La academia bienpensante y el espejo invertido del odio antiargentino

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    Gino Germani
    Gino Germani

La academia bienpensante y el espejo invertido del odio antiargentino

30 Julio 2026

Hay una mueca de cinismo colonial que recorre las redes sociales y los grandes centros de difusión global cada vez que la Argentina asoma la cabeza fuera del libreto asignado. La última moda de los algoritmos del Norte es el dedo acusador que nos tilda de "racistas". Que no hay negros en la selección de fútbol, que “bajamos de los barcos”, que somos el enclave blanco y europeo en el sur de América. Hasta ahí, nada nuevo bajo el sol: es la histórica reacción de las potencias imperialistas que inventaron el racismo científico en el siglo XIX, lo exportaron a sangre y fuego con el positivismo, y hoy pretenden darnos lecciones de moral multicultural mientras blindan sus fronteras en el Mediterráneo o sostienen guetos urbanos en sus propias metrópolis.

Lo verdaderamente alarmante, lo que exige una discusión urgente, es cómo ciertos sectores de nuestro propio andamiaje académico —revestidos de un progresismo de biblioteca y un lenguaje "descolonial" de exportación— terminan llegando, por el camino de la sofisticación teórica, a la mismísima conclusión que la derecha global.

Un ejemplo sintomático de esta matriz se encuentra en las propuestas que bajan de las aulas del Instituto Gino Germani. En seminarios, por ejemplo, como "Raza, nación y ciudadanía: la cuestión del otro", dictado por la Dra. Susana Villavicencio, se observa un despliegue minucioso de la "arqueología de los saberes" para interrogar la historia nacional. Allí, la academica bienpensante (formada, desde luego, en Francia) toma la tardía obra de Sarmiento, Conflicto y armonías de las razas en América, y sus lógicas dudas identitarias ("¿Somos europeos? Tantas caras cobrizas nos desmienten..."), no para contextualizar el drama de una periferia tironeada por los centros de poder, sino para sentar al país en el banquillo de los acusados.

Bajo el amparo conceptual del "racismo de Estado" de Foucault, estas lecturas terminan reduciendo los debates decimonónicos a una fría e inapelable "gubernamentalidad que obtura el reconocimiento de otros pueblos". Al obsesionarse con la deconstrucción de los dispositivos de control y las "técnicas de blanqueamiento", operan una abstracción peligrosa: juzgan el siglo XIX argentino arrancándolo del Sistema-Mundo. Omiten que el positivismo y la clasificación racial de las poblaciones no fueron un invento de la pampa, sino la superestructura ideológica hegemónica dictada por Londres y París para justificar la dominación económica mundializada y la división internacional del trabajo. Sarmiento y las elites locales no hacían más que importar la "alta ciencia" del centro para que la nación fuera considerada civilizada. Siguiendo los lineamientos del “iluminismo” (y como bien, paradójicamente, lo dejaba entrever Villavicencio en su ya clásico “Sarmiento y la nación cívica”) aquellos arquitectos del estado nación pos Caseros, buscaron construir una nación que rompa con la tradición hispánica y un pasado, por lo menos, complicado para justificar su “destino manifiesto”.

El daño principal de esta corriente progre no es su flojera histórica, sino su ceguera política actual, potenciada por la adopción acrítica de las modas del multiculturalismo liberal. Al fragmentar la realidad en un archipiélago de identidades hiperespecíficas, estos enfoques terminan anquilosando y desarmando la potencia de una mirada nacional y popular.

Esta ingeniería de la fragmentación, nacida en los campus norteamericanos, propone una tolerancia de vitrina donde cada minoría es catalogada, separada y congelada en su propia diferencia étnica o cultural. Es un modelo que choca de frente con el concepto político de Pueblo que forjó la tradición peronista. El peronismo nunca concibió a la sociedad como un mosaico matemático de minorías compitiendo por migajas de representatividad; el pueblo es un bloque histórico de los desposeídos unificado en torno a una contradicción fundamental: Patria o Colonia. Mientras el multiculturalismo de manual busca que el indígena o el afrodescendiente se reconozcan únicamente en su nicho identitario, el pensamiento nacional los dignifica bajo la categoría universal de Trabajadores. No se niega la identidad, sino que se la funde en una causa común contra la opresión real.

