Alguien que trabaja con la madera
Atardecía con treinta grados a la sombra mientras Almeida esperaba a que el semáforo se pusiera en rojo para cruzar Paseo Colón hacia el río. Cerca del agua quizás corriera aire fresco, un hecho que no significaba un alivio ni menos una solución. ¿Adónde iría? ¿Dormiría bajo un árbol de murciélagos acunado por ese aire incierto o junto al murallón convertido en paseo de travestis y potenciales clientes?
Cuando el semáforo se puso en rojo, a sus espaldas, una voz dio, cantarina y casi sardónica, como en el pasado:
–Definición de fiordo, alumno Almeida.
Almeida reconoció inmediatamente esa voz y se volvió hacia el sesentón canoso vestido con un impecable saco blanco. Veinte años después, Alberto Borla, profesor de Geografía de la secundaria, conservaba la sonrisa displicente y los anteojos de vidrios redondos con marco de acero.
–Ya no me acuerdo de esas cosas, profesor –dijo Almeida, forzando una sonrisa.
Borla le tendió la mano y Almeida se la estrechó con gesto resignado. Se acordaba de muy pocas cosas. Apenas una hora antes lo habían echado de la pensión por deber dos meses de la pieza.
–¿Quiere que le diga la verdad, Almeida? Yo tampoco. Desde que me jubilé me dedico a leer novelitas policiales y cuidar mis plantas. Y usted, ¿qué es de su vida?
–Complicada, profesor.
–Y sí, desgraciadamente vivimos días difíciles. Perdone la indiscreción –Borla miró el bolso de cuero negro–: ¿Se está yendo de viaje?
Almeida suspiró sabiendo que no había mentira que pudiese borrarle las ojeras, la barba de varios días y la ropa sucia.
–Estoy buscando un sitio para pasar la noche, profesor. No me encontró en un buen momento.
–¿Tiene pensado algo? –Borla lo miraba piadoso y confundido–. Digo, ¿dónde piensa pasar la noche?
–Ni idea. Es largo de explicar cómo llegue a esto, profesor.
–Vea, Almeida, no necesito explicaciones. Vengo de poner en orden a un lugarcito mío a una cuadra y media de acá. Es un altillo humilde pero más que cómodo para una sola persona. ¿Quiere que vayamos a verlo?
–Mil gracias, profesor, pero estoy sin un peso.
–Déjese de embromar, hombre –Borla lo tomó de un brazo y se lo sacudió frunciendo el ceño–. No voy a permitir que uno de mis ex alumnos ande por ahí como bola sin manija.
*
Salieron del ascensor jaula. A un costado empezaba la angosta escalera de mármol hacia la puerta del altillo. Mientras subían un crujido brotó desde algún recoveco cercano y tensó el aire vidrioso.
–Alguien que trabaja con la madera –dijo Borla y abrió la puerta desbarnizada.
Entraron. Borla levantó la persiana de una ventana sin vidrios y un oleaje de luz grisácea y tibia bañó el espacio semicircular. Había una cocina con aparadores a los costados, una heladera enana y una mesita redonda con dos sillas, un ropero y la cama de una plaza con las sábanas prolijamente ajustadas al colchón y la almohada. Una lamparita colgaba del techo en un viejo cable de tela negra. El baño, casi tan grande como el resto del altillo, tenía una bañadera con patas de bronce y un calefón eléctrico. El conjunto se veía limpio, añejo y descolorido.
–Y, ¿qué le parece?
–No tengo palabras para agradecerle, profesor –Almeida contuvo el llanto.
–Otra cosa, y no la tome a mal, por favor: Hoy por mí, mañana por ti –Borla sacó un buen fajo de billetes de un bolsillo del saco y lo puso sobre la mesita.
Almeida tuvo el reflejo de rechazarlo y se arrepintió inmediatamente. La sangre le corría como un incendio en las sienes.
–No tengo palabras, no tengo palabras, profesor, para…
–No tiene nada que agradecer –se plantó Borla–. La vida es una suma de azares, Almeida. Quizás en el futuro usted debe hacerme un favor a mí. Y si no es así, ¿cuál es el problema? Ninguno.
–Usted no sabe la mano que me está dando, profesor.
