Cómo los debates históricos libran los combates del mañana
Días atrás, sin esperar que el día de la tradición nos convoque a ello, leímos con un ayudante de la cátedra que dirijo —Historia del Periodismo Argentino en la FPyCS, UNLP— a José Hernández.
Entre las pausas de lectura, debidas ya sea a los signos ortográficos del texto, ya sea a los profundos y meditativos sorbos de mate, me encargué de marcar algunas cuestiones de contexto histórico al buen Nicolás Carrizo (que así se llama este joven ayudante).
Mientras Nico, con quien mantenemos lecturas en común —dada mi ceguera— y desacuerdos también comunes —dada nuestra ciega pasión por equipos de fútbol que son clásicos rivales—. Reitero, mientras él reproducía mediante su voz las palabras e ideas del pensador nacional que este 10 de noviembre cumplirá 140 años desde su natalicio, yo, entre admirado, indignado y algo nostálgico quizá, no podía dejar de pensar en la intemporalidad de la prosa hernandiana, aunque nuestros especialistas suelan concederle únicamente el calificativo de “sempiterno” a su poesía, más específicamente a su poema, el Martín Fierro —cuya primera parte se publicó en diciembre de 1872—.
Precisamente este aspecto marginado del pensador nacional —su prosa periodística, polémica y combativa— es sobre el cual este artículo pretende llamar la atención en esta oportunidad. Sin embargo, su pretensión no es exhumar un pasado laudatorio frente a un presente derrotista. En el fondo intuye que si el legado polemista de Hernández quedó relegado ante la sombra terrible de Sarmiento —considerado padre del ensayismo político nacional— no se debe ni por asomo a la falta de calidad y agudeza del bonaerense, que más abajo el lector tendrá oportunidad de juzgar sino indudables como nosotros, al menos excelentes. Mucho menos a la falta de actualidad. Los actores son otros pero el debate sigue siendo el mismo. El motivo principal de este olvido se debe a que en nuestros tiempos, dentro del campo nacional la práctica misma del debate público se ha perdido o confundido maliciosamente con “bancar” una posición determinada hasta el límite de las últimas consecuencias, es decir, hasta la obsecuencia.
Nosotros, que nos pretendemos pequeños eslabones de la tradición nacional —en las antípodas del tradicionalismo conservador— en la estela monumental de José Hernández, abandonamos hace muchos años una de las pocas herramientas sino la única según Don Jauretche, de participación en la arena política: el debate público que se lleva a cabo desde y en los medios de comunicación. La tecnología ha avanzado como languidecido los grandes temas a debatir. Todo pareciera parte de una gran conversación sin principio ni fin que se sostiene mientras sea rentable y hasta que deje de serlo (la tan mentada agenda cuyos temas si no los escribe, los impone la mano invisible del mercado). Pero vayamos al grano que fue semilla de esta reflexión.
Corría septiembre de 1875 y un reposado José Hernández tomaba la pluma para contestarle al más temible polemista de nuestra historia moderna —al menos desde el gauchipolítico Padre Castañeda—. Nos referimos al antes nombrado, Domingo Faustino Sarmiento. La pluma azote del sanjuanino recientemente había publicado una nota en el diario La Tribuna, dirigido por los hermanos Varela, escrito cuya intención apenas oculta era perjudicar a su colega y rival intelectual en los senderos a recorrer para una nación posible.
