La anguila

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La anguila

26 Mayo 2026

Tengo hambre, sed y ciclo menstrual irregular. Necesito un espejo para ver si las ojeras están negras o amarillas. Lucho con esta duda desde hace algunas semanas, día, tarde y noche. Ojeras que palpitan como nunca antes. En unos momentos las veo negras, en otros, amarillas. Nunca pensé que reapareciera una preocupación semejante a la que tuve de adolescente por mi mano izquierda, del tamaño de la mitad de la derecha, con los deditos que se cierran en ganchos y unen sus puntas casi en armonía. Uso la derecha para casi todo. No voy a dar detalles, por supuesto. Es, digámoslo así, mi mano oficial. La otra existe y no existe, es la mano clandestina. Acepto que la odiaba. Ya no, incluso algunas noches, antes de dormirme, doy un beso y le digo «hasta mañana». Hace cuarenta años que me vengo acostumbrando a ella y ella a mí. Llegó el momento no de una tregua sino de un pacto de no agresión definitivo, y sólo de vez en cuando nos decimos ciertas cosas. Nada grave.

Con el frío es más fácil ocultarla. Ahora, casi verano, a veces, depende del humor con que me levante de la cama, me la meto en el bolsillo. O no. Pero no depende sólo del humor. Advierto que si veo un hombre que me gusta no la oculto, en ninguna estación, en ninguna circunstancia. Detesto las revelaciones a último momento, tanto hacerlas como recibirlas.

Entro al bar, después al baño. Suerte que el espejo está limpio. ¿Por qué la deformidad se memoriza con tanta facilidad, se pega en los recuerdos y sensaciones de los otros recuerdos como una sustancia agria e indetectable? Con el tiempo aprendí a no pensar en qué pensarían los demás y me escapé por algún túnel que no sé cómo inventé. Quizás ayudó que Mamá solía mirármela con los ojos muy abiertos en una expresión tierna y Papá decía: «es la mano de un angelito que se tropezó y se la lastimó un poquito», y me la besaba y se la pasaba por la frente. Entre los quince y dieciocho años se repetía la pesadilla en la que me la cortaba con un cuchillo largo y plateado. 

Un ex novio me decía: «es como una flor a punto de brotar». O de estallar, no me acuerdo. Eso me hizo bien. Mi relación con los hombres mejoró sensiblemente. Mi ex marido nunca le dio importancia. En un sentido, se puede decir que al final ese desinterés se extendió lo suficiente como para separarnos. Yo pensaba que era algo infinitamente más siniestro comparado a algo que simplemente no creció, pensaba que era una metáfora de algo de mí que nunca sería, una suerte de aborto perpetuo que me habitaba como un fantasma. Somos parte de la misma carne, de la misma sangre, somos una comunión, y no importa de qué. Es así, y renegarlo sumaría un remordimiento demasiado amenazador como para revivirlo.

Mis ojeras, hoy demasiado amarillas, parecen las de un payaso que lloró y eligió no limpiarse las lágrimas despintadas para impresionar a alguien. Lamentablemente, no hay nadie a quien impresionar. Ni a mi hermana, que tiene sus problemas. Igual no desespero porque mi semblante es menos patético de lo que creía antes de verme en el espejo.

Salgo del baño y me siento a una mesa junto a la vidriera. Los ovarios me duelen como si les hubieran inyectado ácido sulfúrico. Aguanto. La ginecóloga dice que es normal y que la medicación tardará aproximadamente un mes en hacer efecto. 

Espero a mi hermana mayor. Ella, manos y pies perfectos, me lleva cuatro años, es alta, flaca, con una cara de modelo francesa de los sesenta. Los tipos se vuelven loca por ella. No sé por qué se casó con dos idiotas con los que tuvo un hijo con cada uno de ellos. Ahora, al igual que yo, está separada. Hoy dijo que trae los cuatrocientos dólares que le presté casi un año atrás. Yo no se los pido, es ella quien promete y promete. Nunca se los pedí, ni siquiera insinué que se los había prestado. Es la tercera vez que me promete la devolución. Las otras dos nos encontramos en otros bares y no me devolvió nada. Hablamos de otras cosas, menos de los dólares.

Dos hombres se sientan ruidosamente a mis espaldas. En estas situaciones se me cruza por la cabeza una pregunta muy simple a la que nunca le encuentro una respuesta convincente: ¿Por qué cuando estamos en un lugar desierto, como en una playa, la gente cae en paracaídas a nuestro lado, como si necesitáramos compañía o fuesen ellos los que la necesitaran? Pido un tostado y una coca con azúcar.
Mi hermana está demorada quince minutos. No importa, si me enojo me duelen más los ovarios. 

