Homero, Polifemo y las otras Odiseas del rock argentino
La película La Odisea de Christopher Nolan recupera el viaje de Odiseo, pero el mito también puede leerse en nuestras canciones. Polifemo, Homero, las sirenas, Spinetta y Pity Álvarez forman parte de una misma trama: la de un rock argentino que, como la vieja epopeya griega, también supo hablar de deseos, peligros, derrotas, noches interminables y regresos.
Hace casi tres mil años, Homero puso en palabras la aventura de un hombre que, después de combatir durante una década frente a las murallas de Troya, emprendió otro combate, acaso más difícil: volver a casa. Odiseo —Ulises para los romanos— tardaría otros diez años en llegar a Ítaca. En el medio habría monstruos, dioses, tempestades, tentaciones y naufragios.
Christopher Nolan vuelve a llevar esa historia al cine con La Odisea, protagonizada por Matt Damon como Odiseo, junto a Tom Holland y Anne Hathaway. La película recupera una historia que, lejos de ser una pieza arqueológica, continúa hablando de nosotros. Porque quizá todos somos, en algún momento, un poco Odiseo; alguien que quiere volver a algún lugar y no siempre encuentra el camino. Y si hay un territorio argentino donde esa vieja epopeya puede sentirse especialmente cómoda, es el rock.
Polifemo: el cíclope que terminó tocando rock and roll
Si hay una conexión imposible de ignorar entre Homero y el rock argentino, tiene un nombre: Polifemo. El cíclope de La Odisea quedó convertido, en los años setenta, en el nombre de una banda fundamental del rock argentino. David Lebón, Rinaldo Rafanelli y Juan Rodríguez formaron el trío hacia fines de 1975. El grupo editó su primer álbum en 1976 y tuvo entre sus canciones más recordadas “Suéltate rock and roll”.
La elección del nombre no era un detalle decorativo. Polifemo era el monstruo de un solo ojo que intentaba impedir el regreso de Odiseo. El rock tomó ese nombre y lo convirtió en sonido. Hay algo hermoso en esa inversión: el monstruo de Homero, que en la epopeya representa una amenaza, terminó convertido en una banda que hizo vibrar a una generación.
Décadas después, David Lebón volvería a encontrarse con Rinaldo Rafanelli y Juan Rodríguez para recuperar aquellas canciones. El mar de Homero se había transformado en el escenario del rock. El monstruo ya no vigilaba una cueva, tocaba la guitarra. Pero hay algo todavía más revelador detrás de ese nombre: los rockeros de aquella época leían. Luis Alberto Spinetta podía encontrarse con Antonin Artaud y convertir esa lectura en uno de los discos fundamentales de la música argentina. Una banda podía llamarse Polifemo. Un poeta griego podía terminar compartiendo estantería con un escritor francés, un filósofo o un poeta latinoamericano.
Los rockeros de entonces parecían moverse con naturalidad entre la música y la literatura. Leían a los clásicos, a los escritores del siglo XX, a los poetas, a los filósofos. Y esas lecturas no quedaban encerradas en las bibliotecas; salían convertidas en nombres de bandas, títulos de discos y letras de canciones. Antes de que Polifemo fuera una banda, fue un personaje de un libro. Y antes de que el rock pudiera cantarlo, alguien tuvo que leerlo.
Homero llegó a Villa Lugano
Pero Polifemo no es la única huella. En 1999, Viejas Locas publicó Especial. Entre las canciones del disco estaba “Homero”, escrita por Pity Álvarez. El poeta griego aparecía así dentro del universo de una banda que hablaba desde otro lugar, con otro lenguaje y para otra generación. Ya no había palacios de Ítaca ni barcos atravesando el Mediterráneo. Había complejos habitacionales como Piedrabuena, noches, desencuentros, desocupación, y una Buenos Aires que podía ser tan laberíntica como cualquier mar antiguo. El Homero de Pity no necesitaba explicar a Homero. Eso es precisamente lo interesante.
Los mitos sobreviven no solamente cuando los repetimos, sino cuando los transformamos. Homero podía estar en una biblioteca griega, en una traducción universitaria o en una canción de Viejas Locas. Podía pasar de las páginas de una epopeya a una guitarra eléctrica y, en ese viaje, dejar de ser patrimonio de los especialistas para convertirse nuevamente en una historia popular.
Quizá Pity no estuviera pensando en Odiseo cuando escribió “Homero”. Quizá sí. Pero la literatura tiene esos misterios: a veces una historia entra en otra sin pedir permiso.
