La espiritualidad en tiempos de vulnerabilidad extrema

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La espiritualidad en tiempos de vulnerabilidad extrema

30 Agosto 2025

En primer lugar, intentaré hacer un somero recorrido por la situación que estamos atravesando como humanidad a fin de reflexionar acerca del momento de extrema vulnerabilidad física, emocional y económica que estamos viviendo. 

Estamos transitando tiempos de crueles guerras, un mundo donde niños y niñas, se enfrentan en Gaza a una exposición constante de violencia, falta de acceso a una atención sanitaria adecuada y a los índices de desnutrición infantil más elevados del mundo. 

Hambruna para niños y niños, para mujeres embarazadas o en periodo de lactancia vulnerables a la desnutrición. Un nuevo genocidio.
Pareciera que vivimos en un mundo que mira para otro lado, que se hace el distraído  frente a la cotidiana amenaza de estar pariendo una generación de personas con lesiones tanto físicas como psicológicas. 

En el marco de estas guerras asistimos, nuevamente, a territorios detonados, poblaciones desplazadas, infraestructura dañada o totalmente destruida, interrupción o anulación de servicios básicos y a la incertidumbre sobre el futuro. Se nos muestra, cada día, una imagen desoladora de devastación humana, social y material.

Por otro lado, y en el mismo contexto, tenemos un planeta que pide a gritos que paremos de bombardearlo. La tierra, nuestra única morada, se hace sentir con temperaturas extremas, pérdidas de ecosistemas, fenómenos meteorológicos severos como huracanes, inundaciones, sequías, terremotos, entre otros eventos catastróficos.

Presenciamos, además, el avance acelerado de la inteligencia artificial sin ningún tipo de regulación y con un sin número de consecuencias negativas tales como: la pérdida de empleos, desinformación y manipulación de la información, vulneración de la privacidad y seguridad, por sólo citar algunos efectos. 

En este mismo sentido, Rosana Navarro Sánchez en el texto: Vulnerabilidad y espiritualidad desde el relato de Etty Hillesum nos dice: “En el contexto del siglo xxi vivimos los efectos de una sociedad líquida de un mundo globalizado,  el cual, a la vez, es profundamente complejo. Hoy también la vulnerabilidad se evidencia en el riesgo que implica vivir en sociedad. Riesgo que escapa de las instituciones y los controles y lleva, incluso, a concebir la amenaza como parte de la vida. De cierta manera, vivimos en una sociedad de la incertidumbre, la falta de seguridad, los valores relativos; sobre un suelo de arena movediza. Un mundo en cambio permanente que nos hace aún más vulnerables, susceptibles al sufrimiento. Un mundo que nos confronta, interpela y pone en cuestión el sentido de lo humano que somos y aspiramos ser.”

Si bien comparto gran parte lo expresado por Navarro Sánchez creo que los riesgos no “escapan a las instituciones y los controles” sino que estos mismos son parte del problema. Sin ánimo de detenerme en este aspecto que por cierto es importante por la responsabilidad que las instituciones y los organismos de control tienen lo que intento transmitir es que pareciera, entonces, que se está configurando un escenario global de insensibilidad, falta de empatía, individualismo extremo, del sálvese quien pueda y como pueda pero, paradójicamente, se va gestando una corriente de personas que se van reuniendo y organizando en torno a una “nueva” espiritualidad – no necesariamente religiosa- que reconoce nuestra interconexión con todos los seres, que reivindica lo ancestral, el cuidado de la tierra y sus recursos, que busca una mayor comprensión y empatía por las necesidades y sentimientos del otro, que siente y experimenta la vulnerabilidad como punto de partida para construir un mundo más justo.

Esta corriente o pequeños grupos que se van constituyendo, se van también multiplicando y podemos ver un efecto similar a cuando arrojamos una piedra al agua  y observamos el efecto de la creación de ondas circulares que se propagan desde el punto de impacto. Así como la piedra estos grupos van construyendo un mensaje esperanzador ante tanta barbarie, desidia, programas de exclusión y muerte.

En otras palabras, esta espiritualidad parte de la vulnerabilidad, que es un rasgo inherente a nuestra existencia, pero se plantea como el puente que puede dar paso a una potencia transformadora, a un cambio radical en la manera de ver, de sentir y de hacer un mundo que nos cobije a todos.   
En este sentido, hago referencia a una espiritualidad que no puede estar escindida del sufrimiento de los demás seres que habitan el planeta, que no se coachea para decir sólo frases de aliento y empoderamiento personal. Hablo de una espiritualidad que ve al otro como un hermano, un compañero de camino, que reconoce la humanidad compartida, que es solidario y compasivo, que como nos decía el Papa Francisco “construye puentes entre los pueblos y las culturas”.

Para finalizar, pretendo invitarlos a, y citando a nuestra querida Virginia Gawel, desarrollar una “conciencia compasiva que se derrame hacia todos los niños de la guerra”, que la devastación no nos sea indiferente, que podamos empatizar con el dolor de los demás, que nos escuchemos unos a otros, que la violencia -en todas sus formas- no sea naturalizada, que podamos levantarnos y hacer oír nuestras voces para detener el salvajismo de los poderosos e inescrupulosos, que seamos capaces de comprometernos por dejar a quienes nos seguirán en el camino un mundo digno, más amoroso y con mayor conciencia social.