Santiago Gómez: “Por primera vez en mucho tiempo, Lula llamó a la gente a la calle”

  • Imagen
    Lula
    Foto: Ricardo Stucker
APU EN BRASIL

Santiago Gómez: “Por primera vez en mucho tiempo, Lula llamó a la gente a la calle”

26 Octubre 2026

El periodista Santiago Gómez, radicado en Brasil, analizó en diálogo con Agencia Paco Urondo el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva y la movilización popular que permitió revertir el resultado adverso de la primera vuelta electoral. La participación de los jóvenes, la reorganización de la militancia del Partido de los Trabajadores (PT), el papel de las redes sociales y el rechazo al bolsonarismo fueron algunos de los factores que explican el resultado. “Después de cuatro años, por primera vez, Lula llamó a la gente a la calle”, señaló Gómez, quien destacó el cambio de estrategia del presidente brasileño durante las últimas semanas de campaña.

En la entrevista, el periodista también examinó los desafíos políticos que enfrentará el próximo gobierno, condicionado por un Congreso adverso, el poder de los legisladores sobre el presupuesto y la necesidad de una reforma política. Además, abordó las tensiones con el Poder Judicial, la disputa por la regulación de las plataformas digitales, la relación de Brasil con China y los BRICS, el desarrollo industrial y tecnológico, y la cuestión de la sucesión de Lula. Para Gómez, el triunfo electoral abre una nueva etapa, pero también anticipa un escenario de fuerte confrontación política y social.

APU: Después de la primera vuelta, Bolsonaro había quedado dos o tres puntos por encima de Lula. Había antecedentes que parecían complicar al candidato del PT: nunca un presidente había revertido una elección presidencial después de perder en la primera vuelta. También es cierto que Lula nunca había perdido una elección presidencial después de haber llegado al gobierno. En aquel momento habíamos hablado de que Bolsonaro, más allá de las críticas que pudiera recibir, tenía una causa y lograba movilizar a su gente, mientras que el PT parecía atravesar cierta desmovilización. Después de la primera vuelta, Lula salió a las calles, convocó a la militancia y hubo manifestaciones multitudinarias en todo el país. ¿Qué viste de novedoso para explicar esta vuelta impresionante de la elección?

SG: Yo creo que hubo un error en la primera vuelta: decir que íbamos a ganar en primera vuelta.

APU: Claro. Eso pudo haber desmovilizado a los propios. Si ya ganaste, alguno habrá pensado que no tenía ganas de ir a votar o que podía relajarse.

SG: Exactamente. Algunos decían: “Bueno, ya ganó, ¿para qué voy a ir a votar?”. Otros pensaban que habría una segunda vuelta y que votarían entonces. Eso fue lo que se vio.

APU: Se vio y escuchó mucha gente brasilera impresionada con el tamaño de las manifestaciones de estos últimos días.

SG: Algo que nunca había pasado, conversando con gente que está acá y con quienes militaron la vuelta de la democracia, son las manifestaciones que vimos durante estos últimos veinte días en Brasil. Lo del sábado en la avenida Paulista nunca se había visto. También llamó la atención la cantidad de jóvenes.

APU: ¿Cómo interpretás esa movilización?

Nosotros cubrimos con la Agencia las manifestaciones de 2013, cuando comenzaron las protestas por el passe livre, el transporte gratuito. Todo empezó en Porto Alegre y después se extendió por todos lados. El PT no supo cómo capitalizar aquello. Pero lo que vi durante estos últimos veinte días nunca lo había visto. Y lo que más se ve es juventud.

APU: ¿Hay pibes que participan de una movilización que es más antibolsonarista que propiamente pro-Lula? También hay una actitud propositiva: hacerse cargo de lo que falta construir, de las limitaciones y de lo que hay que mejorar. Pero, al mismo tiempo, aparece el temor a la posibilidad de que gane el otro.

SG: En las manifestaciones de Lula eran pro Lula no anti Bolsonaro. Lo que pasó es que, después de cuatro años, por primera vez, Lula llamó a la gente a la calle. Como decía Dirceu desde el primer día, éramos minoría en el gobierno. El PT era minoría en el gobierno.