Pero nada de esto es gratis ni espontáneo. El auge de esta agenda identitaria en las universidades latinoamericanas coincide puntualmente con el millonario financiamiento de ONG internacionales y fundaciones del capitalismo global. Hay un diseño geopolítico perverso en financiar la deconstrucción de estereotipos mientras se desvía el foco de la soberanía económica, la deuda externa o la extranjerización de la tierra. Para las corporaciones, el multiculturalismo es el socio ideal del neoliberalismo: las mineras a cielo abierto y los fondos buitre celebran la diversidad cultural en sus folletos corporativos mientras saquean las riquezas de la periferia. La academia culposa, al adoptar estas agendas importadas, vuelve tabú la discusión sobre el capital para centrar la mirada en un purismo de vitrina.

De allí que confundan, con total liviandad, el "crisol de razas" criollo con el melting pot norteamericano. El modelo de EE. UU. es una ensalada de culturas yuxtapuestas donde cada grupo mantiene una etiqueta fija e inamovible (african-american, hispanic), conviviendo bajo la mirada vigilante de un poder central anglosajón. El crisol criollo, en cambio, operó de forma plebeya en los conventillos, las fábricas y las escuelas públicas como una verdadera licuadora social. No yuxtapuso identidades: las fundió para dar nacimiento al sujeto mestizo y abigarrado de la Argentina contemporánea. Al democratizar el acceso a la salud, la educación y los derechos cívicos, se dinamitó cualquier pretensión de pureza o taxonomía biológica. Nuestra identidad siempre fue inherentemente política, jurídica, cultural y, sobre todo, plebeya.

Así se cierra la pinza perfecta. La reacción internacional nos ataca desde afuera porque nos detesta soberanos; la intelectualidad progre nos socava desde adentro con seminarios culposos (y hasta en tiras “cómicas” que pretenden ser “políticamente correctas” como el aporte de @esquizomedia para Alegría Política donde traza una suerte de discurso “reaccionario” que nace en el Martín Fierro y llega a las brutalidades discursivas del presidente) ; y el multiculturalismo anglosajón financia nuestra división en mil pedazos para que perdamos la capacidad de pensarnos como una sola nación. Terminan siendo el espejo invertido de la misma mirada eurocéntrica que dicen combatir. Al final del día, para todos ellos, la Argentina real es culpable por no encajar en sus esquemas.

Frente a esta embestida doble, se vuelve vital aferrarse a la lucidez de los imprescindibles, leerlos constructivas ante los desafíos del presente. Hace apenas unos días, Norberto Galasso cumplió 90 años de una vida entera entregada a combatir las falacias coloniales. El maestro de la historiografía nacional nos enseña que la trampa de la Intelligentzia es siempre la misma: “mirar al país con ojos extranjeros”. Es hora de recuperar su herencia indomable y recordar que las contradicciones de nuestra Patria se debaten con los pies en el barro de la Historia, recuperando tanto a Galasso, como también a Fermín Chávez, Ernesto Palacio o Jorge Abelardo Ramos y prestando atención a las recientes plumas, como los aportes de Alberto Lettieri, Juan Godoy, Facundo Di Vincenzo, Juan Rattenbach y tantos otros que demuestran que el Revisionismo Histórico goza de muy buena salud.

Lo verdaderamente alarmante, lo que exige una discusión urgente, es cómo ciertos sectores de nuestro propio andamiaje académico —revestidos de un progresismo de biblioteca y un lenguaje "descolonial" de exportación— terminan llegando, por el camino de la sofisticación teórica, a la mismísima conclusión que la derecha global.