La virgen negra

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La virgen negra

16 Marzo 2026

La luz enferma que se derramaba desde los altos ventanales y el berreo mineral del altoparlante que anunciaba horarios y destinos eran para Coria naipes de la misma, incógnita suerte.

Esa mañana había golpeado la puerta maciza del despacho de su jefe.
–Adelante –dijo Gentile.
–No lo tome a mal, don Ángel, pero preciso una gauchada –dijo Coria, empequeñecido y tembloroso.
Gentile, detrás del escritorio, ojeroso y desabrido como de costumbre, se rascó los bigotes de morsa, intentando adivinar qué pediría el único de sus cobradores que nunca pedía nada.
–El marido de mi hermana sufrió una embolia –dijo Coria–. Ella no me tiene más que a mí.
No había calculado otra mentira mejor. 
Gentile lo observó, paciente, casi amistoso, apagando el cigarrillo en el cenicero de cristal.
–Ajá –murmuró–: Y bueno, ¿cuánta plata quiere?
–No, no es plata, don Ángel –dijo Coria–. Quisiera acompañar a mi hermana en el hospital.
Gentile alzó el tono:
–Vaya, tómese el tiempo que sea, muchacho, y que su cuñado mejore –y antes de que Coria desapareciese, abrió el diario y un dedo ávido y experimentado inició en la sección del turf la búsqueda de una trifecta millonaria.

*

Mordiéndose los labios, la cara pegada a la ventanilla, ansioso porque el tren arrancara de una buena vez, se palpó los dos gruesos fajos de billetes –todos sus ahorros– y el 22 corto que llevaba encima cuando Gentile lo enviaba a cobrar apuestas grandes en Avellaneda o Sarandí. Era probable que tuviera que pagar e incluso agradecerle a alguien. La cuestión era salvarla. Se repetía las consignas como un rezo: disuadir, no lastimar, sacarla de donde estuviera sin violencia ni escándalos.

Ni loco le hubiera confesado a Gentile que esa mañana, muy temprano, había sonado el teléfono y una voz enronquecida y llorosa de mujer le susurró:

–Ella me habló de usted, y me prohibió llamarlo. Señor: venga lo más pronto que sea, Garibaldi setecientos treinta y seis, esto es Coronel Belvedere, estamos a diez cuadras de la estación, a pocas cuadras de la plaza. A mí que me hagan cualquier cosa, a ella no, señor, a ella no, en cualquier momento vienen.

La mujer cortó sin darle a Coria otra oportunidad que no fuera una suma de palpitaciones y recuerdos.
Diez minutos después de que el tren saliera de Constitución brotaron los barrios suburbanos como emanaciones de un relámpago gelatinoso. Recostó la nuca sobre el respaldo. ¿Cuánto hacía que no se alejaba tanto de la ciudad? ¿Alguna vez, en realidad, se había alejado tanto? Quizás, cuando esta pesadilla terminase, pudiera decirle a Gentile que la primera vez que la vio en el salón del Kursaal, ella estaba sentada en un rincón con las manitos sobre la falda. Y Gentile, verosímil y ficticio, de estar al tanto de que un mes atrás Mirta se había disuelto en el aire, habría sentenciado sin apartar los ojos de la sección del turf: Es una puta, no insista y búsquese otra, no pierda tiempo y plata en una turra como esa.
Ni en el Kursaal ni en su pensión sabían adónde Mirta se había ido.

Cuando el tren corría en campo abierto la oscuridad tibia del vagón le fue cerrando los párpados. Soñó con una voz que era la de él y que se patinaba en el aire violeta de un salón de sillas vacías, inermes en haces de luz lunar en la que partículas de polvo púrpura giraban al son de un bolero inidentificable. La saqué a bailar, le pagué dos copas y fuimos a mi departamento. Lo hicimos así, durante un año. Una noche me dijo que podría verme como amante, ya no como cliente, con la condición de que no interfiriera en su vida. Ni novio ni esposo ni rufián. Amante. Vos acá y yo en mi pensión. Ni convivo ni dejo mi trabajo, al menos por ahora, ¿está bien? Está bien. «Al menos por ahora» era una vaga promesa. ¿Y quién no vive parado como un lorito sobre vagas promesas? Muchas veces venía de madrugada y le calentaba un caldo mientras se duchaba. Gentile, cínico e idiota Gentile: ella tiene cincuenta años, casi me dobla la edad, no sabe que tiene la cintura de una de veinte, y la voz de una alondra que tomó caminos equivocados, que creyó en hombres que la usaron hasta que consiguió vivir sin verdugos que le quitaran esto o aquello. Tampoco entenderías, Gentile, cerebral y astuto, rebosante de autos importados y putas rubias carísimas, tampoco entenderías que me muero por verla otra vez, y que le perdono que se haya ido como se fue, no, no entenderías que la abrace y le jure cuánto te extrañé Mirta querida, cuánto en vos pensé antes de verte esa primera vez, porque te había visto antes de nacer y de que existiera la primera célula viva, y encontrarte fue un milagro al final impenetrable.

Despertó mientras el tren se detenía en la pequeña estación. Bajó al andén como un sonámbulo y atravesó el hall oscurecido hacia afuera. No preguntaría por la calle Garibaldi. Esa pregunta serviría como indicio si algo malo sucedía.

Anduvo por largas calles muertas hasta que apareció la plaza. Grupitos de jubilados de espaldas encorvadas y de chicas de colegio cruzaban los senderos de grava hacia la avenida de tránsito escaso. Era mediodía y el cielo se volvía más plomizo y más inquieto.
Coria bordeó la plaza y se encaminó hacia una diagonal arbolada. La calle Garibaldi. Miró la numeración en el cartel clavado en un poste de alumbrado: faltaban dos cuadras para llegar a la casa señalada por la mujer del llamado.