Entonces, Lula se dedicaba a sentarse a conversar y a tratar de negociar todo bajo techo, en reuniones. Esta fue la primera vez que llamó a la gente a la calle por algún motivo.

APU: Muchas veces se elogia a Lula por no ser confrontativo, por ser un liderazgo de izquierda o de centroizquierda abierto a las negociaciones y los acuerdos. De hecho, tiene acuerdos con sectores del establishment. Eso que a veces se le celebra ahora aparece como un problema. Cuando tenés que ir a buscar millones de votos de personas que no van a votar. ¿Cómo las conmovés?

SG: Además, hay que mirar la relación de fuerzas institucional. El PT tiene 69 diputados, mientras que el bloque entero de la izquierda ronda los 146, sobre un total de 513 diputados. En el futuro, Lula va a tener dos cámaras con mayorías adversas y deberá designar cuatro ministros de la Corte, decisiones que también tendrán que pasar por el Congreso.

Lula había propuesto una reforma del Poder Judicial. Bolsonaro, por su parte, va a impulsar el juicio político contra más de un ministro de la Corte, entre ellos Alexandre de Moraes, que fue relator de la causa del 8 de enero y que metió preso al padre de Bolsonaro.

También aparecieron documentos relacionados con Daniel Vorcaro, el Epstein brasilero, que involucran a integrantes del Poder Judicial en distintos escándalos. Se conocieron situaciones muy comprometedoras para algunos ministros: desde gastos personales pagados por un banquero hasta vínculos económicos que generan sospechas. Todo eso va a formar parte de la disputa política que viene.

APU: En la entrevista anterior habíamos hablado de que había jueces de la Corte y sectores del Poder Judicial envueltos en escándalos, pero parecía que el PT los defendía mientras Bolsonaro los atacaba. Entonces, el PT terminaba defendiendo a personas cuestionadas y la derecha podía correrlo por izquierda en esa agenda. Bolsonaro va a tener un buen número de diputados y podría avanzar con juicios políticos contra ministros involucrados en escándalos. ¿Qué pensás que va a hacer Lula?

SG: Lo que sé es que a Bolsonaro se le terminan los fueros el 31 de diciembre. Hay una gran posibilidad de que haga lo mismo que su hermano: que se suba a un avión y se vaya. Después puede decir, como dice su hermano, que no va a ir preso siendo inocente.

Ahora vamos a ver qué hace Bolsonaro. Lo que imagino es que podemos entrar en una situación de mucha confrontación abierta en las calles, como cuando volvió Lula. Ya se ven cosas que antes no se veían. Ayer desfiguraron a piedrazos a una concejala de Minas Gerais. En el sur también comenzaron los ataques. Están completamente sacados.

Ellos están armados y se preparan para una revolución. A los evangélicos, además, les dicen que se trata de una batalla espiritual entre el bien y el mal, y que hasta los ángeles lucharon armados. El gran problema es que muchos de esos sectores no leen el Nuevo Testamento, sino solamente el Antiguo. En Brasil hay sectores evangélicos que apoyan a Israel y son sionistas.

Vamos a ver qué pasa, pero creo que habrá una confrontación inmensa.

Al mismo tiempo, hay una renovación política. Entraron varios jóvenes como diputados. Hay una chica de 21 años de Minas Gerais, Ana Elisa, que es increíble: hija de una profesora sindicalista, vinculada a los sindicatos. La escuchás hablar y no lo podés creer. También fue electo Pedro Rousseff, sobrino de Dilma, y Rosa Amorim, del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), que creció en un asentamiento del movimiento en Recife. Hay una nueva generación que tendrá que asumir responsabilidades.

APU: ¿Qué puede hacer Lula frente a un Congreso adverso? Una de las cuestiones que mencionás es el poder que tienen los diputados sobre el presupuesto.

SG: Brasil tiene un sistema en el que los diputados manejan una parte enorme del presupuesto nacional a través de las enmiendas parlamentarias. Para que te hagas una idea, pueden disponer de aproximadamente la mitad del presupuesto.

Un diputado puede decir: “Voy a hacer un hospital en mi ciudad”, y asignar fondos para eso, pasando por encima del gobernador y del intendente. Es una forma de repartir dinero en cada lugar y construir poder político. Ese sistema se expandió durante el gobierno de Bolsonaro.

