así, y el “cuerpo sin órganos” efectivamente resistiera a las relaciones abusivas de poder, nos preguntamos ¿de qué modo un cuerpo se vuelve “sin órganos” para resistir; y en qué medida es posible este movimiento emancipatorio en el cuerpo social?

Empecemos por describir el cuerpo con órganos, el cuerpo orgánico, como cuerpo oprimido: dice Deleuze “Serás organizado, serás un organismo, articularás tu cuerpo – de lo contrario, serás un depravado -. Serás significante y significado, serás intérprete e interpretado – de lo contrario, serás un desviado-. Serás sujeto, y fijado como tal, sujeto de la enunciación aplicado sobre un enunciado – de lo contrario, serás un vagabundo” (Deleuze/Guattari; 1980). Estos imperativos sobre el cuerpo pueden pensarse como el sustrato de cualquier sistema, como la condición misma de posibilidad de un cuerpo funcional, integrado, productivo; pero también como la cualidad necesaria para que un cuerpo pueda ser dominado. Sin embargo, el no cumplimiento absoluto y sin cálculo de cualquiera de estos imperativos comporta para Deleuze un riesgo mortal. También desde la perspectiva del psicoanálisis el no organizarse, el no significar, el no subjetivarse supone una experiencia profundamente dolorosa y sufriente de vida. Deleuze no lo desconoce, y aunque afirma la necesidad de hacerse un “cuerpo sin órganos” para trascender, no deja de advertir: “Cuánta prudencia se necesita, el arte de la dosis, y el peligro, la sobredosis. No se puede andar a martillazos, sino con una lima muy fina. Se inventan autodestrucciones que no se confunden con la pulsión de muerte” (Deleuze/Guattari;1980).

A partir de aquí, podríamos pensar el “cuerpo sin órganos” en términos sociales como un modo de resistencia, comprendiendo: 1- el cuerpo social como un cuerpo que se “desorganiza” para, extraordinariamente, sustraerse de la lógica de un organismo que lo somete, y obrar a favor de una menor o distinta concentración de poder, 2- las “tomas” como una forma de faltar a la organización y neutralizar así las leyes que la regulan en perjuicio de algunos órganos del propio organismo, para mejor salvaguardar al organismo en su totalidad de su propia destrucción, 3- la corta duración de las “tomas” y la decisión de ser levantadas - frente a una propuesta de acuerdo por parte del gobierno en el caso de los trabajadores de Conicet y a propósito de la llegada del Año Nuevo en el caso de los trabajadores dependientes del Ministerio de Educación - como una forma de prudencia y autopreservación.

Pero todavía es necesario preguntarse en qué sentido “el cuerpo sin órganos” social puede responder a las necesidades y exigencias del contexto político actual y cuáles son sus estrategias de resistencia. Siguiendo a Deleuze: “Deshacer el organismo nunca ha sido matarse, sino abrir el cuerpo a conexiones que exigen todo un agenciamiento, circuitos, conjunciones, niveles y umbrales, pasos y distribuciones de intensidad, territorios y desterritorializaciones medidas a la manera de un agrimensor” (Deleuze/Guattari:1980), a partir de lo cual es posible pensar las manifestaciones, marchas, paros, concentraciones y toda otra expresión popular de reivindicación, con las “tomas” como radicalización y medida de fuerza ante las reiteradas embestidas del macrismo, como la apertura del cuerpo social para la creación de nuevos entramados, nuevas disposiciones y hasta nuevos relatos que le permitan no tanto organizarse como “deshacer el organismo” para atenuar la magnitud del daño que la redistribución virulenta de sus funciones le viene ocasionando, desde el retorno de la derecha neoliberal al poder en la Argentina a partir de Diciembre del 2015.

Cabe preguntarse, sin embargo, cuál es la efectividad de esta estrategia en tanto que el organismo que intenta desbaratar es, en un sentido, el propio. Es decir, hasta qué punto las formas de resistencia propias de un sistema democrático - asumiendo que la democracia liberal es la ley que regula el organismo del cuerpo social en el marco del capitalismo posmoderno - no son, a la vez, formas de reproducción y reforzamiento del propio sistema. En tal sentido, es lícito señalar con Deleuze que “Hace falta conservar una buena parte del organismo para que cada mañana vuelva a formarse; también hay que conservar pequeñas provisiones de significancia y de interpretación, incluso para oponerlas a su propio sistema cuando las circunstancias lo exigen, cuando las cosas, las personas, e incluso as situaciones nos fuerzan a ello; y también hay que conservar pequeñas dosis de subjetividad, justo las suficientes para poder responder a la realidad dominante” (Deleuze/Guattari:1980) En este punto, una pregunta se impone ¿es que estamos en un momento histórico en el que se pueda hacer política en el sentido de “responder a la realidad dominante”? ¿O justamente el gesto político hoy debe ser el gesto radical de no responder a la interpelación del poder? Dado que la disparidad de fuerzas parece irreductible, ya que a la “toma” le sigue un acuerdo insuficiente y provisorio, que casi no se parece en nada a un acuerdo, sino más bien a una aparente buena predisposición del gobierno que encubre un chantaje, un apriete mafioso, que luego quedará al descubierto en la segunda “toma” con la represión policial; y dado que mañana va a haber que “tomar” nuevamente porque otro “órgano” del “organismo” otra vez va a sufrir el maltrato, el abuso, la violencia de un sistema que todavía se sostiene pero que tiende destruir sus órganos vitales , ¿es el “cuerpo sin órganos”, con su exigencia de conservar parte del organismo, parte de la significación, parte de la subjetividad para no morir, la forma más eficaz de resistencia en el contexto actual? Al “cuerpo sin órganos” de mitad y fin del siglo XX, el comienzo del siglo XXI responde con el “órgano sin cuerpo”. Ya no se trata de desorganizar el organismo sino de salir de él para constituirse en su síntoma, volverse ilocalizable, operar desde afuera, es decir, la imagen invertida de una “toma”. Si adentro nos “arreglan” o nos reprimen, habrá que salir, constituir un “órgano sin cuerpo” que opere exiliado, o pagar el costo de ver salir de los Ministerios (tarde o temprano, eventualmente) los cadáveres, sin que por eso el estado de cosas necesariamente se revierta.

