El Indio: el verdadero fenómeno barrial

  • Imagen
    Concentración masiva y espontánea en Plaza de Mayo por la muerte del Indio Solari_Noelia Guevara
    Foto: Noelia Guevara
INDIO ETERNO

El Indio: el verdadero fenómeno barrial

10 Junio 2026

El rock nacional —lejos de los manuales que pretenden reducirlo a un mero apéndice de las corrientes anglosajonas— ha funcionado históricamente en nuestro suelo como una auténtica pedagogía sentimental de la patria. Una caja de resonancia donde las tensiones geopolíticas, el dolor de la intemperie social y las micro-resistencias cotidianas encuentran un lenguaje propio. Cuando se avizoraba la mentada recuperación de la democracia y se establecía el “destape”, detrás de las marquesinas dominadas por los “popes” del mentado Rock Nacional (devenido en rock argentino porque el mote “nacional” a muchos le sonaba “milico”) empezaba a tomar relevancia la propuesta artística de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Aquella “varieté musical” que encajaba perfectamente con la nueva bohemia no fue una anomalía azarosa: fue la emergencia de una soberanía cultural construida desde abajo, un manifiesto plebeyo que, sin pedir permiso, vino a subvertir y tensionar el dilema sarmientino entre la supuesta “civilización” de las bellas artes y la “barbarie” de las mayorías.

A mediados de los años noventa, mientras el discurso oficial de la convertibilidad celebraba el simulacro de la modernización neoliberal, el "uno a uno" y el ingreso ficcional al "primer mundo" —el último fetiche de una intelligentzia obsesionada con importar la "civilización" del consumo—, en los márgenes de la geografía urbana se gestaba una liturgia colectiva que la sociología bienpensante tardó décadas en comprender. El "ojo idiota" del establishment mediático y cultural miraba con espanto las barriadas que se movilizaban hacia Huracán, Racing y (más para acá) Olavarría. Repetían, con el mismo pánico moral que los unitarios del siglo XIX, la condena hacia las montoneras que bajaban al puerto. No entendían que allí donde el iluminismo porteño diagnosticaba "barbarie", ignorancia y peligro, lo que en realidad operaba era una comunidad de destino. Un tejido de autoconciencia popular que encontraba en la poesía críptica del Indio Solari y en el pulso bailable de Skay Beilinson un refugio —y una trinchera— ante el desamparo material.

Esa mística descalza, de origen estrictamente plebeyo y suburbano, demostró que la supuesta "civilización" neoliberal no era más que un decorado de cartón pintado que excluía a las mayorías. Los Redondos invirtieron los términos del histórico conflicto nacional: lo verdaderamente civilizatorio era el lazo social que se tejía en sus conciertos, la resistencia colectiva frente al sálvese quien pueda. En ese sentido, el nombre de “misa” era todo un posicionamiento contracultural: mientras predominaba el excesivo hedonismo cultural individualista los seguidores del “rock del país” se reunían. La “misa ricotera” es el resultado de la importancia del sentir-en-comunidad, una sacralización de la cultura popular. Esa potencia no tardó en perforar los blindajes del propio ambiente musical. Es allí donde emerge la figura de Andrés Calamaro.

A primera vista, el trayecto del ex Abuelo de la Nada parecía orbitar en las galaxias de la sofisticación técnica, el pop de laboratorio fino y las texturas de la canción de autor transatlántica; una estética que el purismo ilustrado pretendía catalogar como "civilizada". Sin embargo, El Salmón demostró tener el oído atento al pulso subterráneo de la tierra. Lejos del sectarismo que achica las miradas, Calamaro se reconoció siempre como un ferviente seguidor ricotero, un habitante más de ese templo laico. Para él, Los Redondos no representaban un objeto de estudio folclórico, sino la confirmación de que la canción popular argentina alcanzaba su mayor grado de universalidad cuando se hundía en el barro de la identidad nacional, allí donde la barbarie se revela como la verdadera reserva moral de un pueblo. Se lo vio marchar junto a la turba ricotera compartiendo vinos y estimulantes. Ser uno más entre la multitud. Es el valor del artista genuino. Eso el Indio lo supo apreciar cuando no sólo le ofrecería la amistad sino también el privilegio de compartir el escenario junto a él para cantar al unísono en aquellas inolvidables noches platenses.