Lo mínimo que tiene que hacer Lula es ver cómo recupera esos recursos para que el Poder Ejecutivo tenga dinero y pueda hacer cosas. Pero, con un Congreso en contra, no es sencillo.

Creo que una posibilidad es que intervenga la Corte Suprema. Flávio Dino, uno de los ministros más dignos que hay en el tribunal, viene cuestionando desde hace tiempo las enmiendas. Habrá que ver si la Corte puede resolver que algunas de esas prácticas son inconstitucionales, porque el Poder Legislativo no debería ejercer funciones ejecutivas, como planificar obras y administrar recursos de esa manera.

Creo que Lula no va a tener otra alternativa que volver a la calle. Los diputados y los legisladores van a tener que hacerse cargo de sus decisiones en sus propias ciudades cuando los empiecen a cuestionar. Los jóvenes que salieron a la calle ahora no se van a quedar quietos. Saben que participaron de una movilización que ayudó a que Lula ganara y van a querer más cosas. Y Lula también va a querer avanzar.

APU: Para eso también se necesita una reforma política. Escuché a Jaques Wagner, que fue líder del Senado de Lula, hablar de una reforma constitucional para terminar con la reelección, establecer mandatos de cinco años y elegir todos los cargos al mismo tiempo. ¿Qué pensás de esa discusión?

SG: No sé si Wagner habla por sí mismo o si expresa una posición más amplia, pero Brasil necesita urgentemente una reforma política.

No es posible que votes personas y no listas. Lula puede obtener el 48% de los votos y, sin embargo, el PT termina con una representación parlamentaria muy inferior a ese porcentaje. La Cámara tiene 513 diputados y el partido tiene una bancada pequeña en relación con el caudal electoral de Lula.

El sistema hace que los candidatos compitan incluso dentro de un mismo partido. Supongamos que todos los candidatos a diputados federales del PT tienen números diferentes: 1301, 1302, 1303 y así sucesivamente. Cada uno hace fuerza para su lado. No votás una lista completa que represente a una fuerza política, sino personas individuales. Eso atomiza completamente la fuerza.

APU: En el discurso de Lula después del triunfo, él habló mucho de unificar y de gobernar para los 200 millones de brasileños. Parecía un mensaje para bajar un cambio: ya ganamos, ahora hay que gobernar. ¿No te dio esa sensación?

SG: No, al revés. La sensación que me quedó es que va a cambiar la marcha y acelerar.

Lula dijo que se terminó una manera de gobernar. Se prevé un gran cambio en el gabinete. También hubo algo interesante ayer: se pudo ver cierta incomodidad con el protagonismo de este ejército de Lula que se organizó en las redes.

El grupo fue impulsado por un diputado de Minas Gerais y tuvo una participación muy importante de sectores de clase media que no suelen salir a la calle, pero que dieron la batalla en las redes sociales. Al lado estaba Sidônio Palmeira, el responsable de la campaña de Lula.

Lula dijo que ahora vamos a tener otra política de comunicación, que antes no teníamos una política de redes y que va a hablar directamente con todo el mundo todos los días. Planteó una comunicación directa con la población.

APU: ¿Eso no permite relativizar un poco el peso que se le atribuyó al grupo de WhatsApp "El ejército de Lula" que tuvo tanta repercusión? Parecía que se le adjudicaba casi el 90% de la victoria.

SG: La clase media se sacó la culpa de encima. Participó desde su casa, por WhatsApp. El 90% de la población brasileña está muerta de miedo, no anda por la calle, no circula. Era lógico que después creyera que había sido protagonista de la victoria.

Lo habíamos hablado antes. Yo creía que Lula iba a ganar porque iba a bajar la abstención. Y fue lo que pasó.

La participación en las redes fue importante. Mucha gente compartió materiales desde su casa y dio una batalla que tuvo efectos concretos. Hay algo interesante para pensar: cómo funcionan los algoritmos.

Los algoritmos trabajan por repetición de asociación entre elementos. Si asociás muchas veces una cosa con otra, cuando aparece una, la otra viene, como en la cabeza.

