La leeción geopolítica de la Scaloneta

  • Imagen
    Malvinas Argentinas
    Bandera de Malvinas Argentinas

La leeción geopolítica de la Scaloneta

22 Julio 2026

La verdadera dimensión política del gesto protagonizado por los jugadores de la Selección Argentina de fútbol al exhibir en EEUU y ante el mundo la bandera de las Islas Malvinas difícilmente sea comprendida, asumida y mucho menos capitalizada por la dirigencia que administró el país durante las últimas décadas de democracia. No parece en condiciones de hacerlo aquella parte que se reivindica heredera de la tradición nacional y popular, pero que redujo demasiadas veces la cuestión soberana a una evocación ritual desprovista de estrategia, ni, desde luego, el sector que convirtió la subordinación geopolítica, económica y cultural de la Argentina en un programa explícito de gobierno.

El acto de los futbolistas al confirmarse el triunfo sobre el equipo inglés, condensó, con una sencillez que la política profesional ya no suele alcanzar, una cuestión histórica todavía abierta; la existencia de una Nación inconclusa que continúa reclamando soberanía sobre una parte ocupada de su territorio y que, al mismo tiempo, sigue sin construir los instrumentos materiales, diplomáticos y culturales necesarios para sostener esa reivindicación como política efectiva de poder. Frente a millones de personas, los jugadores hicieron visible la continuidad de una verdad histórica que sobrevivió a la derrota militar, a la desmalvinización y a décadas de pedagogía colonial. La paradoja hoy es que ese gesto espontáneo expresó, con mayor claridad el lugar de la Argentina en el mundo, que buena parte de quienes tuvieron la responsabilidad institucional de definirlo.

Lo del 15 de julio del 2026 fue un hecho político de alcance internacional. En el escenario de mayor visibilidad del planeta, los representantes de nuestra Selección Nacional firmaron un potente principio de soberanía y convirtieron una victoria deportiva en un mensaje político directo dirigido al mundo; la cuestión Malvinas continúa siendo una causa nacional irrenunciable. Y todo aquel que no lo sabía, ahora lo sabe. Es un avance difícil de medir.

¿Por qué Malvinas?

Hablar de Malvinas no es hablar de una efeméride. No es evocar un episodio cerrado en el pasado ni una herida que se recuerda por compromiso moral o estrictamente oficial cada 2 de abril. Y es que, en la Argentina, ninguna efeméride es un hecho político clausurado. Todas permanecen atravesadas por las tensiones —muchas veces aún vigentes— que les dieron origen. En cada fecha histórica reaparecen, bajo nuevas formas, las visiones revisionistas, las disputas políticas e incluso partidarias que marcaron aquel momento, como expresión de un país que todavía no ha resuelto plenamente su cuestión nacional en términos históricos.

Lo cierto es que Malvinas sigue siendo un punto activo de una misma lucha histórica para nuestro país. Hablar de Malvinas es, en realidad, hablar de la Argentina misma. Es interrogar nuestro sentido histórico, nuestra conciencia política y, sobre todo, nuestro lugar en el mundo. Malvinas no es un hecho aislado, sino una expresión concreta —y persistente— de un problema más profundo; el de la soberanía y la autodeterminación en una Nación que, desde su nacimiento, desde las invasiones inglesas en 1806 y 1807, la ocupación ilegal de nuestras islas en 1833, pasando por la Vuelta de Obligado el 20 de noviembre de 1845, ha debido debatirse entre la afirmación de su propio destino o la subordinación a intereses externos. Pero lo cierto es que desde la primera detonación hasta el último disparo, la Vuelta de Obligado fue el acto fundante, en clave moderna, del proyecto de soberanía nacional, por el cual un pueblo, la criollada, supo erigirse como sujeto de su propia historia

