La trinchera de la calle Corro

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    Ilustración: Silvia Etchart
    Ilustración: Silvia Etchart

La trinchera de la calle Corro

27 Septiembre 2026

Desde temprano se oían sordos ruidos, de tanquetas y de acero. En algunas casas hubo soldados que advirtieron a sus moradores que iban a realizar un operativo, por lo que convenía mantenerse adentro, con las puertas y ventanas cerradas. La primavera de 1976 empezó una semana antes, y en la casa de la calle Canónigo Miguel Calixto del Corro 105, esquina Yerbal, en Villa Luro, había movimientos de rutina. La vivienda era el lugar de reunión de la Mesa Política de Montoneros, y a su vez era un hogar de familia donde había gente que tenía su cotidianeidad.

La dictadura avanzaba a paso redoblado con secuestros, torturas y eliminación de todo aquel que se le opusiera. Los que no aguantaron más y vieron una oportunidad partieron al exilio, en cambio hubo quienes eligieron otra trinchera, una casilla en la villa, un monoambiente cuyo dueño desconocían o una casa escondida en un barrio olvidado. Esos oficiales montoneros no salieron de la nada, eran herederos y continuadores de la resistencia peronista, y estaban allí para organizar la nueva resistencia, esta vez enfrentados a un poder genocida obediente de las órdenes que provenían del centro del poder político y económico mundial.

El coronel Roberto Roualdes tenía el dato preciso de una reunión de la Secretaría Política Nacional de Montoneros. El dato bajó de Córdoba, obtenido bajo tortura y con pelos y señales sobre quienes vivían allí, quienes se reunían, y cada detalle de lo que ocurría en esa vivienda. Imaginaba que, si eran peces gordos los que se concentraban en esa esquina, tendrían dinero para rapiñarles y abrir una cuenta en Suiza. Durante la madrugada llovió, como todo el día anterior. Para tener un punto de apoyo allanó y ocupó una casa sobre la misma vereda que la de Corro 105. Al Coronel no le gustaba andar solo, se movía siempre con una patota, pero esa mañana no se sentía tan seguro y decidió llevar más de 150 conscriptos, civiles bajo bandera de no más de 18 años, jóvenes temblorosos, que estaban ahí para cumplir órdenes. Todos pertenecían al Grupo de Artillería y Defensa Aérea (GADA) 101. Los camiones militares se iban acomodando en calles laterales. A lo largo de la mañana ingresaron a casas vecinas, y dentro de las mismas ocuparon las terrazas para asegurar el ataque, y que nadie se escapara.

La mesa política

Una década atrás, Ismael “Turco” Salame (39), sufrió, en su Tucumán natal, la injusticia del cierre de los ingenios por parte de la dictadura de Onganía. Por entonces ya estaba militando en la JP, a la vez que cursaba la carrera de Derecho, participó del “Tucumanazo” y, ya entrados los ‘70, fue un activista del “Luche y vuelve”, por la vuelta del exilio del general Perón. Su recorrido y sus vínculos con las militancias juveniles de otras organizaciones lo llevaron a forjar una amistad con muchos dirigentes. Alberto Nadra, de la Federación Juvenil Comunista, con la dictadura en pleno desarrollo, le ofreció una salida inmediata a Cuba. El Turco estaba seguro de rechazar el exilio y quedarse a combatir junto a sus compañeros.

La familia Molinas fue castigada de manera cruel a lo largo de toda la dictadura. Alberto Tito Molinas (37), conocido como Chacho, sufría el asesinato de su hermano Carlos, y a su vez sabía que los que sobrevivieron seguían con su militancia, yendo a una muerte segura si permanecían en el país. Santafecino, médico, recibido en la Universidad Católica de Córdoba, participó de la toma de La Calera en 1970. Fue uno de los fundadores de Montoneros y con Carlos Alberto Holbert fueron los dos primeros integrantes en entrevistarse con Juan Domingo Perón, en Madrid. Lejos quedaron los días de música y poesía, cuando escribió para la Cantata Montonera y homenajeó a su amigo Sabino Navarro: los engañamos, hermano/ ellos creen que te tienen/ y solo guardan tu cuerpo/ sin las manos/ que siguen armadas/ en brazo de tu pueblo. Atrás quedaron las vacaciones en la Quinta Las Malvinas, cerca de La Plata, ahora Molinas piensa en enfrentar el exterminio. Pocos días antes visitó, junto a sus tres hijos, a Lucy, la señora de la casa de la calle Corro.

