El culto a la muerte: pedazos de la identidad nacional

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El culto a la muerte: pedazos de la identidad nacional

26 Junio 2016

 

Por Luciana Sousa

Bien sabido es el lugar central que ocupan para algunas naciones occidentales el culto a la muerte; los cementerios, tumbas y mausoleos definen, con sus particularidades, el ámbito de la memoria colectiva. Y por lo tanto legitiman una tradición histórica que construye una línea posible para pensar la identidad nacional.

Domingo Sarmiento fue uno de los intelectuales que ha intentado pensar la relación entre los ritos mortuorios y su inserción en la idea de Nación, a partir de una relación de causalidad; el culto a los muertos es, para Sarmiento, un gesto originario de civilización, una forma de honrar a los ancestros, que el sanjuanino profesa recorriendo cementerios de todo el mundo. En el plano local, visitaba con frecuencia el cementerio de la Recoleta, donde se encontraba su hijo, muerto en la guerra contra el Paraguay. Pero visitó también la tumba de su gran musa, Facundo Quiroga.

El día de los muertos de 1885, Sarmiento medita largo rato frente al sepulcro del caudillo, ya para entonces, constituido por una figura en mármol blanco que representa a una virgen dolorosa con una placa que lleva la siguiente inscripción: “Aquí yace el general Juan Facundo Quiroga. Luchó toda su vida por la organización federal de la República”.

Al día siguiente, publica sobre esta visita un artículo en El Debate,“El Día de los Muertos”, en el que señala que, después de 40 años, las sangres se han mezclado: “Los corpúsculos rojos de Juan Facundo Quiroga y los míos corren ahora confundidos en la sangre de los descendientes comunes y no se han repelido porque eran afines. Quiroga ha pasado a la historia, y reviste las formas esculturales de los héroes primitivos, de Ayax y de Aquiles”.

Más allá de continuar una operación de identificación, y de profundizar cierta fascinación que Sarmiento destila desde las páginas de Facundo, expresa allí una particular visión sobre el sepulcro; “Por entre las columnas se divisan ya, aun antes de entrar, urnas cinerarias, sepulcros, columnas y sarcófagos y la bella estatua del dolor, que vela gimiendo sobre la tumba de Facundo, a quien el arte literario, más que el puñal del tirano, que lo atravesó en Barranca Yaco, ha condenado a sobrevivirse a sí mismo y a los suyos, a quienes no transmite responsabilidades la sangre. El Dante puede mostrar a Virgilio este león encadenado, convertido en mármol de Paros y en estatuas griegas, porque del otro lado de la tumba, todo lo que sobrevive debe ser bello y arreglado a los tipos divinos, cuyas formas revestirá el hombre que viene”.

Subyace en Sarmiento una concepción geológica del rol del hombre en la historia, que abarca por analogía la estructura de la mente humana. Historia y alma crecen por sedimentación, por acumulación de capas sucesivas. Nada muere de manera absoluta. Tierra, hombre e historia comparten idéntica estructura terrena: la Patria. Hay una continuidad, porque Facundo es ahora mito, y porque quien lo ha decidido así fue Sarmiento: “Sabed que ese cementerio es la patria con cuerpo y alma, la patria de ahora, la patria de entonces, la patria de mañana”, formula Sarmiento. Algo de eso constata el prólogo de su libro, bajo la cita que elige y traduce Sarmiento, “las ideas no se matan”.
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Leopoldo Lugones fue uno de los deudores del pensamiento de Sarmiento, en un aspecto amplio. Fervoroso defensor de la Modernidad, recuperó la escuela griega de la armonía y la belleza, y otorgó, como Sarmiento, un lugar importante al culto a los muertos.
El autor de El Payador abonó la teoría de los vivos, en una suerte de gesto de honra, los que sobreviven sin responsabilidades de sangre, como advertía Sarmiento. No hay culpa pero si deuda en los que viven, cierta responsabilidad histórica del sobreviviente que un intelectual ambicioso como Lugones asumió. Algo de ello se percibe en las páginas finales de Historia de Sarmiento (biografía de Domingo Faustino Sarmiento publicada en 1911, al cumplirse los cien años de su nacimiento), en las que Lugones opina sobre el monumento al sanjuanino “expresa la vida de Sarmiento con bella fuerza. Aquel bronce elemental, que parece aún caliente de tormento plutónico, aquel movimiento tan humano de la marcha en batalla; aquel Apolo tan divino en su heroica hermosura de combatiente de la luz, constituyen efectivamente la síntesis de ese acontecimiento humano”.

Pero ese optimismo de Lugones, la aparente confianza en su responsabilidad histórica, quedará trunca con el suicidio de Lugones en 1938. Clausura trágicamente la tradición iniciada con Sarmiento, y usa para ello su propio cuerpo. Una muerte que en clave historicista parece cifrada; Lugones murió envenenado con cianuro. Su nieta, Pirí, integra la lista de desaparecidos por la última dictadura cívico-militar.

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Apenas años después, el culto a la muerte fue sistemáticamente atacado bajo argumento de “venganza política”. El secuestro, la desaparición y el ultraje que sufrió el cuerpo de Evita es uno de los episodios más destacados y quizás el primero en una serie que también incluyó la mutilación de las manos de Juan Perón y, previo a ello, la desaparición de 30.000 argentinos. La venganza del vejamen del cuerpo de Evita llegó por parte de Montoneros en el juicio revolucionario al que sometieron a Pedro Aramburu.

El núcleo de estos ataques fue la necesidad de eliminar en la literalidad lo que nunca podrían desarraigar de la memoria colectiva del Pueblo. En ese sentido, la ofensiva contra lo material, la vulneración del cuerpo, supone que con la muerte no se clausura el mito.

En ese sentido se entiende la figura del desparecido, inaugurada por Videla. Horacio González en su texto "Una imagen filmada de Azucena Villaflor" destaca que al afirmar que los cuerpos no existen, “confundía la supuesta inexistencia del problema con la inexistencia de los cuerpos vulnerados”.

El monopolio del terror del Estado genocida necesitó, como los líderes de la Fusiladora, no solo deshacerse de ellos físicamente, sino impedir su reproducción. El robo sistemático de bebes impidió a toda una nueva generación reconocerse en sus orígenes, en su identidad. Se reduce a una cuestión de linaje de la que no quedan exentas las Madres.

Así se entiende la desaparición de Azucena Villafor, que recupera González. Su testimonio, mediatizado por los medios masivos de comunicación, se reproduce una y otra vez, agigantando su voz imperativa, el vértigo de sus declaraciones. Un enunciado fundador, como caracteriza González: “Testimonio de vidas que no contienen la muerte actual pero la anuncian quedamente”.