La bala que siguió viajando

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La bala que siguió viajando

02 Septiembre 2026

«Vivo en tiempos sombríos.»
— Bertolt Brecht
 

Hace cuatro años, la noche del 1 de septiembre, un gatillo se apretó a treinta centímetros de la cara de Cristina y no pasó nada. O eso creímos. El arma falló, la bala no salió, y el país entero se quedó escuchando ese silencio raro, ese milagro mecánico. Nos dijimos que habíamos zafado. Tardamos en darnos cuenta de que la bala sí salió, solo que salió después, y despacio, y no desde un caño sino desde otro lado: desde el lenguaje, desde la mesa familiar, desde el grupo de WhatsApp, desde eso que empezamos a llamar, con una liviandad que da miedo, «sentido común».

Porque el odio no se construye en un acto. Se construye en una conversación. No llega con un grito sino con una frase que un día alguien dice al pasar y nadie corrige, y a la semana la repite otro, y al mes ya es lo que se piensa. Así se corrieron los márgenes. Lo que hace cuatro años era el límite de lo decible hoy es el piso. Se movió despacio el umbral de lo tolerable, tan despacio que casi no lo vimos, hasta que un día lo que antes nos hubiera parado en seco pasó a ser martes.

Y mientras discutíamos el odio —porque el odio es ruidoso, el odio pide escenario— por atrás pasaba lo otro, lo silencioso: la entrega. El odio como la mano que hace ruido para que no mires la otra mano. La bronca de todos los días fue el disfraz perfecto de un país que se iba entregando de a pedazos: los recursos, las decisiones, el futuro. La indignación como cortina.

Pero lo más fino de este modelo no es que te hagan creer la mentira. Ese sería un negocio pobre. Lo advirtió Hannah Arendt hace medio siglo, pensando en cómo se destruye una sociedad desde adentro: el resultado de que te mientan todo el tiempo no es que creas en la mentira, es que ya no creés en nada. Y un pueblo que no puede distinguir lo verdadero de lo falso es un pueblo que no puede decidir, que no puede actuar, que no puede pensar. Con un pueblo así —escribió— se puede hacer lo que se quiera. Ese es el punto. No que creas algo, sino que no sepas en qué creer. Porque al que no sabe en qué creer se le puede vender cualquier cosa. Incluso su propio país.

Contra eso no se gana gritando más fuerte. No hay forma de gritarle más fuerte a la confusión: la confusión siempre tiene más pulmón. Lo que hay que hacer es más difícil y más lento, y se parece bastante a volver a poner piso bajo los pies de la gente. Reconstruir las reglas de la democracia, pero no como abstracción de manual, sino como lo único que la vuelve verdadera: el ejercicio cotidiano de los derechos. La democracia no es solo ir a votar cada dos años. Es si un pibe llega o no al médico, si el laburo alcanza o no alcanza, si mañana es una palabra que todavía significa algo.

Porque hubo un momento en que el horizonte de un país entero se achicó hasta caber adentro de una sola frase: llegar a fin de mes. Toda la imaginación popular, todo el futuro, comprimido en esos cuatro días finales del mes. Y una democracia se mide, al final, por el tamaño de los sueños de sus pibes. Por eso la tarea no es solo denunciar la mentira. Es devolverles a los pibes un sueño más grande que el fin de mes.

Esa es la agenda. Desarmar, de una vez, la bala que todavía viaja. No con otra bala. Reconstruyendo el país al que estaba apuntada.