Visita mensual
Norma, perfumada y envuelta en un aire liviano al que ayuda el vestido azul con lunares rojos, que estrena esa noche, abre la puerta del departamento de cuatro ambientes en un sexto piso frente al parque grande y profusamente iluminado.
Berio entra con la cabeza gacha y los hombros cargados, como si estuviese ahí exclusivamente para disculparse. Pero, ¿ante quién debería hacerlo? Algunas veces sentía que él era culpable de la enfermedad del chico, aunque luego de intermitentes horas de tortura mental, obtenía algo de calma cuando concluía en que nadie tenía la culpa.
Norma cierra la puerta. El saludo consiste en apenas un movimiento recíproco de cabezas y una breve gestualidad de las caras reconociendo la ardua tarea de verse la una a la otra. El murmullo de la ciudad entra por la ventana semiabierta como la respiración de un gigante fatigado.
Era una enfermedad de nacimiento, una sentencia a cadena perpetua dictada por el destino. Las cosas, solía creer Berio en los últimos tiempos, ocurren de maneras inesperadas y crueles. Aceptarlas o no era una lucha diaria que la rutina de la vida obligaba, también, a interrumpir u olvidar. No hubiera sido mejor que… No, ya Berio no lo pensaba porque pensar eso le hacía sentir más culpa.
Norma enciende un cigarrillo y Berio se sienta en el almohadón del medio del sillón largo. La luz turbia de la pantalla con pie de bronce al costado del sillón ilumina el living largo donde no hay nada que no reluzca de limpieza.
–¿Cómo está? –pregunta Berio.
–Bien –responde Norma sentándose en un extremo de la mesa, mirándose las uñas pintadas de negro brillante–. Como siempre.
–¿Come más?
–Sí.
Berio se frota las manos húmedas y luego se anima a decir:
–Quería llevármelo por un rato. A caminar por el parque.
Norma, fastidiada, deja de mirarse las uñas.
–¿Cuántas veces lo hablamos? No sería bueno para él. ¿Vos escuchaste al doctor Toranzo?
–Sí, lo escuché. Pero vengo una vez al mes. Cumplo con mis obligaciones. No sé por qué me hacés esto, Norma.
–A vos no te hago nada –Norma levanta el tono–. La que lo cuida soy yo y si Toranzo dice que por ahora es mejor que no salga, el chico no sale. Tema terminado.
Desde la habitación los sobresaltan los gritos del chico. Gritos de un chico como cualquier otro. Después intenta hablar, tal vez se queja contra un juguete o el televisor en una lengua de frases rotas y sonidos guturales.
Allí seguirá, piensa Berio, solo en su habitación por los siglos de los siglos, ajeno a todo. Saca el fajo de dinero de un bolsillo del saco sintiendo que no desea estar ni un minuto más frente a Norma. Pone el fajo junto al florero vacío en el centro de la mesa. Norma ablanda los ojos y se acaricia el cuello.
–¿Querés verlo? –pregunta embocándose otro cigarrillo entre los labios.
–Hoy no –responde Berio.
–Pretendés llevártelo a la plaza y no querés verlo. Explicame.
Berio se levanta, súbitamente aliviado.
–No tengo nada que explicar. La verdad, querés que te diga: me importan un carajo vos y él. Vengo porque te emperraste en que querés la plata en efectivo y no por una transferencia. Podría mandarte al cadete, pero prefiero venir yo. ¿Por qué? Ni yo lo sé. O sí lo sé, y más que un pensamiento es un forúnculo que me está matando. ¿Para verlo a él? ¿Qué voy a ver, un pobre imbécil en pijama con la cara sucia de chocolate? Se acabó. No me interesan más, ni vos ni él ni Toranzo. Y no te lo pensaba decir, pero creo es una buena oportunidad: Estoy en pareja, y me siento bien. La empresa, a pesar del país, funciona, los últimos chequeos me dieron bien. No me puedo quejar. ¿Quién no tiene un capítulo negro en su vida?
Norma, que no perdió la sonrisa irónica en ningún momento, coloca el cigarrillo sin encender en la ranura del cenicero de cristal repleto de colillas.
