La escuela, el algoritmo y las nuevas formas de hacer la guerra

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    Movilizaciones contra el ataque a Venezuela
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La escuela, el algoritmo y las nuevas formas de hacer la guerra

11 Enero 2026

Mientras leía el excelente artículo de Daniela Burico, El aula frente al capital digital, un compañero me hace llegar una imagen con un par de párrafos del libro El Mundo y sus Demonios de Carl Sagan. Y ambas escrituras -por algún laberíntico misterio- me parecieron conectadas con lo que días atrás publicó Daniel Arjona sobre la operación especial de Estados Unidos mediante la que secuestraron a Nicolás Maduro, sacándolo de Venezuela con destino a una cárcel estadounidense; operación que tiene el sello de Palantir (Silicon Valley) y “su oscuro y fascinante” CEO, el filósofo Alex Karp.

El plano educativo

El prestigioso divulgador científico Carl Sagan escribió en 1995, en El Mundo y sus Demonios, que los estudios “sugieren que un noventa y cinco por ciento de los americanos son «analfabetos científicos» […] Desde luego, en las cifras sobre analfabetismo hay siempre cierto grado de arbitrariedad, tanto si se aplica al lenguaje como a la ciencia. Pero un noventa y cinco por ciento de analfabetismo es extremadamente grave”. Y preguntaba (nos pregunta) “¿cómo podemos incidir en la política nacional —o incluso tomar decisiones inteligentes en nuestras propias vidas— si no podemos captar los temas subyacentes?”. En tanto que para Burico “el aula choca frontalmente contra un dispositivo que captura la atención de los estudiantes: el celular actúa como caballo de Troya de una lógica económica que, incluso dentro del ámbito educativo, sigue monetizando su existencia” porque la “irrupción del celular desafía cada uno de esos aprendizajes: individualiza, aísla, cuestiona normas, impone subjetividad y fragmenta la atención”.

El artículo de Burico, desde un enfoque educativo, aborda el nuevo mundo laboral al que se somete a las infancias, atendiendo los tiempos virtuales que corren, y con una mirada que reinstala en el presente la potencia de esas ideas de “la reproducción de las condiciones de producción”. Sin pretensión de sintetizar, puede argumentarse que se trata de dos de las cuestiones básicas del capitalismo, como lo son la de la reproducción de las condiciones de producción y la de la desnaturalización (desterritorialización) permanente de su maquinaria de funcionamiento (dicho esto de otra manera: el capitalismo no puede ser reducido a una axiomática, o a una serie de principios, y si los es, su “naturaleza” es corromperlos, violarlos, sistemáticamente).

La Ley 26.390 impone como límite de dieciséis años la edad mínima de empleo. “Dieciséis años, justo la edad en la que los creadores de estas plataformas —a los que algunos llamamos «tecnofeudalistas»— no permiten que sus propios hijos usen celulares ni redes sociales. No es un detalle menor: son ellos quienes han construido este sistema tecnológico basado en la manipulación, explotación y anulación de pensamiento crítico”, sostiene Burico.

Invocando al poeta Thomas Gray, Sagan nos previene que “donde la ignorancia es una bendición es una locura ser sabio”, a la vez que pregunta a qué intereses sirve la ignorancia.

Lo que “ha ocurrido en Venezuela, bautizado como «Operación Resolución Absoluta», no es solo una incursión; es el triunfo epistemológico de una nueva forma de hacer la guerra” argumenta Arjona. Para que exista este triunfo epistemológico (¿ruptura?) deben existir conocimientos (que es mucho más que datos correlacionados), y en particular conocimientos tecnocientíficos, los que por supuesto han sido producidos. Esos conocimientos, como sus estructuras de producción, deben ser puestos en debate/tensión en relación a los intereses, beneficios y costos que tienen para el común social, para la comunidad.

Sagan cita un comunicado del gobierno chino, emitido en 1994, en el que se dice que se ha “debilitado la educación pública en temas científicos en años recientes. Al mismo tiempo han ido creciendo actividades de superstición e ignorancia y se han hecho frecuentes los casos de anticiencia y pseudociencia. En consecuencia, se deben aplicar medidas eficaces lo antes posible para fortalecer la educación pública en la ciencia. El nivel de educación pública en ciencia y tecnología es una señal importante del logro científico nacional. Es un asunto de la mayor importancia en el desarrollo económico, avance científico y progreso de la sociedad”, el que termina sosteniendo que la “ignorancia, como la pobreza, nunca es socialista”.

