Las lanzas contra el escritorio
Los héroes de las masas y las lanzas han sido lapidados por la oligarquía triunfante. Gauchos, caudillos y montoneros fueron degradados a la condición de ladrones de ganado, de meros delincuentes armados, indignos de análisis. Las arengas ecuestres de los próceres adictos bastaron para narrar una historia confusa y heroica, simplificada hasta el hastío con fórmulas en las que todo el mundo ha dejado de creer: barbarie o civilización, Mayo y Caseros, organización nacional o anarquía, libertad o despotismo.
— Jorge Abelardo Ramos, Las masas y las lanzas
Hay una escena que la historia argentina repite con la fidelidad de una maldición. Unos hombres de casaca negra, perfumados de Europa y convencidos de su ciencia, se reúnen en el frío de un escritorio y firman el decreto que depone a un caudillo. Afuera, el pueblo —que no fue consultado, que nunca es consultado— revienta de furia. Lo de Racing Club el 23 de mayo de 2026 no fue distinto. Diego Milito y Sebastián Saja, operando con la asepsia de un quirófano gerencial, le comunicaron a Gustavo Costas que su ciclo había terminado. Y el Cilindro, esa catedral plebeya de Avellaneda, respondió como saben responder los pueblos cuando les arrancan al caudillo: con el cuerpo, con la voz, con las lanzas en alto.
Para leer bien este episodio no alcanzan las estadísticas ni los promedios. Hay que ir a otra fuente. Hay que abrir a Jorge Abelardo Ramos y dejar que la historia nacional —la real, la que no se enseña en los manuales de administración deportiva— nos ilumine la escena.
I. La pandilla del barranco toma el Cilindro
Ramos describió con precisión quirúrgica a esa clase social que modeló el destino de la Argentina desde los tiempos coloniales. La llamó, con el mote que ellos mismos se habían ganado en las cortes europeas, la "pandilla del barranco": la burguesía comercial del puerto, los tenderos enriquecidos con el librecambismo, los que miraban a Manchester y despreciaban el interior. Luego vendría Lavalle a bautizarlos de otra manera, no menos exacta: "los hombres de casaca negra". Eran, escribió Ramos, "personajes totalmente persuadidos de su ciencia, taciturnos y severos, embanderados de latines". Su jefe indiscutido fue Rivadavia: hijo de la burocracia virreinal, casado con la hija del virrey, hipnotizado por Europa, incapaz de entender —porque jamás visitó— el resto del país.
La versión 2026 de esa pandilla no lleva casaca sino traje de presidente, un hombre nacido en Bernal pero que en su paso por Europa se convirtió en un cruzado del elitismo. No cita a Bentham sino a Fernando Marín. No habla de "las luces" sino de "eficiencia". Pero el instinto es idéntico: administrar desde la frialdad del escritorio lo que solo se puede comprender desde el barro. Diego Milito encarna, sin quizás saberlo, el linaje rivadaviano en su paso por Avellaneda. Su presidencia es la de la "gente decente" de Racing: prolija, europeizante, obsesionada con la imagen institucional, con los socios-clientes y con el índice de gobernanza del fútbol continental.
Y así como la pandilla del barranco concentró en Buenos Aires las rentas que pertenecían a todo el país, la actual conducción de Racing concentra en sus oficinas y sobre sus gerentes rentados el poder de decisión sobre una institución que pertenece a sus socios, a su historia, a su pueblo. La Aduana del Cilindro está en manos de los importadores de metodología.
II. Gustavo Costas: la barbarie que gana copas
Ramos nos enseñó que el vocablo "caudillo" fue convertido, por la oligarquía triunfante, en sinónimo de bandolero, de bárbaro, de delincuente armado. Los héroes de las masas y las lanzas fueron "lapidados" por esa misma historia oficial que celebraba a Rivadavia y sepultaba a Artigas. Lo mismo ocurre hoy con Costas en la narrativa de la conducción académica: se lo presenta como un técnico de ciclo cumplido, un hombre anticuado, chabacano de malos modales.
Fermín Chávez nos legó la herramienta conceptual necesaria para leer debajo de esa superficie. Su relectura de "Civilización y Barbarie" invierte el eje sarmientino y lo devuelve a su verdad histórica: la llamada "barbarie" no es el atraso ni la irracionalidad. Es la cultura nacional, la identidad del suelo, la sabiduría que los letrados del puerto no pueden codificar porque sus categorías vienen del otro lado del océano. La "barbarie" de Artigas era la patria. La "barbarie" de los caudillos del interior era el federalismo real, no el de los documentos. Y la "barbarie" de Gustavo Costas es su paso por la tribuna, el conocer la Avellaneda de los 80, el eslabón con Alfio Basile y los mates con Tita Mattiusi en el estadio.
