Debates geopolíticos en el peronismo: “América para los Pueblos de América”
La transformación del orden internacional vuelve a plantear para la Argentina una pregunta que atraviesa su propia historia: qué lugar pretende ocupar en el mundo y desde qué proyecto nacional quiere relacionarse con él. La controversia tiene antecedentes: “América para los americanos”, históricamente asociada a la Doctrina Monroe, y “América para la humanidad”, formulada décadas después por Roque Sáenz Peña, expresaban distintas concepciones sobre el continente y la relación de sus naciones con el mundo. Recuperar aquella controversia permite pensarla desde las condiciones de nuestro tiempo.
La Argentina se incorporó tempranamente a la división internacional del trabajo como productora de alimentos y materias primas, mientras importaba buena parte de los bienes manufacturados y del capital necesarios para su funcionamiento. Aquella inserción generó crecimiento, exportaciones e infraestructura, pero consolidó un entramado productivo vinculado a las necesidades de los centros industriales. Cambiar el destino de nuestras materias primas puede modificar nuestros principales socios comerciales, pero no transforma sustancialmente el lugar que ocupamos dentro de la organización internacional de la producción.
La insubordinación comienza cuando la Nación asume la responsabilidad de construir su propio proyecto y procura definir por sí misma el lugar que pretende ocupar en el mundo. Para la Argentina, esa decisión exige una industrialización capaz de articular sus recursos naturales con el trabajo de los argentinos. Incorporar conocimiento y tecnología a la producción permite desarrollar cadenas de valor, construir una economía más compleja, acumular capital y multiplicar las posibilidades de trabajo y realización de la comunidad.
El propio crecimiento genera nuevas demandas de energía, infraestructura, tecnología y bienes de capital. La cuestión energética constituye un ejemplo histórico: durante la industrialización peronista, la creciente demanda de petróleo obligaba a destinar divisas a importar combustibles. Perón procuró ampliar la producción nacional y consideró incorporar capital y capacidad productiva externos, conservando la propiedad nacional del recurso. El problema trascendía al petróleo: qué capacidades necesitaba el desarrollo, cómo incorporarlas y quién conservaba la capacidad de decisión sobre ellas.
La soberanía supone capacidad de decisión y necesita una base material que permita sostenerla. Las capacidades productivas, energéticas, científicas, tecnológicas, financieras y estratégicas conforman una densidad nacional que amplía los márgenes de autonomía. El desarrollo constituye así una condición de la soberanía; el interés nacional, el criterio ordenador de nuestra relación con el mundo.
Ese criterio adquiere particular importancia ante la transformación del orden internacional. Las principales potencias utilizan políticas industriales, comerciales y tecnológicas para fortalecer actividades estratégicas y orientar inversiones. La globalización, durante décadas asociada a la búsqueda de menores costos y la dispersión de las cadenas productivas, comienza a convivir con una competencia creciente por la localización de la producción. La disputa por dónde se produce define también dónde se realiza el trabajo: allí se invierte, se incorpora tecnología, se acumula conocimiento y se construyen capacidades productivas.
La inserción internacional inteligente parte de definir qué país pretendemos construir y, en función de eso, determinar con quién, para qué y bajo qué condiciones debemos relacionarnos. Los principales centros de poder mundial poseen sus propios intereses; la Argentina debe reconocer los suyos y aprovechar las coincidencias que contribuyan a su desarrollo. Una Argentina industrializada, tecnológicamente capaz y energéticamente sólida puede incorporar capital, tecnología e inversiones y organizar sus relaciones comerciales en función de sus objetivos nacionales, ampliando sus capacidades para relacionarse con el mundo desde una posición de creciente autonomía.
La etapa histórica del continentalismo constituye una escala superior de organización. Perón la concebía como un proceso progresivo de integración entre naciones soberanas y una transición hacia una futura organización universal. Desde la propuesta del ABC hasta el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, esa integración debía construirse entre naciones capaces de decidir su propio destino. Ningún país puede realizarse plenamente en un continente que no se realiza.
Es allí donde la hora de los pueblos adquiere un sentido concreto. Los pueblos americanos pueden construir una comunidad continental articulando capacidades e intereses alrededor de objetivos compartidos para ampliar sus posibilidades de producción, trabajo, desarrollo y cooperación, sin sustituir la soberanía nacional por nuevas formas de subordinación. El continentalismo adquiere sentido cuando fortalece a las naciones que lo integran y los intereses comunes son construidos por sus pueblos.
La historia planteó alguna vez la disyuntiva entre “América para los americanos” y “América para la humanidad”. Las transformaciones de nuestro tiempo permiten volver sobre aquella controversia: una América abierta al mundo, pero capaz de pensar desde sí misma; integrada, pero construida desde la soberanía de sus naciones; consciente de sus intereses comunes, pero respetuosa de la capacidad de decisión de cada uno de sus pueblos. Ni América subordinada a una potencia continental, ni América reducida al lugar que otros le asignen en el orden internacional: América para los pueblos de América.