El pan, el trabajo y la memoria: UPCN homenajeó a Evita a 74 años de su paso a la inmortalidad
En el santuario del patrono del pan y del trabajo, UPCN a través de su Secretaría de Cultura de seccional CABA y la Agrupación Peronista Blanca convocaron a una misa por el 74° aniversario del paso a la inmortalidad de Eva Perón. Entre liturgia, fe y militancia, quedó claro que Evita no es una fecha en el calendario: es una tarea vigente.
Hay lugares que no se eligen al azar. La Iglesia de San Cayetano, es desde hace décadas el punto cardinal donde la fe popular y la cultura del trabajo se entrecruzan. Allí, donde todos los 7 de agosto miles de trabajadores y desocupados hacen fila para pedir "paz, pan y trabajo", la Secretaría de Cultura de UPCN CABA y la Agrupación Peronista Blanca decidieron convocar a una misa en conmemoración del 74° aniversario del paso a la inmortalidad de Eva Perón. No fue un gesto protocolar. Se trata, una vez más de la reafirmación de que la organización gremial y el peronismo entiende que la memoria de Evita se cuida, se transmite y se hace cuerpo en comunidad en momentos tan difíciles.
El gremio de los estatales, con su Secretario General Andrés Rodríguez volvió a demostrar que la organización de los trabajadores del Estado no separa la reivindicación gremial del compromiso con la historia. Recordar a Evita en San Cayetano significa una forma de decir que la lucha por los derechos laborales no puede desprenderse de sus raíces: la Justicia Social no fue un slogan, es y será una construcción colectica concreta que empezó con nombre y apellido.
La religiosidad de Evita, lejos de la devoción individual y privatizada que el sentido común contemporáneo suele reservarle a lo espiritual, fue una fe que se volcó en obra, en fundación, en ayuda social, en la construcción de un Estado que mirara de frente al que sufre. En esa clave debe leerse su vínculo profundo con la Doctrina Social de la Iglesia: no como una cita erudita, sino como una matriz ética que legitimaba, desde el cristianismo más elemental, la idea de que ningún trabajador puede ser tratado como mercancía y que ninguna necesidad humana puede quedar sin respuesta.
Es en esa tradición donde se inscribe la frase que resume, mejor que cualquier tratado, el sentido de su obra: "Donde hay una necesidad, nace un derecho". No es una consigna poética. Es la traducción política de un principio que la Iglesia había enunciado desde la Rerum Novarum y que Evita, con la urgencia de quien conocía la injusticia de cerca, convirtió en política de Estado. La Fundación Eva Perón, los hogares de tránsito, los derechos de la ancianidad, el voto femenino, la dignificación del trabajo doméstico, su vínculo con la CGT: todo eso fue la Justicia Social bajando de la doctrina a la vida cotidiana del pueblo. Fue la fe hecha praxis, y la praxis hecha derecho.
Por eso San Cayetano no es un lugar cualquiera para este homenaje. El santo del pan y del trabajo condensa en su culto dialogan con la misma síntesis que Evita encarnó en su acción política: la certeza de que la dignidad humana no se mendiga, se conquista, y que el trabajo es un derecho para los hombres y mujeres que viven en comunidad. Que estatales y militantes de la Agrupación Peronista Blanca se reúnan a recordar a Evita, es sostener viva esa síntesis en tiempos donde se pretende disociar la fe de la justicia, y la justicia del trabajo organizado.
Porque no es casual que este homenaje se dé en un contexto donde los derechos conquistados por generaciones de trabajadores están bajo ataque sistemático. Cuando se ataca al Estado, cuando se precariza el empleo, cuando se intenta convencer al pueblo que debe subsumirse en el individualismo y cuando se bastardea la frase: donde hay una necesidad hay un derecho, la vigencia de Evita se vuelve trinchera necesaria. Recordarla en San Cayetano no es nostalgia: es una forma de resistencia doctrinaria frente a un tiempo que quiere borrar la memoria de que otro modelo de país fue posible, y que puede volver a serlo.
Evita no envejece porque no es un recuerdo: es un mandato. Cada vez que un convoca a su gente a rezar, a cantar, a recordar bajo la advocación del santo del trabajo, está diciendo que la Justicia Social no es tema de museo sino de agenda, es una necesidad. Setenta y cuatro años después de su paso a la inmortalidad, Evita sigue viva donde siempre estuvo: en el pueblo organizado, en el sindicato que no negocia su identidad, en la fe que se hace derecho y en el derecho que nunca deja de ser, ante todo, una necesidad del pueblo trabajador.