–La vida es una rueda, todo se compensa de algún modo. Aunque nosotros no conozcamos las leyes que rigen el mundo, debemos ser solidarios, en la medida de nuestras posibilidades, claro está. Mañana temprano me voy a la costa y en un mes, estimo, vuelvo y nos tomamos un café.
–Sí, profesor.
–Siéntase en su casa, Almeida –dijo Borla le dio las llaves, le palmeó los brazos efusivamente y salió del altillo
Almeida estuvo largos minutos parado, sin sacar los ojos del fajo de billetes. Después colgó tres pantalones y tres camisas en las perchas del ropero y distribuyó la ropa interior y las medias en los dos cajones. Se desnudó, llenó la bañadera con agua fría y se sumergió hasta el cuello durante una hora. Nunca había necesitado tanto un baño. Mientras se afeitaba, de puro curioso, abrió el botiquín. Sólo había una hebilla roja de plástico con forma de mariposa.
El altillo, se dijo Almeida, probablemente era un refugio que Borla usaba para citas con sus amantes. Seguramente no faltaría una mujer a quien regalársela. En el colegio se hablaba de los romances de Borla con profesoras que por la edad podrían ser sus hijas. Pero no se sabía mucho más de él.
Bajó a comprar algunas provisiones. Los fantasmas de electricidad que se escapaban de las ventanas abiertas le daba suspenso a la negrura de la noche que ganaba las calles laterales.
Hirvió fideos y comió mirando por la ventanita el cielo sobre el río. El crujido irrumpió dos veces pasada la medianoche. Algún carpintero con problemas de sueño, pensó Almeida.
A la mañana siguiente se despertó con las fuerzas renovadas. Había podido dormir, después de mucho tiempo, casi siete horas seguidas. Se hizo un sándwich y destapó una lata de cerveza. Aprovecharía durante un par de días la tregua que le había permitido Borla y luego saldría a buscar trabajo.
Cerca del mediodía, mientras estaba desnudo en la cama rellenando un crucigrama de una de las revistas sobrevivientes de sus mudanzas, golpearon la puerta. Almeida preguntó quién era.
–Una vecina del piso de abajo –dijo una voz tímida de mujer.
Se vistió y abrió la puerta.
–Buenos días –dijo la mujer alta y bronceada–. Iris Lisbon, encantada.
–Esteban Almeida, igualmente, señora.
Se dieron la mano.
–Mejor decime Iris y tuteame, que no soy tan jovata –dijo ella con un tono más blando–. Ayer oí pasos y me imaginé que había un nuevo vecino. Hoy no se estila la buena vecindad, pero no es mi caso.
–¿Querés pasar?
Iris dudó:
–¿No es molestia?
–No, de ninguna manera –respondió rápidamente Almeida.
La buena figura, el vestido blanco con lunares verdes, las sandalias blancas y el pelo color zanahoria le daban a Iris un semblante juvenil.
Almeida agarró dos latas de la heladera y las destapó. Se sentaron a la mesita.
–Te dije una mentirita –dijo ella. Bueno, depende cómo se vea. Iris Lisbon es mi nombre artístico. Como sos joven ese nombre no te dice nada. Fui vedette en el Maipo, pero no llegué a primera vedette. El diablo metió la cola.
–En todas las vidas la mete, ¿no?
–Lamentablemente, sí, querido… Pero, en fin…
–Uno debe seguir adelante.
A Almeida le costaba no mirar las piernas torneadas de Iris.
–Y yo te juro que seguí–dijo ella, entre risueña y seductora–. Y no me quejo, al contrario, con sesenta y dos pirulos, creeme que tengo más postulantes que a los veinte. Y a vos, que sos un pibe, te deben sobrar las novias.
–Tan pibe no soy. En un mes cumple treinta y cinco.
–¡Qué no daría yo por tu edad!
Almeida no le revelaría que un año atrás su ex esposa lo había dejado por el dueño del bazar donde ella trabajaba de vendedora y que desde entonces sus relaciones con las mujeres se habían reducido a la nada misma. Menos diría de su frustración universitaria de dos capítulos, uno titulado Arquitectura, el otro Derecho. En cambio, le contó de sus trabajos mediocres de los últimos tiempos, desde secretario de un escribano hasta el último, como encargado en un call center que había cerrado sin aviso una semana atrás. Sin trabajo y sin techo, Borla lo había salvado. Le preguntó a Iris si lo conocía.
