Ezeiza
Cuando me acercaba al zaguán la noche en el barrio era un bloque de bruma fría, también en mi casa, mi pieza, mi cama, figuras del mismo paisaje que durante años se complotaron, como en una pintura de Braque, en perspectivas y ángulos y espejismos de mi propio laboratorio de decisiones e indecisiones. Horas antes había caminado entre el oleaje de ese mar de gente, y años después algunos de los sobrevivientes del naufragio posterior a ese oleaje se volvieron a encontrar. En melancólicas tertulias, bajo otros juegos pendulares y consignas cada vez más insustanciales, al menos estaban vivos porque pudieron salir de la catástrofe por vaya a saberse qué hueco o desfiladero, y se reencuentran en bautismos, casamientos, cumpleaños, entierros, homenajes y reuniones para reorganización de esta o aquella cosa. ¿Pero les gusta reencontrarse o es simplemente una adicción, un vicio, una confesión que lavaría antiguos pecados? Después de anécdotas, risas, sollozos, al final de cada evento, solemnes, vivos, aunque póstumos, se desean felices pascuas o navidades y buena vida y buena muerte, y huyen a las corridas o en sillas de ruedas o apoyados en bastones. Se alejan unos de otros con la certeza de que quien recuerda no traiciona ni se traiciona: Patria sí colonia no luche y vuelve etcétera. Pero el recuerdo no resucita a los muertos, y los muertos no piden nada porque están muertos. Y no, claro que no es mentira que había auras voltaicas entre las piernas de las mujeres pensando y escribiendo y pintando proclamas, no es mentira que había dioses visibles en las autopsias de los caídos, no es mentira que toda aquella efervescencia, amenazada y amenazante, reinaba como una primavera de optimismo, ora en otoño, ora en invierno.
Pero esa tarde, en el núcleo del oleaje, de repente, yo sueno y resueno en un grito ahogado, caigo y me levanto viendo caer a otros, y corro, con un pie agujereado y caigo, me levanto, caigo, corro, caigo y después de un siglo, tres o cuatro compañeros me suben a la caja de una camioneta y adentro de la caja me sientan como a un muñeco. Éramos tantos, tan apretujados hombro contra hombro, que se nos habían aflojado los nervios para tomar aire y examinar qué herida sufrido el otro. A seis cuadras de casa no aguanté más, pedí que pararan la camioneta, me bajé, y el dolor del primer paso consiguió que viese la Vía Láctea entera. Llegué arrastrándome a la esquina, desde donde mi padre me cargó a mi pieza. Llamaron al médico del barrio, que me sacó el plomo sin anestesia haciéndome morder un grueso cinturón de cuero, me cerró la herida con seis puntos y me inyectó los analgésicos y los antibióticos. Tuviste suerte, dijo el médico, es un calibre chico. Cuando el médico se fue mi padre dijo que había escuchado en la radio que había francotiradores escondidos en las copas de los árboles. ¿Francotiradores de quién?, le pregunté. Alzó un hombro, al gesto le sumó una mueca triunfante, de ustedes, dijo. A mí me tiraron desde el palco, repliqué, entre dientes, soportando el dolor y las ganas de romperle la boca. Y él, más triunfante, me advirtió que esa era la última vez que llamaba por mí al médico de barrio, un radical de la línea antipersonalista que de joven entró al partido de la mano de mi abuelo. Mi padre no era compañero ni correligionario ni camarada, era tibiamente ateo y liberal, y eso equivalía en ese momento a no ser nada. El padre de mi padre andaba en un Ford T heredado de su padre recogiendo correligionarios para votar por la causa. El padre del padre de mi padre no heredó nada, él fue su propia herencia a defender por todos los medios en una edad simple y brutal en la que florecieron la especie y la mercancía, el Génesis del progreso interminable. Puso un corralón en Villa Urquiza, y de ahí vino el bienestar de techo, comida y salud para las generaciones familiares futuras. El padre de mi padre me enseñó a disparar cuando cumplí doce años, me enseñó a tirar con una parabellum reformada para treinta y dos tiros. Me enseñó si uno dispara con la mano derecha el blanco se enfoca con el ojo izquierdo trazando una línea visual paralela al brazo que sostiene el arma. Me enseñó que para que la línea sea paralela se debe girar levemente la cabeza, sin abandonar el enfoque, y apoyar el mentón sobre el hombro. El padre de mi padre decía haber disparado pistolas y escopetas en enfrentamientos contra los opositores de Don Hipólito. Pero Don Hipólito cayó y la historia se identificaría con el progreso alimentado por dosis homeopáticas de libertad y beneficencia, la eternidad misma que prometen los santos, los infinitos alfa y omega del tiempo. El progreso es todo lo contrario a la política, es su cementerio. Y, sin embargo, en cierto octubre, un rayo encendió la historia como a una mecha reseca, y vinieron grandes días, mejor que decir es hacer, donde hay una necesidad nace un derecho, por uno nuestro caerán cinco de ellos, y en cierto septiembre la historia se inundó, se agrietó, enmudeció, se dedicó a fornicar a los derrotados, y ahora, después de dieciocho años de exilio para la mayoría, en ese oleaje de gloria, a pesar de los tiros cruzados, renacíamos para amasar un nuevo tiempo.