Una de las estrategias fue evitar que las plataformas detectaran una operación automatizada. Si usás bots y hacés que millones de cuentas hagan una búsqueda al mismo tiempo, pueden identificarlo y bloquearlo. En cambio, se buscó que millones de personas hicieran búsquedas simultáneas en Google para asociar a Flávio Bolsonaro con determinadas polémicas, como la de la nena asesinada por un policía cliente de él o la de los chocolates para lavar dinero.

Eso fue interesante y sirve para pensar cómo se puede intervenir en los algoritmos y condicionar las búsquedas. Si no, no tenés muchas herramientas para disputar ese terreno.

APU: En tu análisis también señalás que Lula no estaba peleando solamente con Bolsonaro, sino con las grandes empresas tecnológicas.

SG: Exactamente. Eso estaba muy claro ayer y fue lo que dijo Lula. No estaba peleando solamente con Bolsonaro: estaba peleando con las Big Techs

Brasil tiene la segunda reserva de tierras raras del mundo, un tercio del mineral de hierro y el 80% de su energía es limpia. Hay mucho más en juego que una elección presidencial.

Lula dijo que va a reglamentar las redes sociales. No sé hasta dónde va a poder avanzar, porque hay límites concretos. Si el canal por el que entra la información no es tuyo. ¿Cómo hacés para controlarlo? Si los tipos empiezan a entrar con Starlink por satélite, cómo lo resolvés.

Creo que Lula va a tener que acelerar y que no le queda otra alternativa. Además, es su último mandato.

APU: Hay otro aspecto que me impresiona y que hemos conversado en privado: la intervención pública del fútbol en la política brasileña. Los jugadores, los clubes y las hinchadas toman posición. Ayer Corinthians publicó un mensaje felicitando a Lula y su hinchada participó de una de las manifestaciones en San Pablo. En Argentina se dice que las hinchadas son peronistas, pero no siempre intervienen de manera tan directa en las discusiones políticas. ¿Cómo lo ves?

SG: Acá es muy normal ver a Lula, a Dirceu o a otros dirigentes dando entrevistas con la camiseta o la campera de Corinthians. Cada uno tiene su club y esa identificación forma parte de la vida cotidiana.

Pero lo de ayer tenía una dimensión particular. No se podía perder esa elección, ¿me entendés? Ahora tenemos que parar y volver a pensar muchas cosas, pero no podíamos perder contra un miliciano.

Los milicianos son tipos que llegan a los barrios y te dicen que te van a cuidar, pero después te cobran por esa supuesta seguridad. En las favelas, por ejemplo, hay lugares donde el gas se lo comprás a los milicianos y el acceso a internet también, porque impiden que entren otras empresas.

Creo que el resultado que obtuvo la derecha se explica más por el antipetismo, por el deseo de terminar con el PT y con Lula, que por el apoyo genuino a una figura como Bolsonaro.

APU: El antipetismo parece ser una fuerza social capaz de movilizar mucho voto. Bolsonaro genera un rechazo muy grande y, al mismo tiempo, parece que el antibolsonarismo es todavía más poderoso. ¿Cómo lo interpretás?

SG: Pero nosotros no somos simplemente antiellos. Somos favorables a nuestro propio proyecto. Ellos son los que se definen contra nosotros. Es como el antiperonismo: el antiperonista no tiene una identidad propia, sino que se define por ser antiperonista.

APU: ¿No ves que Bolsonaro genera un rechazo muy grande, incluso más fuerte que el que provocaba el PT?

SG: Sí, hay un antipetismo terrible. Pero lo que se vio es algo que nunca habíamos visto. Es parecido a lo que pasa con Milei en Argentina: antes había una derecha con la que, dentro de todo, te podías sentar a conversar. Esto es impresentable.

Se vio en los debates. Hay alguien que está pensando únicamente en los videos que va a recortar después para publicarlos en las redes. No hay una discusión de proyectos ni un debate serio sobre el país.

La derrota de Bolsonaro es la segunda consecutiva para su familia, pero esa peste va a multiplicarse durante mucho tiempo.

El otro día me encontré con la presidenta de mesa electoral con la que había trabajado como fiscal general y le pregunté cómo explicaba el resultado de la primera vuelta. Me respondió que hay personas que son malas y que el bolsonarismo les dio un lugar. Ya no tienen vergüenza de ser brutos, ignorantes y violentos. Lo terrible es que legitiman la ley del más fuerte.