La “pregunta que flota en el aire no es cómo lo hicieron [secuestrar a Maduro], sino qué significa para la condición humana que un algoritmo decida el destino de las naciones” escribe Arjona. Y, circularmente, volvemos a la pregunta sobre cómo podemos incidir, por ejemplo, en la política si no podemos captar los temas subyacentes, si estamos vedados a la posibilidad de conocimiento, y de acceso al conocimiento (más allá, y con independencia, del acceso tecnológico material a ese arsenal de dispositivos que ponen en práctica determinados estilos de conocimientos —en este caso los algorítmicos—).

Hoy, la fábrica es inmaterial, el capataz es un algoritmo y la explotación se llama engagement: la prueba tangible de que el usuario produce datos y atención, la nueva moneda del poder”, escribe Daniela Burico. Por cuanto, de cara a la nueva fábrica/industria enfrentamos nuevos desafíos ante los capataces detrás del capataz. Por otro lado, si bien algunas formas de poder han variado, siguen ejecutándose sobre los cuerpos y asistidas siempre de las formas convencionales (secuestro y encarcelamiento sin pruebas, torturas, disparos certeros a cuerpos indefensos, bombardeos, y todas las formas conocidas y materiales que denigran la condición humana).

La tecnociencia y la condición humana

Como Sagan, sé que “la ciencia y la tecnología no son simples cornucopias que vierten dones al mundo”, y también sé, como Sagan, que “la mitad de los científicos de la Tierra trabajan al menos a tiempo parcial para los militares”. Pero también sabemos que los avances “en medicina y agricultura han salvado muchas más vidas que las que se han perdido en todas las guerras de la historia” (pensemos en la pandemia que hace poco más de un lustro sacudió al mundo, por ejemplo).

Por otras lecturas (sobre cuestiones netamente disciplinares) hace unos días llegué a saber de la denominada Paradoja de Fermi. Esto es la idea paradojal a la que arribó el físico ítalo-estadounidense Enrico Fermi respondiendo al optimismo de los cálculos probabilísticos para estimar la cantidad de civilizaciones que podrían poblar la galaxia que habitamos.

Fermi, junto a Max Born, fue uno de los últimos grandes físicos con dominio en la gran mayoría de los campos de la Física de su época, desde lo teórico a lo experimental, poseyendo una aguda capacidad de cálculo junto a una sutil intuición técnico – empírica. Se sostiene con argumentos válidos (o verdaderos) que sin él no hubiese sido posible el desarrollo de una bomba nuclear. Es que Fermi logró la primera reacción nuclear en cadena, controlable, usando uranio enriquecido (pila de Fermi). Antes de llegar al Proyecto Manhattan había ganado el Premio Nobel de Física (1938) por sus trabajos sobre radiactividad inducida.

Bajo la dirección de Cristopher Nolan, Danny Deferrari es el actor encargado de ponerse en la piel del físico ítalo-estadounidense en la película Oppenheimer. Y, de alguna manera, por las conexiones que estoy realizando, vale citar a Nolan para quien la historia de Oppenheimer lo acompañó durante años. “Es una idea fascinante: gente que realiza estos cálculos y observa la relación entre la teoría y el mundo real, y decide que hay una posibilidad muy pequeña de que destruyan el mundo entero. Y, sin embargo, ellos apretaron el botón” le dice a María Streshinsky en una entrevista para Wired. Luego, el director, frente a las preocupaciones de Wired ligadas a un futurismo algorítmico y de Inteligencia Artificial (IA), declara que el “crecimiento de la IA en términos de tecnología armamentista y los problemas que creará han sido muy evidentes durante muchos años. Pocos periodistas se molestaron en escribir sobre ello. Ahora que hay un chatbot que es capaz de redactar un artículo para un periódico local, de repente se vuelve una crisis”.

Volviendo a la Paradoja de Fermi, en la actualidad se sabe, según los datos astronómicos con los que se cuenta, que en el denominado universo observable hay del orden de cien mil millones de galaxias, y en cada galaxia hay también del orden de cien mil millones de estrellas, con un promedio de un planeta por estrella. Recién en 1992 se tuvo evidencia experimental (observacional) de la existencia de planetas orbitando alrededor de estrellas que no fueran los planetas del sistema solar.

Parafraseando al astrónomo Arthur Clarke, autor de 2001 Odisea del Espacio, haya o no civilización extraterrestre, es aterradora la soledad en el universo (y se vuelve más aterradora al ver que no cesamos de matarnos en esta soledad universal).