José Carlos Tucu Coronel (32) era hijo de ferroviario, abogado por la Universidad Nacional de Tucumán, fue corresponsal en Jujuy del diario El Tribuno de Salta. Como militante participó del “Tucumanazo” y, ya integrado a las FAR, formó parte de la toma de Garín. Conoció la cárcel de Devoto, y allí su fanatismo por César Vallejos lo impulsó a escribir el poema “Totalmente incomunicado”. Sí, el Turco era poeta, y una vez liberado no dejó de militar ni de escribir, y llegó a publicar el poemario “Gestos y algo más”. Dos cosas le importaban aquella tarde: sus hijas y organizar la resistencia ante la dictadura.

No hay amor más grande que dar la vida por los demás, era la frase de Jesucristo que latía en el corazón de Ignacio “Nacho” Bertran (29), un egresado del Colegio El Salvador y ex seminarista jesuita. Descubrió el rostro descarnado de la pobreza en las afueras del Colegio Máximo, caminando por San Miguel Oeste, Santa Brígida y en su refugio de Castelar. En 1967, al año siguiente de entrar al seminario, leyó “Populorum Progressio” de Paulo VI y no dudó en militar y enfrentar la dictadura de Lanusse. Un párrafo del texto señala que ante una dictadura cruel y prolongada no hay objeciones en tomar las armas. Esa necesidad se acentuó una década después ante el genocidio de Videla.

La más joven, y única mujer de aquella mesa política de Montoneros, era María Victoria Walsh, que entró en la casa el día que cumplía 26 años, con su beba de algo más de un año. Aunque en su familia le decían Vicki, ella se hacía llamar Hilda, en homenaje a una zafrera tucumana. Fue periodista, y como delegada de sus compañeros se enfrentó con el director de La Opinión: Jacobo Timerman. Hija de Rodolfo, heredó el oficio de cronista y también el legado del hombre que escribió el primer libro que adoptó la resistencia peronista. Ella sabe que a cada paso arriesga su vida, y también sabe que en la historia las personas que construyeron la independencia de este país arriesgaron hasta las últimas consecuencias, como la mulata Rosario del Valle junto a Belgrano, o Juana Azurduy, con su marido, a quien perdería en la lucha. De hecho, ella misma tenía a su marido en prisión.

Los moradores

Hay un apellido que no se suele mencionar cuando se habla de la represión salvaje sobre la casa de la calle Corro, y es el de la familia Mainer. La dueña de casa era Lucy Gómez de Mainer, quien llegó de La Plata meses antes y alquiló. Lucy, una mujer algo ingenua, conocía a Alberto Molinas, por eso prestaba la vivienda para reuniones políticas, nunca pensó que ese gesto desataría un huracán de balas sobre la casa. Allí se mudaron algunos hijos de Lucy, a saber, Juan Cristóbal (15) y Pablo (23), éste último cumplía con el servicio militar y temprano salió a presentarse al cuartel. La que se quedaba ocasionalmente era Maricel (22), y su pareja Ramón Baravalle, quienes ese día estaban allí, a punto de mudarse a su nueva casa. Otra que pasaba era María Magdalena Mainer (27), llamada Malena en su familia, alumna destacada en secundaria y médica recibida con honores en la Universidad de La Plata. Aquí está la clave de la tragedia de la calle Corro, pues Malena pertenecía al ámbito de Sanidad de Montoneros. La convocaron a cubrir una posta sanitaria en Córdoba, luego derivada a San Juan, donde fue secuestrada. Desde la provincia cuyana la llevaron a La Perla, el principal centro clandestino de exterminio del interior del país, donde el oficial Ernesto “Nabo” Barreiro la torturó hasta quebrarla y obligarla a revelar la casa de Villa Luro.

