Fernanda Miño: "Hay una casta, que existe en todos los partidos, que cree que solo los iluminados pueden hacer política"
Fernanda Miño, diputada nacional de Unión por la Patria y referente del Frente Patria Grande, reflexiona sobre el avance de los discursos de odio en la Argentina, el desmantelamiento de la Secretaría de Integración Socio Urbana (SISU), el presente de los barrios populares y los desafíos de la representación política.
En esta entrevista con Agencia Paco Urondo (APU), la ex titular de la SISU también repasa su recorrido desde la militancia comunitaria hasta el Congreso, defiende políticas como Mi Pieza y plantea la necesidad de reconstruir un Estado presente que garantice derechos e integre a los sectores más postergados.
Los discursos de odio y la convivencia democrática
APU: Últimamente observo que cada vez se impone más una manera de hacer política basada en los discursos de odio, la estigmatización y la exclusión, que terminan habilitando distintas formas de violencia, tanto física como simbólica. Incluso el propio presidente aparece como el principal promotor de esa metodología. ¿Cómo podemos combatir esta lógica y pensar una alternativa?
FM: Sí, yo también lo vengo viendo. Quienes vivimos en los barrios populares quizás naturalizamos durante mucho tiempo cierto tipo de violencia en la forma de hablar, incluso en chistes o discusiones cotidianas, pero era algo que quedaba puertas adentro de los barrios. Hoy vemos al propio Presidente expresarse en esos términos y hasta justificar el insulto como forma de comunicación.
Quienes tenemos familia, hijos, y queremos construir vínculos sanos sabemos que, cuando aparece el insulto, se rompe la comunicación. Uno deja de escuchar el argumento y queda atrapado en la agresión. Entonces me pregunto: ¿para qué el insulto? Su única función es denigrar a quien piensa distinto.
Intenté mirar esos largos streamings que hizo recientemente y no encontré otra intención que desacreditar al que opina diferente. Me parece una herida profunda para la democracia, porque deja de existir la posibilidad de convivir y, ni siquiera, de escuchar al otro.
Además, ese odio que también se dirige contra determinados sectores del periodismo busca que no salgan a la luz hechos de corrupción o situaciones que el Gobierno prefiere ocultar. Es importante entender que esto no puede naturalizarse ni explicarse simplemente porque "el mundo se corrió a la derecha". Lo que hay es una estrategia para descalificar al diferente: a quienes piensan distinto, a las organizaciones sociales, a determinados espacios políticos.
Esa lógica profundiza todavía más la estigmatización que ya sufren las personas pobres, los barrios populares y quienes hacemos política desde esos lugares. Hay una negativa a aceptar que otros también pueden aportar ideas o construir una síntesis colectiva. En lugar de debatir, simplemente se busca desacreditarlos por ser diferentes.
APU: Hiciste de tu casa un centro comunitario y cultural, con una biblioteca popular para los vecinos y las infancias del barrio. En un contexto donde predomina el discurso de que cada uno debe salvarse solo, ¿qué aprendizajes deja esa experiencia de construir comunidad?
FM: Quienes vivimos en los sectores más empobrecidos de esta patria nunca tuvimos la posibilidad de salvarnos solos, porque simplemente no podemos. Por eso estas iniciativas —y aclaro que la nuestra no es la única, hay muchas experiencias similares en el barrio— son tan importantes. Nosotros empezamos hace muchos años en el patio de nuestra casa y hoy contamos con un espacio que pudimos desarrollar gracias al trabajo de la SISU junto con la comunidad.
Allí no solamente acompañamos a las infancias. También funciona un espacio para personas que están recuperándose de consumos problemáticos, hay ollas populares y un pañol donde las cooperativas guardan sus herramientas para seguir trabajando.
Todo eso demuestra que nadie sale adelante solo. A lo largo de mi gestión y ahora como diputada escuché muchísimas historias en distintos barrios populares. Siempre aparece la misma enseñanza: la importancia de llevarse bien con los vecinos, de organizarse para levantar un poste de luz, construir un pasillo porque se llena de barro o resolver problemas que nadie más viene a solucionar.
Mi propia infancia está atravesada por esas experiencias. Mis padres llegaron desde las provincias y, junto con otros vecinos, hicieron comunidad para sacar adelante un barrio muy pobre.