La voz del sueño penetraba en la vigilia que pretendía adormecer el clima agónicamente aldeano, la sospecha que detrás de los postigos despintados y herméticamente cerrados de casas vetustas y balcones de hierro oxidado lo vigilaban ojos que guardaban secretos malignos.

¿Te acordás lo que me contaste la última noche de ese marinero español? No te gustaban los marineros, decías, saltan de los barcos como bestias de una jaula. Pero ese te pagó más de lo acordado y te regaló la lámina de la virgen negra. Esa virgen negra, para vos hermosísima, que según el marinero protegía a su propietario de todos los males del mundo. Mirá vos, dije, más celoso que incrédulo, y vos ni te molestaste en contestarme.
La casa era chata y el frente había sido decorado por gruesos chorros de moho que se habían comido impiadosamente la pintura a la cal. Alguien había cerrado con candado la puerta y la única persiana.

Miró a ambos lados de la calle, paisaje despejado, y, sigiloso como un gato, entró al patio delantero, desolado, y se desvió por un pasillo lateral techado que terminaba en un patio vacío a cielo abierto. En una soga colgaban unas pocas prendas íntimas de mujer. No había más.
Acercó la cara al vidrio de la puerta apenas entreabierta de la cocina. Sacó el 22 del interior de la campera, empujó la puerta suavemente y entró. La cocina se veía limpia y ordenada.

La voz del hombre sonó cercana y como un tajo en un vidrio:
–No lloren, mierdas. ¿O creían que iban a joder a la gente de Arrecifes?
Coria se apoyó en una pared azulejada mientras el pecho se le hundía oprimido por un puño de fuego.
–Que sean pareja –habló nuevamente el hombre– no les importa. Les importa que se fueron como si no les hubieran pagado.
De la cocina pasó al pasillo que olía a tabaco y humedad. Se pegó a la pared más sombreada y midió el impacto de cada pisada hacia la mancha de luz grisácea que salpicaba la pared frente a la puerta abierta de la habitación donde hablaba el hombre.
–Nadie paga por beneficencia, menos ellos –dijo el hombre–. A joderse, y ni un grito porque las quemo. Se visten y nos vamos.

Lento, Coria avanzó. Cuando iba a pisar la mancha de luz grisácea respiró hondo y se plantó frente a la puerta abierta. El hombre de saco negro lo vio enseguida, se metió la mano en un bolsillo, Coria disparó y el otro se derrumbó como un fantasma de polvo. Los gritos de las mujeres lo petrificaron, tardó unos segundos en reaccionar y entró a la habitación con el 22 listo para disparar por segunda vez. No era necesario. Les hizo señas a las mujeres de que se callaran. Ellas obedecieron. El hombre yacía con los ojos cristalizados mirando un vacío más allá del techo y un orificio de sangre le burbujeaba sobre una ceja. Mirta, desnuda, se sentó en la cama y vomitó dando vuelta la cara para que él no la viera. La otra mujer, más joven que Mirta, arrodillada a un costado de la cómoda, vestida con una enagua negra pegada a la piel húmeda, se agarraba el cuello, como si quisiera ahorcarse.

Coria se quitó los dos gruesos fajos de billetes de debajo el pulóver, y al ponerlos sobre la cómoda vio el rollo, a medio abrir, entre frascos de perfume y ceniceros llenos de ceniza y puchos quemados. Supo de qué se trataba y lo abrió. La virgen negra, de enormes ojos cándidos y tersas manos sobre el pecho, enmantada en seda celeste recorrida por hilos de oro y piedras preciosas, emergía en un cielo rojo, crepuscular, con nubes de mármol resplandeciente a sus espaldas. La virgen lo miró como a un hijo, y él como a una madre.
–Ignacio... –Mirta movía los labios como si alguien se los estirara desde adentro de la boca–. Gracias…
–¿Me la das? –le preguntó Coria agarrando enrollando la lámina.
Mirta asintió, sorprendida, mientras se limpiaba la boca con la punta de la sábana.
–Tienen que irse lo más lejos posible –dijo Coria y salió por el mismo camino, con el rollo en su mano.

Las calles le parecieron más inhóspitas. Había matado a un hombre, y un temor nuevo deformaba todo lo vivido hasta allí, un temor que le latía en alguna parte, un enemigo oculto y suficientemente poderoso como para dominarlo por el resto de sus días.
Había poca gente en el hall de la pequeña estación y no convenía mirar a nadie a la cara. El andén sólo había sido ocupado por hojas secas. Se sentó bajo el refugio y fumó mirando caer la lluvia hasta que llegó el tren. Subió al vagón, se acomodó junto a la ventanilla empañada y se sintió bruscamente viejo.

Ella quiso a alguien para hablar, alguien que la escuchara, un borrador de hombre amable, educado, totalmente distinto, por lo que fuese, a los que había conocido. Estuve ciego, estuve fuera de tu campo magnético, creyendo lo contrario, y no sospeché del círculo de brujas de hielo que nos rodeaban esperando el instante justo para devorar nuestras ruinas, todo lo que bien o mal, insensatamente, inútilmente, habíamos creado.
Cuando el tren se adentraba velozmente entre los campos desiertos y sometidos a un temporal de granizo, recién entonces, Coria se dio cuenta de que se había olvidado la lámina en el asiento del refugio del andén.