Sin cuerpo no hay organismo, y no es porque los órganos se vuelvan disfuncionales, sino porque el “órgano sin cuerpo” no tiene, no puede tener una función, al menos no una prevista y regulada por el todo que lo contiene. ¿Tendremos que volvernos, entonces, un órgano social? ¿Un “uno” móvil que desconozca la estructura del todo? En un sentido esta fórmula es a la vez un retorno (¿una venganza?) de las radicalidades revolucionarias del siglo XX. Cuando Slavoj Zizek invierte la fórmula del “cuerpo sin órganos” en “órgano sin cuerpo” está pensando en la necesidad de nuevas estrategias capaces de quebrar la lógica completa del sistema capitalista:

“El capitalismo global actual ya no puede combinarse con la representación democrática: las decisiones económicas de organismos como el Fondo Monetario internacional (FMI) o la Organización Mundial del Comercio (OMC) no están legitimadas por proceso democrático alguno y esta falta de representación democrática es estructural, no empírica. Por esta razón la exigencia (representativa) global capaz de someter al FMI y a la OMC, y a otras organizaciones, a cierto tipo de control democrático (….) es ilusoria” (Zizek;2004)

¿Será posible, entonces, que las experiencias de “toma” que proponíamos como “cuerpo sin órganos”, estén denunciando, en realidad, la caída del cuerpo social orgánico en el actual sistema de representación? ¿Será que, como señala Zizek, la “inestabilidad” es ya el signo del capitalismo en su estadio posmoderno y la clave de nuestra experiencia? En este sentido, puede que el “cuerpo sin órganos” sea también ya la forma del cuerpo social hoy, en su cifrado tecnológico - virtual de “intensidades” y “circuitos” (para utilizar los propios términos de Deleuze). Cabe preguntarse, entonces, con Zizek, “¿cómo vamos a revolucionar un orden cuyo propio principio es el ‘auto-revolucionamiento’ permanente?” (Zizek; 2004)

Una posible respuesta es que la resistencia debería jugarse en la formulación de nuevas estrategias que restituyan el sentido de lo político, y el sentido de lucha, a nuestra experiencia subjetiva, para revolucionar, a la vez, esta experiencia. En tal sentido, el “órgano sin cuerpo”, como órgano social deslocalizado, podría constituir esa nueva forma de resistencia, más acorde tanto al contexto regional como a nivel global, por representar, contrariamente a lo que parece, una reivindicación del orden del sentido y del orden de la abstracción. A la angustia ante la castración simbólica artaudiana (las palabras como “callejón sin salida” y como “cementerio para el espíritu”) y deleuziana (“Serás significante y significado, serás intérprete e interpretado – de lo contrario, serás un desviado”) Zizek responde que “lejos de amarrarnos a nuestra realidad corporal, la ‘castración simbólica’ contiene nuestra propia capacidad para trascender esa realidad e ingresar en el espacio del Devenir inmaterial” y sugiere “¿Y si entonces el falo mismo, como significante de la castración, es la representación de un tal órgano sin cuerpo?” (Zizek; 2004). Falo que evidencia la castración y su falla, mano que actúa por su propia cuenta y golpea a quien la posee, ojo desemplazado y vigía, capaz de llegar a cualquier rincón: la imagen del “órgano sin cuerpo” aparece, así, como un exceso acechante de carácter profundamente revolucionario, por resistirse a ser incluido en el Todo del cuerpo y por lo tanto ser el único órgano capaz de perturbar sobre sí mismo el orden establecido. Si acordamos con Zizek en que una revolución radical es aquella que cuestiona sus propios presupuestos y que, más que cumplir sus sueños emancipatorios, reinventa sus modos de soñar; será urgente preguntarnos, el día después de la toma, cuál es el modo en el que estamos soñando.

“El punto de vista se encuentra en el cuerpo”, por lo tanto el cuerpo es lo que no se ve. Tal vez sólo en la distancia que instaura un órgano rebelado podamos empezar a ver-nos un cuerpo, podamos empezar a ver desde dónde vemos. Y podamos, al fin, soñar otro sueño.

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).

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