–De vista –rio suavemente Iris–. Un tipo demasiado serio para mí. La última inquilina era un amor.
–Me hiciste acordar.
Almeida sacó del bolsillo del pantalón la hebilla roja y se la dio a Iris.
–Raquelita, mirá vos, pobre, se la habrá olvidado –dijo Iris–. No sabés cómo la extraño. Se fue a vivir con el noviecito. ¿Esto es para mí?
Almeida, satisfecho con su pequeña jugada estratégica, asintió.
–¡Pero muchas gracias! –Iris se prendió la hebilla roja en el pelo y, con una sonrisa pícara, agregó–: Hagamos una cosa. Esta noche me podrías devolver la visita. ¿A las diez te viene bien?
Almeida se quedó mirando los ojos azules) de Iris (ni por un segundo Almeida sospechó que eran lentes artificiales, y luego volvió en sí:
–Muy bien, ahí estaré –dijo.
–Noveno A. Es cerquita –Iris se mordió la punta de la lengua y bajó la escalerita meneando la cintura.
Almeida no terminaba de creer la suerte que había tenido en encontrarse con Borla.
*
Iris se había puesto un vestido negro de escote amplio, mantenía la hebilla roja en el pelo y estaba descalza. Almeida, vestido con la camisa blanca y el pantalón negro del locutorio, menos arrugado que la camisa, se había rociado el cuello y el pelo con las últimas gotas de una colonia barata.
La sala grande, a medias iluminada por tres velas rojas sobre la mesa, olía al tufo a sándalo de cinco varitas clavadas en decenas de elefantitos colocados estratégicamente en mesitas y repisas.
A través del balcón se veía la llovizna y los flashes de los relámpagos sobre el río. La tormenta no había conseguido refrescar el aire que las aspas del ventilador del techo removían pesadamente.
Iris había preparado una picada para tres o cuatro personas, calculó Almeida. Comieron con un champán que él había comprado un rato antes de entrar al departamento y un vino que Iris aseguró que, premonitoriamente, había guardado para una ocasión especial.
A Almeida lo divertían las anécdotas de Iris sobre su paso por el teatro de revistas y el cine y la televisión.
Tomaron licor de menta en el balcón, pero cuando el viento cambió de dirección y la lluvia empezó a pegar sobre la fachada del edificio, volvieron a la sala y se sentaron en el mismo sillón de dos cuerpos.
Iris era una fanática del cine romántico –una cuenta pendiente como actriz, confesó, casi dramáticamente–, y le recomendó varias películas que Almeida, sin retener ningún título, embobado con los movimientos de piernas de Iris, dijo que vería en cuanto tuviera oportunidad. Estaba seguro de que no se iría del departamento sin acostarse con ella, y sentía que Iris pensaba exactamente lo mismo. Cuando el crujido la interrumpió mientras le contaba, lagrimeando, el final de Mujer Bonita, Almeida recordó a Borla:
–Alguien que trabaja con la madera.
–Que yo sepa no hay carpinteros en el edificio –dijo Iris, extrañada–. Aunque últimamente, por la noche, hay ruidos extraños que me sobresaltan. Te digo que miedosa no soy, pero… Pero la soledad, a esta edad, aunque me joda aceptarlo, también es una carga –acabó de decirlo, se sentó sobre las rodillas de Almeida y se besaron.
Iris lo tomó de la mano y fueron por un pasillo en penumbras a su habitación.
–Esa es la otra habitación –dijo Iris señalándole la puerta cerrada en la pared opuesta al final del pasillo–. La voy refaccionando de a poco.
Almeida se preguntaba de qué trabajaría Iris, pero se olvidó inmediatamente cuando ella cayó riendo a la cama desordenada que olía a acetona y se alzó el vestido.
Después, estuvieron abrazados un largo rato hasta que Iris fue al baño y luego a la cocina. Volvió con un vaso de whisky en cada mano mientras Almeida miraba el afiche de una película de título estúpidamente picaresco colgado en una de las paredes.
–¿Se ve todavía mi nombre? –Iris se sentó en la cama y le dio el vaso a Almeida.