Apenas pasada la noche de ese día de gloria, en los primeros minutos del nuevo día, cuando recién se aprestaban a desembarcar en mi sangre los efectos de analgésicos y antibióticos mientras yo pensaba en el padre de mi padre y algún final posible para aquella vieja parabellum, me visitó un fantasma del futuro, en plena lucha de una reminiscencia oportuna contra el dolor que desde el empeine viajaba a las regiones más inhóspitas de mi cerebro. Un fantasma pálido vestido como un dandy, sólo en apariencia decadente, medio desprolijo, una mezcla de Oscar Wilde y Erik Satie, y antes de que yo le preguntara si era el fantasma de alguno de ellos, el tipo, la verdad, se presentó amablemente como habitante de un equinoccio cuyo nombre no quiso revelarme. Dijo: Usted sabe que esas cosas son información altamente confidencial, y yo pensé qué mosquito le habrá picado a este loco para venir a mí. La cosa es que el tipo, sin siquiera parpadear, con sus protuberantes ojos rojizos, asombrados o concentrados en mi empeine vendado, se sentó en la silla junto a la cama después de pedirme permiso, y dijo: La semioscuridad de esta pieza es la misma que alumbra la noche oceánica del Pacífico Sur. Ahí nomás lo miré a los ojos, tapizados de una humanidad severa y doliente, y me dije puta madre este es un explorador de una dimensión lejana o cercana pero para mí inaccesible, y le pregunté si éramos o somos algo más que emanaciones que decoraban o decoran las escenografías a las que la historia de vez en cuando nos permitía o permite entrar no desde el hall del teatro sino desde el caos más o menos ordenado de entre bastidores. Él me dijo que si tenía más preguntas se las hiciera todas juntas, y entonces le pregunté si podría decirme cómo sería el tiempo que se avecinaba. Se levantó de la silla, se cruzó serenamente los brazos sobre el pecho y dijo: La idea de que la unidad de lo indiscriminado es causa eficiente de una acción política exitosa se excesivamente similar al pájaro que termina electrocutado no bien se posa en un cable de alta tensión. Recuérdelo por favor: los fantasmas tenemos demasiado tiempo para pensar, por esto le sugiero que reflexione sobre estos dos hechos irreversibles: uno, la contradicción es una propiedad de lo real y dos, no existe la lucha política que no contenga en sus entrañas un conflicto mortal para miembros de los bandos opuestos. Recuerde, piense, y me palmeó un hombro, cúrese ese pie pronto. Inclinó reverencialmente la cabeza: Le deseo mucha suerte a usted y a los suyos porque la necesitarán, aunque le anticipo que no rozará su orilla esa suerte. Y salió por la puerta como un hijo de vecino más. Un rato después los espías de los analgésicos me lamían la axila, el cuello, el ombligo. El fantasma no volvió ni volverá, y sin embargo en noches como estas, lluviosas y solitarias, lo oigo tropezándose con la pata de alguna silla o manipulando algún picaporte. Si reapareciera le preguntaría como nada más que cuatro años después del mar de gente anochece como en un velorio de una multitud a la que ningún deudo asistió, anochece en una casa que no es mía y que no sé de quién es y salgo de mi pieza y le aviso que voy a entrar a la suya, la más grande de esa casa inmensa y llena de ruidos