Ensayo general para la farsa actual
Con los años, muchos ricoteros desarrollamos una sensibilidad particular para percibir el nivel de autenticidad de algunas cosas, sólo de algunas. No se trata de una capacidad intelectual ni de una elaboración teórica compleja ni muy sofisticada. Es algo más elemental. Una sensibilidad que se construye lentamente, hecha de kilómetros recorridos, de amistades intensas, de charlas sinceras, de curdas interminables, de peligros sorteados y de todos esos pequeños datos que la vida va dejando en el camino cuando se vive de manera expuesta. Una forma de conocimiento que suele reconocer señales antes de que aparezcan las explicaciones, y que no proviene de los libros sino de la experiencia acumulada por el simple hecho de haber participado.
Hay una enseñanza que atraviesa toda la historia del Indio y que tal vez excede largamente al rock o lo estrictamente musical. Durante años se dijo que el fenómeno era inexplicable, como si aquella adhesión multitudinaria hubiera surgido de la nada o respondiera a algún tipo de hechizo social. Pero las cosas suelen ser más sencillas y más profundas a la vez. Al Indio lo hizo grande la gente porque él supo abrazarla antes. Porque nunca la observó desde arriba, nunca la trató como una audiencia a la que había que educar ni como una masa a la que había que conducir. El Indio supo reconocer en ella una sensibilidad, un valor, una inteligencia y una dignidad que otros no veían. Y la gente, que conoce demasiado bien la experiencia de ser utilizada, prometida, convocada o incluso traicionada, suele desarrollar una sensibilidad especial para reconocer la honestidad cuando aparece.
Con la política ocurre algo parecido. Ningún dirigente construye verdadera autoridad porque la reclame para sí mismo o porque la perinola de la rosca lo coloque como candidato a algo. La construye cuando es capaz de interpretar los sentimientos profundos de una comunidad y devolverlos transformados en acción, organización, dignidad y horizonte.
Y quizás por eso las experiencias políticas más fecundas son aquellas en las que el pueblo siente que no está siendo conducido por alguien ajeno, sino expresado por alguien que, antes que nada, se tomó el trabajo de comprenderlo. No es una cuestión menor. Desde hace años se extiende una sensación de desamparo que atraviesa generaciones enteras y sectores sociales muy distintos entre sí. La impresión de que nadie escucha verdaderamente, de que los esfuerzos cotidianos transcurren sin reconocimiento y de que problemas cada vez más complejos deben enfrentarse en una soledad cada vez más desesperante.
Mirado desde ese lugar, que cientos de miles de personas encuentren refugio emocional, identidad y sentido de pertenencia en la obra de un artista constituye un fenómeno admirable, pero también un llamado de atención. Porque revela una necesidad de representación que la política no está logrando satisfacer. Al Indio lo hizo inmenso el afecto de su gente, pero el hecho de que tanta gente deba buscar en una experiencia cultural aquello que antes encontraba en organizaciones, comunidades o proyectos colectivos dice algo importante sobre nuestro tiempo. Dice que existe una demanda de comprensión, de reconocimiento y de sentido que está solita y espera.
Un gran remedio para un gran mal
Durante décadas, el nombre de Los Redondos y de su gente fue arrastrado por las páginas policiales. Cada recital era narrado desde el señalamiento, cada multitud que se movilizaba era convertida en amenaza para la paz social, cada joven era reducido a una caricatura funcional a los prejuicios de la época. Éramos, para esa mirada, los eternos "vándalos" sin destino ni modales; los que masticaban chicle con la boca abierta, los que no trabajaban, los que vivían al margen y los que, según decían, sólo salían a romper.
Una parte importante del subsuelo más vulnerado y marginal de la sociedad, también de las clases medias, fue convertida en objeto de sospecha permanente, casi como si se tratara de una zona contaminada del cuerpo social que debía ser vigilada y contenida en un perímetro. No veían trabajadores, familias, jóvenes, estudiantes, profesionales o marginados buscando un lugar en el mundo; veían apenas aquello que sus propios prejuicios les permitían ver. Y así fue tomando forma una operación más profunda que la simple estigmatización de una tribu urbana o de una expresión de cultura popular. Se trató, en buena medida, como en tantos otros sectores, de divorciar al pueblo de sí mismo; de romper los espejos en los que podía reconocerse y reemplazarlos por caricaturas degradantes, diseñadas para que terminara aceptando como propia una imagen que le era completamente ajena.
