Nos temen aunque aún gobierne Milei
El laboratorio de ensayos del poder del imperialismo anglosionista en plena transición geopolítica y crisis civilizatoria suma un capítulo más. El gobierno de Javier Milei, que había especulado con disputar la capitalización político-cultural de las hazañas de la escaloneta en el mundial, se vio superado por la orientación popular soberanista que despertó aún más en el enfrentamiento futbolístico con Inglaterra y la hazaña simbólica de haber desobedecido la normativa que pretendía impedir que haya banderas con insignias malvineras en dicho partido.
Hacía tres meses que habíamos publicado junto a Julián Bilmes una nota sobre la cuestión Malvinas como un anzuelo que lograba extraer de las profundidades la fuerza telúrica del pueblo-nación y el potencial revolucionario que ello implicaba para la posibilidad de construcción de una unidad Argentina en clave liberacionista… con lo necesario y urgente que esto es en estos días. Para nuestra sorpresa, la nota tomó la forma de un vaticinio (amén del aporte de las ciencias sociales a los procesos en pleno desarrollo).
Una bandera que “no debería” haber ingresado, unos jugadores que “no deberían” habérsela jugado tanto y una reactualización de un legado histórico de reivindicación simbólica de los pueblos que sufrieron el impacto del colonialismo imperialista y pum… el escenario fue el menos benéfico para el anglosionismo. Por suerte no todo puede ser calculado por las aspiraciones de control total de los enemigos de la humanidad. Como el margen de incertidumbre de la pelota girando en la cancha que depende de las habilidades y coordinación de los jugadores y el resonar de sus corazones, que hace posible realizarse lo casi imposible (como gol del Diego a los ingleses en el 86’).
En simultáneo, el gobierno intentó avanzar con una ley que permitía quitar todo límite a la venta de tierras de nuestro país a cualquier extranjero que desease comprarlas (con lo que esto implica en el actual contexto de crisis ecosistémica). Sin embargo, el escenario no fue el más apropiado. Con la fuerte malvinización del mundial, se pateó la definición de la reforma de ley al 6 de agosto. Fecha que nos exige encontrarnos en Plaza Congreso y en todo el país una vez más, con mucha fuerza y unidad.
Para colmo Argentina venía del exorcismo popular ricotero tras la siembra del Indio Solari. En ese contexto ganarle a Inglaterra con el mismo resultado que en el partido del 86’ y sacar la bandera por los pibes de Malvinas alimentó los corazones de un pueblo que volvió a encontrarse en las calles en unidad y festejo, algarabía y abrazo mancomunal. Algo que, como ya sabemos, les molesta mucho a los poderosos y esbirros de los enemigos de la humanidad. Una vez acontecida la hazaña, se activaron los dispositivos del poder con más fuerza. Milei se puso definitivamente en contra a la selección, la FIFA amagó con sancionar a la Argentina y se activaron los dispositivos algorítmicos en función de desprestigiar a Argentina a nivel global de la mano de los Gigantes Tecnológicos. Ni que hablar de la gran cantidad de cabos sueltos que no cierran de la final del mundial y los mensajes entre líneas que nos dieron los jugadores, los familiares de los jugadores y el cuerpo técnico. Un velo se rasgó y le vieron las garras al poder real hasta los menos interesados en “la política”.
Nuestro presidente les obedece e igual nos temen
Mientras transcurría el mundial se entregó el control de la hidrovía del Paraná por 25 años a una fusión de una empresa privada Belga y una empresa privada Argentina, privatizaron la construcción de un rector nuclear modular a una empresa estadounidense (entregando información nuclear estratégica al respecto), se le dio media sanción a un Super RIGI que profundiza las posibilidades de injerencia de Palantir en nuestro territorio, otorgándole cuantiosos beneficios fiscales para que lleve adelante su plan de convertirnos en un granero de la ingeniería de datos y el control digital y algorítmico. Además de esto, y entre otras cosas, se tomó más deuda externa.
En lo más reciente, Milei abre un nuevo foco de tensión con nuestro principal socio comercial, Brasil. El sionismo logra penetrar en Venezuela. El aire huele a balcanización y la estigmatización de Argentina como un país racista parece pretender generar la justificación de lo que nos están queriendo hacer: diezmarnos, quedarse con nuestro territorio y recursos.
Nuestro presidente es el empleado del mes de esta avanzada anglosionista en Nuestra América, pero el peronismo tampoco sale a denunciarla. La oportunidad de construir una unidad superadora de la grieta está cada día más servida en bandeja, pero el peronismo se revela cada vez más incapaz de poder realizarla. Es que la injerencia no solo viene de la mano del oficialismo, sino también de sectores de la oposición. Nunca está de más recordar, por ejemplo, el papel que cumplió Wado de Pedro en la entrega del manejo del agua dulce de nuestro país a la empresa israelí Mekorot (y la llamativa bancada que tiene esta figura en sectores que extrañamente se autoperciben nacional y populares).
En un escenario donde Argentina nunca estuvo tan alineada, tanto desde el oficialismo como desde sectores hegemónicos de la oposición, a los intereses del imperialismo anglosionista, cabe una pregunta: ¿Por qué la campaña anti-argentina? La respuesta es que, aunque aún gobierne Milei y mantengan influencia en un importante arco político opositor, nos temen. Temen lo que sucede cuando el pueblo argentino copa las calles del país. Temen a la posibilidad de que florezca un sentimiento de unidad que supere el dispositivo colonial de la polarización ideológico-cultural que constituye la grieta. Temen el lugar que ocupa la argentinidad como referencia anticolonial para los pueblos del mundo.
Temen el impacto que pueda tener en el continente un cambio brusco de dirección política en Argentina y su rol en Latinoamérica en el actual contexto de crisis de la hegemonía occidental a nivel mundial. En este tiempo de disputa escatológica, donde todo huele a apocalipsis, estamos también frente a una disputa de las interpretaciones proféticas (como lo deja más que en manifiesto Peter Thiel con su cristianismo sionista). El imperialismo en decadencia teme a la reticulación social de las profecías que señalan que Argentina va a ocupar un rol trascendental en el devenir de la crisis civilizatoria y el destino de los pueblos del mundo en general. Articulada a la disputa económica, política, militar y algoritmicodigital, es necesario reconocer una disputa por las interpretaciones teológicas y proféticas de hacia dónde se dirige la humanidad.
Ellos intentan adaptar las religiones a su transición geopolítica de sostenimiento y profundización de la dominación, negando la convergencia liberacionista y revolucionaria de las escrituras y profecías (no solo occidentales, sino también precolombinas). Sin embargo, por más poder que tengan no pueden comprar ni configurar la verdad.
La primera mentira de la posmodernidad es que la verdad no existe. En la exacerbación de la posmodernidad que estamos viviendo, con su dinámica de excesos y los callejones sin salida de la civilización occidental, nos estamos chocando de frente contra límites bien concretos. Será momento de salir a las calles en una sola voz de unidad para decir las verdades más simples y elementales. En tiempos donde la palabra libertad se ha escindido de la igualdad y nunca estuvo tan degradada vale la pena recordar que solo “la verdad nos hará libres”. Nos temen, demostrémosle que hacen bien en hacerlo. Por lo pronto, la cita es el próximo 6 de agosto en las calles de todo el país. En esta hora más que nunca: ¡Vamos Argentina!