Un humilde debate con Felipe Pigna
Antes que nada, celebro que mi flaco articulo haya despertado el interés del señor Felipe Pigna aunque, sinceramente, me pareció trivial su respuesta.
Trivial porque en efecto no dije nada que hiera el ego de Pigna (de hecho, en otra oportunidad a Di Meglio lo traté peor) aunque en definitiva no era la intención detenerme en los nombres sino a través de algunos casos testigo dar cuenta de un proyecto social y político. Es curioso que quien obtuvo en 2017 el premio Konex a la “Divulgación científica” le moleste que le haya dicho “divulgador”. No objeto la amplia trayectoria del mismo, ni lo pongo en el mismo escalón que otro divulgador “copy and paste” como Pacho O Donnell (por algo aclaraba en el texto que Pigna sí es historiador). La mención hacia su persona, al pasar, era para evidenciar un estado de la cuestión que acontecía como colofón a la hecatombe del 2001: ante la ausencia de una responsabilidad política del academicismo y ante la demanda de respuestas ontológicas por parte de la población, surgían verdaderos best sellers en donde entraban las obras de Pacho O Donnel, Jorge Lanata y, sobre todo, el boom que provocaba la serie de Pigna dedicada a los mitos de la Historia Argentina.
Divulgador no es un tono despectivo. Arturo Jauretche fue un gran divulgador que desde su inmensa obra buscó proveer las herramientas para generar un pensamiento situado. En el otro extremo, en los tiempos actuales tenemos un divulgador exitoso como Daniel Balmaceda que se dedica lisa y llanamente a escribir boludeces en el campo de la Historia. Cada uno es expresión de su época, y desde mi humilde opinión, el boom de Pigna fue una expresión de un relato progresista pero desideologizado que en su búsqueda de humanizar la historia, eliminaba todo atisbo de esencialidad. Una mirada lindante a la tragedia, cercana a la melancolía de izquierda como la define Enzo Traverso, pero sin épica revolucionaria. El que fue docente o estudiante por aquellos años apreciaba el entusiasmo juvenil por el efecto Pigna, no solo por sus mitos sino más bien por aquel programa televisivo junto a Mario Pergolini, “Algo habrán hecho”.
El diagnóstico era un efecto del 2001: “Que se vayan todos”. Si, aparentemente, veníamos “mal paridos”: nos invadieron y mutilaron los españoles, luego nuestros gobernantes fueron corruptos (la relación entre Sobremonte “huyendo” con el tesoro y el inefable gobierno de De La Rúa “quedándose” con los ahorros era notable), y los pocos iluminados eran desplazados por el poder omnímodo (hablar de Moreno como el “primer desaparecido” era un poco mucho). No obstante, se ocupaba un lugar que había sido menospreciado por parte del academicismo y buscaba dar respuesta.
Cuando Ernesto Palacio escribía en plena década infame “La historia falsificada” no afirmaba que la “historia liberal” (la que se enseñaba) era una falacia, sino más bien que fue funcional mientras aquel proyecto liberal mantenía las expectativas de progreso. Con la crisis del 30, aquel modelo parecía herido de muerte y era necesario “revisar” nuestra Historia. Mientras, por otro lado, los best sellers del efecto 2001 no buscan aportar nada novedoso: solo recuperaron los viejos trabajos del revisionismo histórico lavándole todo atisbo de proyecto nacional (no se cosa que parezca medio facho), así como lo había hecho el academicismo en los 80 cuando renovaron el campo historiográfico incorporando el modelo que proponía el marxismo británico pero vaciado de retórica marxiana.
Lamento haber herido su susceptibilidad, ni quiero ser altanero. Sólo manifiesto en mi postura completamente marginal que necesitamos ser más patriotas porque, como decía San Martín: “Cuando la Patria está en peligro, todo está permitido, excepto no defenderla”