Graciosos y valientes
Lo cierto es que quienes peregrinamos a cada misa durante años no recordamos únicamente los recitales. También recordamos una dignidad silenciosa que habitaba aquel universo ricotero. Esa multitud anónima de obreros, estudiantes, empleados, gremialistas, changarines y familias enteras aparecía una y otra vez, aunque cambiara la ciudad, el estadio o la época. Personas comunes sosteniendo vidas comunes, haciendo esfuerzos extraordinarios para regalarse una alegría. Había algo profundamente humano en aquellos encuentros. Quizás por eso aquellas canciones significaron tanto. No porque ofrecieran respuestas puntuales a los problemas, sino porque encontraban palabras para experiencias que muchos llevaban dentro y que casi nunca encontraban un lugar donde ser manifestadas.
Por eso terminábamos abrazados a personas cuyos nombres probablemente nunca llegaríamos a conocer. No había nada extraño en ello. Desaparecían las distancias que la vida cotidiana suele interponer entre unos y otros y emergía una forma de reconocimiento y unión difícil de nombrar. Aparecía una sensación tan intensa como infrecuente; la de ocupar un lugar dentro de una experiencia que nos excedía a todos. Un lugar que, para muchos de nosotros, tenía la intensidad de un centro de gravedad; ese punto excepcional alrededor del cual parecían ordenarse todas las cosas y desde donde el universo podía contemplarse de otra manera con los ojos cerrados. Luego de eso, volvíamos a casa, felices.
Lo que duele no es la goma, sino su velocidad
Por todo eso y más, lo ocurrido en estos días con la despedida del Indio tuvo algo de reparación histórica, de justicia tardía, de venganza poética.
Millones de argentinos pudieron ver lo que siempre estuvo ahí; un pueblo ricotero lúcido, sencillo, trabajador, familiar, solidario y profundamente respetuoso. Y es que no cambió la gente; cambió, por un instante, la mirada sobre ella. Desde la demonización de la juventud durante los años noventa hasta nuestros días, lo que estuvo en disputa no fue solamente la imagen pública de una banda de rock o de sus seguidores a los que había que hacer correr, sino algo mucho más profundo; la posibilidad de reconocer a cientos de miles de personas en su existencia real, con sus lenguajes, sus consumos culturales, sus formas de encuentro identitario, sus contradicciones y su dignidad concreta. Durante demasiado tiempo, ciertos sectores necesitaron fabricar una representación degradada de esa multitud de apariencia peligrosa, irracional, marginal, violenta y sospechosa.
Esa caricatura cumplía una función social y política. Si esa parte del pueblo era presentado como amenaza, entonces podía justificarse su disciplinamiento; si la juventud era convertida en problema policial, entonces se ocultaban las causas económicas, sociales y culturales que producían angustia, desarraigo y bronca.
En el fondo, nunca se trató de incomprensión, sino de administración simbólica. Nombrarnos desde afuera para quitarnos voz propia. Lógico, reducir una expresión popular a una escena de desborde permitía que otros conservaran intacta su mirada de superioridad, su miedo de clase, sus fantasmas y su necesidad de orden. Por eso la pelea nunca fue únicamente contra el morbo de una crónica periodística berreta, sino contra una forma de mirar al pueblo que primero lo distorsiona y después le exige que acepte esa distorsión como su cara real.
Lo que molestaba no era el ruido, ni el viaje, ni el tetra brik, ni la bandera, ni la apariencia, ni la canción. Lo que molestaba era que ahí había una comunidad viva, con relativa potencia, no domesticada; una forma plebeya de estar unidos, y que se organiza para cuidarse en la masividad. Eso había que romperlo. Y es precisamente allí donde la experiencia ricotera deja de hablar únicamente de música y de público para decir algo más amplio sobre la sociedad argentina. Porque lo que apareció durante la despedida del Indio excede largamente a una banda de rock. Habla de la persistencia de identidades colectivas que sobreviven a los cambios de época, a las operaciones culturales demonizantes y a los intentos permanentes de fragmentación social.
