A propósito de Nuestra Tierra, película documental de Lucrecia Martel 

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    Documental Nuestra Tierra
    Afiche del documental Nuestra Tierra
CINE DOCUMENTAL

A propósito de Nuestra Tierra, película documental de Lucrecia Martel 

22 Febrero 2026

Un empresario minero y dos ex policías armados llegan a las tierras de la comunidad indígena Chuschagasta, asentada en la provincia de Tucumán, y que forma parte del pueblo también llamado diaguita-calchaquí. El objetivo de estos hombres –blancos, occidentales, cristianos, etc.– es apropiarse de esas tierras. A pesar de la afrenta que significa el desconocimiento de su presencia ancestral, a pesar de la violencia material y simbólica que constantemente se ejerce contra ella, la comunidad se predispone a defender pacíficamente sus territorios y sus formas de vida, en fin: su identidad. La paciencia de este pueblo es enorme, lo mismo que su tenacidad.

Un referente de la comunidad, Javier Chocobar, es asesinado y otros dos son heridos de gravedad. Ninguno de ellos estaba armado. Ninguna persona de la comunidad lo estaba. Corría el año 2009. Ironías de la historia, estos sucesos tienen lugar un 12 de octubre, el “día de la raza”, según la denominación que ha vuelto a regir en Argentina desde 2024, en el marco de un gobierno neocolonialista e impermeable a toda idea de “diversidad cultural”. 

En 2018, en un juicio oral, un tribunal tucumano condenó a los asesinos del referente comunero. Dos años más tarde, los perpetradores apelaron la sentencia y fueron liberados. Finalmente, en 2025, la Corte Suprema de Justicia confirmó la sentencia inicial. Sabemos que esta trama trágica es habitual en nuestro país y en Nuestra América, y que se viene reiterando desde hace más de 500 años.   

La película documental Nuestra Tierra no solo se encarga de desnaturalizar y visibilizar otro caso de infinita injusticia. No se limita al ejercicio –imprescindible– de la denuncia. La mirada de Lucrecia Martel (además de directora, coautora del guión junto a María Alché), abarca todo, traspasa una capa tras otra, busca un núcleo. Despelleja. Ilumina. Nos pone cara a cara con el colonialismo interno; con la incomodidad que estruja al conquistador (en todos sus formatos históricos) cuando un pueblo oprimido decide no abjurar de su modelo cultural; con la hipocresía de esa parte de sociedad que sigue sosteniendo que Argentina es un “crisol de razas”, cuando, en realidad, bien sabemos, es un “crisol de racismos”. 

La película despliega tanto la complicidad de las instituciones del Estado que utilizan el monopolio de la producción de títulos y documentos para favorecer a las clases dominantes, como la complicad de las instituciones de la sociedad civil que han impuesto un sentido común atravesado por la indiferencia y la impiedad. 

Sin embargo, vale aclarar, en la película no hay ningún signo que convoque al fatalismo. Si bien el tema Señor ten piedad (primer movimiento de la Misa Criolla de Ariel Ramírez, en ritmo de vidala-baguala y en la voz de Mercedes Sosa con el que inicia la película) introduce un registro conmovedor cercano a la súplica, este no deja de ser irónico. Está ahí, conjeturamos, para recordarnos que el mundo es ancho y ajeno. Por cierto, la directora nos conecta con modelos de lucha y resistencia frente al poder concentrado. Introduce la posibilidad de pensar-hacer un mundo que no sea ajeno. Vale decir que los modelos mencionados también son modelos de convivencia social y de buena vida, por lo general no reconocidos o incomprendidos por el modo hegemónico de la vida social.  

En un contexto de disolución de diversas identidades, incluida la identidad nacional, Nuestra Tierra, reintroduce en el debate político la pregunta por la nación, por el sentido de una nación, por el sentido de Argentina. Imposible olvidar que el anagrama de sentido es destino. 

Nuestra Tierra pone en evidencia que las clases dominantes locales, y sus satélites sociales, políticos, religiosos, mediáticos, etc., carecen de todo sentido de pertenencia a una comunidad nacional. El grado de subordinación de la idea de lo nacional a sus negocios, a sus propiedades y a sus intereses, ha llegado a tal punto que, esta idea, se ha diluido. Por supuesto, el proceso de extranjerización de la propiedad (en fin, de la economía y de la sociedad) ha sido funcional a este proceso de desnacionalización. La mercancía no solo hace referencia a un producto sino a un modo de estructuración social. Lo cierto es que resulta cada vez más difícil pensar una nación sobre la base de la mercancía. Por otra parte: ¿son viables los viejos proyectos fundados en apelaciones meramente retóricas a la unidad nacional?  