–Sí –mintió Almeida.
–El tiempo lo va borrando –Iris saboreó lentamente el whisky–. La filmamos en 1978. Una época maravillosa. Este país es una montaña rusa, un día estás arriba, al otro día te tiran a la basura.
–¿Quién te tiró a la basura? –le preguntó Almeida.
Iris se mordió los nudillos y una mueca sombría le deformó la cara.
–No sé si contártelo o no. Me da un poco de vergüenza.
Almeida bebió un buen sorbo y le besó un hombro.
–No tengas vergüenza –le dijo–. Podés confiar en mí.
–Son historias dolorosas –dijo Iris–. Muy dolorosas.
–Entiendo.
Iris liquidó su whisky. Almeida hizo lo mismo con el suyo. El crujido sonó muy cerca.
–¿Lo escuchaste? –le preguntó Almeida.
Pero Iris había viajado a otra parte.
–Se ensañan y te marcan para toda la cosecha. Te puedo contar la vida de cada uno de los que me dieron la espalda. ¡Vida y obra! ¿Querés que te cuente de los maricas que se esconden detrás de falsas esposas? ¿De lo que sufren pendejos y pendejas de doce, trece, catorce años, en los despachos de gerentes y gerentitos, con las venias de las mamis que desean tener una estrellita en la familia? Esa calaña me condenó como la cómplice del diablo. Así me trataron en las últimas páginas que me dedicaron las mismas revistas que me habían pagado fortunas para mostrar las tetas.
Iris calló. Lloraba sin consuelo. Almeida le acarició la espalda.
–Gracias, querido… –balbuceó ella–. Gracias…
El crujido se repitió y flotó en el aire como una alarma secreta.
–¿Escuchaste? –dijo Almeida.
–Qué cosa.
–El ruido. Para mí viene de la otra habitación.
Hubo el silencio. El crujido arañó otra vez los cristales más invisibles del aire.
–Habría que ir a ver –dijo Iris sonándose los mocos con la mano–. ¿Me acompañás?
–Por supuesto.
Almeida se levantó y se tambaleó. A su alrededor, por un instante, las paredes y el techo temblaron como para caer sobre él.
–¿Te pasa algo, bebé?
–No, no… Estoy bien... Será el whisky.
Iris se puso un kimono y agarró una llave del cajón de su mesita de luz. Llegaron al final del pasillo y el crujido se repitió, más nítido. Era evidente que venía desde adentro de esa habitación. Cuando Iris introdujo la llave en la cerradura, Almeida iba a preguntarle por qué cerraba la habitación, pero de nuevo las paredes temblaron a su alrededor y se aferró a un hombro de Iris.
–Estoy mareado... Pero estoy bien… Estoy…
–Se te va a pasar, no te pongas nervioso –dijo Iris y abrió la puerta.
El olor fétido contenido en el interior de la habitación quemó las fosas nasales de Almeida, que pensó automáticamente en retroceder justo cuando el piso se le vino encima y la gravedad lo apresó como una tenaza.
–Brenda. Brendita –Iris encendió una lámpara de pie al costado de la puerta.
La luz amarillenta salpicó como un estallido de pus las paredes rosas y ampolladas, los peluches desparramados sobre el piso y las puertas de un ropero, también rosa, lleno de garabatos indescifrables.
El empujón de Iris lo había arrojado a poca distancia del bulto cubierto de retazos de telas oscuras que palpitaba en el centro de la habitación.
–¿Estás despierta, mi amor? –le preguntó Iris al bulto.
–¡Acá está la nena! –dijo alegremente la figura saliendo de entre los retazos
Era una mujercita de edad indefinida, mezcla de enana y muñeca, de cabeza grande en proporción al resto del cuerpo, de trenzas rubias, y apretada dentro de un pijama amarillo con lamparones y rasgaduras.
Almeida quiso clavar las rodillas en el piso para levantarse, pero la cintura y las piernas se le habían dormido.
–La culpa fue mía –dijo fríamente Iris–. Yo quise tenerla. El almirante ni se enteró. No me llamó más cuando conoció a otras más famosas. Brendita crecía adentro mío y yo era feliz. Ni se me pasó por la cabeza llamarlo. Por suerte se olvidó de mí. Nos hubiera matado a las dos. Andá a saber si no habría sido mejor.
