Europa se marchita en La Grazia de Paolo Sorrentino
A Roma sólo Roma ha sojuzgado
Hacia el ocaso de su presencia, Mariano de Santis se ahoga en una encrucijada ética: darle o no el ok al proyecto de ley de eutanasia capitaneado por su hija, Dorotea. Ella, de hastío patente desde el comienzo de la película, puebla el despacho de su padre con los borradores que él rechaza una y otra vez.
El futuro encandila a de Santis. Impotente, piensa patológicamente en su casta viudez, en su correcta carrera de juez y en su discreto derrotero político. Lo único que lo arranca de la abulia es el enigma que le legó su difunta mujer hace más de 40 años: un misterioso desliz confesado a medias. ¿Quién fue su amante? El magistrado ejemplar falla en su caso más importante.
Los niños, el mañana de la república, no son materia legislable en la Italia de de Santis, y su hogar es una réplica en miniatura de aquella.
Es como si la patria se terminase en él. Padre, juez, presidente, pero no abuelo: el hijo emigró a Hollywood para componer jingles, más redituables que la amada ópera de su padre, y la hija carga con una soltería inquietante que, como una brasa, arde en el corazón de su relación. Al igual que su hermano, saltará del viejo barco en busca de un Dorado no muy preciso, pero sin dudas vital.
Las contradicciones que el proyecto de ley de eutanasia desata en el alma de Santis encuentran su epítome en el momento en el que debe decidir el destino de su caballo enfermo. Postrado en el piso, el animal agoniza bajo la atenta mirada de su amo. Todos alrededor piensan lo mismo, incluso de Santis, pero este rechaza la muerte y ordena la vida.
Tumba de sí
Luego del fallido intento de asesinato al Zar en 1866, Dostoievski escribió esto:
“Pero, ¿cómo se puede combatir al nihilismo sin libertad de palabra? Aun si a ellos, los nihilistas, se les diera toda libertad de palabra, aun así sería mejor; harían reír a toda Rusia con la explicación positiva de sus enseñanzas. Mientras que hoy se les atribuye la apariencia de esfinges, de enigma, sabiduría, secreto, y esto fascina a los que no tienen experiencia”.
Europa se marchita y hay quien lo explica.
Para dar forma al diagnóstico, ficciones como El mago del Kremlin (2022) aportan las caricaturas para nutrir la lengua de la prensa y de la academia. Con menos artilugios que el Huxley de Eminencia Gris, Giuliano da Empoli compone un guión guyritchiesco que lleva a escena fantasmas de papel mojado e intrigas sibilinas.
El poder, en estos términos, es una eterna maquinaria imposible y anestesiante para los comunes.
No obstante, ahí está Dostoievski para recordarnos que debajo de la capucha de los magos y monjes hay apenas nada. Los viejos entuertos renovados.
Sorrentino, por su parte, evita la comodidad frívola del periodismo noir. En de Santis, en sus hijos y en sus dilemas, logra cifrar la impotencia continental.
El hallazgo de la película consiste en la acertada representación del poder que propone, condensada en una dirigencia política apática, cuyo arquetipo es un presidente que lleva el apodo de “hormigón armado”.
Mote que, para insistir con las correspondencias entre de Santis y su Italia, también cabe para los exteriores. En La Grazia, el afuera es el museo de un cementerio en cuyas tumbas y mausoleos moran los vivos: esa multitud envejecida y protocolar que espera el ingreso a la ópera; esos peatones poco afectos a la albertísima tramoya que monta de Santis al pasear su fracaso en una arteria romana.
La parquedad europea no soporta fricciones.
El alma de de Santis, tampoco.
Por eso no tolera el protagonismo que le da el poder; por eso concluye que es mejor soltar el timón y recluirse en su departamento para disfrutar de una tana pizza… Mientras Roma aún lo permita.