Los valores judeocristianos: carta abierta a Javier Milei
El teólogo y pastor evangelista Néstor Miguez le envió una carta abierta al presidente Javier Milei, en el que reflexionó sobre los valores de la tradición judeocristiana en función de la política libertaria. La carta completa.
De mi consideración:
En sus recientes intervenciones públicas expresó Ud. reiteradamente su disposición a defender los valores de la tradición judeocristiana. Es en la Biblia donde esta tradición se expresa original y más claramente. Así, en mi condición de creyente evangélico y estudioso de los escritos bíblicos, le propongo repasar algunos de esos valores, en temas que son de la actualidad de nuestro país.
Uno de los temas que está en debate es la propiedad de la tierra. Las diversas variantes de la fe de Israel y del cristianismo coinciden en que la tierra tiene solo un dueño y Señor: su Creador: “De Dios es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan, porque él la fundó sobre los mares y la afirmó sobre los ríos” (Libro de los Salmos: 24,1-2). Por eso nunca se puede poseer ni vender en forma absoluta y a perpetuidad. Tanto es así que Moisés expresa la ley de Dios: "La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es, y vosotros como forasteros y extranjeros sois para mí” (Libro 3° de Moisés – Levítico [Lev] 25,23). El ser humano solo la ocupa a título precario para cuidarla y producir su sustento para toda la humanidad. Dice Moisés: “la tierra te dará de comer a ti, a tu siervo, a tu sierva, a tu criado y al extranjero que habite contigo” (Lev 25:6).
Cada 50 años (año del jubileo) la tierra debe volver a repartirse entre las familias originarias. “En el año del jubileo se devolverá la tierra a aquel de quien la adquirió, es decir, al verdadero heredero de la tierra” (Lev 27,24). Cabe recordar que los poseedores originarios de estas tierras no fueron ni Martínez de Hoz, ni Benetton ni Lewis, sino los tehuelches y mapuches, ranqueles y huarpes, coyas, diaguitas, wichi, Qom y guaraníes, entre otros, a quienes se les despojó violentamente. Cuando la reclaman no son usurpadores ni terroristas, piden que se cumpla la ley divina.
Sobre la acumulación de tierras en pocas manos advierte el profeta Isaías: “¡Ay de los que juntan casa a casa y añaden hacienda a hacienda hasta ocuparlo todo! ¿Habitarán solos en medio de la tierra?” (Isaías [Isa] 5,8).
Otro tema que aflige a gran parte del pueblo argentino es el endeudamiento. Dice el 5° libro de Moisés “Cuando haya algún pobre entre tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que el Señor, tu Dios, te da, no endurecerás tu corazón ni le cerrarás tu mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás tu mano liberalmente y le prestarás lo que en efecto necesite” (Deuteronomio [Deu] 15,7-8). Pero previendo que ello puede generar deudas insostenibles, señaló: “Cada siete años harás remisión. En esto consiste la remisión: perdonará a su deudor todo aquel que haya prestado algo de su pertenencia, con lo cual obligó a su prójimo; no lo demandará más a su prójimo, o a su hermano”. (Deu 15,1-2). Y agrega, advirtiendo ya hace tres mil años: “Prestarás entonces a muchas naciones, mas tú no tomarás prestado; tendrás dominio sobre muchas naciones, pero sobre ti no tendrán dominio” (Deu 15:6).
El perdón de las deudas también fue parte del mensaje de Jesucristo en el Padrenuestro “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Evangelio de Mateo [Mat] 6, 12).
Nuevamente es el profeta Isaías quien advierte a quienes dictan leyes que desconocen estos derechos: “¡Ay de los que dictan leyes injustas y prescriben tiranía, para apartar del juicio a los pobres y para privar de su derecho a los afligidos de mi pueblo; para despojar a las viudas y robar a los huérfanos!” (Isa 10,1-2).
Será la virgen María, en su canto de alabanza cuando recibe el mensaje que será madre del Cristo, quien recuerda que Dios “Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos envió vacíos” (Evangelio de Lucas [Luc] 1:51-53).
El mismo Jesús dirá entonces: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón y pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos” (Luc 4:18-19). Pobres, personas con discapacidad, enfermos y angustiados, presos y oprimidos son el objeto de su misión.
Ya cercano a su muerte, Jesús señala a quienes hay que servir en su nombre: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí […] en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mat 25,35-36, 40). La consigna de repartir a cada uno según su necesidad nace hace 2000 años con la primera comunidad cristiana: “Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hechos de los Apóstoles 2:44-45).
Por otro lado el evangelio también señala que no es con agresiones ni insultos que se hace justicia. Dice San Pablo: “No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber” (Carta a los romanos 12,17-20).
Por cierto, la justicia y la libertad son los valores que inspiran estas conductas. El apóstol Pablo señala, justamente, el valor supremo de la libertad: “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros” (Carta a los gálatas 5:13-15). Este es el sentido cristiano de la libertad, no el egoísmo de una ilimitada satisfacción personal ni el individualismo desbocado, sino la posibilidad de la solidaridad, del servicio y del amor.
Estos son los valores judeocristianos según quienes los establecen por inspiración divina: Moisés y los profetas de Israel, Jesucristo, su madre y sus apóstoles. Espero que Ud., entonces, quiera defender esta tradición.
Si tuviere Ud. cualquier duda sobre esto, o quisiere ampliar y profundizar, queda a su disposición por cualquier consulta.
Lo saludo respetuosamente
N.B. Todas las citas de la Biblia son de la antigua traducción de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera (1602), revisión de 1960.