Libros: "Serendipia" o el cuerpo como archivo de la memoria tucumana
Leer Serendipia (Llevo atravesado un cuerpo) en estos tiempos actuales, cuando se cumplen cincuenta años del último golpe cívico militar argentino, es escuchar una respiración antigua que vuelve desde el fondo del cuerpo social. No me refiero a una voz nostálgica, sino a una que insiste, que raspa y que duele. Una voz que no acepta la clausura de la historia ni el silencio como destino.
En la novela de Eliana Costilla, el cuerpo femenino aparece como un archivo herido donde se inscriben la infancia, la violencia estatal, la genealogía familiar y el paisaje social de Tucumán. No hay aquí un lirismo ornamental: hay una poética de la memoria.
La autora y su territorio
Costilla pertenece a una generación de escritoras tucumanas que han comprendido que escribir desde el norte argentino implica hacerse cargo de una historia compleja: el cierre forzado de ingenios, la migración interna y el éxodo involuntario, la pobreza estructural, el Operativo Independencia, la represión clandestina de todo aquel que piensa distinto.
Su poesía se inscribe en una tradición que dialoga con la literatura testimonial, con la escritura feminista y con la crónica histórica provincial. Pero su gesto es singular: convierte la experiencia íntima en materia política sin perder volumen ni densidad estética o poética.
El prólogo de Serendipia funciona como una clave de lectura con diversas capas de sentido yuxtapuestas. Allí el cuerpo aparece como territorio atravesado por múltiples fuerzas: el deseo, el miedo, la maternidad, la memoria familiar, la violencia institucional.
Ese “cuerpo atravesado” no es metáfora gratuita. Es la constatación de que la historia reciente entra en la carne. Late. Que la dictadura no fue un episodio abstracto, sino una marca que se heredó en silencios, gestos y ausencias.
El prólogo anuncia una tesis: la escritura como acto de restitución. La trama como algo que puede coserse con los vestigios de las historias que nos quedan. En esta obra, el cuerpo puede leerse como archivo.
En los primeros capítulos, el cuerpo aparece como un cuerpo infantil, donde se guardan escenas domésticas; un cuerpo femenino, atravesado por mandatos y violencias; un cuerpo político, donde se inscribe la historia provincial y el devenir nacional; un cuerpo colectivo, que encarna la memoria de los otros y otras para enmendar o remedar nuestra propia historia.
Costilla escribe desde la vulnerabilidad, pero también desde la resistencia. Su lenguaje es contenido, preciso, a veces casi clínico, otras veces desbordado por imágenes que remiten al paisaje tucumano: cañaverales, parajes periféricos, patios familiares y pobreza.
En Serendipia vemos claramente a Tucumán como la herida histórica que es y que marca la primera cicatriz que dejaran los militares en el poder a partir de 1976.
Leer Serendipia sin recordar la historia tucumana sería como amputar el libro.
En 1966 el cierre de ingenios decretado por la dictadura de Juan Carlos Onganía produjo un éxodo interno devastador. Familias enteras migraron hacia los bordes urbanos, creando las villas miseria y los barrios populares que hoy conocemos. La pobreza estructural no fue un accidente: fue una política de estado.
En 1975, el Operativo Independencia inauguró en Tucumán el laboratorio represivo que luego se extendería al país. Bajo el mando de Acdel Vilas y Antonio Domingo Bussi, durante el gobierno constitucional de Estela Martínez de Perón, la provincia se llenó de centros clandestinos, desapariciones y torturas.
Ese horror no terminó en 1983. Persistió en el miedo, en el silencio, en las familias rotas.
Cuando años más tarde los juicios impulsados por Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner reabrieron las causas, muchas voces pudieron hablar por primera vez, acompañadas por la lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. También por Hijos y otros organismos de derechos humanos.
Ese proceso histórico late en el libro de Eliana Costilla. No de modo explícito, sino como respiración subterránea. Hay una poesía sutil que se lee con cierta cadencia en varios capítulos.
Madres, abuelas, hijas aparecen como portadoras de una memoria silenciosa. Mujeres que sostuvieron la vida en medio de la pobreza, el miedo y la violencia.
La poesía que atraviesa "Serendipia" trabaja con la palabra con una economía expresiva notable y meticulosa. De a ratos, crea neologismos para decir lo que de otro modo no puede ser nombrado.
Hay versos breves, imágenes cortantes, silencios estratégicos. La sintaxis evita el barroquismo y apuesta por la precisión emocional. Cada palabra parece elegida para sostener un peso.
Se advierte en la obra recursos recurrentes como la repetición de imágenes corporales; desplazamientos temporales entre infancia y adultez; irrupciones del paisaje como memoria sensorial; interpelaciones familiares que van tejiendo una trama y una historia.
El resultado es un libro donde la forma acompaña el contenido: la fragmentación del verso reproduce la fractura histórica.
Un rasgo decisivo de "Serendipia" es su genealogía femenina y valiente que interpela con su verdad de modo imperativo.
Madres, abuelas, hijas aparecen como portadoras de una memoria silenciosa. Mujeres que sostuvieron la vida en medio de la pobreza, el miedo y la violencia.
Costilla no idealiza: muestra contradicciones, fragilidades, omisiones. Pero también reconoce en esas mujeres la transmisión de la dignidad.
En ese sentido, el libro dialoga con una tradición latinoamericana de escritura femenina que entiende la memoria como acto político.
Leer "Serendipia" me obligó a volver a mi infancia signada por la dictadura y el advenimiento de la democracia.
A los relatos fragmentarios que escuchábamos sin entender. A los nombres que no se pronunciaban. A los adultos que bajaban la voz cuando hablaban de los años setenta.
La literatura de Costilla no es la crónica de una familia: es la crónica de muchas.
En cada verso sentí la presencia de quienes sobrevivieron sin poder contar, de quienes no volvieron, de quienes crecimos entre silencios que hieren.
Por eso "Serendipia" no se lee solo con la cabeza: se lee con la memoria de nuestros cuerpos.
En tiempos de relativización histórica, la poesía adquiere una función urgente frente al negacionismo. No como propaganda, sino como testimonio sensible.
Costilla escribe contra el olvido. Contra la banalización del horror. Contra la idea de que la historia puede borrarse con discursos televisivos o videítos breves de Tik Tok.