Hace poco hablé con un hombre de la Marina, negro y bolsonarista. Le pregunté cómo podía votar a alguien que le rendía honores a la bandera de otro país. Me respondió hablando de jerarquías. Es una concepción según la cual hay otro país por encima del propio y a uno le toca obedecer porque el otro es más fuerte.

En Argentina también hay sectores que tienen esa visión: creen que el más fuerte manda y que los demás tienen que aceptar sus decisiones.

En Brasil, en cambio, hay una tradición de autonomía. Brasil conversa con todo el mundo y no se alinea automáticamente con nadie. Ni siquiera Bolsonaro logró sacar al país de los BRICS, porque desde el punto de vista económico es conveniente para las exportaciones brasileñas.

El principal destino de las exportaciones brasileñas es China. No se trata necesariamente de una alianza política o ideológica. Brasil exporta soja y China necesita comprar soja. No la compra porque Brasil sea bueno, sino porque necesita ese producto y Brasil puede ofrecérselo.

APU: Dejemos esa discusión para otra charla, porque merece un análisis económico más profundo. Brasil está atravesando una década perdida y hay que discutir qué significan estas alianzas comerciales. Pero, en términos políticos, el lugar que ocupa Brasil en el mundo hoy es diferente del que tenía antes de Lula.

SG: Es cierto que hay que hacer un balance. Alguna vez dije que Lula había terminado queriendo ser cola de león con los BRICS, en lugar de cabeza de ratón en América Latina. En aquel momento pensaba que tendría que haberse puesto al frente de América Latina y haber sostenido ese liderazgo regional.

Pero, si uno mira solamente lo económico, hay que considerar las limitaciones que enfrentamos durante estos cuatro años, la situación del Banco Central, la guerra posterior a la pandemia y los elevados costos del transporte mundial. Aun con todo eso, el lugar que ocupa Brasil hoy en el mundo no es el que tenía antes de Lula.

Por eso, no se puede mirar solamente la economía.

APU: ¿Cuándo empezó Lula a impulsar los BRICS? ¿En qué año?

SG: Los BRICS empezaron a tomar forma en 2009 y 2010, aunque el concepto había aparecido antes.

APU: Entonces hay que hacer un balance de esa década y de sus resultados económicos.

SG: Sí, pero también hay que recordar que de los últimos diez años, los últimos cuatro estuvieron marcados por el gobierno de Bolsonaro.

APU: Políticamente sí, pero Bolsonaro tampoco sacó a Brasil de los BRICS. Eso indica que hay puntos de continuidad entre los gobiernos, al menos en algunos aspectos de la política económica.

SG: No necesariamente es una cuestión de política económica, sino de acuerdos comerciales. Pasa lo mismo con el Mercosur. Vos podés llegar al gobierno y decir que vas a terminar con el Mercosur, como podría decirlo Milei, pero después están los contratos y los compromisos firmados. El empresario que exporta te va a decir: “No, papito, a mí no me sacás del Mercosur”.

Hay intereses económicos concretos que condicionan las decisiones políticas.

APU: En otra oportunidad podemos hacer un debate específico sobre la economía brasileña y la economía regional. Hay una celebración de la alianza comercial con China, pero los últimos diez años también fueron una década perdida para Sudamérica en materia económica. Si miramos los indicadores de empleo, pobreza y actividad, encontramos problemas. Hay que analizar tanto las ventajas de las exportaciones como sus desventajas. ¿Cómo pensás que Lula puede enfrentar esos desafíos?

SG: Creo que Lula tiene que hacer un balance de por qué un miliciano pudo llegar a disputarle la elección. También hay que ver cómo se ejecuta el programa de desarrollo industrial, que es un proyecto de largo plazo.

El problema es concreto: ¿cómo le decís hoy a un industrial que invierta y compita con China?

Eso va más allá de Lula. Vos comprás por internet lo que quieras. Lula intentó al principio implementar una política de protección y poner impuestos a determinados productos que entraban del exterior. La gente reaccionó negativamente, porque una persona con bajo poder adquisitivo puede comprar por internet productos que de otra manera serían más caros o difíciles de conseguir.