Por lo tanto, si la entropía burguesa se denigra como contexto apto para una nación, solo las clases subalternas y oprimidas, en especial los grupos familiarizados con valores y prácticas comunitarias, incluyendo la propiedad comunal y el desarrollo de economías no centradas en el valor de cambio, están en condiciones de construir una nación (o, ¿por qué no?, una plurinación). 

En esa comunidad indígena retratada por Lucrecia, expuesta a la agresión permanente, obligada a demostrar su existencia una y otra vez, late una argentinidad alternativa, una argentinidad crítica y sensible, una argentinidad comprendida por fuera de toda fórmula telúrica, idealista. Ambientes similares, en donde se pueden hallar retazos de un espíritu ajeno al orden pragmático y hedonista, donde fermentan conatos de un gramsciano “espíritu de escisión”, existen en todo el país, incluyendo las grandes ciudades y sus periferias. Nuestra Tierra es una invitación a hurgar en ellos. La película puede verse como una propuesta de refundación de la nación sobre las únicas bases sólidas que nos quedan. 

La propuesta de Lucrecia es desafiante, junto a la refundación de la nación, plantea la posibilidad misma de contar con algo aproximado a una cultura. Para conseguir ambas cosas, queda claro, habrá que cruzar nuevos límites y asumir nuevos horizontes simbólicos. La comunidad Chascha, y toda comunidad autoorganizada que se asemeje a ella en aspectos fundamentales, indígena o no, rural o urbana, tienen mucho para aportar.  

Es maravillosa la riqueza del modo de narrar de Lucrecia, la delicadeza y la contundencia de sus procedimientos. De ninguna manera su genio poético se ve disminuido por tratarse de una película documental, todo lo contrario. A la pasada, la película suma una refutación a este prejuicio, prácticamente devenido en un lugar común. Como en toda su producción, en Nuestra Tierra, la atmósfera vuelve a equivaler a una explicación, los climas son físicos, pero también metafóricos, envuelven la trama. 

Esa destreza narrativa nos permite detectar cada irrupción incontrolada de impulsos fascistoides en empresarios, periodistas, intelectuales, miembros del poder judicial o de fuerzas se seguridad. ¿Cómo no concluir, en este tiempo aciago, que el fascismo resurge periódicamente porque siempre está? 

Esa destreza narrativa pone en evidencia la teatralidad de un juicio oral y público y retrata al sistema judicial como un mundo de significaciones excluyentes, generador de escenarios idóneos para que el dominador-opresor se ficcionalice y cuente con las ventajas que le otorgan el simulacro y la efigie. De un modo original, la directora introduce el teatro en el cine. El juicio es una metáfora de la sociedad. Todo es simulación. Simulación de sabiduría (Jorge Luis Borges decía que el lenguaje puede simular la sabiduría), de honradez, de tolerancia. Lo único que se disimula es el poder y, a duras penas, el racismo y el clasismo. La destreza narrativa de Lucrecia viene a mostrarnos lo espantoso de la expresividad puesta en juego en el juicio, una expresividad que derrapa en el estereotipo. Las pocas palabras y los muchos silencios de los comuneros, los damnificados, que participan como testigos en el juicio, son la expresión de una lengua humanística supérstite.   

Asimismo, la película logra, con las palabras y las imágenes más nítidas, una penetración profunda en el alma, ya sea oscura o luminosa, de los personajes. Toda austeridad está puesta al servicio de la verdad y la belleza.  

Esa destreza narrativa ratifica el carácter humano del paisaje: el territorio como un ethos; luego, intenta comprenderlo. Actitud distante de la contemplación de un paisaje místico. 

Finalmente, la destreza narrativa de Lucrecia ayuda a que podamos detectar en una historia de vida, la historicidad de todo un pueblo; a que podamos intuir el mundo gigante y el destino colectivo que habita una biografía mínima e individual. 

Esa destreza, sirve principalmente, para reivindicar a la comunidad Chaschagasta como el principal sujeto narrante y, por consiguiente, como sujeto histórico. Un sujeto capaz de contrarrestar al capital como forma social alienada que obliga y condiciona. 

Patricio Guzmán decía que un país sin documentales es como una familia sin álbum de fotografías. Tuvimos que ver Nuestra Tierra para comprender el sentido más recóndito de esta afirmación.   

Nuestra Tierra es un producto de una gran calidad artística y de una gran calidad ético-política (¿acaso son escindibles?). Lucrecia, referente cultural insoslayable de este país, sigue fiel a su compromiso de no producir adornos para los ricos; a través de este documental, creemos que esa propuesta se hace extensiva a la producción de una nación. 

La obra íntegra de Lucrecia Martel, inteligente y respetuosa, sin un ápice de arrogancia; lúcida, humana y crítica, tiene además el extraño mérito de rescatar a toda una generación que, política e intelectualmente, ha sido poco fecunda: la nuestra. Es una obra redentora. También por eso es formidable. Nuestra gratitud es inmensa.