01Marzo2017

Relámpagos

Una vez más: destrucción y remoción del pre-marxismo contemporáneo

Por Rodrigo Lugones l “El marxismo no es una bandera política universal, es una guía práctica para la praxis de la liberación que debe ser utilizada `en situación´”.

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"Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante"
Karl Marx

¿Porqué responder?

El debate en torno a la obra de Laclau, desde la perspectiva que asumo, es crucial. Me permito pensar que expone todos los límites que contiene la experiencia militante kirchnerista, a la que pertenezco orgullosamente. Nos ayuda a re pensarla con sus grandiosos y celebrados alcances, y sus siempre lamentados límites. Ideológicamente, el debate, exhibe el grado de deterioro de las queridas “viejas banderas de lucha”, esas de las que nos habló Ernesto Jauretche en un conmovedor “Relámpago” reciente. Deterioro que es resultado de la victoria cultural de la Dictadura Cívico-Eclesiástico-Militar.

Los milicos, al lograr separar, terror mediante, el pensamiento para la liberación social de la práctica política popular cotidiana de las juventudes militantes, nos han transformado, a penas, en un intento por buscar una democracia participativa, nunca despreciable, pero siempre acotada y capitalista, en última instancia (y digo “en última instancia” porque no desconozco la enorme cantidad de mediaciones que valoro, las cuales me llevan a defender la identidad kirchnerista). Es éste el grado de desarrollo de nuestra conciencia en el contexto contemporáneo.

He aquí el punto crucial de éste debate: revela los presupuestos políticos de una generación militante, los alances de las ideas y las prácticas de una época, sus intentos por superarlos y superarse y sus desviaciones ideológicas, aquellas que sólo contribuyen, al decir de Walsh, a no poder tomar la posta de las generaciones que nos precedieron en la lucha por la liberación social, objetivo de toda praxis militante que persiga la justicia social.

Es por esto que me decidí a responder a lxs queridxs Paloma Baldi y Santiago Asorey, y porque intento, además, ser un muy humilde heredero de la tradición “Olmediana” que abreva en el nacionalismo popular revolucionario (donde el pensamiento para la liberación social no debe estar separado de la identidad, repleta de diversidad equivalentes, de nuestro pueblo), obviamente aggiornada a nuestra época, siempre falta de cambios profundos y cuestionamientos subversivos.

¿Laclau para la liberación? No.

En “Emancipación…” Baldi y Asorey lanzan una serie de preguntas hacia mí, basadas en mi texto “Post-marxismo para sí, pre-marxismo en sí”. En este apartado me tomaré el trabajo de responder, una por una, a todas ellas.

En primer lugar los compañeros afirman que “Laclau no se opone a las categorías del marxismo”, conclusión que parcialmente es cierta. Vale aclarar, entonces, que el problema no reside en oponerse a las “categorías del marxismo”, sino en oponerse a su objetivo: la superación de las desigualdades sociales y de la explotación del hombre por el hombre y de la mujer por la mujer. En la democracia radical (nunca peronista) laclausiana no hay lugar para un más allá de la tensión democrático-burguesa. Todo es guerra de posiciones al interior de la democracia posibilista post-caída del Muro de Berlín. El hombre y la mujer no pueden liberarse, apenas pueden construir nuevas institucionalidades que contengan reclamos aislados que se aúnan en una lógica de equivalencias (claro que arborescente, porque el lazo libidinal que une al Líder con las Masas está presente) pero siempre evitando “el más allá de la democracia radical” anteriormente citada.

Sin atender a este punto central de mi planteo, los compañeros continúan hasta llegar al carozo del problema, el fundamento último de su posicionamiento: la negación del marxismo (no de sus “categorías”) en tanto herramienta válida para conocer y transformar la realidad, por considerarla “foránea”. El razonamiento se concentra en la siguiente afirmación: “…nos oponemos a que el movimiento sea subordinado a un paradigma que no le es propio”. Para los compañeros el marxismo es un “paradigma”, ¿será que para ellos no hay más allá de la universidad, como para Derridá no había nada más allá del texto? ¡Extraña concepción que se opone, exactamente, al marxismo!

Más adelante traeré a Carlos Olmedo para pensar los problemas en torno a la triada “Peronismo, marxismo e ideología (foránea)” y expondré que lo que los compañeros consideran “el marxismo” es una suma de pre-concepciones que poco tienen que ver con una guía práctica-teórica para la acción revolucionaria. Pero por ahora continuaremos respondiendo a sus preguntas.

Coherentes con su ¿imposibilidad para entender el planteo?, los compañeros también cuestionan lo que llaman “centralidad del marxismo”. Es preciso explicar, por lo tanto, que la centralidad que ocupa el marxismo, en tanto guía para la acción revolucionaria, no es un capricho personal, sino la afirmación de que sus planteos no fueron superados, reiteramos (a riesgo de aburrir, pero buscando que lo que se repite se piense dos veces) porque no fueron superadas las condiciones que dieron origen al surgimiento histórico del mismo: el mundo capitalista. En tanto y en cuanto no sean “canceladas” las criticas de Marx en una superación histórica, su voz volverá, cargada de verdades, a decirnos “lo que falta”; por lo tanto, cualquier pensamiento que busque negarlo, sin superar sus profundas críticas al modo de producción capitalista, caerá (volviendo a citar a Sartre) en un pensamiento ya contenido en el planteo que se pretende superar.