Ese es un problema real. Brasil, Argentina y todos los países de la región tienen problemas estructurales que van mucho más allá de los últimos diez, veinte, cuarenta o setenta años.

Lula tiene un proyecto para enfrentarlos. Uno de sus objetivos es conseguir soberanía en materia de internet. Le pidió al Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS que financie la conexión para que Brasil tenga un canal propio por el que circule la información y pueda ejercer soberanía.

También existe un proyecto para desarrollar inteligencia artificial propia y otro para impulsar una nueva etapa de industrialización.

El problema es quién va a invertir para producir y competir con los chinos. Esa es una de las grandes preguntas.

Hay otras cuestiones que también están en discusión. Los hermanos Batista, propietarios de JBS, la mayor empresa de proteínas animales del mundo, que habían comprado Swift en Argentina y después en Estados Unidos, acaban de entrar en el negocio de las armas al adquirir una empresa brasileña del sector.

En Brasil volvió a abrirse el debate sobre la posibilidad de contar con armas nucleares. Pablo Nogueira Batista Júnior, hijo del primer presidente de la empresa nuclear brasileña y participante de las negociaciones relacionadas con Irán, plantea que Brasil podría desarrollar un armamento convencional efectivo sin necesidad de tener armas nucleares. La región no puede tener armas nucleares, pero el debate volvió a aparecer.

Creo que Lula va a intentar dejar una base para el futuro. Pero, desde el 1.º de enero, tendrá que volver a convocar a la militancia y pensar en la próxima elección, dentro de cuatro años. Un proyecto de desarrollo necesita, como mínimo, doce años.

APU: En ese sentido, este es el último mandato de Lula por la Constitución, por su edad y por muchas otras razones. En su momento construyó una sucesión al impulsar a Dilma Rousseff desde el propio gobierno, levantando a una ministra. ¿Pensás que puede hacer algo parecido ahora? ¿Hay alguien que pueda ocupar ese lugar?

SG: Habrá que ver cómo queda conformado el nuevo gabinete y quién puede aparecer como sucesor. Todavía falta tiempo.

En este punto, me pongo un poco en psicólogo, pensando en Freud y en la psicología de las masas y del yo: el líder es el líder. Mientras Lula esté vivo y activo, es Lula. El día que no esté, los demás van a pelearse para ver quién puede ocupar ese lugar.

Lula tiene algo en común con Cristina: es malísimo para elegir sucesores. Dilma fue un desastre. Haddad tampoco logró consolidarse electoralmente en San Pablo y después salió a decir que se había sacrificado. Imagino que en el futuro querrá dedicarse a los BRICS, porque en esta elección ya había manifestado que quería volver a la docencia y a la actividad intelectual.

Hay gente con futuro, pero Brasil está en una situación en la que Lula tiene cuatro años por delante y tiene que llegar al final de su mandato. Es una máquina. En medio de todo esto, incluso estaba recibiendo radioterapia en la cabeza. Es como Chávez: hay dirigentes que saben que tienen que estar ahí y siguen adelante.

APU: Incluso considerando esa situación de salud y su edad, ¿no pensás que tiene que empezar a pensar en la sucesión?

SG: Sin duda que lo está pensando. Una posibilidad es Guilherme Boulos, del PSOL. En esta campaña, el PSOL parece no haber alcanzado el 1,5% de los votos necesario para mantener su financiamiento público, por lo que muchos de sus candidatos van a tener que buscar otros espacios políticos.

Lula no puso a Boulos como candidato a gobernador de San Pablo, donde podría haber sido una figura importante de la izquierda, sino que lo incorporó como secretario general de la Presidencia y lo mandó a recorrer Brasil y conversar con los movimientos sociales. Puede llegar a ser una figura de futuro.

También está Flávio Dino, que podría dejar la Corte Suprema y presentarse como candidato presidencial. Ya fue gobernador y tiene experiencia política.

Entre los jóvenes que aparecieron hay dirigentes que permiten tener esperanza para los próximos diez o veinte años. Hay pibes y pibas con una capacidad política notable.

Pero dentro del PT sigue existiendo un problema: la gente ama a Lula. Si él dice que su candidato es alguien, es probable que la gente lo vote, como ocurrió con Dilma.