Argentina potencia: Huemul en la estrategia industrial y nuclear del peronismo

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    Richter en la isla Huemul
    Richter en la isla Huemul

Argentina potencia: Huemul en la estrategia industrial y nuclear del peronismo

06 Marzo 2026

"Luego de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki (1945), un sector de las Fuerzas Armadas argentinas vio en el desarrollo del área atómica una posible solución a la dependencia del carbón y del petróleo extranjero, factor percibido como rasgo central de la vulnerabilidad económica del país", describe el físico e historiador de la ciencia Diego Hurtado en su libro El sueño de la Argentina atómica (1945-2006), un texto clave y, sin embargo, hoy casi olvidado por la falta de reediciones.

La obra resulta fundamental para comprender el desarrollo de la industria nuclear en Argentina, una experiencia inédita para un país periférico. Ese proceso comenzó a gestarse entre las décadas de 1930 y 1940, con figuras como Manuel Savio y Enrique Gaviola, entre otros, aunque tomó verdadero impulso con la llegada de Juan Domingo Perón al poder.

Antes del ascenso del justicialismo, Gaviola había creado la Asociación Física Argentina (AFA), que proponía articular el desarrollo científico con la industria nacional. Su postura contrastaba con la de la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias (AAPC), presidida por el fisiólogo Bernardo Houssay —Premio Nobel en 1947—, que defendía la libertad de investigación y la autonomía de la comunidad científica.

Según recuerda Hurtado, Gaviola buscó interlocutores —especialmente entre militares y empresarios— interesados en impulsar la física experimental. También consideró necesario atraer científicos extranjeros de primer nivel. Así llegó el físico austríaco Guido Beck, discípulo de Werner Heisenberg, uno de los padres de la física cuántica. Beck sería clave en el crecimiento de la física teórica en Argentina y, posteriormente, en Brasil.

Con el inicio del gobierno peronista comenzó a debatirse la creación de agencias estatales dedicadas a la investigación científica —varios proyectos se discutieron en el Congreso— con especial énfasis en el área nuclear. Ese interés despertó inquietud en Estados Unidos, donde algunos medios comenzaron a advertir sobre "los planes nucleares de Perón".

Hurtado cita en su libro un ejemplo significativo. La revista The New Republic difundió informaciones críticas que, según el autor, formaban parte de una estrategia más amplia para desprestigiar al gobierno argentino. "Con una gran fuente de uranio descubierta en la Argentina, esta nación está lanzando un programa militar de investigación nuclear para romper la caja de Pandora de la energía atómica”, decía el artículo. 

En ese contexto, Perón conoció en 1948 al físico austríaco Ronald Richter, a través del ingeniero aeronáutico alemán Kurt Tank. De ese encuentro surgió una idea ambiciosa: obtener energía mediante fusión nuclear controlada. Al año siguiente comenzaría el Proyecto Huemul.

El impresionante Proyecto Huemul

El proyecto consistió en la construcción de un complejo de instalaciones científicas en una isla frente a Bariloche, en la provincia de Río Negro. La iniciativa comenzó en 1949 y, al año siguiente, se creó la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) para administrar e impulsar los trabajos dirigidos por Richter. Nacía así una institución fundamental para el desarrollo nuclear argentino.

En paralelo se fundó la Dirección Nacional de Investigaciones Técnicas, destinada a coordinar las actividades científicas del país, y más tarde la Dirección Nacional de la Energía Atómica. El gobierno peronista construía de ese modo un entramado institucional orientado al desarrollo tecnológico. De ese modo, Huemul no puede entenderse como una iniciativa aislada, sino como parte de una estrategia más amplia de desarrollo nacional.

El 24 de marzo de 1951, Perón anunció por cadena nacional que se habían logrado "reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica". La noticia fue recibida con entusiasmo, pero también con fuerte escepticismo. Un artículo del The Washington Post afirmaba que era "absurdo pensar que una explosión producida en la Tierra pudiera alcanzar temperaturas comparables a las de las estrellas". Setenta y cinco años después, sin embargo, las principales potencias continúan intentando reproducir en la Tierra procesos similares a los que ocurren en las estrellas. No les parece nada absurdo. 