Se me ha preguntado, también, sobre el problema que representaría reconocerle a Laclau “aportes para pensar la liberación”: el problema, sencillamente, es que él la niega, a diferencia de Zizek, Sarte, u otros pensadores que profundizan y abren un marxismo no-dogmático o “bien entendido”, es que éstos últimos no cancelan la posibilidad de la liberación o “emancipación” (término que aprendí a rechazar: la liberación social no se alcanza en un tribunal de minoridad), sin embargo, Laclau sí lo hace, y vuelvo, insisto, porque el susodicho sólo concibe una teoría política del “mientras tanto”, valida como totalización en proceso, pero no como fin. El tan citado Slavoj Zizek, cuando nos habla de ideología, trae una frase marxista que expresa oportunamente lo que podemos decir de la obra de Laclau y de los comentarios y valoraciones que tanto él como Mouffe exponían sobre sí mismos: “No saben lo que hacen, pero lo hacen”. En síntesis, no importa lo que los autores digan de su obra o lo que intenten cuando buscan anticiparse a las críticas más evidentes, lo que importa es que sus resultados teóricos son pre-marxistas en-sí, aunque para sí mismos pretendan expresar una superación. He allí el núcleo de la operación ideológica inconsciente, o no, laclausiana.

Por último: ¿Esto significa que debemos rechazar cualquier aporte posible que Laclau nos haya proporcionado? Desde luego que no. Como ya lo dije en el anterior Relámpago, el aporte de Laclau es condición de posibilidad para, por ejemplo, pensar la filosofía política con ciertos atributos del lacanismo (al cual suscribo, fervientemente). Y además, creo, nos ayuda a comprender la manera en la cual se conforman las equivalencias o cadenas que construyen un lazo con un líder o una líder, en una pelea contra-hegemónica, o, mejor dicho, en la construcción de una hegemonía popular.

Carlos Olmedo contra los “guardianes” de Laclau

Llegando casi al final, elegimos plantear un debate que los compañeros proponen cuando convocan, como cita de autoridad, al indefendible ex Guardia de Hierro, Alejandro Francisco Álvarez. Su objetivo es derribar, una vez más, por considerarlo foráneo, el pensamiento dialéctico marxista, instrumento para pensar y hacer la liberación.

El núcleo de éste problema, como lo planteamos más arriba, es la serie de presupuestos e ideas que los compañeros entienden por “el marxismo”. Desde luego éste es un problema de época, no tienen ellos la culpa de ser actores de su época (nadie, y quién escribe es ejemplo de esto, escapa de ella).

¿Cómo los compañeros no van a pensar que el marxismo es un enemigo, o que “no puede explicar completamente una realidad que no le es propia”, si las versiones que nos han llegado de él siempre han impugnado nuestra práctica política, siempre han despreciado la identidad del pueblo, si siempre han negado o valorado negativamente al peronismo y al kirchnerismo? Es lógica su reacción.

¡Tranquilos compañeros, muchos pensamos lo mismo! Sin embargo existió un hombre, tal vez el mejor de los nuestros (o uno de ellos y ellas, ya que existieron varixs que tomaron la posta de sus banderas para construir la victoria del pueblo) que pensó éste problema, que lo pensó más allá de Milcíades Peña, de Portantiero y Aricó, más allá de Contorno, más allá de Gino Germani, Nahuel Moreno y Roberto Santucho. Ese compañero es Carlos Olmedo, quien en abril de 1971 mantuvo una polémica con el dirigente máximo del PRT-ERP, donde trató de aclarar (yo creo que definitivamente) el problema en torno a la tríada: “Peronismo, marxismo e ideología (foránea)”.

Allí, Olmedo escribía cosas como éstas: “…esta posición parte para la definición de su estrategia y de su táctica, de un análisis (ya veremos más adelante en qué medida este análisis existe) que comienza en la situación global a nivel mundial y termina en la situación nacional; rechaza como negativa la experiencia peronista y el peronis¬mo de las clases trabajadoras. Las particularidades nacionales, la propia histo¬ria nacional y la ideología de las masas son ignoradas o declaradas negativas en nombre de la universal doctrina marxista-leninista.

A esto cabe oponer: el reconocimiento de la validez de la experiencia histórica de la clase obrera argentina, el reconocimiento de que es en su ideología real, concreta, existente, donde debe situarse el punto de partida para el de¬sarrollo de la concepción revolucionaria nacional, y el convencimiento de que el peronismo es la forma política del movimiento de liberación nacional. Con¬secuentemente con esto, el punto de partida de cualquiera de nuestros análisis está situado en la sociedad argentina real y concreta y nuestra estrategia se basa ante todo en el estudio y conocimiento de las peculiares condiciones en que nuestra patria se desenvuelve.”

