Teatro: "Delfina", la salud mental, la infancia y el lenguaje
¿Cuánto de nuestra cordura depende de las reglas que compartimos con quienes nos rodean? Delfina se mueve en esos intersticios, allí donde las certezas se desarman y una realidad puede convivir con otra sin que exista necesariamente una frontera capaz de separarlas.
El delirio no aparece solamente como una ruptura con lo establecido, sino como una fuerza capaz de construir sus propias conexiones. Los acontecimientos se enlazan siguiendo una lógica que no siempre coincide con la que utilizamos para ordenar la vida cotidiana. Lo absurdo deja de ser aquello que carece de sentido y comienza a señalar los límites de nuestra propia comprensión. ¿Y si lo que llamamos delirio fuera también una manera de organizar el mundo cuando las coordenadas conocidas ya no alcanzan?
La salud mental aparece, así, lejos de cualquier explicación lineal. No se trata solamente de observar a un personaje ni de intentar descifrar qué sucede en su interior, sino de preguntarnos por los mecanismos con los que ordenamos el mundo y clasificamos aquello que se aparta de lo esperable. La locura suele funcionar como una frontera tranquilizadora: de un lado, quienes se consideran dentro de la realidad; del otro, quienes parecen haberla abandonado. Pero ¿qué ocurre cuando esa división comienza a tambalear? ¿Acaso la realidad que construimos entre todos está tan lejos del “absurdo” como nos gustaría creer?
Vivimos rodeados de convenciones, exigencias y relatos que aceptamos como naturales. Repetimos conductas, sostenemos certezas y nos acostumbramos a formas de existencia que rara vez ponemos en cuestión. En ese sentido, la locura no tiene por qué ser solamente aquello que le sucede a otro. También puede convertirse en una pregunta incómoda sobre nuestra propia manera de estar en el mundo. Si la realidad es una construcción que necesita ser sostenida, ¿qué sucede cuando sus piezas dejan de encajar?
En ese territorio aparece Ana, cuyos días transcurren en un hospital. Una carta que promete un reencuentro con su padre en los Alpes Suizos pone en marcha una búsqueda que la llevará hasta la selva amazónica. Sin embargo, el viaje pronto parece desbordar su objetivo inicial. La promesa del reencuentro abre un recorrido en el que la ausencia, la imaginación y aquello que no puede explicarse se entrelazan. Porque la ausencia no consiste únicamente en la distancia entre dos personas: puede convertirse en una presencia que organiza los días, alimenta la imaginación y condiciona aquello que todavía esperamos. Ana no puede encontrar un objeto presente. Por eso recurre a la fantasía, esta parece abrir un espacio para aquello que falta, una forma de construir una presencia allí donde la realidad impone una ausencia.
¿Cuánto de lo que hacemos responde al deseo de encontrarnos con alguien y cuánto a la necesidad de reparar aquello que quedó abierto? ¿Es posible reencontrarse con otro sin encontrarse también con lo que su ausencia dejó en nosotros?
La búsqueda de Ana tiene algo de fantasmagórico. Su destino parece desplazarse a medida que avanza, como si el viaje no pudiera reducirse a una línea recta entre el punto de partida y el de llegada. Los Alpes Suizos y la selva amazónica pertenecen a geografías distantes, pero en el universo de la obra esos territorios conviven dentro de una misma travesía. El espacio deja de ser un fondo sobre el que suceden las cosas y participa de la transformación de quien lo recorre. ¿Y si el destino no fuera un punto de llegada, sino aquello en lo que nos convertimos mientras intentamos alcanzarlo?
¿Y si lo que llamamos delirio fuera también una manera de organizar el mundo cuando las coordenadas conocidas ya no alcanzan?
En ese desplazamiento también se desdibujan las fronteras entre lo humano y lo animal. Las categorías con las que solemos ordenar el mundo pierden estabilidad y aquello que consideramos propio de nuestra especie deja de ser una certeza. ¿Qué nos vuelve humanos? ¿La razón, el lenguaje, la capacidad de reconocer al otro?
Cuando esas jerarquías se alteran, el mundo deja de responder a una distribución fija de los lugares y las identidades. Lo animal puede devolvernos una imagen inesperada de nosotros mismos, mientras lo humano revela aspectos que preferiríamos mantener ocultos. No se trata de invertir simplemente los términos, sino de poner en duda la seguridad con la que definimos cada uno de ellos. Si nuestras categorías pueden desarmarse, ¿qué queda de las certezas sobre las que construimos nuestra identidad?