Durante décadas el Estado nunca tuvo un área específica destinada exclusivamente a integrar los barrios populares. Recién con la SISU, trabajando junto a organizaciones sociales, la Iglesia, municipios y provincias, pudimos empezar a cambiar esa realidad.
Todo comenzó con un relevamiento que permitió saber cuántos barrios había, dónde estaban y cuáles eran sus necesidades. A partir de ese diagnóstico fue posible diseñar políticas públicas concretas. Creo que esa fue una de las principales marcas de nuestro paso por el Estado: primero reconocer quiénes eran los destinatarios y dónde estaban; después construir herramientas eficaces para llegar realmente a los territorios.
La integración de los barrios populares y el desmantelamiento de la SISU
APU: Quería preguntarte por la Secretaría de Integración Socio Urbana (SISU). Desde el Gobierno nacional hubo un desfinanciamiento muy fuerte: primero la degradaron a subsecretaría y después prácticamente paralizaron su funcionamiento. Desde ese organismo ustedes impulsaron una transformación muy importante en los barrios populares. Pienso, por ejemplo, en el programa Mi Pieza, que partía de una realidad concreta: familias enteras viviendo hacinadas y la posibilidad de ampliar y mejorar sus viviendas. ¿Cómo ves el impacto que tuvo el cierre de esa política y el abandono de programas que mejoraban la calidad de vida de tanta gente?
FM: Como decía recién, la SISU fue el primer organismo creado exclusivamente para trabajar la integración de los barrios populares. Nosotros elegimos hablar de integración y no de urbanización, porque ese concepto lo tomamos de los curas villeros y de los curas de la opción por los pobres.
No se trataba solamente de construir viviendas. Integrar un barrio significaba comprender su historia, su cultura, su identidad y, sobre todo, generar espacios de participación donde fueran los propios vecinos quienes definieran cuáles eran las prioridades para transformar su comunidad.
Vivimos el desmantelamiento de la SISU con mucha tristeza y también con impotencia. La única herramienta que nos quedó fue presentar un amparo para proteger el fideicomiso que todavía existe y que aún conserva una enorme cantidad de recursos. En este caso no pueden decir que no hay plata, porque nosotros dejamos fondos suficientes para continuar las obras.
De hecho, cuando aumentó el Impuesto PAIS hacia fines de 2023 —nosotros habíamos dejado la gestión a comienzos de ese año— esos recursos incluso se incrementaron. Recién cuatro meses después eliminaron ese impuesto, pero quedaron más de 260 mil millones de pesos asignados por ley a la integración de los barrios populares.
La Ley 27.453 establece con claridad que esos fondos deben destinarse a mejorar la infraestructura de los barrios populares, porque las necesidades siempre avanzan más rápido que las respuestas del Estado. Nosotros lo sabíamos. Cada vez que llegábamos con una obra sentíamos que llegábamos tarde y hasta pedíamos disculpas por eso.
Sin embargo, también fue muy gratificante comprobar que, trabajando junto a cooperativas y organizaciones de cada barrio, era posible transformar esa realidad en muy poco tiempo.
APU: ¿Cuál fue el alcance de la política?
Llegamos a más de 1.800 barrios populares en todo el país. A través del programa Mi Pieza, más de 250 mil mujeres pudieron ampliar o mejorar sus viviendas gracias a un subsidio que administrábamos mediante ANSES y que monitoreábamos con una aplicación para asegurarnos de que el dinero llegara directamente a las destinatarias.
Esa política debía continuar. Dejamos una estructura con equipos técnicos de primer nivel, presencia territorial en todo el país y una situación financiera sólida. Sin embargo, eligieron instalar un manto de sospecha sobre todo lo que habíamos hecho.
Como yo encabezaba ese proceso, fui también el blanco de esa campaña. Allanaron mi casa, impulsaron operaciones mediáticas y difundieron acusaciones falsas. No era solamente un ataque contra mí: buscaban desprestigiar una política pública para disciplinar y evitar que vuelva a hacerse.
Hoy ni siquiera existe obra pública. Imaginate entonces pensar en obras destinadas a los barrios populares. Nosotros nos animamos a impulsar una política que implicaba redistribuir recursos para que quienes menos tienen pudieran acceder, al menos, a un piso básico de dignidad.