Porque quizá el rock argentino también sea eso; una larga Odisea hecha de canciones, pérdidas y regresos. Y mientras haya alguien buscando el camino de vuelta, Homero seguirá escribiendo.
Pity, Homero y una Odisea propia
Y hay algo todavía más curioso en la historia de Pity Álvarez. Pity fue siempre un hombre rodeado de personajes. Uno de ellos, acaso el más conocido, era Homero Simpson. Fan declarado de Los Simpson, encontró en ese personaje una especie de espejo deformado: el hombre común, torpe, contradictorio, condenado a equivocarse y, sin embargo, siempre dispuesto a volver a empezar. Pero Pity también construyó, sin proponérselo, su propia historia homérica. Porque una Odisea no es solamente un viaje de ida. Es también la posibilidad del regreso. Está la infancia, la música, Viejas Locas, Intoxicados, la fama, los excesos, las caídas, las canciones, la oscuridad, la cárcel y, otra vez, la posibilidad de volver. En la vida de Pity hay algo de ese movimiento circular que atraviesa la historia de Odiseo; perderse, atravesar territorios desconocidos y buscar una puerta de regreso. Quizá por eso resulte tan potente aquella vieja canción.
Porque mientras Homero escribía sobre un hombre que tardaba veinte años en regresar a Ítaca, Pity terminaba construyendo, sin saberlo, una de las tantas versiones argentinas de ese mismo viaje. No hace falta un barco para naufragar. A veces alcanza una guitarra eléctrica y comunicarse a través de internet. Y tampoco hace falta una isla para estar lejos de casa.
Las sirenas también cantan
Después están las sirenas. En La Odisea, no son las criaturas dulces de los cuentos infantiles. Son una amenaza. Cantan para atraer a los navegantes y conducirlos hacia la muerte. Todos tenemos nuestros cantos de sirena. Algo que canta exactamente aquello que queremos escuchar. El rock argentino conoció muy bien esa fascinación. Las sirenas aparecen una y otra vez como metáfora del deseo, del peligro, de aquello que nos llama incluso cuando sabemos que deberíamos seguir navegando.
En “Luzbelito y las sirenas”, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota recuperaron esa figura y la llevaron hacia otro territorio. Las sirenas ya no pertenecían solamente al Mediterráneo antiguo; podían vivir en una canción de rock, en una noche argentina de los noventa, en el deseo de alguien que sabe que acercarse demasiado puede tener consecuencias (el show cancelado en Olavarría en 1997, por ejemplo). Odiseo pidió que lo ataran al mástil para poder escuchar el canto sin sucumbir. El rock, en cambio, siempre prefirió acercarse. Parodiar a “Pituca y la gran manzana”. Quizá ésa sea una de sus funciones; cantar aquello que la prudencia recomienda callar.
El rock también tiene su Ítaca
Hay una línea secreta que une a Polifemo con Homero, a Homero con Pity, a Pity con Spinetta y a todos ellos con aquella vieja historia contada hace casi tres mil años. No se trata de buscar referencias literarias como quien resuelve un crucigrama. Se trata de entender que el rock argentino nació también de una conversación con los libros. David Lebón podía llamar Polifemo a una banda; Spinetta podía entrar en el universo de Artaud y el Pity podía llamar Homero a una canción y, al mismo tiempo, construir alrededor de sí mismo una vida llena de viajes, naufragios y regresos. Y en todos esos casos aparece la misma pregunta: ¿cómo se vuelve a casa después de haberse ido tan lejos? Esa pregunta está en La Odisea y está en el rock. Y probablemente esté en nosotros.
Porque hay algo profundamente rockero en la figura de Odiseo: alguien que sigue adelante aun cuando no sabe exactamente dónde terminará. Ya en 1967, “La balsa” había puesto en palabras esa forma de naufragio que después recorrería tantas veces el rock argentino: salir, dejarse llevar, sin saber del todo cuándo se parte ni hacia dónde conduce el agua.
Naufragar, entonces, no era solamente hundirse; era también animarse a partir sin tener un puerto escrito en el mapa. Alguien que pierde el rumbo y, sin embargo, conserva una idea obstinada de regreso. Tal vez por eso el mito nunca terminó; cambió de idioma, de barco y de escenario. Y algunas noches, casi tres mil años después, vuelve a aparecer entre los acordes de una guitarra eléctrica. Porque quizá el rock argentino también sea eso; una larga Odisea hecha de canciones, pérdidas y regresos. Y mientras haya alguien buscando el camino de vuelta, Homero seguirá escribiendo.