siniestros, porque como un boludo me olvidé de comprar sin cigarrillos cuando fui a comprar la pizza y quiero fumar. Ella me dice que pase. Paso. Me pide que no me vaya. Necesita que la acompañe por lo menos hasta que se duerma. A pesar de que la tapa una sábana blanca noto que está desnuda. No le digo ni sí ni no. Le pregunto si Romero le habló alguna vez de mí. Ella que sí y que me calificaba como un «gran alumno». Nunca fui un «gran alumno» me atajo. Él lo decía y seguro que lo piensa ahora mismo, dice ella. Le digo que Romero sí fue un gran alumno, el presidente más combativo del centro de estudiantes, el profesor más carismático de la facultad. Conozco perfectamente su historia de los últimos diez años, concluyo. Yo conozco perfectamente su historia de los últimos cinco años, dice ella casi irónica o burlona, y se destapa y se acuesta boca abajo. Cuando se duerme me quedo mirándola durante una hora y luego salgo y me acuesto en la cama de la otra pieza. No puedo ni podré dormir. El plan es que al mediodía del día siguiente vamos a un lugar del cual aún no tengo el dato. Llaman, dicen la dirección y ahí iremos. Otro auto la espera y desde allí ese auto la lleva a otra posta. El pasaporte falso que ella me mostró es una pinturita. Mientras duerme ronca y murmura en sueños, y yo no puedo pegar un ojo desde hace una semana, el tiempo desde que llegué a esta casa. La última posta es el lugar donde la espera Romero, el responsable de llevarla al aeropuerto. Otra vez Ezeiza. Ezeiza. Ezeiza. Historia circular y nacional de la infamia. Ella vuela a Brasil donde otros compañeros se encargarán de despacharla al DF de México donde otros compañeros la esperan. Ella duerme y yo no, separados por una gruesa pared de casa oscura medio en ruinas, con patio y macetas bien regadas por ella. La mañana del día D desayunamos en la cocina y no mucho después mientras ella está cerrando la valija alguien llama y yo atiendo y una voz que conozco bien me dice: Romerito cayó y hay cambio de planes. En días anteriores cayeron el Ruso, Miguelito, Héctor, dicen que también Esteban. Pero Esteban no, hablé con él hace dos semanas o menos desde un teléfono público de Retiro. Miguelito contaba que el Tío Ho olía visitar a sus patrullas, bromeaba, les preguntaba sus nombres a los soldados, sobre sus familias. Conversaba de cualquier tema, paseaba horas y horas con ellos. En una ocasión, en agosto de 1966, en aldeas del este de Phú Yên, los yanquis masacraron a casi cien combatientes, mujeres y hombres del Viet-Cong. Al otro día el Tío Ho visitó a los restos de tropa que se habían refugiado a pocos kilómetros de las aldeas arrasadas. Como si nada grave hubiera pasado, el Tío Ho hizo bromas y algunos movimientos de jiu-jitsu con el resto de la tropa cansada y manchada de sangre y barro. La información sobre la visita corrió como reguero de pólvora. La moral de las patrullas había sido elevada definitivamente. Giap era el Clausewitz que trazaba en cien mapas distintos la Ruta Ho Chi Minh y cómo penetrar en Saigón. El Tío Ho era un alma piadosa y amable con sus tropas y un demonio despiadado y hermético con los enemigos. A nosotros nos faltan dos tipos como esos, decía Miguelito. Grandes, agrias e irresolubles discusiones por esa opinión.
