El jolgorio de Malandro de América en Tucumán

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CRÓNICA

El jolgorio de Malandro de América en Tucumán

08 Marzo 2026

El artista antes conocido como Malajunta Malandro llegó por primera vez a Tucumán en la primera de dos fechas que también incluyó a Salta.

La cita fue en la icónica sala Divas, a metros del estadio de Atlético Tucumán, donde el público pudo comprobar que un Jolgorio de Malandro no es un recital: es un rito barrial con beat de trap, hip hop con raíz de esquina, y una poética social que no señala a quien cae en las malas sino que lo abraza con música.

Malandro de América le canta al barrio y a la noche con una estética propia. No es “un trapero más”, aunque muchos lo consideran —con justicia— uno de los pioneros del género en la Argentina. Su fraseo filoso y su cadencia nacen en los márgenes y avanzan hacia el centro como un rumor inevitable. 

Vivir su show es una experiencia estética completa: yo entré con un par de gin tonics y salí con la sensación de haber asistido a una misa popular.

En escena, el joven Sandro —como lo bautizó su gente— recuerda al payador perseguido que canta el exilio de los zafreros. Cada barra cae como machetazo preciso para extraer el néctar oscuro de una poesía hecha de barro. Su presencia tiene algo de gambeta milagrosa, como si Diego Armando Maradona rimara desde el escenario. Él es sin dudas el Patricio Rey del rap. 

Cuando empecé a escribir esta crónica, no sabía si la familia de Matías Ezequiel Mansilla fue una de las que el cierre de los ingenios decretado por Juan Carlos Onganía, en 1966, obligó a emigrar desde Tucumán hacia el conurbano bonaerense, Rosario o Mar del Plata. Pero en sus letras se respira ese mismo barro de los trabajadores que sobrevivieron a todas las crisis. Todas. 

La biografía íntima no siempre está documentada, pero la memoria colectiva sí. Eso es lo que vibra en cada tema. Luego de terminada la nota tuve que hacer esta pequeña aclaración ya que respetables fuentes periodísticas allegadas a este cronista despejaron la duda. En la familia de Malandro hay personas oriundas de la ciudad de Monteros, tierra de poetas y de músicos. Por respeto al artista, no voy a develar más nada ya que ello pertenece a su foro íntimo y creo que quizás por todo el dolor que implicó el desarraigo para su familia, él quizás desee evitar contar esto a los medios de comunicación. En todo caso, dejaremos que él despeje la certeza de estas palabras a su tiempo y a su forma.

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MALANDRO EN TUCUMAN

Matías Ezequiel Mansilla —conocido como Malandro a secas, el joven Sandro o Malandro de América— es un rapero bonaerense de 41 años que empezó a grabar mixtapes en 2006 hasta llegar a hacer discos, canciones y colaboraciones con miles de reproducciones en todas las plataformas.

En la cuna de la independencia vino a comer el clásico sánguche de milanesa con su crew y a cantar himnos de Leyendas de la madrugada y de su extensísimo repertorio, entre los que no pudieron faltar “Danza menguante” y “Galeón menguante”. 

El precalentamiento fue una verdadera fiesta. Estuvo a cargo del rapero cordobés Bidiwan, que incendió la sala para los fans tucumanos que esperaron más de una década esta visita ilustre. Al menos ése es mi caso. Mala soy tu fan. Sabelo, wacho.

Uno de los picos de la noche llegó cuando anunció que cantaría una canción que “nació acá”, aludiendo a “Luna tucumana” de Atahualpa Yupanqui, cuyos versos abren “Danza menguante”. A continuación sólo podía ocurrir una larga ovación cerrada y merecida para el ídolo.

Más tarde vino el ya clásico “Galeón menguante”, y la sala se volvió marejada: todos coreando, balanceándose, celebrando la vida con alegría como si esto fuese un gol de media cancha.

Así, Tucumán entró en la liturgia alegre del Jolgorio de Malandro de América. Una misa urbana donde el barrio se vuelve coro y la noche, patria. La estética de Malandro de América brilló en cada barra y el barco zarpó con el arcón lleno de licor, listo para surcar otros puertos con la misma poesía de barro.