La que también estaba en la casa el día fatal era Milagros (9), la hija menor de Lucy, quien fue a la escuela a primera hora y mientras caminaba a estudiar vio el movimiento de una tanqueta en la calle. No fue la única señal que preanunciaba la tormenta. El fin de semana llegó primero una cuadrilla de Entel (empresa de teléfonos), y al día siguiente un grupo que decía ser de Segba (compañía de electricidad), para hacer arreglos que nadie pidió. Cuando Lucy volvió a la casa le avisó a Juan Cristóbal que se pusiera a cubierto, que la manzana estaba rodeada de militares.

Los que resistieron

El coronel Roualdes llama por teléfono a Corro 105, donde lo atiende Molinas, el de mayor grado en esa mesa. -Están rodeados, no tienen salida. Saquen a los menores de la casa y ríndanse. Vicki, de remera y jean, le avisó a Maricel y su esposo que la casa corría peligro, que se pusieran a resguardo. El matrimonio recién se despertaba y quedaron aturdidos con el anuncio.

Pasado un rato largo, megáfono en mano, Roualdes instó a los ocupantes de la casa asediada a que se entregaran. Se hizo un silencio tenso. Dos de los principales jefes, Molinas y Bertrán, saltaban de terraza en terraza en silencio, sin sospechar que las terrazas del vecindario estaban copadas por soldados, suboficiales y oficiales. Los que quedaron al frente esperaron unos minutos y lanzaron dos granadas, para distraer y darles más chances de escapar a sus compañeros. A renglón seguido dispararon algunos tiros con sus pistolas, que de inmediato fueron respondidos con balas de fusiles FAL desde los lugares más disímiles, donde estaban apostados los suboficiales y soldados. La tormenta de plomo no eran solo balas, también se usaron armas pesadas como bazookas y FAP. Un helicóptero también llegó para reforzar el ataque, mientras una tanqueta se mantenía expectante, cerca del lugar.

El tren que circulaba por las vías del Sarmiento, a pocos metros, detuvo la circulación ante el peligro de impactos de bala. Las maestras de la escuela cercana escondieron a los niños debajo de la mesa. La balacera no se detuvo en toda la mañana. Antes del mediodía los disparos llegan desde la terraza; los gritos y el olor a pólvora eran la esencia del combate. Hasta que en un momento se hizo silencio. Un jefe militar ordenó el alto el fuego, tomó un megáfono y ordenó la rendición incondicional. Los dos oficiales montoneros que intentaron fugarse se resistieron en el camino. Molinas llegó a las vías y combatió con la decisión de no entregarse. Bertrán entró a un galpón, y los militares lo detectaron rápido por el control aéreo que tenían. Ignacio fue acosado con tiros de FAL y dos bazzokazos; el ex jesuita combatió un rato largo hasta que lo dieron por muerto. Ambos eran jefes y no consideraban caer vivos en manos represores.

Vicki subía las escaleras y Maricel le pidió un arma para enfrentar a los militares, pero la hija de Walsh se la negó y le ordenó que se mantuviera a cubierto. Desde la terraza de la casa dos combatientes se ponen de pie y se escucha una respuesta clara y contundente: Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir. Y a renglón seguido una voz femenina que grita: ¡Viva la Patria! Y se llevan sus armas a la boca y disparan. El pecado no era hablar, sino caer en manos enemigas. Roualdes estaba indignado que la muchacha gritara “Viva la Patria”, cuando él representaba a la Patria y no esos roñosos montoneros. Los militares dispararon un rato más, creyendo que los disparos de los combatientes seguían siendo parte de la resistencia. En la planta baja el último integrante de la Secretaría resistió hasta recibir un disparo mortal.

Al silencio de las armas le siguió bazzokazo al interior de la vivienda. El silencio posterior era ensordecedor. La tanqueta avanzó y chocó el portón principal. El jefe del operativo pensó que el triunfo era suyo. Roualdes no comprendía que sus obscenas y macabras liturgias de desapariciones, vuelos de la muerte, saqueos y robo de identidades son estériles y sólo construyen fracaso. El oficial genocida no entendió la ironía del destino cuando, al entrar a la casa, en vez de hallar cadáveres lo primero que vio fue, sentada en un canasto, a una beba llamada Victoria.