Costas volvió a su Cilindro en diciembre de 2023 sin el barniz de los técnicos importados, atrás quedaba el ciclo de Gago el técnico pulcro. Costas arribó como llegan los caudillos federales: conocido en las provincias de adentro —Perú, Paraguay, Ecuador, Colombia—, curtido en el barro de los campeonatos sudamericanos, cargando en el cuerpo la memoria de haber jugado en Racing cuando el club era sufrimiento y no marca registrada. Su equipo marchó bajo una consigna que bien pudo haber sido la de las montoneras federales: una fe absoluta, irracional, incondicional por una causa.
"Religión o Muerte", gritaban los gauchos de Quiroga en las sierras de La Rioja. "Con Racing no se jode", hoy cantaron los miles que se autoconvocaron frente al Cilindro la noche de su despido. La distancia histórica es enorme. El espíritu es el mismo.
El caudillo tuvo su ciclo victorioso: la Copa Sudamericana 2024, cuando nadie lo esperaba. La Recopa Sudamericana 2025. Las semifinales de la Copa Libertadores después de 28 años de espera. Eso no es la historia de un técnico que administra procesos. Es la historia de un hombre que despertó al pueblo en armas, que convirtió a la tribuna en montonera, que le devolvió al club su condición de protagonista continental. Para Ramos, San Martín veía en la montonera, "con su fina intuición política, al pueblo en armas". Costas hizo lo mismo con el empuje de su hinchada y su equipo 2024 jugó como un pueblo en armas.
III. El despido como tabla rasa: extirpar el ADN popular
Pero los hombres de casaca negra no podían tolerar eso indefinidamente. El proyecto rivadaviano —ayer y hoy— no admite caudillos. Admite gerentes que son los que administran hoy Racing. El club no tiene lugar para montoneras y menos para caudillos. El socio tendrá que ser un cliente organizado.
Cuando los resultados deportivos del primer semestre de 2026 brindaron la coartada técnica necesaria, la pandilla del barranco actuó con la velocidad y la frialdad de siempre: decreto, comunicado, conferencia de prensa. Milito salió a decir que fue "un día muy triste" con la misma cara que Rivadavia usaba cuando disolvía instituciones o entrega la Banda Oriental al imperio esclavista del Brasil. La tristeza de los que tienen el poder siempre suena a coartada.
Milito aplicó lo que los liberales tanto estimaron durante el siglo XIX; la tabla rasa. Ramos demostró cómo los unitarios rivadavianos —persuadidos de que importar instituciones de Europa era suficiente para modernizar un país— intentaron borrar de un plumazo la cultura política de las provincias, sus formas de organización, su identidad. No como un acto de maldad, sino de convicción profunda: creían, sinceramente, que estaban construyendo el progreso sobre los escombros de la barbarie.
El despido de Costas es el mismo operativo en escala institucional. Al igual que los unitarios querían borrar las provincias y su cultura para imponer una civilización de escritorio, el oficialismo liberal de Racing quiere extirpar el ADN popular del club. Quieren una tribuna domesticada, un pueblo triste, sin expectativa deportiva, para eso acuden al viejo apotegma liberal: hay que ordenar las finanzas. Para eso necesitan eliminar la memoria viva. Y la memoria viva de Racing en los últimos dos años y medio tiene cara, nombre y apellido: Gustavo Costas.
No es, entonces, una decisión futbolística. Es un acto de disciplinamiento cultural.
IV. El pueblo no olvida: advertencia histórica
Pero hay algo que los hombres de casaca negra nunca aprendieron, en dos siglos de historia argentina, y que tampoco aprenderán ahora. La historia no la escriben los decretos de los escritorios. La historia la escribe el pueblo en armas.
Los miles que se autoconvocaron frente al Cilindro no fueron citados por ningún aparato político, ninguna estructura partidaria. Llegaron solos, como llegan siempre las masas cuando la historia las llama. Forzaron las puertas. Le dieron al caudillo destituido un abrazo que ningún acta de directorio podrá borrar. Y Costas, con la certeza del que sabe que los pueblos tienen memoria larga y los decretos, memoria corta, seguramente balbuceó: "No creo que sea una despedida porque capaz pronto vuelvo."
La pandilla del barranco de Avellaneda puede reunirse en su en sus oficinas climatizadas, puede aspirar a seguir con sus transacciones con la gusanera de Miami, puede hablar de "finales de ciclo" con la voz monocorde de los tecnócratas que confunden el fútbol con una auditoría. Pero la identidad profunda de Racing no vive en las oficinas. Vive en la profundidad de Barracas al Sud, respira en el barro de Avellaneda, en las gargantas de los que se quedaron afuera cantando, en el recuerdo de un padre que le decía al hijo: “Gustavo es Racing”, en la memoria colectiva de un pueblo que sufrió décadas de frustraciones y que, con Costas, volvió a alzar las lanzas.
Racing no es una empresa. El Cilindro no es un activo. Y Avellaneda, que parió a este club en el barro de principios del siglo XX, no tolerará que lo conviertan en un logo corporativo.
La civilización de los escritorios firma decretos. Las masas y las lanzas escriben la historia. Solo pueblo racinguista salvará a Racing.