Qué San Martín y Sarmiento nos quieren contar
He tenido el gusto de leer a compañeros de pluma eximia y, después de hacerlo, tengo el agrado de confirmar que no me encontraba equivocado en el análisis respecto del film producido por Daniel Hadad y auspiciado por los bancos Macro y Santander, sobre el encuentro entre Domingo Faustino Sarmiento y el general José de San Martín en Francia, en 1846.
Sobre las omisiones y deformaciones que atraviesan el relato ya se ha dicho bastante. Pero hay cuestiones que, por su gravedad, merecen ser señaladas nuevamente.
En primer lugar, resulta imposible comprender aquella conversación sin explicar las razones concretas que llevaron a San Martín al exilio. El film omite deliberadamente el contexto político que condicionó su regreso y, sobre todo, el papel de aquellos sectores que lo habían expulsado de su propia tierra. Tampoco explica que, cuando San Martín contemplaba la posibilidad de regresar, la facción rivadaviana que había contribuido a su ostracismo se encontraba políticamente derrotada y que, en ese escenario, Juan Manuel de Rosas aparecía como el hombre que sostenía desde Buenos Aires una política exterior y una concepción de soberanía que merecieron el reconocimiento del Libertador.
La omisión no es un detalle menor. Es la clave para comprender la historia que el film decide no contar.
Una vez más, se coloca a San Martín y a Sarmiento bajo un mismo altar de pensamiento, como si sus concepciones sobre la Nación, el pueblo y la cultura hubieran sido equivalentes. Es exactamente la operación historiográfica que durante décadas construyeron Mitre y la llamada historia oficial.
Exactamente lo mismo.
Parece un manual escrito por Levene.
Porque quien desconozca el verdadero pensamiento sarmientino y se acerque a la historia exclusivamente a través de esta representación cinematográfica, terminará encontrándose con un Sarmiento edulcorado, casi irreconocible. Un hombre que aparece despojado de buena parte de aquellas ideas que lo convirtieron en uno de los personajes más controversiales de nuestra historia.
¿Dónde está el Sarmiento que despreció al indio, al gaucho y al mulato? ¿Dónde está aquel que concebía buena parte de nuestra realidad social como un obstáculo para el proyecto de civilización que pretendía imponer?
No aparece.
En su lugar construyeron un Sarmiento de Manual Kapelusz y un San Martín de Anteojito o Billiken: personajes convenientemente despolitizados, limpios de conflictos, contradicciones y, sobre todo, de aquellas ideas que incomodan al relato histórico establecido.
Y tampoco hace falta detenerse demasiado en la ausencia de Juan Manuel de Rosas.
Dos años antes de aquel encuentro, San Martín había dispuesto en su testamento legar su sable al Restaurador. No se trata de una anécdota menor ni de una casualidad que pueda ser convenientemente escondida debajo de la alfombra. Es un gesto político e histórico de enorme significación.
Sin embargo, cuando el joven Sarmiento interpela al Libertador acerca de su regreso a la patria, San Martín responde relatando las penosas circunstancias que habían rodeado su alejamiento. Pero el film evita cuidadosamente identificar a los responsables.
No dice quiénes.
Los hombres que lo habían perseguido quedan convertidos en una abstracción. Y entonces aparece una de las frases más significativas de aquel diálogo:
“No es la Patria... sino los hombres que la comandan.”
Pero presentada sin contexto, sin responsables y sin explicación histórica, la frase puede ser interpretada de cualquier manera. Incluso puede inducir al espectador desprevenido a pensar que aquella crítica estaba dirigida contra quien gobernaba Buenos Aires en ese momento.
Y así, por omisión, se vuelve a hacer decir a la historia aquello que la historia no dice.
Eso es precisamente lo preocupante.
No hace falta destruir la verdad histórica mediante grandes artificios. No hacen falta falsificaciones burdas ni inventar acontecimientos inexistentes. Alcanza con seleccionar qué se muestra, qué se oculta, qué se pregunta, qué se responde y, fundamentalmente, qué nombres no deben ser pronunciados.
La operación es mucho más sofisticada.
Se construye un relato aparentemente neutral, se lo envuelve en una cuidada producción, se lo pone en boca de personajes históricos de enorme prestigio y finalmente se lo instala ante millones de espectadores como una verdad indiscutible.
Y entonces vuelve a aparecer la vieja historiografía, apenas maquillada con tecnología, actores y una producción millonaria.
Porque el problema no es que hagan una película sobre San Martín y Sarmiento.
El problema es qué San Martín, qué Sarmiento y qué Argentina nos están contando.
Nos siguen pegando abajo.
Y mientras algunos celebran la espectacularidad de la puesta en escena, nosotros tenemos la obligación de mirar detrás del decorado.
Porque la historia no se defiende solamente contra la mentira explícita.
También hay que defenderla contra el silencio, contra la omisión y contra esa forma mucho más peligrosa de falsificación que consiste en contar una parte de la verdad para que la verdad completa resulte imposible de reconocer.
La historia no necesita efectos especiales. Necesita memoria, documentos y honestidad intelectual.
Lo demás puede ser cine.
Pero no necesariamente Historia.
"Se coloca a San Martín y a Sarmiento bajo un mismo altar de pensamiento, como si sus concepciones sobre la Nación, el pueblo y la cultura hubieran sido equivalentes"