Hacernos escuchar, por Mariana Gras

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    Movilización Noche de los Lápices

Hacernos escuchar, por Mariana Gras

16 Septiembre 2026

Empecé a militar a los trece años, en la Argentina de 1992. Eran los años en que el Estado, para mi generación, no era la puerta de la escuela sino la puerta de la comisaría. Un pibe de barrio no se cruzaba con el Estado en un aula o en un hospital que funcionara, se lo cruzaba en una racia, en una noche que podía terminar mal. El Estado era eso que te paraba, no eso que te cuidaba. Y en ese clima, militar era casi un acto de terquedad, una forma de insistir en que las cosas podían ser de otra manera.

Me acuerdo del día en que conocí la historia de la Noche de los Lápices. No la fecha suelta de un manual, sino la historia de verdad, la de esos chicos y esas chica que a mi edad, o apenas un poco más grandes, discutían, se organizaban, se juntaban a pelear contra las injusticias desde la solidaridad y desde la política. Me golpeó descubrir que eran pares míos, gente joven como yo, que se habían tomado en serio la idea de que el mundo se podía cambiar, y que lo habían pagado con todo. No los sentí lejos. Los sentí de los míos. Fue la primera vez que entendí que militar no era un invento mío ni de mi época: era sumarme a algo que venía de mucho antes.

Porque cuando uno tira del hilo, se da cuenta de que la historia argentina está llena de jóvenes haciendo exactamente eso. Los pibes del 45 que salieron a bancar lo que sentían suyo. Los y las jóvenes de los 70 que se jugaron enteros por un país más justo. Las Madres y las Abuelas, que convirtieron el dolor más grande que existe en la forma más pura de coraje político. Los organismos de derechos humanos, que no dejaron que el olvido ganara. El rock y la cultura, que fueron trinchera cuando no quedaban otras. Los movimientos de desocupados del 2001, cuando un país que parecía deshecho volvió a juntarse en la calle. Los trabajadores y las trabajadoras que en los 90 se quedaron sin laburo y sin embargo no se quedaron sin dignidad. Todos distintos, todos en la misma historia.

Y hay algo que atraviesa todas esas épocas, una línea argumental que se repite y que nunca deja de ser ridícula por más que la disfracen de moderna: la idea de que el Estado hay que destruirlo. En un mundo hecho de desigualdades, donde algunos nacen con todo y otros con nada, resulta que lo que hay que romper es justamente lo único que garantiza algo de equidad. La escuela pública, el hospital, la pensión, la jubilación, el derecho. Lo que iguala un poco es lo que molesta. Y hoy lo vemos otra vez, con este gobierno, en su versión más cruda: la motosierra que se ensaña con los que menos tienen, que le saca la pensión a una persona con discapacidad y encima le dice que lo suyo era un curro. Es la misma idea vieja de siempre, la de que los débiles estorban, ahora escrita en una planilla de Excel.

Yo tuve la suerte, a lo largo de estos años, de vivir también los otros momentos. Los del ejercicio del poder, los de la reconstrucción del Estado, los de ver cómo eso que parecía imposible se volvía política concreta, derecho concreto, vida concreta de la gente. No fue un sueño, pasó, lo vivimos. Y por eso duele más volver a estar donde estamos hoy, otra vez desde la resistencia. Porque uno ya sabe que se puede, ya lo vio con sus propios ojos, y desde ese saber la destrucción se vuelve todavía más injusta.

Y hoy es 16 de septiembre. El día del bombardeo a la Plaza de Mayo, el día de la Noche de los Lápices. No hay mejor fecha para acordarse de esto. Porque en un contexto así, lo que tenemos que recuperar es aquello que sentíamos a los trece: ese dolor de estómago que da la injusticia cuando la ves o la vivís en carne propia, esa bronca, esa impotencia que no te deja quedarte quieto. No hay que anestesiarse. Ese malestar es el que nos empuja a construir y a organizar de nuevo un presente y un futuro donde una piba pueda estudiar sin que sea un acto de valentía, donde una persona con discapacidad viva sin tener que demostrarle a nadie que merece vivir, donde un laburante tenga con qué vivir y no apenas con qué aguantar.

Termino con algo chiquito. Cuando mis hijas eran muy chiquitas, las llevamos a una marcha del 24 de marzo. Íbamos camino a la Plaza y me preguntaron qué era una manifestación. Y les dije lo más simple que se me ocurrió, que es también lo más cierto que sé: cuando algo te parece injusto y lo decís en voz alta y no te escuchan, te juntás con otros y otras que piensan lo mismo, y entre todos lo decimos tan fuerte que no les queda más remedio que escucharnos. 

Hoy nos toca eso otra vez. Mirarnos entre nosotros y hacernos escuchar. La cita es clara, la historia nos precede, y el futuro es nuestro.