El depredador sangra
Cuando ganó Milei tuve un miedo que no era electoral ni ideológico, o que lo era, pero en un sentido más hondo y más doméstico: un miedo de madre. Yo empecé a militar en una Argentina en la que el Estado, para los pibes de mi generación, era la puerta de la comisaría y no la de la escuela, y pasé buena parte de mi vida adulta tratando de que esa puerta cambiara de lugar, de que el Estado volviera a ser reparo, inclusión, justicia, algo que te espera y no algo que te para. Por eso el miedo, aquella noche, tuvo una forma muy concreta: que mis hijas volvieran a ver en el Estado lo que yo vi a su edad, la puerta de la exclusión y de la represión. Ayer ese miedo dejó de ser una hipótesis. Mi hija vivió por primera vez la angustia de saber que una amiga suya estaba en medio de los gases y los palos, sufriendo su primera represión, y la estaba sufriendo por pedir algo tan obvio como poder estudiar. La vi con el teléfono en la mano, esperando un mensaje, y entendí que hay aprendizajes políticos que uno no elige para sus hijos y que igual llegan, como llega la fiebre.
Hay una pregunta que me quedó dando vueltas desde entonces y que creo que resume la época: cómo es que hoy hay que defender lo obvio. Que la universidad pública es un bien común, que un jubilado tiene que poder comprar sus remedios, que el que trabaja tiene que poder vivir de lo que gana, que nadie debería dormir en la calle. Durante décadas esas cosas formaron parte de un piso compartido, de un acuerdo tácito que atravesaba incluso a quienes se odiaban políticamente. Discutíamos cómo, cuánto, quién, pero no si. Lo que este gobierno logró, y hay que reconocerle la eficacia aunque nos espante, es convertir lo obvio en una posición militante. Defender la universidad pasó a ser "politizar". Pedir medicamentos pasó a ser "kirchnerismo". Y no es un capricho del vocabulario. Toman las palabras que nos permiten reconocernos colectivamente, las que nos atan a procesos históricos de ampliación y creación de derechos, y las convierten en malas palabras, en estigma, en insulto que se pronuncia con la boca torcida. Lo hacen porque saben que un pueblo sin identidad colectiva es un pueblo suelto, y un pueblo suelto no participa. La ecuación es tan vieja como eficaz: sin participación hay dominación, y con dominación se garantiza la expulsión de todos los que sobran en su modelo. Por eso resistir, organizarse y ser colectivo, desde la identidad que cada cual sienta como propia, es hoy una prioridad. No podemos regalarles el sentido de nuestras palabras. Y así, de a poco, el sentido común se fue corriendo hacia un lugar donde la crueldad parece realismo y la solidaridad parece ingenuidad o de estupidos.
Mientras tanto, la realidad avanza con la monotonía de lo que se repite todos los días. Cada día hay más personas viviendo en la calle, más jubilados sin medicamentos, más trabajadores y trabajadoras que se quedan sin trabajo, más familias endeudándose para comer, más pobreza. Y hay algo que me cuesta escribir: hace tiempo que UNICEF nos advierte que el suicidio es una de las principales causas de muerte entre nuestros adolescentes, y que golpea más fuerte allí donde faltan las instituciones y las personas que acompañan. Es una herida que viene de lejos, pero es justamente la herida que se agranda cuando el Estado se retira, cuando la escuela, el club, el centro de salud o el comedor dejan de ser lugares donde alguien te espera. Cada día el fin de mes se achica un poco más, y lo que nos ofrecen a cambio es un relato: que esto es el camino, que hay que atravesar el desierto para llegar a un país libre, que el dolor es una inversión. Pero el relato tiene una grieta enorme, y es que el sacrificio no es para todos. No es cierto que no hay plata, como repetía Milei con la convicción de un predicador. La plata está. Está cuando se timbea el oro de la Argentina, el de Londres y también el que dormía en las bóvedas del Banco Central, y la apuesta termina con un rojo de más de mil millones de dólares, mientras nadie sabe decir con certeza qué pasó con ese oro. Mil millones que no aparecen en ninguna planilla de Excel, que no tienen motosierra, que no le quitan el sueño a nadie en la Casa Rosada. La plata está, pero solo para un sector minoritario que desprecia la palabra solidaridad, que la escucha como un insulto, que construyó buena parte de su identidad en contra de ella. No es un ajuste: es una redistribución hacia arriba con música de épica.
