"8CHO", tango aéreo: la contemporaneidad en la cultura tradicional
Hay algo no tan extraño en ver bailar tango en el techo. Durante los primeros minutos de 8CHO, el espectáculo de tango aéreo de Brenda Angiel que se presenta todos los domingos de octubre a las 18 horas en el Teatro Aérea, dos mujeres bailan un tango reconocible, pero suspendidas en el aire, sujetas por arneses. Mirando ese primer número pensaba, ¿esto puede sostenerse durante una función entera?
En mi opinión, la dificultad con la que se encuentra esta obra es que el hecho de bailar tango en el aire, por sí solo, no alcanza para volverla rupturista o interesante. La verdadera transformación aparece a medida que avanza el espectáculo, cuando la música empieza a evolucionar. Sin dejar de ser tango, las melodías de Astor Piazzolla y las composiciones originales empiezan a convivir con instrumentos electrónicos, luces intermitentes, acrobacias y nuevas configuraciones de parejas. El género conserva algo que permite reconocerlo, pero ya no responde del todo a la imagen que teníamos de él. Lo tradicional no desaparece: se deforma, se mezcla, se mueve. Y en esa deformación aparece algo mucho más interesante que la simple idea de modernizarlo: la posibilidad de que una tradición sobreviva justamente porque deja de intentar ser siempre la misma.
La pregunta me quedó dando vueltas porque, la semana anterior, había ido a escuchar a Horacio Lavandera en Café Berlín. El pianista tocó un repertorio que pasaba por Bach, Piazzolla y John Williams entre otros compositores más. La experiencia parecía estar mucho más cerca de una idea clásica de la música, pero también ahí aparecía una mezcla de géneros, épocas y usos. Fui con mi mejor amiga, como yo de 23 años, y en un momento, nos dimos cuenta de que conocíamos la enorme mayoría de las piezas, aunque no pudiéramos decir sus nombres ni quién las había compuesto. La cultura estaba ahí antes de que pudiéramos identificarla. Habíamos escuchado esas melodías en películas, en otros espacios, en algún lugar de nuestras vidas que no necesariamente recordábamos.
Quizás eso también sea una forma de tradición: reconocer algo sin saber muy bien de dónde viene.
Un teórico que leí para la facultad, Rick Altman, planteaba que los géneros no son categorías estables y completas, sino construcciones que se modifican con el tiempo. Un género no nace terminado ni permanece intacto en el tiempo. Aunque Altman esté pensando en el cine, la idea sirve para mirar lo que sucede con otras expresiones culturales. El tango también tiene sus códigos, sus instrumentos, sus movimientos, sus escenarios y una imagen que se fue construyendo a lo largo de los años. Pero nada de eso significa que exista una única manera legítima de hacerlo. Si un género necesita ser reconocido para existir como tal, también necesita que haya alguien dispuesto a retomarlo, incluso cuando lo hace de una manera que no coincide con lo que se espera de él.
La problemática que intenta resolver 8CHO quizás no sea cómo modernizar el tango, sino cómo evitar que la tradición se convierta en una obligación de repetición; una cultura que solo puede reproducir sus formas anteriores corre el riesgo de volverse una pieza de museo. Pero una cultura que renuncia a todo lo que la precede pierde también la posibilidad de establecer un diálogo con su propia historia. 8CHO no abandona el tango para hacer otra cosa, sino que lo obliga a convivir con elementos que, en principio, parecerían ajenos a él. El cuerpo deja de relacionarse con el suelo de la manera esperada, la pareja deja de responder siempre a las configuraciones tradicionales y la música se abre a otras sonoridades y sin embargo su alma tanguera sigue ahí. No hace falta que desaparezca para que algo cambie. La ruptura no está en un elemento aislado, sino en el conjunto de desplazamientos que modifica nuestra forma de percibir el género.
Pero ¿De dónde salen estos cambios y por qué ahora? ¿Son el resultado natural de una generación que ya no siente la obligación de respetar las fronteras entre los géneros? ¿O también hay una intención, por parte de quienes producen y programan estas obras, de acercar las expresiones culturales tradicionales a públicos que podrían sentirlas como algo lejano? No creo que las dos posibilidades sean excluyentes. Es probable que la renovación de una tradición sea, al mismo tiempo, una búsqueda artística y una forma de encontrar nuevos públicos. El problema aparece cuando se piensa a los jóvenes como personas que necesariamente necesitamos una versión simplificada, espectacular o más parecida a sus consumos habituales para interesarse por algo que pertenece a otra época.
Tal vez esta sea una de las formas en que una cultura se transmite. No necesariamente a través de una enseñanza explícita ni de la obligación de conocer grandes nombres, sino mediante la posibilidad de encontrarse con algo que ya existía y descubrir que todavía tiene algo para decir. A veces hace falta cambiar el contexto, modificar la forma o mezclarlo con elementos inesperados para que podamos percibirlo de otra manera.
8CHO realizó un recorrido internacional que incluyó Rusia y Nueva York, donde presentó 24 funciones (venciendo al Rey León en Broadway), y vuelve ahora a Buenos Aires. Su recorrido también permite pensar que las expresiones culturales no permanecen encerradas en el lugar donde nacieron: viajan, se encuentran con otros públicos y adquieren nuevos sentidos. El tango puede ser una marca reconocible de la cultura argentina, pero eso no significa que deba representarse siempre de la misma manera ni que exista una única forma de acercarse a él.
8CHO nos invita a que no haya que elegir entre tradición y renovación. Quizás una tradición sea, justamente, algo que una generación recibe, morfa y devuelve transformado. No para borrar lo que vino antes, ni para volverlo irreconocible por obligación, sino para comprobar que todavía puede producir algo en el presente. Porque una cultura no se mantiene viva solamente cuando repetimos sus formas, sino también cuando encontramos nuevas maneras de habitarlas.