Mujeres, consensos y cosas peligrosas
Acto 1: en una escuela confesional de la Ciudad autónoma, se deben elegir delegados de curso: un varón y una mujer, es la regla sine qua non -vestigios de un diluvio-, incluso cuando los varones no estén interesados en participar o bien, solamente sean votadas las mujeres.
Acto 2: La periodista Julia Mengolini es atacada, a diestra y siniestra, por participar de un encuentro de diálogo en la presentación de un libro, cuyo autor no corresponde a sus ideas políticas.
¿Cuáles y cómo son los espacios de participación política de las mujeres en la actualidad? ¿Su participación está supeditada a la presencia masculina, que vendría a valorizar el accionar femenino?
Cuando George Lakoff, lingüista estadounidense, publica su libro sobre lingüística cognitiva, presenta “el dyrbal, que tiene una categoría, balan, que efectivamente incluye a las mujeres, al fuego y a las cosas peligrosas” con el objetivo de reflexionar acerca de la categorización, es decir, la forma en que observamos/organizamos nuestra percepción, pensamientos, acciones y habla.
Resulta necesario preguntarse, por ejemplo, cuál será la categorización de lo político: ¿Estarán incluidas palabras o ideas como lo femenino? ¿O debemos pensar en una subcategorización como malos ejemplos, en términos del lingüista, de lo político?
En septiembre de 1947, se promulgó la ley del voto femenino y aún hoy pareciera que hay que esclarecer a qué se refiere cuando se enuncia que “Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos”. Todavía hoy se le pide explicaciones a una mujer de por qué participó en cierto evento, por qué “se vendió” ... Mengolini, en una entrevista posterior, comentó que se trató de una charla de “consensos mínimos, consensos democráticos, consensos desde un lugar humanista”, como si el diálogo inter partidos, como si tratar de construir - incluso desde la diferencia - no fuese una práctica democrática.
Ivonne Bordelois en su artículo “Violencia y lenguaje” ya se ocupaba de pensar acerca de qué podemos hacer con el lenguaje, con su capacidad misteriosa y fecunda; y a partir de esto, postula una propuesta poderosísima, el “don de escuchar lenguas”, de reflexionar sobre ellas.
Cuán poderoso este proyecto, cuán necesario para repensar, sobre todo, nuestra praxis en estos tiempos de frágil democracia, ya que es lo político lo que refuerza lo lingüístico.
Más adelante, en su ensayo El país que nos habla, citando al mexicano Carlos Fuentes, expresa: “Hay que salir del discurso de la identidad para entrar en el de la diversidad”. Menuda tarea la de escuchar y abrazar lo diferente, de darle asilo a aquello que no se comparte, pero que se entiende como necesario para construir nuevos discursos y nuevas formas de habitar el espacio político.
Lejos parece haber quedado el incansable trabajo de tantísimas mujeres, protagonistas en la construcción de nuestro país y en la defensa de derechos, en la tarea de dar voz a las necesidades de los indefensos…
“¡Pido la palabra!”, exclamó Delia Parodi en 1952, cuando hiciera su primera intervención en la Cámara de diputados… pedir la palabra, dar la palabra. ¿Qué es aquello que se pide y que se ofrece? Hay quienes piensan que la lengua es un mero instrumento, eso que se usa para hablar, como comunicarse. La PALABRA -así con mayúsculas- es lo que nos constituye, es lo heredado, pero también lo que le imprimimos con nuestra experiencia. Es abstracción, pero también cuerpo.
Cuando se pide la palabra, no sólo se trata de la expresión que señala que alguien quiere hablar o que pide permiso, sino que también -y sobre todo en el caso de esta diputada- es la palabra que comprendió las carencias de las trabajadoras de su tiempo, es la palabra que acogió las causas de los necesitados, es la palabra que/de quien fue atravesada por luchas y esfuerzos personales.
Acto 3: desde las mujeres que hicieron posible la participación en espacios democráticos hasta una alumna en alguna escuela o una periodista perseguida, mucho ha ocurrido -avances y retrocesos-, sin embargo, es la palabra la que permite construir nuevos horizontes donde la violencia deje de ser la forma y el contenido privilegiado, donde verdaderamente haya espacios en los que se erija la igualdad.
Ya Lakoff planteaba que “la comprensión de cómo categorizamos es central para entender cómo pensamos y cómo funcionamos; para entender qué es lo que nos hace humanos”. El dyrbal pareciera haber dado en el clavo de cómo se cimentó y se transmitió, incluso en esta parte del mundo, el lugar de las mujeres en la sociedad, más bien, el lugar que le fue asignado a la mujer en la sociedad.
Será misión de los que construyen -construimos- la democracia, custodiar, conservar, defender la preeminencia de la empatía por sobre la desidia, la preeminencia del diálogo por sobre el grito. Renovar la palabra.
Es preferible, antes que sucumbir al desánimo, recordar el enunciado de Delia Degliuomini de Parodi: “Lo revolucionario vive el presente y el porvenir”, que, en este orden disparatado de cosas, sería como decir: escuchemos atentamente el presente, las voces de nuestro presente y construyamos un futuro de respeto a lo diverso.