Los servicios esenciales son eso: dignidad. El barrio por el que ustedes entraron no tenía cloacas ni conexiones eléctricas seguras. Gracias al trabajo de las cooperativas y al financiamiento de la SISU hoy esa realidad cambió, como ocurrió en más de 1.800 barrios de todo el país.
Para nosotros fue una experiencia extraordinaria. La SISU todavía existe, aunque degradada a subsecretaría, sin financiamiento y con amenazas permanentes de despidos para los pocos trabajadores que quedan.
Tengo la esperanza de que algún día recupere sus recursos, porque ese dinero sigue existiendo. Está inmovilizado, retenido para quién sabe qué destino, cuando debería utilizarse para aquello para lo que fue creado.
Mientras tanto vemos barrios cada vez más golpeados por el narcotráfico, la falta de trabajo, la pobreza estructural y obras abandonadas que empiezan a deteriorarse. También quedaron miles de mujeres que habían sido sorteadas para el programa Mi Pieza y nunca recibieron siquiera el primer desembolso.
Los recursos para cumplir con esos compromisos están. Si hoy no se ejecutan, es porque existe una decisión política del presidente Javier Milei y del ministro Luis Caputo de no hacerlo.
La representación política y el protagonismo de los sectores populares
APU: Pensando en esto que mencionabas sobre el disciplinamiento y sobre la necesidad de evitar que se propague una corriente de militancia y participación política, da la impresión de que estamos atravesando una crisis de representación muy profunda. Muchas veces los funcionarios parecen muy alejados de la experiencia concreta del pueblo. ¿Cómo imaginás una ampliación real de la participación política de los sectores populares?
FM: Yo comparto que existe una crisis de representatividad, pero no creo que se explique porque la gente no quiera participar en política. Lo que existe es una casta —y existe en todos los partidos, no es patrimonio de uno solo— que cree que solamente algunos iluminados están habilitados para hacer política.
En ese sentido, Juan Grabois dio un paso muy importante. Las organizaciones sociales ya venían haciendo un trabajo enorme para que quienes vivimos en barrios populares pudiéramos expresar nuestras ideas y nuestras demandas. Pero Juan fue más allá y dijo algo fundamental: quienes sufren en primera persona la discriminación, la pobreza y la falta de derechos tienen que encabezar esos procesos.
Y eso no surge solamente de una intuición política. Es una idea que plantea el Papa Francisco en sus encíclicas y en toda su prédica. Francisco dejó un legado muy fuerte en relación con el protagonismo de los pobres, y creo que nosotros somos, en parte, resultado de ese legado.
No se trata solo de ayudar al otro; se trata de asumir que también tenemos que ser protagonistas de la transformación. Tenemos derecho a participar de la política, que es una de las formas más altas de la caridad porque busca el bien común.
Cuando la política se convierte en una carrera personal, en una lógica meritocrática o en un espacio de privilegios, las herramientas democráticas empiezan a degradarse. El poder es transitorio y los recursos del Estado deberían utilizarse para mejorar la vida de la sociedad.
En mi caso, por mi historia y por el lugar del que vengo, siento una responsabilidad especial con quienes menos tienen. Pero el objetivo final es una patria donde todos tengamos oportunidades mínimas: un pedazo de tierra para vivir, una vivienda, un crédito, la posibilidad de salir adelante sin tener que ocupar un terreno porque el propio país no ofrece alternativas.
De la militancia barrial a la política institucional
APU: En relación con esa experiencia de participación, ¿cómo fue el momento en que decidiste dar el salto a una política más institucional, partidaria y de gestión? ¿Hubo algo de ese recorrido que te sorprendiera o que nunca imaginaste vivir?
FM: Yo fui militante, antes que nada, desde la fe. Soy catequista y mi formación política empezó ahí. Los sacerdotes que acompañaron esta comunidad —Aníbal Filippini y Jorge García Cuerva, hoy arzobispo de Buenos Aires— nos enseñaron una manera distinta de vivir el cristianismo.
Nos mostraron que no alcanza con la caridad entendida como “pobres los pobres”. Los pobres tienen que ser protagonistas de la transformación de su propia realidad.
La otra gran herramienta fue la educación. En mi caso, la fe y la educación me abrieron un horizonte distinto. Por eso siempre digo que hay que apostar a la educación: más allá de todos sus problemas, te da herramientas para pensar, cuestionar y comprender el mundo.