Hernández, en un estilo que prefigura nuestras más grandes investigaciones periodísticas, trajo a colación una serie de antecedentes que consideró útiles para grabar una imagen fiel del momento en el que conoció a su enardecido libelista: “hace aproximadamente quince años, tuvo lugar en Santa Fe una Convención Nacional para considerar las reformas que Buenos Aires presentaba a la Constitución. Ocupábamos en ella el puesto de taquígrafo. En la fila derecha, en el primer asiento, se encontraba un convencional que se revolvía agitándose continuamente en la silla. Miraba a todas partes como un desaforado, manifestando en todos sus movimientos una agitación, y algo de un malestar que no le permitía permanecer tranquilo.” Nótese cómo en unas cuántas líneas, la maestría del hombre de prensa establece perfectamente los contrastes entre él y su misterioso interlocutor, tanto mediante sus roles (taquígrafo/convencional) como el ánimo (sosiego/estado nervioso). A continuación, el relato prosigue de esta manera: De pronto hace un movimiento rápido, y se saca un botín, a pocos minutos el otro, coloca los pies cubiertos sólo con las medias sobre aquellos zapatos que tanto le habían mortificado, y respirando fuertemente como quien se libra de una gran incomodidad, permanece muy tranquilo, como en el retiro de su casa, delante de la respetable Asamblea”. El gesto algo vulgar y desenfadado para aquel lector aún no acostumbrado a la obscenidad de los políticos que manejan las Instituciones Públicas como si fueran la privacidad de su hogar, se acompaña de una revelación final: “ese hombre era el Sr. Sarmiento, y ése fue el día y las circunstancias en que lo conocí, bajo la impresión que cada uno de los lectores puede calcular que produciría en el observador aquel hecho de intimidad y confianza con la Convención y con el público”.
Tras plasmar esta imagen de su contendiente, Hernández pasa revista cómo a partir de aquel hecho, comenzó una persecución política incesante hacia su persona y no por haber sido un observador involuntario de aquel descalce político —incapaz de mantener las botas puestas ante una situación de la que dependen los destinos de la nación, a raíz de su personalidad nerviosa e inquieta—. No, la persecución a José Hernández residió por el contrario, en la agudeza de sus intervenciones periodísticas. Sarmiento, quien pese a tener los puños cargados de verdades, descargaba tergiversaciones en el papel, acusó a Hernández de utilizar “un tono agresivo” en su folleto “La vida del Chacho” (¡sí lector!, el mismísimo Sarmiento).
Hernández en la nota que venimos comentando, aceptó la crítica aunque con las rectificaciones correspondientes a las deformaciones románticas y semánticas del sanjuanino. Aclaró que dicho tono formaba parte de un suelto de la prensa y no de la introducción de su famosa investigación periodística, tal como Sarmiento buscó atribuirle para desacreditarla. El poeta gaucho le replicó además: “otra falsedad es que el artículo tenga mi nombre y apellido al pie; mío es, en verdad, pero el Sr. Sarmiento al reproducirlo ha suplido con su buen deseo lo que al artículo le faltaba, y donde encontró dos iniciales, ha puesto todo un nombre”. A continuación, el tono del autor del Martín Fierro adquiría nuevamente gravedad con esta aserción: “acostumbrado a aceptar la responsabilidad de mis actos, jamás busco tangentes para escapar a ella, pero bueno es también que se conozca la verdad”.
Hernández, siempre reposado, siempre calmo como la pampa donde creció, en el desarrollo de todos aquellos ataques injustificados, no se quejó ni consideró que debía defenderse, en cuanto su escrito no hacía homenaje a ningún poder más que al de la verdad. En el artículo de marras tampoco se detuvo mucho en las imprecaciones hacia su persona.
Eran otros los vientos que soplaban. Ya habían quedado atrás las épocas donde todo se dirimía de manera violenta, fuera por las armas o la pluma. Así se lo hizo saber a sus lectores como aquellos tiempos eran cosa del pasado: “ya no habrá más hecatombes sangrientas a nombre de la libertad. Esos tiempos no volverán, porque no volverán las pasiones que los agitaron, ni los hombres que los produjeron.”. Ante las acusaciones sobre su pasado “tono violento”, invirtió los términos al resaltar lo anacrónico y contracorriente de los hombres que se servían de una pluma arrebatada para obtener sus fines mezquinos. “De esos hombres, uno de los últimos es el Sr. Sarmiento, que siente que se va, y al despedirse quiere hacer a la generación actual heredera de los odios que han agitado su vida, que son ingénitos a su naturaleza, y de que no puede ni quiere desprenderse. Ya no hay Benavídez, ni Virasoros, ni Peñalozas que asesinar; ya no hay por consiguiente asesinos que condenar”. Esta última oración, que puede sonar como una resignación de Hernández a sus antiguas luchas, en realidad expuso la ridiculez del ex mandatario, quien ya sin enemigos reales, arremetía contra los imaginarios, pues desde siempre había sido su única forma de mantenerse a flote en la cosa pública.
