250 años de la independencia de Estados Unidos
Nuestra Historia nacional se encuentra inmersa bajo el ricorsi e ricorsi del devenir, signado por el enfrentamiento de dos modelos de nación. El rostro del patrón del Norte es bicéfalo: ya desde tiempos tempranos tanto el Imperio británico como el siguiente dominio yanqui harían de las suyas por torcer nuestra voluntad popular. El pasado 4 de julio se cumplieron 250 años de su independencia de Gran Bretaña y, por consiguiente, también 250 años de atropellos sobre nuestra región.
Durante el proceso de la Independencia, la actitud de Washington se movió bajo el signo de la especulación calculadora. Mientras nuestros pueblos derramaban su sangre en las campañas sanmartinianas, los Estados Unidos miraban hacia el sur con la frialdad de los comerciantes. El reconocimiento oficial de nuestra soberanía recién llegó en 1822, y no por un rapto de solidaridad anticolonial, sino cuando España ya estaba militarmente derrotada y el mercado rioplatense se ofrecía apetecible. Pocos meses después, en 1823, James Monroe lanzaba su famosa proclama: "América para los americanos". Una zoncera retórica que el iluminismo porteño —siempre obediente a las novedades que venían del norte o de Europa— aplaudió con entusiasmo, pero que en la práctica no era más que la declaración de propiedad exclusiva sobre el hemisferio. América para los norteamericanos.
El mito ecuménico de la Doctrina Monroe estalló por los aires apenas una década más tarde en nuestras propias costas. En 1831, la corbeta estadounidense Lexington atacó y saqueó el asentamiento argentino en las Islas Malvinas, destruyendo las defensas comandadas por Luis Vernet en nombre del gobierno de Buenos Aires. Aquella agresión directa desbrozó el camino para que, catorce meses después, los piratas de Gran Bretaña consumaran la usurpación de nuestro Atlántico Sur en 1833. ¿Dónde estaba entonces la mentada solidaridad continental de Washington? El silencio de los Estados Unidos ante el zarpazo británico desnudó la verdadera naturaleza de su doctrina: las potencias anglosajonas se reconocían entre sí el derecho a repartirse el mundo. Tristemente, sucedería lo mismo en 1982 durante el conflicto bélico con Gran Bretaña.
El gobierno de Juan Manuel de Rosas nunca dejó de lado el reclamo por el atropello a lo que el gobierno estadounidense jamás se haría cargo. Inclusive sería observado por Sarmiento quien, siendo embajador argentino en EEUU, le escribía al presidente Mitre en 1966:
“Consecuencia de la insólita gestión hecha por un agente norteamericano de los presumibles derechos de Inglaterra a la posesión de las Islas Malvinas, fue que esta Nación que las había espontáneamente abandonado sesenta años antes, echó a un lado el principio, y segura ya de que los Estados Unidos, comprometidos por las doctrinas de Baylies, no incluían las islas adyacentes en los continentes americanos en la declaración Monroe, volviese sobre la doctrina de no colonización iniciada por Canning, y proclamada por los Estados Unidos, y se apoderase de las Islas Malvinas, a título de anterior ocupación y con complicidad aparente de esta última nación” (6 de abril de 1866)
Fue bajo los gobiernos de Juan Manuel de Rosas cuando esta tensión estructural alcanzó su máxima expresión política y doctrinaria. El Restaurador de las Leyes, lejos de encarnar la barbarie que pretendía el romanticismo berreta unitario exiliado en Montevideo, comprendió que la defensa de la soberanía nacional debía librarse simultáneamente contra el imperialismo europeo y contra la arrogancia norteamericana. No obstante, durante la época de Rosas se daría esa particularidad (no es más que la complejidad propia del estudio histórico) en donde se explican las diferencias: mientras mantenía el gobierno de Rosas un trato cordial con los comerciantes ingleses aunque reaccionaba ante la agresión imperial; con relación a la Republica norteamericana, el respeto que tributaba el Restaurador era hacia su sistema de gobierno considerando la mejor opción para las nacientes naciones americanas del sur. Esa distinción radicaba en la lectura historicista que siempre mantuvo Rosas ante el racionalismo doctrinario de la oposición que pretendían imponer las leyes sin leer la realidad de nuestro pueblo.