Una metodología para la praxis política de la liberación no tiene la culpa de sus mediocres herederos. El marxismo no es una bandera política universal. Es una guía práctica para la praxis de la liberación que debe ser utilizada “en situación”. Muchas veces el pueblo es plenamente materialista sin que lo sepa. Muchas veces, también, quienes se declaman materialistas históricos no son más que fútiles herederos de una tradición que los supera. Ya lo dijo Marx: “Si esto es el marxismo, yo no soy marxista”.

¿Acaso Franz Fanon, ícono de las guerras contra el neo-colonialismo, era un “colonizado” que repetía “ideología foránea”, por aceptar como válida y utilizar la dialéctica marxista, por reconocerla como instrumento para transformar la realidad? Razonar así es un error grosero.

En esta línea, lo que jamás debe ser el marxismo, escribe Oscar Masotta, es “esa voluntad nefasta de inscribir todo acontecimiento en un mecanismo de esquemas presupuestos, donde se explica lo nuevo por lo ya conocido, no se sale al encuentro de un acontecimiento que es necesario conocer, sino que se lo reencuentra, es decir, se deja de lado lo que el acontecimiento tiene de irreductible y singular, para referirlo al cuadro de las condiciones históricas generales”.

Pensemos si esta potente frase sartreana y marxista no nos lleva a repensar en las interpretaciones que la izquierda argentina ha realizado, por ejemplo, del 17 de octubre, o si al momento de realizar las valoraciones (siempre negativas) del fenómeno peronista no ha operado el mismo razonamiento. Para ellos el Peronismo es igual al “Bonapartismo” del 18 Brumario (con leves variaciones), o mero “Nacionalismo Burgués” como cualquier experiencia internacional de conservadurismo popular.

Aquí, Olmedo y Masotta brindarían por la construcción de un nacionalismo popular revolucionario que se piense y se haga con el pueblo, y no encastrando ideas (ahora sí) foráneas (o exteriores que no buscan explicar la realidad sino justificar una posición política anti-popular), pero sin por ello negar el instrumento, la herramienta política de la dialéctica para conocer y transformar la Historia. Como vemos, rechazar el pensamiento crítico marxista por considerarlo “foráneo”, equivale a rechazar el uso de la computadora por haber sido creada en Silicon Valley.

La Necesidad como efecto retroactivo, o cómo el sentido llega después

Por último, me centraré en la crítica a las ideas de “Necesidad” y “Teleología” que plantean los compañeros, ideas que son objeto de crítica de una extensa cantidad de bibliografía anti marxista. Para poder establecer síntesis y actuar políticamente, es preciso otorgarle sentido a los acontecimientos históricos (esto no es novedad, desde ya). El ataque post-estructuralista al marxismo (del cual Laclau es un evidente deudor), se basa en plantear que el marxismo es teleológico, es decir, que cree que existe un fin inmanente en la Historia. El sentido que conferimos a un acontecimiento implicaría la idea de que existe un “decurso necesario de los hechos”, que la Historia marcha hacia un lugar determinado previamente, al cual “necesariamente”, llegará o llegó.

Esto se deduce, falsamente (desde luego), de los análisis políticos escritos siempre “en situación”. Es en el contexto de éste debate filosófico que me permito la siguiente afirmación lacaniana, si se quiere, con la cual un marxista podría estar plenamente de acuerdo: “El sentido llega después”, ¿porqué? Porque el sentido tiene efecto retroactivo, así como “entendemos” las palabras de nuestros padres mucho tiempo después de que hayan sido proferidas (Ej.: “Ahora que soy madre puedo entender a mi madre cuando me decía tal cosa”), la llamada “Necesidad” surge de la Contingencia de los acontecimientos, vistos retroactivamente.

El sentido de un acontecimiento sólo nos es entregado al anochecer, en ese momento exacto donde el búho de Minerva remonta su vuelo. Es éste el núcleo de la astucia de la razón dialéctica (nunca Necesaria y predecible, ya que siempre puede y será atravesada por las contingencias que la vuelven impredecible). Zizek lo explica así: “Todo el esfuerzo del enfoque dialéctico apunta a no sucumbir a la ilusión retroactiva de que el resultado final estaba pre-escrito desde el comienzo; por lo tanto, apunta a no perder de vista la contingencia de la cual depende la llegada de la Necesidad. Por esta vía, el “extrañamiento”, la distancia emocional en el sentido bretchiano, forma parte constitutiva del análisis dialéctico; lo más “familiar”, lo más “natural” debe aparecer como un orden totalmente contingente y artificial.”

En la Historia siempre puede suceder otra cosa, dependerá de la acción militante, de la praxis política que opera en la realidad social, en cada situación única en sí misma, poder hacer surgir de la contingencia de una posibilidad entre muchas otras de la realidad, la victoria que nos confiera una verdad y nos entregue un sentido. El futuro no está escrito, decía el genial Joe Strummer, y nada nos garantiza la victoria, si quiera que nuestra posibilidad pueda transformarse en realidad material, es por eso que toda política es una apuesta, un acto de fe. Aun soportada en poderosos argumentos metodológicos, puede fallar.

Bienvenido sea el debate por una apuesta por la liberación.

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).

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