Y si sabemos mirar, en Malvinas está todo. Está la unidad nacional, porque es una de las pocas causas capaces de reunir al conjunto del pueblo argentino por encima de sus diferencias. Está el clamor popular, ese pulso profundo que no se apaga y que irrumpe con fuerza cada vez que la Patria es interpelada en lo esencial, desbordando coyunturas y dirigencias, y reafirmando —sin mediaciones— la conciencia viva de una Nación que no renuncia a sí misma; allí donde el corazón del pueblo funciona como un refugio impenetrable de autoconciencia, capaz de resistir y bloquear cualquier intento de colonización mental. Está la política de defensa, porque las islas revelan con crudeza la necesidad de pensar estratégicamente nuestro territorio, nuestras capacidades y nuestra proyección en el Atlántico Sur. Están las claves de nuestra geopolítica defensiva, porque Malvinas es la puerta de entrada a la Antártida, el control de rutas marítimas vitales y el resguardo de recursos naturales que definen el siglo XXI. Está también nuestra condición bicontinental, pocas veces asumida en toda su dimensión, que nos proyecta no sólo como nación sudamericana sino como actor en el sistema austral. Está la unidad regional, porque sin una América Latina integrada, la defensa de nuestros intereses estratégicos se vuelve frágil frente a las potencias Occidentales. Y Malvinas lo demostró con claridad durante el conflicto de 1982; allí se alcanzaron altos niveles de solidaridad y unidad regional, con países como Perú brindando apoyo concreto, junto a múltiples expresiones de acompañamiento político en la región. Aquella reacción no fue circunstancial, sino la manifestación de una conciencia común frente a una causa que excede a la Argentina y remitió a la persistencia del colonialismo en América Latina. Está, además, nuestra caja y nuestra soberanía marítima, porque en las aguas circundantes se juega el control de riquezas fundamentales —pesca, energía, biodiversidad— que hoy, en gran medida, se nos escapan.

En Malvinas, en definitiva, se sintetiza todo; la dimensión geográfica, comercial, institucional, jurídica, normativa, demográfica, industrial, científica, política, económica, cultural y la voluntad política de existir como comunidad organizada. Por eso, todo proyecto nacional que pretenda jactarse de sí, que aspire a ser algo más que una administración transitoria de la dependencia en clave popular, debe estar necesariamente atravesado por la causa Malvinas. Malvinas no es un capítulo más, sino el punto de partida desde el cual se ordena, o se desordena, toda la política nacional y su programa.

La ceguera política

Sin embargo, y esto es lo penoso, la Argentina carece hoy de una dirigencia capaz de leer esa clase de acontecimientos, como el que ocurrió el 15 de julio, en clave histórica y geopolítica. La cultura política dominante en el campo nacional está atravesada mayoritariamente por las matrices del alfonsinismo y del menemismo. Y desde esas tangentes resulta imposible advertir el enorme valor estratégico de un gesto simbólico cuando éste logra instalar, frente a millones de personas, una reivindicación soberana de alcance universal.

La prueba más elocuente de esa limitación es que ni siquiera doce años de un gobierno que se definió como nacional y popular, como el kirchnerista, asumió plenamente las consecuencias políticas que derivaron de la derrota estratégica de 1982 y de los Acuerdos de Madrid que representan una limitación infinita de la capacidad argentina para articular una estrategia más firme de recuperación de soberanía en el Atlántico Sur. Tampoco se propusieron desmontar los pilares normativos y jurídicos de la dependencia económica construidos durante la última dictadura y consolidados en democracia, entre ellos la vigencia de la Ley de Entidades Financieras, verdadero eje institucional de un modelo orientado a subordinar el crédito y el sistema financiero a intereses ajenos al desarrollo nacional, y que nos ha llevado sin pausa al actual drama nacional, sin que fuesen discutido siquiera.

