Doscientos cincuenta años de las dos Américas

  • Imagen
ESTADOS UNIDOS EN DEBATE

Doscientos cincuenta años de las dos Américas

22 Julio 2026

Doscientos cincuenta años de atropellos imperialistas pueden convertirse fácilmente en una lista: bloqueos, invasiones, golpes, deudas, tribunales que fallan antes de escuchar, humillaciones, hambrunas. La lista existe, pero describe síntomas. No explica por qué, con actores distintos y excusas distintas, la herida vuelve a abrirse siempre en el mismo lugar. El imperio proyecta estratégicamente a largo plazo, la dominación es eso que aparece a lo largo del tiempo y se sostiene, convierte al dominador como invencible y al dominado a una perpetua pobreza material y simbólica.

Sin embargo, observamos no hay doscientos cincuenta episodios sueltos de un mismo villano llamado imperialismo norteamericano. Hay una contradicción de fondo que atraviesa dos siglos. Por un lado, lo que terminó llamándose América Latina. Por el otro, lo que un puñado de intelectuales del siglo XIX bautizó América Sajona. El imperialismo caracterizado por el marine, el endeudamiento, el fallo judicial teledirigido no es la causa de esa disputa: es su manifestación y forma política en cada época.

Para entender esta contradicción acudamos a Arturo Ardao. Sus libros no son un recuento de agravios sino una historia de las palabras con que nos pensamos.

Un nombre nacido en la trinchera

"América Latina" no la inventó ningún emperador europeo ni ningún gobierno yanqui. La inventaron hispanoamericanos exiliados en París quienes reflexionaron desde la cultura a mediados de la década de 1850, no para celebrar una hermandad de sangre latina, no había tiempo para celebraciones en el marco de las guerras civiles, sino para nombrar un peligro concreto: el avance de Estados Unidos sobre el continente.

La palabra "latina" aparece primero como adjetivo, en 1836, en la pluma del francés Michel Chevalier: "América del Sur es, como la Europa meridional, católica y latina. La América del Norte pertenece a una población protestante y anglosajona", he aquí la primera y gran caracterización. Chevalier agente de Napoleón pensaba en el rol tutelar de Francia, no en nosotros sureños. Veinte años después, el colombiano José María Torres Caicedo convirtió ese adjetivo en nombre propio movimiento semántico que modificó la historia de un continenten, y lo hizo en un momento preciso: en 1856, cuando el filibustero William Walker se había apoderado de Nicaragua con respaldo tácito del expansionismo estadounidense. Su poema "Las dos Américas" no deja lugar a dudas: "La raza de la América latina / al frente tiene la sajona raza… El Norte manda sin cesar auxilios / a Walker, el feroz aventurero".

Cuando Torres Caicedo hablaba de "raza" no lo hacía desde la biología y más si se trata de un literato: él mismo aclaraba que usaba el término "sin ser rigurosamente exacto", solo para seguir "el lenguaje de convención que hoy domina". Torres Caicedo estaba escribiendo desde una propuesta de civilización y no desde un registro biologicista, se posicionaba en elementos culturales como: matriz de lengua, religión y derecho nacida y heredada de la propia colonización. El proyecto ibérico fue mestizo en su resultado hubo una decisión deliberada, esto no quita que dicho proyecto también se edificó también sobre exterminio y explotación. El anglosajón avanzó por desplazamiento y segregación, había una decisión, establecer tabla raza con todas las poblaciones locales precedentes a la llegada de los británicos. Así identificamos dos matrices, dos propuestas civilizatorias, ninguna inocente pero que produjeron sociedades distintas, cuyas consecuencias hoy siguen vigentes.

A veces esa antítesis sajona/latina genera cierta divergencia a la hora nominalizar América ya que la misma no nació en América sino en Europa y surgió como categoría romántica posterior a la caída de Napoleón. Esta antinomia Chevalier se encargó de trasladarla al continente en 1836. Vale preguntarse entonces que si el nombre viene de un préstamo europeo, ¿de qué disputa "real" encierra? En este punto podemos decir que si bien la categoría fue importada, su canonización sirvió para caracterizar dos proyectos de sociedad ya en conflicto material desde la anexión de Texas, antiguo territorio mexicano, por parte de Estados Unidos, incluso antes de que la antítesis posea nombre. Las palabras no crean las contradicciones que describen, pero tampoco son un decorado indiferente, a veces la contingencia de la historia las ubica en su lugar. Así fue que cuando la cultura Hispanoamérica (encuentro cultural más amplio que la tradición española) decidió llamarse "latina" frente a lo "sajón", esa palabra empezó a operar como trinchera y caracterizar.

Monroe y la apropiación de una palabra

Si el nombre nace en la trinchera a la dominación la ubicamos un tiempo antes y tiene su propia fecha en 1823, se llamó: Doctrina Monroe. "América para los americanos" suena a gesto anticolonial, pero cuando Monroe decía "americanos" se refería, en los hechos, casi exclusivamente a los estadounidenses. Ahí está el gesto fundacional: no una invasión con tropas, sino una apropiación semántica. Se decide desde Washington quién puede llamarse "americano" sin apellido. Paradójicamente el mundo pragmático sajón conquistó américa por primera vez semánticamente. 

Cuando James Martí cubrió para La Nación la Conferencia de Washington de 1889 que fundó el panamericanismo, escribió que era "el planteamiento desembozado de la era del predominio de los Estados Unidos sobre los pueblos de la América". Frente a esa Unión Panamericana, opuso su "Nuestra América": declaración de guerra semántica antes que literaria.

