El aula frente al capital digital
Desde 2008, Argentina prohíbe el trabajo infantil mediante la ley 26.390, estableciendo la edad mínima de empleo en 16 años. Resulta significativo que esa misma sea la edad en la que países como Dinamarca prohíben el acceso a redes sociales para los jóvenes. El término “prohibición” suele generar polémica por su tensión con la idea de libertad; por eso, en este contexto, hablaremos mejor de “regulación”.
Dieciséis años, justo la edad en la que los creadores de estas plataformas —a los que algunos llamamos “tecnofeudalistas”— no permiten que sus propios hijos usen celulares ni redes sociales. No es un detalle menor: son ellos quienes han construido este sistema tecnológico basado en la manipulación, explotación y anulación de pensamiento crítico. En el documental realizado por Netflix “El Dilema de la Redes”, deja muy en claro la comparación directa con la cocaína, bastante preocupante.
Pero, ¿qué conexión existe entre el trabajo infantil y este debate tecnológico?
El capitalismo como sistema económico surgió antes de la primera revolución industrial (hacia 1760–1840). Sin embargo, fue ese proceso el que lo transformó de un modelo comercial y mercantil a uno industrial, el que creemos reconocer hoy. Ahora, con esta nueva revolución —la tecnológica—, asistimos a otra reconfiguración profunda.
El capitalismo está mutando —quizás se encuentre en un interregno— porque su eje central ya no es el mismo: el capital ha migrado de las fábricas, las máquinas y los salarios a la nube. Históricamente, el capital se reproducía en espacios concretos —la fábrica, la oficina— a través del trabajo asalariado. Los trabajadores, auxiliados por máquinas, producían bienes materiales que se intercambiaban en el mercado; así el capital se acumulaba. En cambio, el capital en la nube posee una dinámica distinta: puede reproducirse sin una mano de obra asalariada directa. ¿Cómo? Imponiendo a toda la humanidad, incluidos los menores, que contribuyan gratuitamente a su reproducción. Nuestras interacciones digitales —'likes', publicaciones, búsquedas, desplazamientos— se convierten en la materia prima que alimenta algoritmos, entrena inteligencias artificiales y perfecciona la publicidad hiperpersonalizada. Por lo tanto, al desplazarse el capital del plano físico al digital, no solo cambia su forma, sino también las reglas del juego: cambia la naturaleza misma del capital.
¿Qué compone hoy el capital en la nube? Software inteligente, servidores, antenas, fibra óptica, servicio de datos, redes globales… pero nada de esto tendría valor sin su “CONTENIDO”. Lo verdaderamente valioso son las publicaciones en Facebook, los videos de YouTube, las fotos de Instagram, los mensajes en X, hasta nuestros trayectos registrados por Google Maps.
Es decir: nosotros producimos y reproducimos ese capital. Nuestros movimientos se monetizan, nuestras preferencias se explotan, nuestros sesgos se convierten en experiencias dirigidas al consumo. Y con cada interacción, el sistema se perfecciona y modifica nuestros hábitos de manera alarmante.
Los adultos podemos elegir participar —incluso disfrutarlo—, pero ¿qué sucede con los menores cuando usan el celular? ¿No realizan también un trabajo no remunerado que alimenta al mismo tecnofeudalismo? ¿No habíamos prohibido el trabajo infantil para protegerlos? ¿No son ellos el eslabón más vulnerable? Pareciera que hemos vuelto a la esclavitud, ahora en formato digital.