En la revista Mundo Atómico, creada en esos años, Perón explicaba el dilema estratégico del país: seguir el camino de la fisión nuclear —ya adoptado por Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética— o intentar una vía propia. "Preferible correr el riesgo de crear un camino nuevo que condujera a superiores resultados, pero que también podía conducir a un fracaso", escribió. Y agregó: "La Argentina necesita energía atómica y está firmemente decidida a producirla y emplearla únicamente en usinas, hornos de fundición y demás aplicaciones industriales". La revista también aclaraba reiteradamente que el país no tenía intención de desarrollar armas de destrucción masiva.

Más allá de las críticas mediáticas, Estados Unidos siguió de cerca lo que ocurría en Huemul. Poco después decidió impulsar su propio reactor experimental de fusión, proyecto que quedó en manos del físico Lyman Spitzer. Un informe enviado en mayo de 1951 al Departamento de Estado describía con detalle la creación de la Planta Nacional de Energía Atómica en Bariloche y de una serie de organismos dependientes del Poder Ejecutivo dedicados al desarrollo nuclear.

Finalmente, el proyecto Huemul fue abandonado en 1952. Diversos factores confluyeron en ese desenlace: la falta de resultados concretos, la presión externa e interna y los crecientes conflictos entre Richter y los físicos argentinos. El austríaco trabajaba prácticamente aislado, rodeado solo por su propio equipo y sin articulación con el resto del sistema científico.

La situación desembocó en la creación de una comisión investigadora encabezada por el físico José Antonio Balseiro, quien elaboró un informe muy crítico sobre el proyecto y sobre el propio Richter. A partir de entonces comenzó a consolidarse la narrativa del "fraude" para explicar lo ocurrido en Huemul.

Sin embargo, la historia de Richter continúa despertando interés. "Desde la clausura del proyecto Huemul, su figura ha ejercido una atracción poco común", escribió Hurtado. En los últimos años, incluso en ámbitos académicos alejados de la polarización política argentina, su nombre comenzó a ser reconsiderado como el de un pionero excéntrico en la historia temprana de la fusión controlada.

En diálogo exclusivo con AGENCIA PACO URONDO, el físico alemán John Paul Hahn sostiene que las acusaciones contra Richter son infundadas. "Es discutible si su concepto habría tenido éxito, pero sería solo el primero de muchos fracasos en los 75 años de investigación en fusión. Si Richter fue un fraude por prometer energía de fusión, entonces todos los investigadores que lo siguieron hasta hoy también lo serían, porque todos prometen lo mismo", afirmó.

Fracaso y después

Para poner en contexto el proyecto Huemul, Hurtado compara lo ocurrido con un proyecto similar desarrollado en Brasil en la misma época. Allí se compró un costoso acelerador para llevar adelante "proyectos científicos ambiciosos", pero el equipo apenas se utilizó una vez y terminó abandonado.

En Argentina, en cambio, Huemul dejó interrogantes, pero también infraestructura, instrumentos y equipos técnicos que pudieron aprovecharse para un programa nuclear más convencional. Fue el propio Gaviola —crítico de Richter— quien propuso crear en Bariloche un centro de investigación y formación en física experimental. De ese proyecto surgiría el Instituto de Física de Bariloche, que más tarde pasaría a llamarse Instituto Balseiro.

El anuncio de Perón de 1951 también despertó interés internacional. Entre otros visitantes llegó el príncipe Bernhard de Lippe-Biesterfeld, de los Países Bajos, quien negoció con Argentina la posibilidad de abrir canales comerciales para la adquisición de equipamiento nuclear holandés.

Por recomendación de Richter, el gobierno peronista adquirió un sincrociclotrón y un acelerador Cockcroft-Walton, dos equipos que los físicos argentinos utilizaron hasta mediados de la década de 1980. El sincrociclotrón entró en funcionamiento en 1954 y, según Hurtado, fue "tal vez el evento tecnológico más importante en el área nuclear durante esos años".

La narrativa dominante terminó cristalizando la idea de que Huemul fue simplemente un fraude. Sin embargo, la historia admite más matices. Formó parte de un intento mayor: el de un país periférico que buscó desarrollar tecnología nuclear propia. Un proceso atravesado por avances, retrocesos y riesgos, pero que no impidió que Argentina se convirtiera con el tiempo en una referencia internacional en el campo nuclear.