Los hijos de una generación diezmada, por Manuela Bares Peralta

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20 AÑOS DE KIRCHNERISMO

Los hijos de una generación diezmada, por Manuela Bares Peralta

22 Mayo 2023

Hay interpretaciones más lineales y acabadas, pero me gusta pensar que esa generación a la que hizo referencia Cristina cuando dijo “espero que los hijos de la generación diezmada tomen la posta”, va más allá de aquella que nació con la dictadura a cuestas. Me gusta pensar que es el punto de unión de varias generaciones a las que el kircherismo les cambió la vida para siempre.

Es difícil pensar en términos individuales algo que siempre fue colectivo. Quizás por eso me animo a decir que el 25 de mayo de 2003 fue el principio de todo. Sin saberlo, estábamos presenciando el salto de la política a la calle, esta vez, ya no en clave de piquete o protesta, sino la política capaz de gestionar y adelantarse al conflicto, de sorprender cuando ya no se esperaba nada. Ese día yo tenía 10 años y la televisión estaba prendida. Mis viejos lo votaron a Néstor, sin expectativas, es que Chacho Alvarez ya las había dinamitado todas. Varios años después ese primer discurso se me acalambro en el cuerpo y lo repetí como un mantra y es que, de a poco, esas palabras se fueron ensanchando y llenando de significado. Ese fue un día que se hizo grande a fuerza de tiempo.

En el año 2008, la crisis del campo irrumpió en las televisiones argentinas. Los piquetes de la abundancia se disputaban el sentido común con quienes decidían solidarizarse con los grandes productores agropecuarios. A ese debate lo viví en primera persona, no me lo heredaron. Compañeros de colegio, profesores y familiares. Y, en ese momento, escuché y pregunté para después elegir. A los pocos años, en pleno debate del matrimonio igualitario, fui a la plaza con una amiga. Era nuestra primera vez. No sabíamos muchas cosas, pero teníamos la convicción de querer estar ahí. 

La próxima plaza fue triste. Néstor murió y mi mamá lloró mientras censaba. Yo también lloré sin lograr entender tanta tristeza. Esa noche nos juntamos en la esquina del colegio y fuimos hasta Plaza de Mayo. Al otro día, hicimos lo mismo. A los meses, fui a pintar una escuela en el marco de la iniciativa “Florecen 1000 flores, pintamos 1000 escuelas” en el conurbano. Y, al poco tiempo, llegó la militancia. La primera vez que fiscalicé, fue también la primera vez que voté. En ese momento, la política le dio cauce y sentido a todo lo que me rodeaba. Todavía no podía dimensionar el privilegio de vivir la política y no padecerla. 

Néstor fue algo diferente para mí que para mis viejos. Para ellos fue la posibilidad de la política de redimirse, pero para mí era la política que se desarrollaba.
Repito: fue el principio de todo. Era la política ensanchándose y ganando espacio. El kirchnerismo se convertía en el puente generacional que me unía de alguna forma con mi abuelo. Para él, el peronismo fue muchas cosas, pero sobretodo un sentimiento que persiste. Era el encuentro en la galería de la casa de Don Torcuato cuando le confesó a mi mamá: “quien hubiera dicho que Manuelita nos iba a salir peronista”. Era también la memoria emotiva de la primera heladera que tuvo a través de la Fundación Eva Perón. Al final, estábamos hablando de lo mismo, era la política manifestándose.

Como dije, la figura de Néstor y de Cristina se ensancharon a través de formación y debate, pero más que nada haciendo junto a otros. La mayoría de mis amigos son resultado del hacer colectivo y de los ideales. No voy a mentirles, hubo tristezas y desilusiones que, aún, persisten. Pero, para mi Néstor es el sentimiento irreversible de que la política, esa que nace del compromiso y las ganas de transformar lo que nos rodea, puede cambiarle la vida a la gente. Ese fue el sentimiento que despertó en mí y me animó a decir que también en muchos otros. Una fuerza imposible de extinguir.

La política que milité es la que empezó Néstor y profundizó Cristina. Esa es la política que se me viene a la memoria en tiempos difíciles. La militancia con amigos que atravesaba generaciones. Las fiscalizaciones con mi mamá y la voluntad que se le atrevía a todo. No importa la coyuntura, hay una parte de esas ganas que nunca desaparecen. Se impregnan en todo lo que hacemos aún sin darnos cuenta. El kirchnerismo es un músculo emocional, una sensibilidad específica. Una forma de sentir y de hacer. No se puede traducir sólo en conceptos y teoría. Eso que algunos llaman fanatismo para bajarle el precio, es también agradecimiento y lealtad. Lealtad por ese presente que conquistaba derechos y por la posibilidad de planificar el futuro. Lealtad por la certeza de que el hartazgo de los 90 y los cacerolazos del 2000 tenían la potencia necesaria para construir un país más justo. Lealtad por haber sido parte de la generación de los patios y las causas justas, donde la política deslumbraba y los sueños colectivos dejaban de ser utopía para convertirse en realidad.