Y entonces aparece, inevitable, la pregunta por lo que nos pasa a nosotros. Porque sería cómodo pensar que la degradación es algo que hace un gobierno y que el resto la padece. No es tan así. La degradación es una invitación, y lo más inquietante es la cantidad de gente que la acepta, a veces sin darse cuenta. Todos somos hacedores de lo que ocurre, por acción o por omisión: el que aplaude, el que repite la frase del odio en la mesa familiar, el que se ríe del chiste cruel, pero también el que decide que no vale la pena, que da lo mismo, que mejor no meterse. No lo digo con ánimo de tribunal. Lo digo porque esa responsabilidad compartida es, paradójicamente, la mejor noticia que tenemos: si somos parte de la degradación, también somos parte de lo que puede frenarla.
Hay una película que vi de chica y que en estos días me vuelve como una metáfora un poco brutal pero exacta. En Depredador, cuando aparece la criatura, parece algo extraordinario, invisible, imposible de vencer. Los soldados caen uno tras otro y el miedo se vuelve total. Hasta que uno de ellos ve que el depredador sangra. Y en ese momento cambia todo, porque si sangra, se lo puede vencer. Con la derecha de este tiempo nos pasó algo parecido: llegó con una potencia que parecía sobrenatural, con un lenguaje que no entendíamos, con una velocidad que nos dejaba siempre un paso atrás, y durante un tiempo largo una parte nuestra creyó que no había nada que hacer. Pero el depredador sangra. Sangra cuando la universidad llena las calles otra vez, sangra cuando tiene que reprimir porque ya no puede convencer, sangra cada vez que la realidad le gana al relato. La represión de ayer no es un signo de fortaleza. Es un signo de que ya no les alcanza con la palabra. Y la pobreza que crece, las deudas que crecen, los pibes que se quedan sin red, también se pueden vencer, porque no son un fenómeno natural sino el resultado de decisiones, y lo que se decide se puede deshacer.
Por eso creo que hay que discutir la idea misma de resistencia, que muchas veces escuchamos como sinónimo de derrota, como lo que se hace cuando ya se perdió. En la historia argentina fue siempre lo contrario. La resistencia fue la forma que tomó la victoria antes de llegar. Resistieron los trabajadores en el 45, el peronismo proscripto en el 55, resistieron las Madres dando vueltas a la Plaza, resistieron los desocupados de los 90 y los que en 2001 volvieron a juntarse cuando todo estaba roto. Ninguna de esas resistencias fue un final; todas fueron una antesala. Resistir hoy es parte del camino para volver a vivir en una Argentina donde el esfuerzo esté puesto en incluir y no en excluir. Y vale la pena decir qué entendemos por ganar, porque una victoria sin contenido es apenas un resultado. Ganar es que la gente vuelva a poder definir su propia vida, a proyectar un futuro que no se termine el día treinta, a imaginar algo para sí y para los suyos sin pedirle permiso a nadie.
Lo que no podemos permitir es que nos gane la desesperanza, porque la desesperanza es exactamente el combustible de este modelo. Un pueblo sin esperanza no se organiza, no marcha, no recuerda. Y lo que no podemos permitir, sobre todo, es que nuestros pibes se acostumbren. Que la amiga de mi hija piense que lo de ayer es lo normal, el precio razonable de pedir algo. Mi tarea como madre y como militante es la misma: que ese miedo no se convierta en resignación sino en memoria, y que la memoria se convierta en organización. El depredador sangra. Lo vimos ayer, en la calle. Ahora hay que animarse a creerlo.