Algo semejante sucede con el lenguaje. Las palabras deberían permitirnos comunicar lo que pensamos y sentimos, pero no siempre alcanzan para nombrar aquello que nos atraviesa. Hay experiencias que desbordan las explicaciones disponibles y vínculos en los que algo parece haberse perdido antes de que podamos reconocerlo. ¿Qué ocurre cuando ya no encontramos las palabras para decir lo que nos pasa? ¿Cómo se construye un vínculo cuando la comunicación falla, cuando cada uno parece habitar un mundo que el otro no termina de comprender?
El nombre Delfina también permite acercarse a la infancia, a ese tiempo en el que la imaginación y la experiencia no siempre necesitan distinguirse con precisión. Durante la niñez, un objeto puede convertirse en otro, una historia puede prolongarse fuera de sus páginas y un mundo entero puede aparecer en el espacio más pequeño. No hace falta explicar cada salto ni justificar cada transformación. La fantasía tiene sus propias reglas y, mientras dura, su verdad no necesita parecerse a la de los adultos.
Crecer también implica aprender a separar, ordenar y clasificar. Aprendemos qué es posible y qué no, qué debe tomarse en serio y qué pertenece al terreno de lo imaginario. Construimos una realidad compartida y, con ella, un repertorio de explicaciones que nos permite movernos sin tener que cuestionarlo todo a cada paso. Pero ¿qué perdemos en ese aprendizaje? ¿La capacidad de inventar otros mundos o la posibilidad de reconocer que el mundo que habitamos tampoco es el único que podríamos construir?
Los saltos entre una realidad y otra pueden leerse desde esa tensión. La infancia aparece como un territorio en el que las transformaciones todavía son posibles, donde las cosas no han quedado definitivamente fijadas a un significado. La fantasía no funciona necesariamente como una evasión: puede ser una manera de acercarse a aquello que la realidad vuelve difícil de soportar, de darle forma a una ausencia o de ensayar otras posibilidades cuando las conocidas ya no alcanzan. No necesariamente para escapar de lo que sucede, sino para encontrar una forma de atravesarlo.
¿Y si imaginar no fuera lo contrario de comprender, sino una de las maneras que tenemos de acercarnos a aquello que todavía no podemos explicar? ¿Y si el delirio no consistiera únicamente en perder una realidad, sino también en construir otra cuando la primera se vuelve insuficiente?
Delfina invita a permanecer en esa zona incierta sin apresurarse a resolverla. La salud mental, la ausencia, la infancia y el lenguaje se encuentran en un universo donde las fronteras pierden firmeza y las respuestas definitivas dejan de ser suficientes. La historia de Ana abre preguntas que exceden su experiencia individual y nos involucran en una discusión más amplia sobre la forma en que percibimos, interpretamos y compartimos el mundo.
Quizás no se trate de determinar quién está dentro o fuera de la realidad, sino de preguntarnos quién establece sus límites y qué sucede cuando ya no podemos reconocerlos. Si todos necesitamos construir alguna forma de realidad para vivir, ¿cuánto hay de imaginación en aquello que llamamos certeza? ¿Cuánto de absurdo en las reglas que aceptamos sin preguntar? ¿Y cuántas veces necesitamos saltar de un mundo a otro para seguir habitando el que nos toca?
Ficha técnico artística
Dramaturgia: Pilar Fridman
Actúan: Marina Artigas, Lola Banfi, Pilar Fridman, Marcos Medrano, Debora Nishimoto, Malena Resino, Antonella Saldicco, Miguel Sorrentino, Max Suen
Diseño de vestuario: Juan Hernández Daels
Diseño de escenografía: Martina Nosetto
Diseño De Sonido: Facundo Suasnabar
Diseño De Iluminación: JES TORTUL
Fotografía: Estrella Herrera
Diseño gráfico: Trini Azpiroz
Asistencia de vestuario: Lara Schottland
Asistencia de dirección: Valeria Santa
Prensa: Cecilia Gamboa
Community Manager: Lucía Gómez
Producción ejecutiva: Guido Turtula
Producción: Pilar Fridman, Guido Turtula
Dirección De Proyecto: Pilar Fridman
Dirección: Pilar Fridman, Guido Turtula
Web: http://www.instagram.com/obra.delfina
Duración: 75 minutos
Clasificaciones: Teatro, Presencial, Adultos
Espacio Callejón
Humahuaca 3759
Almagro - CABA
Web: https://www.instagram.com/espacio_callejon/
Sábados a las 20:00 h - Hasta el 19/12/2026