Más que 70 años de peronismo: el impacto de 50 años de neoliberalismo en Argentina
El debate público argentino lleva décadas atrapado en la misma discusión: peronismo sí o no, pero la transformación más profunda de las últimas cinco décadas tiene nombre y apellido socio-económico: neoliberalismo.
De 1976 a hoy vivimos 50 años de un esquema que rediseñó el país más que cualquier gobierno: apertura comercial sin estrategia, endeudamiento como política y primacía del sector financiero sobre el productivo.
Antes Argentina tenía una columna vertebral productiva que buscaba fortalecer el mercado interno, proteger la industria nacional y generar empleo registrado. En 1974 había un 5% de pobreza, menos de 4% de desempleo, educación pública y salud que eran orgullo regional el proyecto era industrializar, integrar, incluir. El Estado era árbitro y promotor; la fábrica, el sindicato y la escuela técnica parte del paisaje.
La dictadura de 1976 fue punto de inflexión y aparición del neoliberalismo. Se aplicó el plan de Martínez de Hoz: apertura comercial abrupta, desregulación financiera, atrasos cambiarios y endeudamiento externo. Las tasas de interés volaron, el dólar barato nos inundó con importaciones, miles de fábricas no pudieron competir y cerraron. La deuda trepó de 7.800 millones de dólares en 1975 a 45.000 millones en 1983 desde entonces condiciona los gobiernos.
Palabras como libertad, eficiencia y reorganización nacional trajeron bicicleta financiera sobre inversión productiva; privatizaciones que desarmaron empresas estratégicas y reforma laboral que “flexibilizó” sin crear empleo. Se beneficiaron grupos concentrados y cada crisis de balanza de pagos y cada corrida, terminaba con una visita al FMI.
Cerraron industrias y las PyMEs quedaron sin crédito, sin protección ni escala para competir. Perder una fábrica es perder oficio, tecnología, proveedores locales y cultura del trabajo. Se va el conocimiento de tres generaciones que no se recupera. La desindustrialización trajo redistribución regresiva: en los 70 la pobreza era marginal, en los 90 superaba el 30%, en 2001 tocó el 54%. Menos industria, menos empleo de calidad, menos ingresos, más pobreza.
Cada plan de estabilización se financió con deuda que hoy es infinitamente superior en miles de millones de dólares, el Estado paga intereses en lugar de escuelas, rutas o hospitales y tiene una hipoteca sobre decisiones futuras. Se ajustó la economía y el sentido de país: se instaló que “cada uno se salva solo”, que el éxito depende solo del mérito individual, ignorando largamos desde distintos lugares.
Las políticas neoliberales más que ajuste económico fueron desguace social: la concentración extrema de la riqueza fracturó el tejido comunitario y disparó la pobreza y la desigualdad a niveles estructurales. Miles de jóvenes con necesidades básicas insatisfechas, fuera de la escuela, condenados a la deserción. Aumento de la pobreza que fue caldo de cultivo para la delincuencia y el narcomenudeo. El neoliberalismo reproduce miseria, violencia y un país partido en dos.
Mientras debajo, existe una lucha subterránea de millones de argentinos por reconstruir un país soberano y productivo: docentes, científicos, industriales, cooperativistas, trabajadores que no piden subsidios eternos, piden reglas de juego que premien al que produce y no al que especula.
Un país necesita símbolos, instituciones y la idea de que vamos en la misma dirección. Tenemos que discutir 50 años de un modelo que generó más pobreza y deuda y destruyó industria. Necesitamos un proyecto colectivo. El desafío es enorme: reindustrializar con tecnología, negociar la deuda sin sometimiento y recuperar la educación y la salud como pilares. No hay fórmulas mágicas, pero el primer paso es nombrar el problema y este es el modelo que condiciona el futuro.