Esta incomprensión histórica y esa falta de coraje político explica, en buena medida, que hoy sean los mismos intereses que impulsaron el genocidio del gope cívio militar del 24 de marzo de 1976 y los que nos vencieron en Malvinas, los que gobiernan la Argentina vía democrática. La prueba más evidente está a la vista. El presidente Javier Milei fue votado a pesar de haber exhibido una admiración reverencial por Margaret Thatcher, la misma que hundió el Belgrano y ordenó matar a centenares de compatriotas y consolidó la ocupación ilegal británica en nuestro Atlántico Sur.

La brújula siempre es el pueblo

La soberanía también se expresa en la capacidad de un Estado para interpretar los gestos profundos de su pueblo y convertirlos en doctrina, estrategia y política pública. En rumbo, en brújula interior para la orientación de la lucha por una Patria justa y soberana. Es verdaderamente lamentable que un pueblo produzca un acto de afirmación nacional de semejante potencia inserta en un Mundial de Fútbol y su dirigencia política sea incapaz de comprender su significado. Allí se revela una fractura grave que pone de manifiesto una crisis de conciencia histórica que, evidentemente, es disimulada por el ruiderío de las pugnas internas y cupulares.

Ahora bien, si Malvinas es ese punto de partida, nunca tomará verdadero impulso mientras persista el discurso lacrimógeno y minusvalidante de la “guerra sin sentido”. Esa pedagogía de la derrota no es inocente; es heredera del dispositivo desmalvinizador que propone una forma de pensar que funciona como un reflejo condicionado frente a lo nacional. Es, en buena medida, el resultado de una formación cultural que —como advertía Arturo Jauretche— ha sido estructurada para mirar la realidad con categorías ajenas, importadas, incapaces de captar la especificidad histórica de la Nación. Una matriz que se expresa incluso en fórmulas aparentemente compasivas pero profundamente desmoralizadoras, como la reiterada alusión a “los pobres chicos de la guerra”, que, lejos de honrar el sacrificio y el coraje, lo reduce y lo despoja de su dimensión histórica y política.

La inspiración y el porvenir

Una de las grandes tareas pendientes de la Argentina no solamente reside en recuperar instrumentos económicos, militares, productivos, científicos o diplomáticos propios para utilizarlos con inteligencia estratégica, sino también formar una nueva generación de dirigentes que piense el país desde la perspectiva del interés nacional, que comprenda el lugar de la Argentina en el mundo y que desarrolle el coraje político e intelectual para transformar las manifestaciones espontáneas de conciencia popular en decisiones estratégicas de Estado. Dicho de otro modo, forjar una dirigencia que pueda estar a la altura de un pueblo tan maravilloso como el nuestro.

Malvinas no se reduce a un reclamo diplomático ni a un recuerdo emotivo u oficial cada 2 de abril; Malvinas es una definición de presente y de futuro. El día que logremos asumirla en toda su dimensión —sin fragmentaciones, sin prejuicios, sin renuncias— estaremos en condiciones de dar el paso decisivo para dejar de reclamar soberanía para empezar, verdaderamente, a ejercerla.

Hemos heredado de nuestros héroes y Veteranos de Malvinas una espada que no es sólo memoria, sino mandato; en su juramento de dar la vida por la Patria está contenida la inspiración y la exigencia de encontrar la voluntad política necesaria para poner de pie un proyecto verdaderamente soberano.

Por ahora, sólo queda agradecerles a los jugadores de nuestra Selección Nacional. Con un gesto sencillo, espontáneo y profundamente argentino, lograron poner nuevamente a Malvinas en el centro de la escena mundial y, al mismo tiempo, dejar al descubierto muchas de nuestras tensiones históricas. A veces, un grupo de futbolistas consigue recordar con una bandera pintada a mano aquello que la política, durante décadas, no siempre ha sabido convertir en una reflexión colectiva sobre el lugar de la Argentina en el mundo.

Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

La Argentina carece hoy de una dirigencia capaz de leer esa clase de acontecimientos, como el que ocurrió el 15 de julio, en clave histórica y geopolítica
Imagen
Malvinas Argentinas
Bandera de Malvinas Argentinas