La Paradoja de Fermi es setenta y cinco años anterior a estos datos astronómicos, pero dado que está sustentada en cálculos probabilísticos provenientes de una mente de intuición notoria cobra mayor sentido. Más aún, si en los cálculos que hizo en ese entonces supuso el número de estrellas en la galaxia que a 2026 se sabe que hay, y el promedio de planetas orbitando estrellas que en estas épocas se estima, la cuestión se vuelve más interesante.

Un enunciado formal de la paradoja es el siguiente: existe una creencia comúnmente difundida que en el universo hay numerosas civilizaciones tecnológicamente avanzadas, lo cual, combinado con las observaciones actuales, que sugieren todo lo contrario, el resultado es paradojal. Lo que también hace que se postule que el conocimiento que tenemos del Universo o las observaciones que poseemos de él son defectuosas, incompletas o potencialmente incorrectas.

Se ha dicho que el clima de época en que vivía llevó a Fermi a obtener, como corolario de su paradoja (sus cálculos y su intuición) la conclusión negativa sobre que toda civilización tecnológicamente avanzada desarrolla su tecnología al máximo potencial hasta el punto de exterminarse, por lo que la búsqueda era infructuosa, además de la peligrosidad inminente, porque el hecho de no encontrar tales civilizaciones tecnológicamente avanzadas contenía en sí el germen de un trágico final para la humanidad.

Como final (de esta nota)

Asistimos, como hace ochenta años, a un cambio de época en materia de guerra. Arjona lo argumenta sosteniendo que cuando “los helicópteros del 160.º SOAR despegaron de Caracas con su «paquete» de alto valor asegurado, no solo transportaban a un dictador caído*; llevaban consigo la prueba de concepto de un nuevo orden mundial”. Es así que la “«Operación Resolución Absoluta» ha confirmado lo que los mercados financieros, con su olfato de sabueso para el poder real, ya anticipaban: Palantir es el pilar central del nuevo «Complejo Militar-Algorítmico»”.

Tampoco hay que llevar el nivel de ingenuidad a este máximo, de pensar a los mercados financieros como oráculos, sabuesos con olfato para el poder. La información pública de Wikipedia dice que “Palantir es generalmente considerada como una compañía fundada en 2004 por Peter Thiel, Alex Karp, Joe Lonsdale, Stephen Cohen, y Nathan Gettings.​ Las inversiones iniciales fueron de dos millones de dólares del brazo de inversiones In-Q-Tel de la Agencia Central de Inteligencia y treinta millones de dólares de Thiel y su empresa, Founders Fund”. Palantir no cotiza en bolsa porque debería dar cuenta de cuestiones que no serían admisibles dentro del esquema de operaciones bursátiles. Su sede está radicada en el “paraíso” de Denver, en el estado de Delaware.

Karp ha declarado, por ejemplo, que “Palantir solo suministra sus productos a aliados occidentales. Nunca hemos suministrado nuestros productos a enemigos”. Se sabe que Palantir ha defendido enérgicamente sus contratos con las agencias militares, de inmigración y policiales de Estados Unidos, y, según Wikipedia, se ha comprometido a “respaldarlos cuando sea conveniente y cuando no lo sea”. Por otro lado, Karp y Thiel compartieron, en su momento, la idea de deconstruir el Estado desde adentro, equivalente a la expresión “amo ser el topo dentro del Estado, soy el que destruye el Estado desde adentro”, puesta en práctica en Argentina.

Lo que nunca debemos perder de vista [afirma Daniela Burico, como conclusión de su nota] es la vulnerabilidad de los más jóvenes. La pregunta final sería: ¿Puede la escuela, institución de la modernidad industrial, sobrevivir a la invasión del dispositivo clave del tecnofeudalismo? Permitir el celular sin una crítica radical no es modernizarse; es capitular”.

Hace poco más de treinta años, el autor de Cosmos escribía que preveía cómo será Estados Unidos en la época de sus hijos y nietos: “será una economía de servicio e información; casi todas las industrias manufactureras clave se habrán desplazado a otros países; los temibles poderes tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad”.

Contrario a Fermi, a Carl Sagan siempre se lo consideró un científico culturalmente optimista.

* No adhiero a la concepción progresista eurocéntrica y/o estadounidense de denominar dictador a toda figura que escape a sus niveles interpretativos, y en particular sobre Maduro. Aun cuando acuerdo la mayoría de los aspectos con la nota de Daniel Arjona, en ningún punto este autor llama dictador a Trump.

Lo que “ha ocurrido en Venezuela, bautizado como «Operación Resolución Absoluta», no es solo una incursión; es el triunfo epistemológico de una nueva forma de hacer la guerra” argumenta Arjona.