01Marzo2017

Relámpagos

El carácter político de la amistad

Segunda parte de la entrevista a María Pía López, a partir de su libro Yo ya no. Horacio González: el don de la amistad. “Algo muy propio de González, una especie de generosidad abrumadora, que es poder reconocer en los otros el deseo, y acompañar mucho eso”.

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Por Juan Manuel Ciucci

APU: Horacio ha construido una idea discipular extraña, desde las revistas o las cátedras, que es otro modo de construir pensamiento…

MPL: Fue muy impresionante cuando Darío Capelli y Matías Rodeiro y varios compañeros de las cátedras de Horacio organizaron un acto en el Aula 100 de Marcelo T de Alvear, donde se leyeron durante 6 horas sin parar textos sobre sus libros. Eso me impresionó mucho, porque es bastante extraño que haya intelectuales con esa capacidad de generar tribus a su alrededor. Y cantidad de personas que se vinculan con él de modos muy productivos: revistas, librerías, editoriales, cátedras acá, en Rosario, La Plata… Cantidad de personas que dirían que no habrían realizado eso sin el impulso de haber pasado una vez por una clase de Horacio, o por dentro de un libro suyo. Eso tiene que ver con algo muy propio de González, que es una especie de generosidad abrumadora, que es poder reconocer en los otros el deseo, y acompañar mucho eso. También me causa esa impresión cuando charlo con los compañeros en la Biblioteca, donde muchas de las cosas que le duelen a la gente tienen que ver con el modo en que habían sido liberados para hacer lo que querían hacer, y habían crecido mucho en ese sentido; y ahora se encuentran ni siquiera con la negación, sino con una especie de apatía general donde todo deja de importar.

APU: Algo que también pone en discusión Horacio son los modos académicos, no sólo en la producción de contenidos sino en la docencia.

MPL: Sí, siempre he discutido un poco con Horacio el modo de dar clase. Siempre le temí como el tipo de sensación que te da cuando está dando una clase, que él mismo lo subraya, que es “no tuve tiempo de preparar, vengo e improviso”. O escribir los borradores de un solo tirón. Siempre me preocupó en el sentido de que hay muchas personas que pueden creer que pueden pararse delante de un curso y hablar. O presentar un trabajo a partir de lo que surgió de la iluminación de tu obra. Y yo creo que hay que hacer más evidente el backup propio, en el sentido de mostrar que si te parás ante una clase e improvisas, es porque la viniste preparando hace 20 años a esa clase. Y por supuesto, hay un punto en la vida en que uno se para sin preparar, pero porque tuviste una cantidad de lecturas, otras clases que diste, una cantidad de reflexiones… Siempre discutí un poco esa imagen de intuición que pone en juego, y que podía generar una especie de malentendido juvenil: la idea de que podía uno estar ahí sin estudiar.

APU: En otros momentos esto fue muy trabajado, como con las Cátedras Nacionales, siempre con el interés de construir de otro modo la clase…

MPL: Otro modo, sumado a algo dramatúrgico, teatral. Las Cátedras Nacionales eran multitudinarias, masivas, él recurre a la teatralidad con Kartun también porque tiene que producir grandes escenas para miles de alumnos. No llegué a cursar los momentos que cuentan más sorprendentes, cuando vuelve del exilio, cuentan cosas muy divertidas cuando él está con Eduardo Rinesi y otros compañeros dando una de las materias cuando Sociología todavía estaba en Ciudad Universitaria. Había algo con esto de la intuición, que siempre me pareció genial, que es un delirio, una locura, que llevaban una ruleta con todos los temas del cuatrimestre. Tiraban la ruleta y tenían que dar el tema que salía, como un bolillero pero al revés (risas). No son sólo recursos para que el estudiante no se aburra, sino que hay algo un poco más fuerte que es cómo producir esa instancia de pensamiento en todas las instituciones, todos los ritos, todas las situaciones….

APU: Hay algo de lo libertario en todo eso…

MPL: Todo el tiempo, y para obligar al otro a que haga su propio proceso ante eso. Me asombró mucho cuando leí El maestro ignorante de Ranciére, la sensación de que había algunas de esas ideas ahí, no es que el maestro no sepa, importa poco si sabe o no, sino que tenga la disposición de obligar al estudiante a que haga su propio camino. Y que para eso lo encierra en un círculo en el que puede transitar sólo por su propia voluntad. Para hacer eso, sólo se requiere un punto de partida, que es asumir la igualdad de inteligencias. Eso es algo que explica este principio de la docencia en Horacio: él siempre parte de que el otro que está en frente es un sujeto inteligente capaz de entender, pensar y crear. Y eso se nota en la construcción discursiva, por eso no tendría sentido un cuadro sinóptico. Lo que tiene sentido es poner en escena un modo de imaginar y pensar que al otro le resulte sugerente.