El Destino Manifiesto, acuñado hacia 1845 para justificar la anexión de Texas, es la traducción operativa de Monroe: si "América es de los americanos", esos americanos "de verdad" tienen casi una obligación providencial de expandirse sobre el resto. Con esa doctrina se justificó la guerra contra México de 1846-1848, que le arrebató la mitad de su territorio. El imperialismo norteamericano nacía moralmente asociado a su hermano inglés, la superioridad civilizatoria fue la excusa perfecta. Mientras Gran Bretaña cometía genocidios en Asia y África, lo EEUU ampliaban sus fronteras a base de usurpación

Rodó, en 1900, advirtió sobre la "nordomanía" y reclamó una juventud capaz de forjar, en el futuro, una civilización digna de ese nombre. No regaló Ariel: lo exigió como tarea pendiente. Ugarte, por su parte, recorrió el continente denunciando el "peligro yanqui" cuando buena parte de las élites locales todavía miraba a Washington como modelo.

Del cañón al escritorio

El siglo XIX cierra con la Guerra Hispano-Cubano-Estadounidense de 1898. Cuba obtiene una independencia hipotecada por la Enmienda Platt, que le reservaba a Washington el derecho de intervenir militarmente cuando quisiera. Panamá, creación norteamericana y pieza balcanizadora, se separa de Colombia en 1903 para construir el canal. De ahí en más, el intervencionismo militar se vuelve rutina en Centroamérica y el Caribe: es la misma lógica de Walker, ahora con infantería de marina.

La Guerra Fría permite trasladar la vieja disputa al lenguaje del anticomunismo: ya no hace falta decir "sajón contra latino", alcanza con "libertad contra comunismo". El Plan Cóndor es la etapa superior violencia de la antítesis: coordinación entre los servicios de inteligencia de varios países del Cono Sur, con entrenamiento y respaldo de Washington, para perseguir y desaparecer opositores a través de las fronteras. Ya no hacía falta invadir cuando se podía entrenar a los propios ejércitos locales para hacer el trabajo puertas adentro.
Con el fin de la Guerra Fría llega el neoliberalismo del Consenso de Washington. La región llegó a la década del 80 cargada de una deuda que se infló cuando la Reserva Federal disparó sus tasas de interés a fines de los setenta: los créditos tomados en dólares se volvieron impagables de la noche a la mañana. Esa deuda, gestionada por el FMI y el Banco Mundial, se convirtió en la correa de transmisión perfecta: ya no hacía falta ocupar un país para condicionar sus decisiones, alcanzaba con condicionar el refinanciamiento a privatizaciones y ajuste. El imperialismo muestra su cara usurera y desarrolla un plan macabro contra lo latino.

La figura más reciente es el lawfare: jueces que actúan como brazo político disfrazado de neutralidad técnica, procesos armados para proscribir liderazgos populares. Lula, Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa: países distintos, mismo patrón. Pero el lawfare necesita una sociedad entrenada para creerle a esos jueces, domesticada donde los medios de comunicación juegan el rol de intelligentizia semicolonial. Esa disposición no se improvisa en un juicio: se cultiva durante décadas, y el lawfare es su cosecha tardía.

Patria grande único horizonte posible

La contradicción no tiene un solo protagonista. Bolívar, San Martín y Artigas soñaron con una patria continental que no se resignara a la balcanización, y los tres, dato que rescata Ardao, proyectaron ciudades utópicas para esa nación mayor. Ninguna se construyó, pero la insistencia muestra que la fragmentación nunca fue destino natural sino derrota a revertir.

Esa vocación reaparece en Martí, en Ugarte, y con un giro propio en Leopoldo Zea, para quien la periferia no debía disculparse por pensar desde su propia circunstancia: esa era, precisamente, la primera emancipación intelectual. Reaparece también en Alberto Methol Ferré, que pensaba la clave de nuestra historia no en el enfrentamiento entre naciones vecinas sino en la disputa entre proyectos de civilización continentales. Su idea de "continente-nación"  donde una Patria Grande solo resiste si se articula como bloque y no como suma de estados solitarios que negocian por separado su subordinación.

Esa clave permite leer las disputas actuales sin mezclarlas de más: el litio es hoy una pulseada de mercado con actores múltiples, incluida China; la Amazonia involucra soberanía compartida y presión ambiental internacional; la Antártida responde a un tratado propio y también la recuperación de Malvinas por América Latina. Lo común a todo esto es la pregunta de fondo: quién decide sobre estos territorios, si quienes los habitan organizados como bloque o actores externos que los miran como insumos de su expansión. Como es posible decidir cuándo se establece como regalo de soberanía una entrega de 100.000 hectareas del sur argentino al gobierno de Israel.

La disputa ya no es solo América Latina contra Estados Unidos: es una región todavía fragmentada frente a un tablero donde compiten Washington, Beijing y capitales sin bandera fija. Pero la pregunta que Torres Caicedo se hizo en 1856 sigue siendo, en lo esencial, la misma: si la región decidirá su destino como proyecto propio o seguirá siendo la tierra que otros nombran y administran desde afuera. El nombre "América Latina" nació como autodefensa frente a un peligro concreto, no como esencia dada de antemano, es decir, nació por oposición, nació a las apuradas, nació sin permiso, nació con deudas, con persecución. Por eso la identidad latinoamericana no es una herencia dormida, sino que es una propuesta en construcción: es un proyecto que hay que sostener cada vez que la contradicción reaparece, con el nombre que sea. Doscientos años de atropellos no son doscientos cincuenta capítulos sueltos: son variaciones de la misma partitura, todavía sin final escrito, por suerte…

"América para los americanos" suena a gesto anticolonial, pero cuando Monroe decía "americanos" se refería, en los hechos, casi exclusivamente a los estadounidenses. Ahí está el gesto fundacional: no una invasión con tropas, sino una apropiación semántica. Se decide desde Washington quién puede llamarse "americano" sin apellido.