Después del tiroteo

Cuando los cuerpos aún estaban tibios y los ecos de los estampidos de las balas resonaban, la directora de la escuela cercana llevó a la pequeña Milagros a la comisaría 43. La docente, antes de ingresar, vio en la calle un auto, con dos policías arreglándolo, y una beba sentadita, como esperando. Milagros se dio cuenta que era Victoria, la beba de Vicky, la amiga de su mamá. Ya estaba anocheciendo cuando apareció en la comisaría Stella Gómez, hermana de Lucy, la dueña de la casa, quien reclamó por Milagros. El comisario le llevó a la niña y le preguntó si conocía a la beba. Milagros intervino y dijo que sí, y así Stella se va con las dos pequeñas. Días más tarde, los abuelos paternos de Victoria llegan a la casa y recuperan a la beba.

Lucy, la dueña de casa, sus hijos Juan Cristóbal y Maricel, junto a Ramón Baravalle, fueron secuestrados y derivados a El Vesubio, un centro clandestino ubicado en el Camino de Cintura. Dos semanas estuvieron allí, torturados y sin recibir alimentos. Luego los llevaron a Coordinación Federal, en la calle Moreno, donde recibieron un trato similar y estuvieron dos semanas más. Maricel y su marido fueron liberados el 1 de noviembre, y se refugiaron en Esperanza, un pueblo del interior donde Ramón tenía familia. Lucy y Juan Cristóbal fueron blanqueados, pasaron a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Ella estuvo en Devoto dos años, luego pasó a libertad vigilada, asentándose en Chaco, donde todas las semanas se presentaba en la comisaría. El adolescente estuvo 5 años en la U9 de La Plata, y salió bajo libertad vigilada cuando tenía 21 años.

Pablo Mainer fue secuestrado el mismo 29 de septiembre del lugar donde cumplía con el servicio militar. Fue llevado a la ESMA, donde trajeron a su hermana Magdalena desde Córdoba, para luego pasarlos a centros clandestinos de La Plata, a disposición de la Policía Bonaerense. Les prometieron dejarlos libres si marcaban alguna casa o algún militante de La Plata, y para fines de 1977 se sabía que habían sido eliminados. Sus cuerpos fueron identificados en el cementerio de Avellaneda.

Rodolfo Walsh se enteró del enfrentamiento, se persignó y escribió dos cartas que durante mucho tiempo fueron los textos canónicos de aquella jornada con un nombre que se destacaba, el de Vicki, su hija. Mucho tiempo después María Moreno con Oración – Carta a Vicki y otras elegías políticas, y Ernesto Valverde con Corro 105: rodeados – El ataque a la Secretaría Política Nacional de Montoneros, pusieron las cosas en su lugar. Hoy sabemos que fueron cinco los integrantes de la Mesa Política que fueron víctimas, y que seis miembros de la olvidada familia Mainer, además de Ramón Varaballe, sufrieron consecuencias con secuestros, torturas y desapariciones.

Juicio

Desde marzo pasado se lleva adelante el juicio por aquella masacre en el Tribunal Oral Federal Nº7 de la Ciudad de Buenos Aires. Intervinieron más de 200 personas, entre ellos 3 oficiales jefes, 13 oficiales, 61 suboficiales y 134 soldados pertenecientes a esa unidad militar, éstos últimos son los principales testigos, ya que vieron desde su sector el desarrollo del operativo desde el primer momento. El coronel Roualdes, que estuvo a cargo del operativo, no está entre los acusados pues falleció, lo que no impide que estén Carlos Alberto Orihuela, Ricardo Grisolía, Gustavo Montell, Guillermo César Viola, Héctor Eduardo Godoy, Danilo Antonio González Ramos, Tadeo Juárez Matorras y Diego Armando Giordano, integrantes del Grupo de Artillería de Defensa Aérea (GADA) 101 del Ejército Argentino. La documentación interna de la Unidad forma parte de las pruebas, además de los testimonios de familiares y sobrevivientes del hecho. Pasados cincuenta años, se sigue luchando para que aquellas muertes no queden impunes.

El martes 29 de septiembre, a las 18,30, en la esquina de Corro y Yerbal, se realizará un acto homenaje. Entre los oradores estarán Carmen Arias, de las Madres de Plaza de Mayo, el fiscal Federal de Derechos Humanos Félix Crous, y acompañarán familiares de las víctimas.