APU: Para finalizar, te preguntaría por tu experiencia personal con Horacio, y tu propia participación en esta historia y en este libro.

MPL: Algo que estaba transitando ahí y que está muy presente en el libro, era el duelo por la muerte de mi vieja. Y el miedo por la enfermedad de Horacio. Hay algo que quería recorrer, que es la experiencia del duelo. Este libro fue muy dialogado a lo largo del año, entre quienes charlé más estaba María Moreno que estaba escribiendo Black out. Por eso de algún modo parte de lo que diga tiene que ver con lo que ambas fuimos pensando. Y porque ella me insistía mucho con algo que está y no está en el libro, que era exacerbar aún más la presencia personal. Por eso es un libro extraño, porque no es un ensayo estrictamente, no es memorias, no es ficción, y tiene de todo eso un poco. Hay cosas no referidas a sucesos efectivamente ocurridos, sino narradas de otro modo. Quería trabajar la idea de pensar todo como si fueran personajes de una especie de novela. Una novela con personajes reales, como me parecía que era el Borges de Bioy Casares. Del mismo modo que Los diarios de Piglia, en especial Los años felices, el modo en que aparece Viñas ahí, tampoco importa si es ficción o no. Me interesaba menos dar cuenta del afecto personal por Horacio, que además es innegable, cotidiano y muy persistente; como del carácter político de la amistad. Eso era muy importante sostenerlo, tenía mucho que ver con una imagen de Diego Tatián que me había conmovido mucho. En los últimos días que estuvimos en la Biblioteca, hicimos un congreso sobre filosofía política, era 8 de diciembre, un delirio, despidiéndonos de la Biblioteca a punto de entregarla, y Diego llevó un trabajo excepcional como suelen serlo, sobre la idea de que los años del kirchnerismo habían sido los años de la política de la amistad. Donde habíamos podido hacer una política sobre la base de los lazos de amistad. Uno podría encontrar las formas de la amistad en la docencia, en la escritura, en las revistas, en las instituciones públicas, en el Estado o en la militancia. Quería narrar más eso que a mi amigo personal.

Parte de la discusión con María era que ella me decía “no dejes de narrar el cotidiano”. Eso va y vuelve, pero para mí está muy presente ese vinculo amistoso, amoroso, afectivo más profundo, en el hecho de que yo escribí ese libro con miedo. Lo entregué a los editores el día anterior a que Horacio entrara a hacerse el transplante. Fue como cuando te colgás un amuleto, esas cosas totalmente irracionales, pero al mismo tiempo era mi apuesta a que todo tenía que salir bien. Que al libro lo terminaba ahí y no podía agregarle una línea.

APU: ¿Cómo viviste la presentación que se realizó en la librería Caburé, cuando se va cargando de politicidad la figura de Horacio?

MPL: Fue un poco lo que preguntabas hace un rato, fue impresionante la enorme cantidad de gente. Y también algo que me interesó especialmente que era la diversidad, se produjo una confluencia de gente que no se produciría en ningún otro acontecimiento. Desde amigos suyos y míos también de Carta Abierta, hasta militantes feministas de los mas variados grupos, estudiantes de la Facultad de segundo año junto a Rectores de diversas universidades del país. Una sensación de que había una apuesta política en juego, y que no se podría pensar por fuera de lo que armó Horacio en estos años. Fernando Alfón, un amigo nuestro de La Plata, que estaba ese día hace tiempo escribió un posteo cuando andaría preocupado por su salud, algo que suele pasar, diciendo que muchos nos reconocemos en tanto fuimos amparados por su amistad. Y eso me parecía una idea de confabulación muy interesante, políticamente interesante. La pertenencia a un movimiento político tiene que ver con eso: fuimos amparados por el mismo nombre de la época.

Yo ya no. Horacio González: el don de la amistad, segundo libro de CUARENTA RÍOS, esfuerzo cooperativo de la Revista El río sin orillas y la Editorial Las cuarenta

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa

Primera Parte de la Entrevista

Un pensamiento desde/en el desborde

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