Berio se encamina hacia la puerta.
Entonces sucede.
–Alguien quiere verte –dice Norma levantándose de la silla.
–¿Sos o te hacés? Te dije que no quiero verlo, ni a él ni a vos, nunca más.
–No se trata de tu hijo. Él ni sabe que existís.
–Si es un novio, te felicito. Estoy con poco tiempo para sociales.
Norma habla hacia el pasillo de las habitaciones.
–Vení.
La mujer, descalza y despeinada, aparece como hecha de un aire difuso de lentitud y sombra. Lo primero que le impresiona a Berio son sus manos flojas bamboleándose como piezas independientes de ella misma, lo segundo es que, a pesar de las ojeras violáceas, los ojos no tan negros, las patas de gallo como cicatrices, los pómulos bastante flácidos y el labio inferior que cuelga perezoso de la boca como un gajo de carne, su cara es la de Norma. Una Norma más vieja y por lo tanto más arrugada, levemente encorvada, vestida con la ropa, una blusa blanca deslucida y unos pantalones beige, de Norma.
–¿Te la presento? –le dice Norma a Berio, enmudecido.
La mujer da unos pasos y se estanca con los brazos pegados al cuerpo. Las dos ríen al unísono mientras Berio fracasa una y otra vez probando girar el picaporte, que se agarrotó a la cerradura como en una trampa.
–Voy a romper esta puerta a patadas –grita Berio.
–No me gustan los escándalos –dice Norma.
–A mí tampoco –dice la mujer.
–¿Pueden abrirme entonces? –se enerva Berio.
La mujer agarra el cigarrillo del cenicero. Norma se lo enciende. La mujer aspira profundamente el humo y lo expira, con placer, por las fosas nasales. Berio empieza a pegarle patadas a la puerta. Ellas lo observan durante unos instantes meneando sus cabezas. Luego la mujer toma a Berio de los hombros y lo empuja, con una fuerza impensable, al piso, lejos de la puerta.
Norma desengancha la cartera del perchero adosado a la pared, toma el fajo de dinero de la mesa,
–Chau, idiota –le dice a Berio, abre la puerta y la cierra suavemente.
Berio se levanta y enfrenta a la mujer, guardiana de la puerta.
–¿No querés tomar algo fresco? –pregunta ella, la misma sonrisa irónica de Norma, aunque de dientes deformados y amarillos.
Berio le pega en la cara. Una, dos, tres veces. Las cejas, la nariz y la boca de la mujer sangran, pero ella permanece impávida. Los golpes no consiguieron moverla ni provocarle un mínimo sonido.
–¿No querés tomar algo fresco? –insiste ella, la sonrisa intacta, relamiéndose la sangre con la lengua.
Berio se sube al sillón, dispuesto a lanzarse al vacío, pero no llega a tocar el borde de la ventana. La mujer vuelve a tomarlo de los hombros y lo clava de rodillas contra el parqué. Berio le muerde en un muslo. La mujer no siente en absoluto la mordida y casi a desgano resiste la fuerza que Berio hace para levantarse.
El llanto del chico rebota contra las paredes del living como un pájaro en llamas que no encuentra la salida de la jaula.
–Somos una familia hermosa, ¿no? –dice la voz áspera, la voz de Norma pero con un tono amigable, mientras Berio, rendido, apoya su cara sudada contra las rodillas de ella–. Vamos a comprar un perro lanudo que no ladre, y si ladra yo le enseño a no ladrar, y una cama nueva, con dosel y sábanas de seda, con cuatro almohadas, dos para cada uno, y un colchón blando.
Por la ventana semiabierta fluyen rodajas de bocinas nerviosas, carburadores gastados y sirenas distantes, que se mezclan a los graznidos del pájaro en llamas.
–Tengo gaseosa, agua mineral. Y, si querés, vodka. A mí me gusta helado. ¿A vos?
Berio, inmóvil, llora, se tapa los oídos, no soporta más el llanto del chico.
–Vamos, querido –dice ella acariciándole la nuca con las uñas de una garra febril–, vamos a calmar a nuestro nene.