Pueblo y política
Acaso aquí aparezca la cuestión más profunda; las élites dominantes no sólo gobiernan cuando controlan la economía o las instituciones; primero gobiernan cuando logran imponer los rasgos y las palabras con las que una sociedad se mira a sí misma para quitarle toda la autoestima. Lo que estos días dejaron al descubierto es exactamente lo contrario. Esa multitud ricotera que tantas veces fue reducida a estigma era, y sigue siendo, una comunidad hecha de trabajadores y familias, con infinita capacidad de amar, agradecer y ser leal. Lo que empezó a resquebrajarse, aunque sea por un instante, fue la mentira que habían construido sobre toda esta gente durante tanto tiempo.
Como con casi todo lo que sucede con el Indio, hay algo más detrás de esta última experiencia como triste despedida. Como decíamos al inicio, cuando una comunidad encuentra dirigentes capaces de escuchar su sensibilidad profunda, de interpretar sus anhelos y de traducirlos en políticas concretas, se produce un encuentro virtuoso entre pueblo y política. Eso es lo que expresó la articulación entre la familia del Indio, su viuda Virginia, el gobernador Axel Kicillof y el intendente Jorge Ferraresi en Avellaneda. Ni un sólo disturbio entre cientos de miles. El Indio y su gente tuvieron el encuentro que correspondía.
Más importante aún, apareció una enseñanza que suele pasar inadvertida para la mirada apresurada y para el oportunismo de adentro y de afuera. Organizar significa prever, cuidar, anticipar problemas antes de que ocurran y hacer que miles de personas puedan encontrarse en condiciones de seguridad y respeto. Es el trabajo silencioso de articular voluntades, instituciones y capacidades distintas alrededor de un objetivo común. Cuando eso funciona la mayoría ni siquiera lo percibe; simplemente las cosas suceden bien. Pero lo reconoce. Y precisamente allí reside el valor de una buena gestión y de un político que entiende; en hacer posible lo extraordinario sin necesidad de convertirlo en un espectáculo demagógico para llevar agua al molino propio.
Mientras tanto, quienes siguen observando al país exclusivamente a través de sus prejuicios deberán continuar conviviendo con una realidad que nunca terminan de comprender. Un país hecho de memorias, símbolos y tradiciones que no caben en sus esquemas culturales. Un pueblo lllano que sigue reconociéndose en el peronismo como lenguaje de justicia social, en Malvinas como afirmación de soberanía, en Maradona como expresión plebeya de grandeza y en los Redondos como una forma de identidad masiva construida desde abajo. Tal vez la mayor dificultad de cierta Argentina antipopular no sea combatir esas expresiones, sino aceptar que forman parte constitutiva del país que detestan y que pretenden dominar.
Dolores dulces
La Argentina fue testigo de una despedida de dimensiones históricas que transcurrió en paz, como debe ser para un pueblo pacífico. Lo que merece ser destacado, aunque hoy no parezca asegurar nada, es que la política recupera su sentido más noble cuando deja de hablarle al pueblo desde arriba y vuelve a caminar a su lado. Cuando comprende que la cultura popular no es un problema ni una energía que disciplinar a los palazos, sino una fuerza vital que merece ser tenida en cuenta. Tal vez allí se encuentre la enseñanza más valiosa de estos días. Que ninguna transformación colectiva es posible sin una profunda comprensión de aquel que trabaja, sueña, canta, recuerda y conserva una extraordinaria capacidad para construir vínculos, afectos y lealtades duraderas. Ese que, aun después de años de incomprensión, sigue esperando una dirigencia política capaz de reconocerlo como protagonista de su propia historia.
Una dirigencia que no pretenda hablar en su nombre antes de comprenderlo. Sólo a partir de ese reconocimiento puede comenzar algo más interesante; la posibilidad de que esa enorme energía social, dispersa en miles de experiencias individuales, encuentre formas más conscientes y duraderas de organización. Que esa comunidad deje de reconocerse únicamente en los momentos excepcionales de alegría o de dolor y descubra también su capacidad de actuar sobre la realidad. En definitiva, la posibilidad de que aquello que hoy aparece como una multitud que se encuentra, se emociona y se junta, pueda asumirse algún día como un pueblo consciente de su propia fuerza y protagonista de su destino.
La Argentina fue testigo de una despedida de dimensiones históricas que transcurrió en paz, como debe ser para un pueblo pacífico.