Con brillante réplica, Hernández, proseguía: “por violento que haya sido el tono de mis escritos en la prensa periódica en los momentos terribles de la lucha, ni lágrimas, ni sangre se han derramado por mi culpa, y ni viudas, ni huérfanos, han de maldecirme”. Frente a esa puñalada inesperada, pues provenía tras una oración en la que aparentaba darle la razón a su rival, con maestría en el arte de la esgrima de quien manejaba la pluma como el facón, le interrogaba retóricamente: “y ud. señor Sarmiento, ¿podría decir lo mismo? El país entero sabe que no”.
Ante las acusaciones del ex presidente sobre la presunta búsqueda de amparo político por parte del poeta bajo la administración de Nicolás Avellaneda (1874-1880), en un antecedente de los escraches, Hernández se defendió de aquel encono con una contundencia digna de encomio mediante el siguiente contrapunto: “No ocupo puesto público alguno, aunque dice que ocupo varios; y en cambio vd., desde hace 23 años que pisó el Río de la Plata, no ha trabajado en nada, viviendo siempre a costa del Presupuesto. Yo no sé dónde queda la Tesorería, y desde hace 23 años, no habrá libro de Tesorería en que no se registre el nombre del Sr. Sarmiento. Es un caro hijo de la República”. ¡Caro hijo de la República! expresión en verdad señorial cuya maliciosa ambigüedad no sólo sobrevivió invicta a los tiempos pese a su intencionado ocultamiento, sino que tranquilamente podría incluir una larga nómina de funcionarios en ejercicio.
Todo sea dicho, incluso los periodistas de La Tribuna —aunque en las antípodas de nuestra simpatía— al menos confiaban a la expresión pública el arbitrio de sus ideales e intereses en lugar de a las operetas encubiertas y opacas que caracterizan a una clase política incapaz de afrontar el costo político de sus decisiones contrarias a la mayoría de la población. Un ejemplo de nuestra afirmación, se dio cuando el diario dirigido por los hermanos Varela expresó al conocerse el asesinato del Chacho Peñaloza (1863): "Séale la tierra pesada". ¡Qué manera de condensar una vastedad de significados en tan solo cuatro palabras! La esgrima de la pluma que mencionábamos antes pocas veces se dio en condiciones de igualdad y ante los cuales el silencio no era una táctica posible.
Quizás el poderío de aquella expresión tan malévola como efectiva fue la que tuvo en mente el inteligente periodista que, en los años recientes se estaba convirtiendo en un célebre escritor cuando reconoció al diario de los Varela como: “autor de una esplosión de odio que va hasta más allá de la tumba, y el autor del abrazo de San Juan”. Este abrazo hacía referencia al que se habían dado Domingo Faustino Sarmiento y Pablo Irrazábal, el asesino del Chacho Peñaloza en dicha provincia para conmemorar aquel nefando crimen, ocurrido más de una década atrás. En tal sentido, proseguía, certero y combativo: “se juntan hoy, después de 12 años, animados de los mismos rencores, del mismo espíritu de partidismo rabioso, que quiere hundir en un hondo abismo a todos sus adversarios ¡son los apóstoles de los rencores que yacen enterrados en un pasado lleno de desolación y de tinieblas!”