Yo empecé a estudiar ya de grande y fui entendiendo muchas cosas. La política apareció después, especialmente a partir de una inundación muy grande en 2013. En La Cava, donde viví hasta los 21 años, las inundaciones eran permanentes, y yo me preguntaba cómo podía ocurrir eso en un municipio tan rico.
Empezamos a organizarnos, hicimos marchas y yo quedé bastante expuesta públicamente. Ahí algunos compañeros me invitaron a participar en política, en 2017. Acepté con una idea muy concreta: usar esa herramienta para transformar mi barrio.
Sentía que mis hijas tenían una vida más ordenada, una casa, contención familiar, y al mismo tiempo veía que al barrio le faltaba casi todo. El Partido Justicialista me dio una primera oportunidad, pero después aparecieron tensiones porque yo tenía una agenda muy vinculada a los sectores populares.
En ese momento Juan Grabois me convocó a sumarme a su espacio y me planteó la posibilidad de asumir mayores responsabilidades políticas. Así empezó una nueva etapa.
APU: También fuiste candidata a intendenta.
FM: Sí. Como en ese momento no se había dado otra posibilidad y yo necesitaba construir una referencia política propia desde el territorio, acepté esa candidatura. Tuvimos una elección muy buena; no alcanzamos a superar las PASO, pero quedó instalada la idea de que era posible representar políticamente a los barrios populares.
Cuando en 2019 ya se perfilaba el cambio de gobierno, empezó a pensarse que yo pudiera encabezar la Secretaría de Integración Socio Urbana. La SISU existía desde 2018, pero tomó un impulso completamente distinto cuando asumimos la gestión y cuando se creó el financiamiento específico a través del aporte extraordinario a las grandes fortunas durante el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner.
Gestionar desde el territorio
APU: En otra entrevista mencionabas que muchas veces quienes estaban al frente de la SISU no conocían la realidad concreta de los barrios populares. Es muy difícil diseñar una política pública si no se conoce el territorio ni las necesidades reales de quienes viven allí.
FM: Exactamente. Y no solamente las necesidades, también las urgencias. Porque necesidades hay muchísimas. ¿Hace falta una salita de primeros auxilios? Sí. ¿Una escuela? También. ¿Un polideportivo? Claro. Pero si un barrio no tiene agua potable, esa es la prioridad.
Todo el tiempo teníamos que hacer ese equilibrio y trabajar junto a quienes realmente querían transformar el barrio. Había sectores que insistían en avanzar primero con la regularización dominial. Nosotros, que vivimos en barrios populares, sabíamos que en muchos casos la urgencia era otra: primero había que garantizar los servicios básicos.
La regularización puede ser importante en determinados lugares donde existe riesgo de desalojo, pero muchas veces respondía más a una exigencia administrativa que a una necesidad concreta de las familias.
Para tomar esas decisiones hay que conocer el territorio. Hay que haber recorrido los barrios y mantener un vínculo cotidiano con quienes viven allí. En mi caso me alcanzaba con hacer un llamado o una visita para saber exactamente qué estaba pasando.
Cuando uno llega al Estado tiene que hacerlo con una misión clara. No puede improvisar. Nosotros sabíamos perfectamente cuál era nuestro objetivo: integrar los barrios populares. Éramos conscientes de que una sola gestión no alcanzaría para resolver décadas de abandono —además atravesamos una pandemia—, pero contábamos con equipos técnicos, profesionales y territoriales que venían trabajando desde hacía muchos años en un plan de integración.
Hoy existen más de 6.400 barrios populares registrados en todo el país. Es imposible gestionar con eficacia si se desconoce esa realidad. En cambio, este gobierno ni siquiera quiso comprenderla. Directamente decidió que todo eso "tenía gusto a zurdo", desarmó las políticas existentes y dedicó enormes esfuerzos a desacreditar nuestro trabajo.
Sin embargo, con el paso del tiempo quedó demostrado que las obras existen, que los recursos siguen estando y que simplemente decidieron no utilizarlos.
Estoy convencida de que, cuando termine esta etapa, la Argentina tendrá que recuperar esa herramienta que fue tan importante para mejorar la vida de miles de familias.
Predicar con el ejemplo
APU: En la vida cotidiana vemos una exaltación permanente del lujo, la ostentación y el consumo, como si la felicidad dependiera únicamente de acumular cosas. Frente a eso, ¿qué es realmente lo importante? ¿Dónde encontrás aquello que vale la pena preservar?