Pero la densidad geopolítica de Patricio Rey es de tal magnitud que no solo interpeló a los cronistas locales; también necesitó fundar sus propias mitologías fronterizas frente a los faros culturales del Norte. En el barro de la memoria popular quedó grabado un mito urbano tan persistente como sintomático: aquel que jura que, promediando los noventa, un Dee Dee Ramone aquerenciado en el conurbano bonaerense y un Eddie Vedder camuflado de incógnito caminaron juntos hacia los tablones para ver a Los Redondos.

La rigurosidad fáctica dirá que el encuentro jamás sucedió, que las fechas de las agendas del grunge internacional y el punk de Queens se cruzaron en el imaginario de una época donde Buenos Aires parecía el epicentro del dolor y la furia del mundo. Sin embargo, en términos de cultura política, el mito revela una verdad histórica profunda. La fábula de Vedder y Dee Dee peregrinando hacia el pogo ricotero es la fantasía reparadora del subsuelo de la patria: un exponente de la “barbarie” yanqui rindiendo pleitesía, de manera simbólica, ante los altares de la autogestión de la "barbarie" criolla. El mito decreta que el grito de la periferia global —ese que los Ramones o Pearl Jam escupían en sus propios desiertos de cemento— solo cobraba verdadero sentido de comunión al fundirse con la masa descamisada de Patricio Rey.

Incluso un auténtico pionero de nuestro rock como Sandro (exponente de la barbarie que emergía desenfrenada del conurbano bonaerense para competir a los “niños bien” del “Club del Clan” en los sesenta) reconocía en una entrevista

“¿Cómo ves esta época (2004), en relación con aquella?

-Ahora se me mezclan mucho las bandas. Cuando escucho algo que me gusta les tengo que preguntar a mis nietos (los de María): ¿quiénes son estos? Creo que antes había más personalidad, ahora éste se parece a aquel, y el otro a éste. Hoy yo te cambio las etiquetas y te desafío a que te des cuenta de qué grupo es cada disco. Salvo los Redonditos y Divididos, que son máquinas. Para mí son el top. También me gusta Memphis. Yo soy muy del blues, vengo de aquellos años”.

Desde la bendición que le haría el Indio a Lali luego de escuchar su versión de “Vendedores vencidos” en Vélez el año pasado hasta el amor genuino que le profesa tanto Calamaro, como Andrés Ciro Martínez y Ciro Pertusi, como las admiraciones y reconocimientos por parte de otros mitos consagrados para la cultura popular como Sandro y Ricardo Iorio podemos evidenciar que la multitudinaria despedida que recibió contiene una potencia simbólica y hasta poética.

Frente a los intentos contemporáneos de vaciar de contenido nuestra memoria histórica, de mercantilizar los consumos culturales bajo nuevas recetas de "civilización" digital y algoritmos ajenos, revisar la parábola de Los Redondos se vuelve una tarea urgente. No para refugiarse en la nostalgia estéril, sino para rescatar el hilo conductor de un pensamiento nacional que se expresa en las calles, en las banderas y en el pogo. Porque, al fin y al cabo, como bien lo entendió el Salmón y como lo intuyeron las fantasías cruzadas de nuestros mitos urbanos, Patricio Rey nos enseñó que la única vanguardia posible es aquella que camina al mismo paso que su pueblo.

El rock nacional —lejos de los manuales que pretenden reducirlo a un mero apéndice de las corrientes anglosajonas— ha funcionado históricamente en nuestro suelo como una auténtica pedagogía sentimental de la patria.