La aceptación del ideario federal doctrinario norteamericano había inspirado no solamente a Artigas y a Dorrego, sino que el propio Rosas lo consideraba el más adecuado a nuestra idiosincrasia. El “Diario de la Tarde” a comienzos de 1851 consideraba que
“El General Rosas sostiene el mismo principio e interés que sostuvo el General Washington, la independencia del país; ejerce el mismo poder discrecional, y con la misma legalidad que lo ejerció en su época el General Washington: organizó en medio mismo de la guerra, como organizó del mismo modo el General Washington; y fija el propio principio que este sostuvo que la Constitución oportuna del país mismo, no por el extranjero, ni con el consejo e influencia de cualquier extranjero. Este principio es el de la libertad de las naciones”
Y más adelante, señalaba el editorial en clave plutarquiana:
“(…) Los dos se educaron en el campo, el uno como agrimensor, el otro como hacendado; y cuando el país necesitó de sus servicios, el uno se puso al frente de las milicias de Virginia, y el otro reunió las fuerzas de la Provincia, de que había quedado accidentalmente el jefe, para oponerse a la insurrección del ejército (…) El General Rosas, sin recibir, ni pedir auxilios, sin más apoyo que su gran carácter, y la justicia de su causa, ha resistido con brío a las fuerzas combinadas de Inglaterra y de Francia, que venían a cerrar sus puertos, y a privarle de todos sus recursos”.
Mientras luego los triunfadores de Caseros privilegiaron el contractualismo (como bien definió José María Rosa, el “fetiche de la Constitución”) copiando literal la Carta Magna estadounidense, Rosas consideraba aquellos principios doctrinarios adecuándolo a la realidad de nuestros pueblos. Contestándole no solo a los opositores sino también a los salieris de José Carlos Chiaramonte y los mentores del actual academicismo que desconocen nuestra constitución como nación previa al 80, “La Gaceta Mercantil” enfatizaba
“(la errada interpretación del federalismo con que pretende confundirse a la opinión, pues, mediante un artilugio), se hace de cada Provincia un Estado Independiente; la federación estipulada en el carácter de unión nacional permanente e indisoluble se mira como simple alianza; y así se sistema la disolución de la nacionalidad Argentina. (En tanto, nuestro federalismo) es la misma unión federativa nacional de los Estados Unidos en la que cada parte de la asociación, siendo integrante y permanentemente constitutiva del todo nacional, conserva sin embargo su independencia particular” (12 de marzo de 1846)
Es de esta manera que, con la excusa de conmemorar la efeméride, decidimos reunir un dossier especial para APU apelando a nuestro fuego histórico sin artificio ni drones laudatorios. En ese sentido, nuestros colegas Emanuel Bonforti, Santiago Liaudat y el camarada oriente Joaquín Andrade reflexionan sobre la lucha antiimperialista por parte de nuestra región a lo largo de los dos siglos. Facundo Di Vincenzo nos recuerda aquel primer escrito antiimperialista del inolvidable Manuel Ugarte mientras que Nahir González recupera a Eduarda Mansilla y sus impresiones luego de conocer las “entrañas” del Gigante del Norte. Pablo Vázquez y Damián Cipolla abordan la relación de Eva Perón con Estados Unidos; Sofía González reflexionaba en torno al imperialismo como tópico determinante el pensamiento nacional en los sesenta y setenta, mientras que Laura Osorio denuncia el rol protagónico del Imperialismo yanqui sobre el infame Plan Cóndor que hiciera estragos en la región.