Almeida no podía hablar. La lengua se le había endurecido y la mandíbula era un amasijo de tendones y huesos inútiles. Iris le pisó el estómago con la planta del pie húmeda y desnuda mientras Almeida luchaba con los codos rígidos para mover los brazos fofos. No podía, no pudo.
–Cuando quise volver a trabajar me cansé de abrir las piernas por un papelito en alguna película, o en el teatro de revista, ni hablar de la tele. Ya te vamos a llamar, esperá que pase el temporal. –rio furiosa y hundió con más fuerza la planta del pie–. ¡Qué temporal ni temporal!
Brenda frunció el entrecejo y se subió al caballito de madera. Se mecía cabeceando hacia adelante, acelerando la cabalgata fija.
–Nunca me llamaron, ¡nunca! –Iris quitó la planta del pie del estómago de piedra de Almeida, y le gritó, más furiosa, a Brenda–: ¡Y vos pará, idiota!
Brenda no alcanzó a parar porque el caballito se partió, ella cayó al piso y se levantó con un salto de gato.
–¿Viste qué lindo destino me tocó? –le dijo Iris a Almeida, que todavía conservaba dos sentidos: el oído y la vista–. El de la putita menos conocida del diablo. Pero Dios, que es sabio, muy sabio, eh, me dio un hermano que me prometió que nunca nos abandonaría y cumplió.
–¡Otro, quiero otro! –gritó Brenda agarrando la cabecita del caballito.
Una sombra sigilosa y de voz severa surgió detrás de Iris.
–Tenés que portarte mejor, Brendita –dijo Borla.
Brenda bufó y se sentó en el piso.
–Sí, tío –dijo en voz baja.
–¿Querés que apague la luz, Brendi? –le preguntó Borla separando a Iris del vano de la puerta.
–No –dijo Brenda.
Iris salió, Borla la siguió. Uno de los dos cerró la puerta con llave.
Brenda se arrodilló junto a Almeida, le tomó la cara con las manitos fuertes y aceitosas.
–Hola –le dijo Brenda pestañeando, casi sentimental.
Almeida cerró los ojos. En el living empezó a sonar la Obertura de Tannhäuser de Wagner.
–¿Jugamos? –le preguntó Brenda, y por el olor supo que ella estaba sobre él.
Almeida abrió los ojos. Entonces Brenda le mostró los colmillos negros y filosos. La primera mordida le arrancó la mitad de una oreja.
Borla subió el volumen del aparato.
–Tratá de ser más cuidadoso –le dijo Iris, más calmada, mostrándole la hebilla roja, mientras salían del pasillo.
Borla hizo un gesto de disculpa y se la guardó en un bolsillo del saco blanco.
–¿Hasta cuándo habrá que tranquilizarla así? –le preguntó Iris.
–Hay opciones. No creo que sea el momento para hablarlas.
Borla le besó el cuello. Iris le besó la boca. Borla quería seguir.
–Esperemos un rato, a que Brendita no juegue –dijo Iris.
–Me encanta Wagner –dijo Borla–. Es espíritu hecho carne y viceversa.
Salieron a sentarse al balcón. El cielo se había despejado, las estrellas resplandecían en un cielo de petróleo y la sirena de un barco se ahogaba sin tristeza en el río.
Iris encendió un cigarrillo para ella y otro para Borla.
–¿No es un momento mágico? –le dijo él.
Iris encogió, incrédula, los hombros.
–La luz de la luna –dijo Borla–. La pintó Turner.
–Vos tan culto y yo tan bruta –dijo Iris, secamente.
–Por eso nos completamos a la perfección –dijo él.
Iris, los ojos duros y fríos, fumaba mirando las primeras hojas en las veredas que anunciaban el otoño bastante próximo. Borla se miraba las uñas limadas pensando en cuándo regresaría a Bayreuth. Autos veloces con maniquíes sin cara pasaban veloces por los carriles de la avenida penetrando con túneles de luz el aire negro. Unas pocas palomas inflaban los buches balanceándose en las ramas de los grandes eucaliptos debajo del balcón. Y aquello, concreto y a la vez efímero, era todo lo que sucedía en el planeta silencioso.