"La batalla intacta", de Agustín Caldaroni: el renacer del tremendismo
Mijail Bajtin definió el “cronotopo” como una categoría artística para analizar la unión de los elementos espaciales y temporales en un todo concreto: en toda obra, postula el teórico ruso, el tiempo se condensa, se comprime; y el espacio se intensifica, penetra en el argumento. A modo de ejemplo, Johann von Goethe comentó que, al visitar el Coliseo, podía sentir el tiempo del imperio romano y los gladiadores en su piel, atravesándolo.
Este concepto del cronotopo bajtiniano resulta el más apropiado para analizar la flamante novela de Agustín Caldaroni, La batalla intacta (Editorial Nudista, 2026), ya que la historia se ambienta, simultáneamente, en Buenos Aires y Galicia, a través de una serie de viajes que emprende el personaje principal, en su adolescencia y en su adultez, con un telón de fondo que podría ser el contexto de la crisis argentina post-convertibilidad de 2001.
El personaje principal de la historia es Nene, un joven desocupado de clase media porteña que es enviado a Galicia por su familia con un oscuro propósito: ver qué tan senil está su abuela gallega, Olimpia, para disponer de su propiedad. Si bien la centralidad de la historia está puesta en este viaje, la novela tiene el mérito de ubicar al lector en distintas secuencias temporales, como la juventud de la abuela en la aldea de Ferroso, su migración a Argentina en la posguerra y los viajes de Nene a Santiago de Compostela.
La novela está compuesta por una estructura de cinco partes, presenta una narración en tercera persona, pero con una focalización cercana al protagonista: “Nene toma vino junto al hogar y piensa en la locura de Olimpia, parece un fuego amistoso, casi acariciable como una mascota”.
Por otra parte, incorpora la narración en primera persona a través de cartas, dedicatorias de libros y diarios íntimos: “Ráfagas de metralla caen encima de una gitana desnuda. Un cerdo se acerca al cadáver con las piernas abiertas y devora el sexo que esconde una granada; estalla el animal, sus trozos bien cocidos vuelan y caen en las manos de esos niños hambrientos que juegan encima de las barricadas. Un recuerdo de nuestras charlas de trinchera”, reza una dedicatoria al abuelo del protagonista.
Además, la novela apela a un novedoso juego espacio-temporal a partir de mezclar los tiempos verbales en presente y en pretérito en la misma oración, un uso del flashback que no se circunscribe sólo al recuerdo, sino que irrumpe en las situaciones cotidianas. Este recurso conlleva una novedad estilística en la producción del autor, que cuenta con un poemario (La razón bárbara, Editorial Lisboa, 2015) y dos libros de relatos (Nuestra verdadera sangre, Palabras amarillas, 2019; y Hotel Pelícano, Editorial El Fatalista, 2023).
La novela opta por construir una atmósfera lúgubre, con personajes que priorizan la satisfacción de sus instintos más primarios y apela a una simbología propia del tenebrismo de Francisco de Goya.
La historia está atravesada por dos conflictos muy actuales: los migrantes argentinos en España y los proyectos autonomistas de España, como Galicia, Cataluña y País Vasco. En este marco, Caldaroni inventa dos grupos activistas, “Sangre y Oro” y “Nova Irmandade Galega”, y logra tematizar la problemática de las identidades políticas sin caer en el realismo chato ni la burda bajada de línea.
¿Cómo logra la novela salir bien parada? Precisamente porque cruza ambos ejes temáticos: el personaje viaja con la ilusión de ser recibido con una simbólica alfombra roja y, muy por el contrario, nunca logra encajar ni incorporarse a ninguna estructura social, ni laboral ni de militancia. A su vez, los grupos militantes desconfían del protagonista y construyen una atmósfera sórdida de sabotajes, revueltas y peleas callejeras. Por si fuera poco, un empresario local, “El Marqués”, genera un magnetismo hacia Nene.
Por sus conflictos, imágenes y diálogos, la novela resulta heredera de la estética tremendista inaugurada por Camilo José Cela en la década de 1940 y de la “España Negra”, corriente que nace con el libro del pintor José Gutiérrez Solana en 1920 y que retrata una España grotesca y decadente. A Gutiérrez Solana, Caldaroni ya le había dedicado un formidable relato, “Café Pombo”, en su anterior libro.
Sin dudas, quien mejor encarga esa filosofía tremendista es la abuela del protagonista, una anciana que mezcla el dialecto gallego con un español rudimentario, que mantiene diálogos imaginarios y que nunca se puede constatar si ha cruzado definitivamente el umbral de la locura. En la misión familiar que le asignan a Nene reside la principal tensión narrativa, ya que el protagonista ama y admira a su abuela, por lo tanto, no le será nada fácil convertirse en villano.
En una época de sobreexposición de la vida en las redes sociales, la novela opta por construir una atmósfera lúgubre, con personajes que priorizan la satisfacción de sus instintos más primarios y apela a una simbología propia del tenebrismo de Francisco de Goya.