Ella me pregunta quién llamó. No le digo que Romero cayó, le digo, cosa cierta, que cambiaron los planes. Órdenes superiores, eso es todo. Se habrá realizado, agrego, una valoración de riesgos por parte de la gente de inteligencia. El responsable soy yo de conducirla a Ezeiza, no hay Romerito ni postas. Ella duda y acepta silenciosa. El responsable soy yo de conducirla con el 3cv la pistola y la pastilla de cianuro. Es más seguro, me dijo la voz del llamado, que saliéramos directamente de la casa al aeropuerto. Nos cruzamos miradas de dos extraños, desconocidos y anónimos el uno para el otro. Ella lleva su propia pastilla, la valija y el pasaporte, una obra realmente maestra. Cuando subimos al auto me pregunta si habrán capturado a Romero. Le digo que no, que Romero se sabe mover con sumo cuidado, y mientras se lo digo pienso que Romero estará siendo torturado o ya lo mataron y antes cantó todo. O no. Interrogantes imposibles de responderme. No quiero pensar en nada que se desvíe del objetivo. Las teorías y las hipótesis frenan a la acción, ese ahora despreciado del mundo. No hubo retenes en el camino ni autos sospechosos en los espejos retrovisores. La dejé en la vereda del sector de partidas y volví como habíamos ido, sin problemas. Esta vez a otra gruta en alguna parte de Parque Patricios. Con el correr de los meses me convertí en la patrulla de un solo hombre, más ratón ciego que hombre.
Supuestos sabios dicen que se pudo predecir los actos de nosotros, mujeres y hombres de vidas que son hoy para ellos una progresión de hechos tortuosos cercanos a la psicopatía. Fuimos «víctimas» de la época, los «traicionados», «los idiotas útiles». Defienden como verdad absoluta un idealismo histórico con el cual adoctrinan a diestra y siniestra mientras facturan conferencias y becas y concursos y ferias del libro y ediciones y reediciones. El fantasma diría que de la locura de la historia sale la razón universal que ilumina y da sentido a la vida de todos, como dijeron antes los jóvenes amigos Hegel y Hölderlin, dos románticos incurables.
Si muriese ahora, viejo de dentadura postiza, próstata insoportable y con la cicatriz casi invisible del empeine, lamentaría no escuchar ese tren que se desplaza envuelto en estambres cobrizas hacia una tierra aun inexistente. Mi adolescencia terminó, mi juventud terminó, mi vejez está a punto de terminar, y odio los días de sol en las plazas mirando a otros viejos hundidos en abismos de sus pasados, odio las torturas y los sacrificios que conquistaron santos, mártires y héroes por salvar pecados ajenos, y sobre todo odio que esas torturas y esos sacrificios no transformaron todo lo que debía ser transformado. ¿Qué se dice uno frente al espejo a los setenta años? Decimos a nuestras máscaras que salimos de un útero cálido para entrar a un útero helado.
Ella llegó sana y salva a Brasil y luego al DF. Nunca supe su nombre verdadero hasta que recibí una carta en junio de 1995. Un compañero o ex compañero le había pasado mi dirección de entonces. El del pasaporte era Ofelia R. Escribió en la carta que en pocos meses viajaría integrando un importante elenco que estrenaría una obra en Buenos Aires, en el Teatro San Martín, Un enemigo del pueblo de Ibsen. Y que quería verme.
No le contesté la carta ni fui a ver la obra. Preferí el recuerdo de su cuerpo desnudo bebido con sorbos lentos por la luna en una noche de casi cuarenta grados, de su cara tersa y sonriente de muñeca rusa y del beso en la mejilla que me dio antes de bajarse del 3cv en Ezeiza. A fines de 2003 leí en el diario que había muerto de cáncer. A los sesenta años. La enterraron en el cementerio israelita del DF. Lloré tres días seguidos. A veces vuelvo a llorar por ella.
Qué extraña es la consistencia de mercurio de nuestros sentimientos. Nadie descubrirá el porqué de esa consistencia. Nunca. De victoria en victoria hasta la derrota final. ¿Era así? No. Era de derrota en derrota hasta la victoria final. Los fantasmas, aun los derrotados, siempre ganan. Esos incluso son los que mejor nadan en el mercurio. Otro misterio. Amén.