FM: Me hago esa pregunta muchas veces, sobre todo porque tengo cuatro hijas. Pienso mucho en cómo ellas miran la política y qué ejemplo reciben de nosotros.
Por suerte tienen una mirada positiva. Eligieron estudiar: una Trabajo Social y la otra Derecho. Trabajan además en el espacio sociocomunitario del barrio, dando apoyo escolar. Nunca les impusimos ese camino. Simplemente crecieron viendo una forma de vivir.
Cuando ellas eran chicas, el espacio comunitario funcionaba en el patio de nuestra casa. Después pudimos trasladarlo a este lugar. Eso es predicar con el ejemplo.
Si quiero que mis hijas comprendan qué significa la política o el compromiso social, tengo que demostrarlo todos los días. No alcanza con un discurso. Ellas tienen que ver que nadie se salva solo, especialmente en barrios como este.
Hubo momentos en los que me dio mucho miedo criarlas acá. La violencia creció, las adicciones están cada vez más presentes, los tiroteos son una realidad cotidiana. Sin embargo, hoy que tenemos la posibilidad de irnos, ellas no quieren hacerlo. Quieren quedarse para transformar este lugar.
Ese también es el sueño que compartimos con mi compañero desde hace muchos años: que ellas puedan decir "esto está mal y hay que cambiarlo" y decidan poner su vida al servicio de esa transformación.
Creo que eso también vale para la sociedad. Si tengo que decir qué clase de dirigente quiero para mi país, primero tengo que vivir de esa manera. Lo mismo ocurre con la militancia. No puede existir un doble discurso.
Hoy parece que todo aquello que no aparece en las redes sociales no existe. Es cierto que hay cosas que hay que comunicar, pero lo verdaderamente importante es estar donde hay que estar: acompañando una marcha por la salud pública, una olla popular, un reclamo por el transporte o cualquier conflicto que afecte a la gente.
También tenemos que empezar a pensar qué proyecto queremos construir hacia adelante. Si alguna vez volvemos a tener responsabilidades de gobierno, debemos llegar con propuestas concretas y con la capacidad de escuchar. Después la sociedad decidirá si acompaña o no ese camino.
Quienes venimos de los sectores populares conocemos muy bien las consecuencias de la ausencia del Estado. Por eso, cuando tenemos la posibilidad de representar a quienes históricamente no tuvieron voz, debemos aprovechar cada minuto. Nada es eterno. Tenemos este tiempo y hay que usarlo para abrirles paso a nuevos dirigentes que también nacieron y crecieron en los barrios populares, porque tienen muchísimo para aportar.
"Quiero dejarles un mundo mejor a mis hijas"
APU: Muchas veces uno se pregunta para qué hace lo que hace. ¿Vos para qué hacés política?
FM: Primero, para dejarles un mundo mejor a mis hijas. Creo que ese pensamiento me acompaña desde que me levanto hasta que me acuesto.
También hago política para sanar mi propia historia. Vengo de una vida marcada por la pobreza y por la falta de oportunidades, y siento que transformar esa realidad también es una manera de sanar.
Y, sobre todo, porque amo profundamente a mi patria. Me gustaría que mis nietos y mis bisnietos puedan vivir en un país donde participar en política vuelva a ser motivo de orgullo, donde puedan mirar hacia atrás y decir: "Mi mamá me contaba que mi abuela hizo esto para mejorar la vida de los demás".
Ese es el legado que quisiera dejar: una historia de lucha, pero también de logros. Porque nosotros podemos decir que muchas cosas fueron posibles.
También quiero dejar la convicción de que no hay que claudicar frente a las dificultades ni encerrarse cuando llegan tiempos adversos. Al contrario: es cuando más necesitamos salir, organizarnos y sostenernos desde la solidaridad.
Nunca solos. Porque cuando uno se queda solo es mucho más fácil desanimarse. En cambio, cuando camina junto a otros siempre aparecen nuevas fuerzas para seguir adelante.
Yo fui militante, antes que nada, desde la fe. Soy catequista y mi formación política empezó ahí. Los sacerdotes que acompañaron esta comunidad —Aníbal Filippini y Jorge García Cuerva, hoy arzobispo de Buenos Aires— nos enseñaron una manera distinta de vivir el cristianismo.