De los de 2 demonios a la doctrina de los infiltrados
El 13 de diciembre del año 1983 tres días después de la asunción del presidente Raúl Alfonsín, al calor de la esperanza naciente de una primavera democrática que suponía dejar atrás los años oscuros del genocidio neoliberal dando paso a la floreciente democracia con la que se comía, se educaba y se curaba, Alfonsín dicta el decreto 157.
En su artículo primero promueve “la persecución penal de Mario Firmenich, Fernando Vaca Narvaja, Ricardo Obregón Cano, Rodolfo Galimberti, Roberto Cirilo Perdía, Héctor Pedro Pardo, y Enrique Gorriarán Merlo por los delitos de homicidio, asociación ilícita, instigación publica a cometer delitos, apología del crimen y otros atentados contra el orden público”. Todos estos eran conducciones públicas de las organizaciones políticas/ militares cuyos orígenes se remontan a finales de los años 60 y principios de los 70 en el marco de un ciclo de dictaduras militares que cercenaban y coartaban las libertades públicas, individuales y del libre ejercicio de la política partidaria y democrática, en el caso de Ricardo Obregón Cano fue electo gobernador de la provincia de Córdoba en el año 1973 y posteriormente desplazado por un golpe institucional.
Ese mismo 13 de diciembre de 1983 Alfonsín dicta también el decreto 158 que establecía: “someter a juicio sumario ante el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas a los integrantes de las tres primeras juntas militares que gobernaron el país desde el golpe de estado del 24 de marzo de 1976”. El enjuiciamiento comprendía “los delitos de homicidios, privación ilegal de la libertad y aplicación de tormentos a detenidos entre otros que pudieran corresponder”.
Hasta aquí, datos duros de la historia reciente con la correspondiente equiparación jurídica de los delitos cometidos, fuera de esto la interpretación crítica de esta historia reciente, que significó la instauración de la teoría de los dos demonios de la que se desprenden la continuidad de esa época con la proclamación del NUNCA MAS tras el juicio a las juntas militares, promovida por algunas “personalidades” que lejos estuvieron tan siquiera de esbozar aunque sea críticas implícitas en los momentos más duros y sangrientos de esa dictadura.
Si se tratara de acercarnos un poco al rigor histórico, siempre según nuestra sesgada mirada de los hechos, podremos concluir en que ese NUNCA MAS a la vuelta del terrorismo de estado, significaba también el NUNCA MAS a cualquier intento organizado de un pueblo a revelarse contra un orden establecido, incluso ejerciendo la guerra justa si las circunstancias históricas así lo justifiquen.
La equiparación jurídica entre los genocidas y los combatientes deja explicita su equiparación política y moral que los instala aún en la actualidad como uno de los demonios.
El prologo del nunca más del año 1984 comenzaba señalando que “Durante la década de 1970 la Argentina había sido convulsionada por un terror proveniente tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda”.
En el año 2006 bajo la presidencia de Néstor Kirchner ese prologo fue reformulado refiriendo a que: “es inaceptable pretender justificar el terrorismo de estado como una suerte de juego de violencias contrapuestas, como si fuera posible buscar una simetría justificatoria en la acción de particulares frente al apartamiento de los fines propios de la nación y del estado, que son irrenunciables”.
Esta corrección significó en parte un gesto reparador que viene a cuestionar la vigencia de los dos demonios.
La continuidad de esta teoría en su espíritu y en su mensaje, hoy no se puede transpolar de manera directa y matemática al sentir mayoritario del movimiento popular, posiblemente para muchos no signifique una discusión urgente a dirimir y hasta les pueda resultar inconducente, pero la realidad indica que esta nefasta teoría ha dejado secuelas aún en algunos sectores de nuestro propio movimiento popular.
Los demonios de ese pasado reciente encuentran similitud y cierta continuidad en la actual “doctrina de los infiltrados” que esconde un claro mensaje de invalidar toda posibilidad de organización y cualificación de los métodos de lucha de nuestro pueblo y del ejercicio al legítimo derecho a su autodefensa.
Las crónicas televisivas en donde el movilero insta a los “encapuchados infiltrados” si así lo fuesen, o a los “manifestantes” si así también lo fuesen, a identificarse y por lo tanto a autoincriminarse resultan dignas de un sketch de Capusotto.
El llamamiento de los comunicadores autoproclamados opositores a Milei a atrapar in situ a los provocadores tirapiedras resulta digno de una actitud patrullera.
Para implementar su plan motosierra Milei parte de una premisa fundamental que consiste en pulverizar de una vez y para siempre al movimiento popular, como si hubiese aprendido la lección que le dejo el gobierno de Macri con las 17 toneladas de piedras en su haber.
En este sentido Milei corre una carrera contra reloj en donde el tiempo no le está jugando a su favor, no porque no haya logrado concretar muchos de sus avances, sino y fundamentalmente porque no ha logrado pulverizar a este movimiento popular.
Esto último no pretende omitir ni justificar nuestros propios límites, si pretende poner en valor nuestras propias peleas y asumir los desafíos del futuro, las victorias parciales no se pueden mensurar estrictamente en términos de los frenos que logramos imponer, y si en los costos políticos que le podremos ocasionar, en la crisis que le podremos provocar , y en nuestra capacidad a la hora de erosionar su propio relato, estamos en una etapa de retroceso a la que se le corresponde una etapa de resistencia.
La cárcel de Cristina, la persecución, la crueldad y el montaje del teatro antidisturbios, que ya forma parte de un paisaje cotidiano al que no debemos naturalizar, pretenden construir un mensaje aleccionador hacia el conjunto de nuestro pueblo.
En el marco del montaje de ese teatro los cosacos de Milei avanzan sin miramientos contra viejos y viejas, contra discapacitados, y contra quien se le cruce en la calzada, ante la respuesta de miles de pibes y pibas que, organizados o no, desafían su protocolo y no retroceden, hay algo ahí que construye esperanza, pero por sobre todo nos obliga a traducir esa esperanza en un nuevo proyecto político.
Las circunstancias históricas del pasado aportan experiencias y aprendizajes, las circunstancias históricas del futuro no se pueden predeterminar, como tampoco se puede profetizar la evolución y la dinámica en las formas organizativas de la lucha, pero si se pueden construir desde la acción política.
Las oscilaciones en el péndulo de la historia no obedecen a la ley de gravedad, obedecen a la potencia de estas luchas populares.
Por ahora, a derrotar a Milei en las calles, en las urnas y en la conciencia colectiva.
Que ningún demonio nos coma la cabeza ni se infiltre en nuestra propia conciencia. A construir una nueva democracia con la que se coma, se eduque, se cure y concrete y consagre nuevos y urgentes derechos.