Esta calaña de personajes “civilizados y civilizadores” eran los que se atribulaban ante el “tono agresivo y bárbaro”, como todo lo relacionado a lo nacional y popular. “cuando los que mataban, los que aplaudían la matanza y los que la predicaban como justicia, me llamaban a mí mazorquero, porque condenaba aquellos excesos y defendía en tantos desgraciados el derecho de vivir, yo no podía, ni debía quedarme sin retribuir el sangriento apóstrofe”. Y así, al correr de la tinta, el periodista asestó su estiletazo final: “pero los que mataron, Sr. Sarmiento, los que mataron son más culpables, cualesquiera que sean las formas en que lo hicieron, que los que condenaron a los matadores, cualesquiera que sean los términos en que escribieron”.
Evidentemente, José Hernández, creía ver en las instituciones la transición hacia una nación donde la sangre dejara de organizar sus designios. Una donde el bien común federalista se impusiera sobre los “hijos caros a la república”, más propios del antiguo unitarismo, continuación del espíritu monárquico por otros medios. Este ideario que convirtió al poeta en diputado hacia 1879 y dos años después, senador, también lo tornó una persona “no cara a la República”, por enfrentar los poderes establecidos desde los propios medios de comunicación financiados y comandados por el mismo sistema.
El artículo de Hernández sin embargo, no terminó con un punto final sino con una pregunta: ¿Sr. Sarmiento, por qué mataron? Esta pregunta que no obtuvo respuesta, señaló el final de un debate amargo en el que no se hizo justicia por el Chacho, ni se concretó la patria con la que Hernández soñó para la Argentina. No hay final feliz ni moraleja porque los debates como los combates, no tienen final ni nada que enseñar a quienes los tienen presentes al momento de enfrentar la realidad.
Es en este punto donde se hace necesario romper el mantra de la agenda que obliga a la velocidad y brevedad con el objeto de que todo se desvanezca más pronto que la burbuja sobre las que reposan las presuntas posturas políticas. Tampoco se trata de emular a Hernández, sí de reconocer que no era un “periodista del montón”, tal como lo caracterizó Tulio Halperín Donghi en un estudio donde su injusticia mayor no es hacia la figura de Hernández sino hacia la verdad de todos los argentinos, lo que nos habla de un historiador afín a los ganadores y cuya carrera —ejercida mayormente en el extranjero—, es debatir en el vacío contra enemigos imaginarios. Pese a ser un buen discípulo de Sarmiento en las ideas, no se dio el mismo caso en materia de escritura, por lo cual resulta curiosa su incursión en el campo de la crítica literaria y más al enfrentarse ante el autor del Martín Fierro. Es probable que este intelectual falaz y prohijado por la academia si los hay, al desmerecer una de nuestras mejores plumas, buscara desmerecer como sus adláteres la idea misma de patria por este intelectual, otro hijo caro de la república.
Recuperar el arte de la esgrima verbal aunque ya no esté de moda ni la pluma ni la máquina de escribir. Una academia que no sea capaz de intervenir sobre la agenda, está condenada a debatir sobre sí y para sí misma. Un periodismo que no sea capaz de confrontar con los temas establecidos a debatir, es funcional a sus finanzas antes que sus lectores. El problema no está en la falta de curiosidad ni en el hambre de conocimiento (si hay algo que sobra en este país es el hambre en todas sus acepciones). Tampoco en el menú reducido de respuestas que se le brinda a la población (bajo la falsa antinomia de que es lo que hay o la nada). El problema como siempre, está en producir por todos los medios la escasez del bien común en el campo de las ideas, de los debates y combates. De los bienes públicos ante la seducción del efímero y cada vez más inmaterial, bien privado. Recuperar el arte de la esgrima verbal. Del duelo con alto vuelo periodístico. Reformular donde Hernández escribió ¿Sr. Sarmiento por qué mataron? en ¿Señor presidente, por qué mataron y matan de hambre a la gente? Dicho de otro modo, los debates históricos no componen únicamente la historia. Libran también los combates venideros, si los duelistas del presente los tienen en consideración al actuar.