Los dos imbéciles a mis espaldas piden whisky. Los vi entrar, pero no recuerdo sus caras, sus cuerpos, sus ropas. Ahora son voces. Una aguda, con un tono blando, como si al sonar se disolviera inmediatamente en la nada. La otra es totalmente distinta, ronca de alcohol y tabaco. Espero que venga el pedido antes que mi hermana. Abruptamente o necesariamente me desvió hacia un campo de algodón y me agacho para orinar. Tendré diez u once años. Placer total. Me subo la bombacha con las manos, iguales. Normales, quiero decir. A medida que salgo del campo de algodón me acerco a la ciudad. El camino es de polvo marrón y seco. Veo un horizonte de edificios coronados por una plancha delgada de smog. Un caballo blanco me mira, indiferente y poderoso, pasar a su lado. Me gustaría tocarlo pero me da miedo. Los caballos son hermosos. Estiro las manos hacia él, que baja la cabeza como aprobando mi gestualidad. Eso me hace feliz. No lo toco, me bastan sus olores a madera áspera y hierba fresca. Vuelvo los ojos a la calle. Negocios, vendedores de esto o aquello en las veredas, bocinazos, motos que se cuelan peligrosamente entre autos y colectivos. Me enfoco a mí misma y veo el reflejo de una cara medio pálida con sus desgraciadas ojeras.

–Sos un suicida, querido –dice la voz ronca–. Los tipos como vos son los más necesarios para las minas, son la carnaza de la realidad. Por eso: de ahora en más sólo me oís a mí.
–No es que no quiera –dice la voz aguda–. Es que cuando quería corregirme era peor y arruinaba todo. 
–Todos los incurables como vos terminan en el mismo asilo –dice la voz ronca–, atendidos por el mismo médico, una bestia feroz, tan o más insana como sus pacientes. Vos sos un paciente bastante rebelde. La vas, si seguís así, a pasar realmente mal. Poné voluntad para olvidarla. Vo-lun-tad, y no me digas que no podés, porque acá mismo te rompo la cara, me importan tres carajos todos estos putos que nos rodean.

Me había devorado la mitad del sándwich.
La voz ronca remarca:
–Tres carajos me importan.

Sin quererlo ni pensarlo, giro la cabeza y veo la nuca rugosa del hombre gordo, el de la voz ronca. Él presiente mi movimiento y gira también la cabeza. Su cara es una máscara colorada de furia, mejillas rebosantes de grasa, ojitos de gato, cejas que formaban una V casi perfecta y nariz medio aplastada de boxeador retirado.
–¿De qué cueva saliste? –me pregunta.
–¿Perdón?
–De dónde venís. Adónde vas.
–¿Y a usted qué le importa?

Él frunce los labios, despectivo, y nuestras cabezas, como dos muñecos manejados a control remoto, retornan a sus posiciones anteriores.
Silencio.

Los ovarios se han calmado, pero las ojeras me laten como quemaduras. ¿Habrán mutado al amarillo o a un rojo incandescente?
–El sexo y las mujeres, la misma cosa, nos hacen trizas las hijas de puta –dice el gordo, posiblemente incluyéndome en su discurso–: Y uno, pobre diablo, no quiere escuchar ni al amor ni a la locura, que son las verdades de todos, uno cree que se las sabe todas y ellas nos usan como trapos de piso.
–Sí, es verdad, sí…

El tono de la voz aguda no es el de alguien no muy convencido de las palabras que el otro le escupe en la cara.
–El viejo, dos días antes de morirse –dice la voz ronca–, me dijo «cuidameló al petiso, es bueno pero medio boludo».
–Hice todo para que ella me tuviera un poco de compasión, un poquito, no pedía más.
–Olvidate de la compasión. No la conocen.
–No, lo sé –dice el otro–, fracasé, fracasé…
–Ella fracasó, no vos.

Le mando un whatsApp a mi hermana preguntándole si está cerca del bar.


–Una anguila nos recorre los sueños –dice el gordo–, se escapa por debajo de las almohadas y de ahí la turra se lanza a las cloacas. La anguila es la que alimenta al mundo desde que es mundo, la anguila reina, y eso es y será el mundo. Pero vos y esa loca no son el mundo, son el inframundo. Y la anguila odia a los cornudos y se los come sin que los pobrecitos se den cuenta. Imaginate en qué lío estás. Tenés que nadar como un campeón olímpico para escaparte del vientre de la anguila. ¿O no ves alrededor? Pura basura. Se los come a todos los que se rinden. Cuando los años pasen la anguila te habrá masticado tanto que vas a mirar el mundo desde la ventana de un loquero. La locura se contagia, lo decía papá.
–Mamá no estaba loca.
–Mejor ni hablemos de eso.
–No, no estaba loca…
–Te dije que no hablemos de eso.
–Algún día habría que hablarlo.
–Es pasado. Si a vos te gusta el pasado, cosa tuya. Mi tiempo es demasiado valioso para perderlo en el pasado.
–Pero para vos, ¿estaba o no estaba loca?
–No insistas porque me vas a sacar de las casillas. A ella se la comió la anguila porque quiso. Tal vez esa fue su decisión, tal vez estaba más loca que todos nosotros juntos. Andá a la tumba, llevale flores y de paso preguntale por qué hizo lo que hizo.

