Fundación Eva Perón: las células mínimas y la sagrada misión de las trabajadoras sociales
La génesis de la Fundación Eva Perón, el 19 de junio de 1948, marcó un quiebre luminoso en la historia de la asistencia pública argentina. Hasta aquel instante, la Sociedad de Beneficencia —institución que nucleaba a la élite porteña desde el siglo XIX— ejercía un control social sustentado en mecanismos de tutela moral y una caridad que humillaba. En aquel sistema, el desamparado no era un sujeto, sino un objeto de limosna; la ayuda era una concesión graciosa, jamás el reconocimiento de una dignidad inalienable.
Eva Perón, con la amorosidad de quien comprende el alma del pueblo, desplazó a la oligarquía y desmanteló el sistema de subordinación que imponía la filantropía. Su gestión sustituyó la caridad por la Justicia Social, transformando al asistido en un sujeto de derecho, un ciudadano portador de demandas legítimas y sagradas.
La arquitectura de la inteligencia territorial: las células mínimas
Para lograr este objetivo, la Fundación Eva Perón planificó un despliegue territorial grande y ambicioso. El despliegue fue un movimiento que fue casa por casa, con una observación aguda donde se interiorizaron profundamente en la realidad de las familias, detectando la necesidad de agua potable, cloacas, escuelas cercanas y un sistema de salud robusto; atacando de raíz la pobreza estructural en lugar de ofrecer las dádivas propias de la antigua beneficencia. Fue una intervención profunda para que cada ciudadano encontrara soluciones reales a sus requerimientos, garantizando educación para sus hijos y confirmando la existencia de un Estado presente.
Las células mínimas fueron unidades operativas de diagnóstico y respuesta, integradas por trabajadoras sociales, asistentes y visitadoras sociales. Estas mujeres, formadas con una visión técnica que superaba el voluntarismo tradicional, eran quienes palpaban el latido de la realidad. Su misión era la "cuadriculación de la sociedad" (como señala Alfredo Carballeda en su análisis sobre la disciplina del Trabajo Social): debían marcar bordes y límites para que el Estado pudiera llegar con amorosidad y exactitud donde la necesidad apremiaba.
La metodología de trabajo era minuciosa y humana:
• Primero, el relevamiento: La trabajadora social no esperaba la demanda, sino que salía al encuentro del ciudadano, realizando visitas domiciliarias para comprender profundamente las condiciones reales de vida.
• Posteriormente, se realizaba un diagnóstico integral: No se trataba solo de cubrir carencias materiales; se evaluaba con esmero la situación sanitaria, habitacional y educativa del grupo familiar.
• Después, se sistematizaba la información: Los datos recolectados en territorio fluían hacia la sede central de la FEP (Avenida Paseo Colón 850), permitiendo una planificación centralizada basada en información veraz y no en meras estimaciones.
La génesis institucional del peronismo aportó la "reconquista de lo social" como una bandera irrenunciable, bajo la premisa de que donde hay una necesidad nace un derecho. Las trabajadoras sociales de aquel entonces eran conscientes de que cada legajo completado y cada visita realizada era un ladrillo en la construcción de una nueva subjetividad nacional. No estaban solo distribuyendo bienes; estaban tejiendo la infraestructura de una soberanía que permitía, por primera vez, que los hospitales, las escuelas y los Hogares-Escuela se levantaran con una lógica de acceso universal.
La respuesta del privilegio
El impacto de este despliegue fue tal que el odio de la oligarquía no se hizo esperar. No fue una reacción casual; la puesta en jaque de sus privilegios históricos generó una resistencia visceral. Aquellos sectores que habían usufructuado el control de la asistencia se sintieron desplazados ante un Estado que ya no pedía permiso para intervenir en la realidad social.
Aquel odio acumulado, que veía en la profesionalización de la asistencia una afrenta a su orden natural, es el que terminaría estallando en el golpe de 1955. La ferocidad con la que se intentó liquidar la Fundación y borrar su rastro técnico y humano, confirma que el peronismo no solo había transformado la vida cotidiana de los humildes, sino que había instalado una estructura de justicia social que la oligarquía, sencillamente, no pudo tolerar.
Laura Osorio es profesora de literatura.