"Preferiría no hacerlo": la crisis de la educación y la cultura
No puedo legarte más [que] el delirio blanco.
Rodrigo Fresán, Melville
El mensaje de mamá, a veces, no llegaba a destino. “Lo que te digo te entra por una oreja y te sale por la otra”, se quejaba al comprobar que yo no había cumplido con alguno de sus encargos. Aunque los enviemos con corazoncitos en el chat familia o a grito pelado en un aula y en la cocina de casa, últimamente, hay mensajes que tampoco llegan a estudiantes, hijos e hijas.
Sin mi viejo en casa y en este mundo, mamá sabía ordenar la tropa. Había quien se ocupaba de lavar platos y ropa, el que secaba y ordenaba, y la que hacía alguna compra. Valía el enroque de labores entre hermanos, pero no dejar de cumplirlos. La vergüenza de pasar por larva o la culpa por haberle fallado a mamá, vaya uno a saber, forzaban al acuse de recibo y a la promesa de que no volvería a pasar otra vez.
Hoy está difícil hacer que hijos y estudiantes cumplan con tareas como levantar ropa del tender o poner la mesa, leer un cuento o escribir unas líneas para la próxima clase. Lo pedimos, en casa, para que aprendan a responsabilizarse de lo que ataña al conjunto; en el aula, para que sumen conocimientos y permitan el avance, precisamente, en conjunto. El viejo ardid de premios y castigos no mueve el amperímetro. No es mala voluntad. Respetan, y algunos hasta quieren a quienes hacemos de padre, madre, maestra y profesor. Pero no cumplen. Cuelgan.
Vale, de vez en cuando, no escuchar a mamá y al profesor, seamos piolas, ortivas o larvas también. Es saludable, cuando se es pibe, creerse, aunque dure poco la maravilla, reina o rey del circo. El problema es que, antes, durante y después de la adolescencia, hoy no haya rebeldía, sino apatía. Y un problema mayor es que no haya ni un ápice de vergüenza o culpa. En gran parte, los adultos somos responsables. En parte, no.
Aunque pasó sin pena ni gloria cuando fue publicada, Moby Dick es la novela por la que es conocido Herman Melville. También por “Bartleby, el escribiente”, un cuento que le gustaba mucho a Borges. Según el narrador, un abogado gris de Wall Street, Bartleby es uno de los mejores copistas judiciales. Copia sin cesar “silenciosa, lívida, mecánicamente”. Pero ocurre que un día decide no cumplir con nada ni con nadie. Con una repetitiva y célebre respuesta (“Preferiría no hacerlo”), se niega primero a releer una foja judicial, luego a chequear las copias que hizo, también a ayudar a cotejarlas con otras, a hacer un mandado al jefe, a moverse a otro despacho, y finalmente, a retirarse de la oficina. No hay alternativa. Aunque se arrepienta, porque envidia la actitud desafiante de su subordinado, el jefe lo despide. El cuento no termina ahí y vale la pena leerlo para conocer algo más del pasado del protagonista.
Cada quien es responsable de esta crisis de la cultura. Quien no actúa, no importa a la generación a la que pertenezca, es cómplice.
Bartleby pasó desapercibido hasta que se hizo muro. No estaba loco. Era consciente de lo que hacía. Una vez dijo: “Por ahora, prefiero no ser un poco razonable”. Reverso de la sumisión de los protagonistas de las historias de Kafka, su renuncia es símbolo de rebeldía ante un mundo sin sentido, un mundo kafkiano en el que todos funcionan y nadie tiene el coraje de probarse a sí mismo si, como gritara un personaje de película, “vale la pena estar vivo”. Por el contrario, la inmovilidad de buena parte de hijos y estudiantes no es rebeldía. Es rendición.
Pertenecen a las generaciones “sin padre” de las que hablaba Pasolini en los 70. No tienen un padre como tuvo el autor de Moby Dick según Fresán. Imposible sacar oro de piedras tan duras como nuestra fatiga, frustración y resignación. Tampoco probaron fallar con una “sociedad de hermanos” como la del Mayo francés. Pero, al César lo que es del César. El encargo de cumplir tareas mínimas y someterse al conjunto son de las pocas cosas sensatas que inculcamos algunos adultos. Con su oído sordo prueban ser menos hijos nuestros que de una época que enseña tanto a hacer solo lo que gusta como a no comprometerse con nada que nos trascienda.
En la última década, como profesor de futuros docentes, me sucede que, si pedí leer unos versos de Safo, Sor Juana o Pessoa, o unos cuentos de Lispector, Borges o Felisberto Hernánez, buena parte de los estudiantes no los leen ni se avergüenzan de no haberlos leído, incluso, para el final de la materia. Claro que no hay con quién confrontar porque maestra o profesor ya no somos, como decía Freud, el sucedáneo del padre. Y lo peor, no queremos serlo. Ya no planteamos desafíos. Y las pocas veces que lo hacemos, no hay quién recoja el guante, ya por hambre de conocimiento, ya por ganas de superarse, ya por mero amor propio. Es algo de lo que no hay. Y es mucho.
No cumplir con obligaciones de un grupo es no solo decidir no ser parte, sino, más aún, horadar el lazo. Imitada, esa imperturbabilidad, que no ataña a una generación desde ya, lleva a la disolución de la tribu, se trate de la familia, la escuela, el barrio, la patria; cualquiera sea el todo que prueba que es más que la suma de las partes.
Bartleby es como el capitán Ahab de Moby Dick: “su alma es un vacío inmenso y terrible”. Pero, al igual que el vacío del Tao, el de Bartleby produce efectos: hace ver que la vida, así de rutinaria, no tiene sentido. La negativa de las nuevas generaciones, en cambio, lleva solo al fastidio de adultos agotados, muertos en vida hace tiempo.
La desobediencia a la autoridad visible no hace más libres a estas generaciones esclavas, tanto como nosotros, de una época que forja seres grises y abatidos. En ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? (2013), Michel Nieva actualizó el “síndrome Bartleby”, como lo llamó. El autor advierte que, quien actúe como aquel personaje, será un “cuerpo, sin voluntad ni pensamiento […]. Vapuleado por datos inútiles […], su cuerpo será una ameba”.
Cada quien es responsable de esta crisis de la cultura. Quien no actúa, no importa a la generación a la que pertenezca, es cómplice. Si inculcamos el compromiso con tareas menores –acto imprescindible para afrontar mayores– y actuamos en pos de un conjunto, el de Nieva será solo un mal presagio y el todo, cuando menos nos demos cuenta, volverá a ser más que la suma de las partes.
El artículo es parte del libro en proceso "Pasar el fuego. Educar en el Apocalipsis zombie".