De esta manera los jóvenes se han convertido en trabajadores no asalariados del capital del siglo XXI. Cuando un adolescente pasa horas en TikTok o Instagram, no solo se entretiene: está trabajando. Cada like, cada scroll, cada video subido y cada dato de ubicación es materia prima que produce gratuitamente. Esta materia prima es procesada por algoritmos que perfeccionan la publicidad, entrenan inteligencias artificiales y moldean patrones de consumo. La economía digital se alimenta de este tiempo, atención y creatividad juveniles, convirtiéndolos en el recurso natural más valioso del siglo XXI, pero sin contrato, sin salario y, lo más grave, sin que ellos sean conscientes de su rol de productores. La prohibición del trabajo infantil buscó proteger a los menores de la explotación física en las fábricas. Hoy, la fábrica es inmaterial, el capataz es un algoritmo y la explotación se llama engagement: la prueba tangible de que el usuario produce datos y atención, la nueva moneda del poder.
Los jóvenes son, además, el gran experimento tecnológico de su generación. El celular secuestra la atención, genera adicción a la dopamina instantánea, reduce la capacidad de concentración, debilita la autoridad, crea subjetividades manipuladas, intensifica el aislamiento y la ansiedad social, anula el pensamiento crítico y erosiona la autonomía.
Frente a este panorama, la escuela —ya debilitada en su autoridad y en su rol instructivo— se convierte en el epicentro de la contradicción con el capital en la nube. En el aula choca frontalmente contra un dispositivo que captura la atención de los estudiantes: el celular actúa como caballo de Troya de una lógica económica que, incluso dentro del ámbito educativo, sigue monetizando su existencia.
La escuela es, ante todo, un espacio de socialización, convivencia, respeto, encuentro y construcción presencial de emociones. La irrupción del celular desafía cada uno de esos aprendizajes: individualiza, aísla, cuestiona normas, impone subjetividad y fragmenta la atención. Los pilares educativos se enfrentan a la lógica depredadora de la pantalla:
· Atención sostenida y profunda vs. Atención fragmentada y reactiva.
· Autoridad basada en el conocimiento y la experiencia vs. Autoridad algorítmica y horizontal.
· Socialización presencial y comunitaria vs. Conexión digital individualizante.
· Conocimiento como fin en sí mismo vs. Información como medio para el engagement.
Hasta ahora, no hay argumentos pedagógicos sólidos que justifiquen el uso libre del celular en la escuela. Las instituciones que pretendan implementarlo sin una crítica profunda se convierten, voluntaria o involuntariamente, en cómplices de su propia debilitación. Algunos docentes proponen su uso para búsquedas en Google o presentaciones, pero en el mismo dispositivo habitan las aplicaciones diseñadas para sabotear la concentración. El objetivo último de esas plataformas no es educar, sino capturar y monetizar nuestra atención. Ya es suficientemente difícil la tarea docente como para disputarle la atención a un algoritmo diseñado por miles de ingenieros —una batalla desigual, que la escuela, por sí sola, está perdiendo.
Las redes sociales, que son la razón primordial del uso del celular, han sido denominadas como las nuevas armas de este cambio revolucionario. Debemos legislar y tomar medidas frente a esta avanzada que cambiará el paradigma de quiénes somos, especialmente entre los más jóvenes, que son el presente y futuro de la humanidad. Por lo tanto, el celular dentro de la escuela no es un debate tecnológico o pedagógico, sino un debate político-económico.
No se trata de si es bueno o malo, sino bajo qué sistema queremos que se formen nuestros jóvenes:
¿Queremos que sigan formándose bajo la lógica de la atención profunda, el pensamiento crítico y la comunidad que la escuela intenta —aunque débilmente— defender? ¿O permitimos la implantación de las lógicas del engagement dentro del aula, promoviendo la distracción inmediata y la extracción de datos?
Sin duda, será un debate profundo, con argumentos a favor y en contra. Lo que nunca debemos perder de vista es la vulnerabilidad de los más jóvenes. La pregunta final sería: ¿Puede la escuela, institución de la modernidad industrial, sobrevivir a la invasión del dispositivo clave del tecnofeudalismo? Permitir el celular sin una crítica radical no es modernizarse; es capitular.
* La autora es licenciada en Educación y congresala Nacional del Partido Justicialista
No hay argumentos pedagógicos sólidos que justifiquen el uso libre del celular en la escuela