El petiso llora casi silenciosamente, en un rincón a oscuras de alguna parte, como un chico al que le han roto su juguete más querido. Termino el tostado y la coca. Miro la hora en el celular. Mi hermana no responde. Esta vez ni aparece. Me envuelve una tristeza cálida. La moza, flaquita y pecosa, contempla con ojos indolentes la escenografía que componemos las dos mesas. Una mujer sola, yo, despeinada y sin maquillaje, más dos tipos, seguramente hermanos, una pareja en la que uno está maltratando al otro.

–Sé cómo salvarte de la anguila, y sé además muchas cosas de vos –dice el gordo–. Que ella vuelva sé que querés. ¿Lo querés?
–Sí, quiero que vuelva –se sincera el petiso.

El cachetazo suena en el mismo momento en que mi hermana entra al bar. Ella presencia el golpe y le hago un ademán para que nos sentemos a una mesa lejos de los dos hombres. La moza, alarmada, desde una punta de la barra gira la cintura hacia ellos e infla hacia adelante, involuntariamente, los pechos apretados bajo la blusa.
–Qué pasa –me pregunta mi hermana observando de reojo a la mesa de los dos hombres.
–Nada. Mejor vayamos a otro lado.

Nos sentamos en una mesa cerca de las puertas de los baños y le pido la cuenta a la moza.
–¿Nos vamos? –pregunta mi hermana.
–Sí, no soporto a esos tipos, especialmente al gordo.
–Cómo estás.
–Acá andamos.

La moza trae el ticket, pago con débito, le dejo un par de billetes de propina y nos levantamos. 
Cuando estamos saliendo el gordo mueve hacia mí su cabeza de ogro.

–Y vos, ¿Qué carajos te molesta? –me dice.
–¿Perdón?
–Sí a vos te hablo, o sos sorda, ¿Qué carajos te molesta?

Mi hermana intenta retenerme. El gordo me ofrece su máscara de goma sonriendo irónico y mirándome la manito. Cierro la derecha y se la estrello en la cara. El petiso gime un grito de ahogo, se estira hacia atrás, se lleva la silla consigo y cae sentado de espaldas contra el suelo. El gordo pretende levantarse, pero se lo impido pegándole, con una fuerza que nunca me había poseído, dos, tres, cuatro veces más. El último puñetazo da contra las manos con las que se ha tapado la cara. Oigo que la moza le dice al tipo de detrás de la barra, que hasta ese momento no había aparecido, que no llame a la policía. 

Mientras el gordo se toca la boca y se mira absorto la sangre que manchan sus manos peludas, mi hermana me arrastra a la calle. Las ojeras me palpitan, los ovarios intentan despertarse.

–¿Vos estás loca o qué? –dice después de habernos alejado casi corriendo una cuadra.
–Las ojeras –digo
–¿Qué?
–Nada.

Caminamos algunas cuadras más hasta una plaza. Nos sentamos bajo un árbol. Me siento húmeda de pies a cabeza. No tardo nada en percatarme de que me vino la menstruación y del tajo, no muy profundo, en el costado del dedo índice, la primera y orgullosa herida de guerra de mi vida.

–¿Qué te pasó? –dice mi hermana.
–Ese tipo estaba humillándolo al otro. Aparte, me insultó.

Mi hermana suspira, entre disgustada y comprensiva. Nunca se sabe con ella.

–Me estaba olvidando –dice.

Saca de la cartera el fajito de billetes, me lo pone en la mano y automáticamente se lo devuelvo.

–Quedatelos –digo–. Tenés más gastos que yo. 
–Vos también los tenés.
–Sí, pero no tengo hijos. Guardá esa plata, por favor, a ver si te roban. Voy a una farmacia.
–Te acompaño y te vendo el dedo.
–No es nada. Puedo sola, en serio. Andá a buscar a los chicos que se te hace tarde. Tengo todo el día libre para vendarme el dedo. Recién pasado mañana empiezo con las clases. Espero que se me vayan estas ojeras, no quiero que los alumnos me las vean.
–¿Qué ojeras?
–Las mías, nena.

Acerca sus ojos a los míos.

–No, no tenés ojeras.
–¿Seguro?
–Seguro, cómo te voy a mentir. Me voy. No te pierdas. Los chicos me preguntan por vos.
–Deciles que pronto paso. Te lo prometo. Deciles.

Durante el abrazo me aprieta la mano izquierda. Imposible recordar cuánto tiempo pasó desde la última vez que me la había tocado.

Camino varias cuadras mientras la sangre fluye y va empapándome el pantalón. Fumo parada en una esquina. Me chupo el tajo del dedo. Mi sangre es más rica que la coca con azúcar. Me pregunto si estoy o no fuera de la anguila de la que hablaba el gordo. Si mi hermana, mis sobrinos, si todos los veo que pasar mirándose los zapatos o con los ojos fascinados simplemente por la nada, estaremos o no dentro de esa anguila. Quién pudiera saberlo.

Cuando termine el cigarrillo cruzo a la farmacia de enfrente.